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En torno a la imagen
 

 Uno podría verlo como una especie de novatada. Vamos cayendo al mundo en medio de un baile de máscaras y parece que entendemos que la opción más segura es ponernos la careta y bailar el son que tocan. Las caretas se refieren a sí mismas como si fueran alguien. En realidad, hacen prácticamente todo el trabajo. El baile se desarrolla en una frontera imaginaria, en una dimensión ficticia pero sensible, que es la del yo que pretendemos ser. Mientras tanto, lo que realmente somos permanece oculto. Es sistemáticamente negado o ignorado. Y nos hemos familiarizado tanto con nuestro juego que hemos llegado a olvidar nuestra condición original.
Se trata de una negación sutil, poco obvia. La hemos automatizado hasta hacerla imperceptible, y ya no nos percatamos de que estamos interfiriendo en la toma de conciencia de nuestra realidad, y por lo tanto viviendo un ser incompleto, limitado.

Si uno advierte el mecanismo de negación puede sortearlo. Si se permite aunque sea sólo temporalmente ser tal cual es, sentir tal cual siente, simplemente eso, es sencillo, no requiere esfuerzo, no hace falta inventar nada. Si uno deja de interferir realmente en su experiencia, no sólo va a ser sorprendido por la profundidad, la belleza, el misterio... pronto va a darse cuenta de que no es quien creía ser. Comprende que el habitual, el de siempre, es sólo un suplantador.
Ese suplantador funciona construyéndose a sí mismo. Novelando experiencias o relacionando formas, creando estructuras que uno podría ver semejantes a las de los átomos: elementos girando en torno a un núcleo que no es más que la idea de "yo". La actividad, las ideas, las emociones, los logros y los fracasos son atrapados por la fuerza de gravedad de ese núcleo. Y esto es algo que naturalmente nos pasa inadvertido pero a lo que convendría prestar atención (las ideas de autoreferencia que emergen en lo que llamamos brotes psicóticos no parecen tanto una actividad nueva como la ampliación o el llevar al extremo una función que ya está presente en nuestra normalidad compartida). Ser tal cual somos se nos antoja un riesgo por la sencilla razón de que no confiamos. Y no confiamos porque no nos hemos reconocido como nosotros mismos, porque tememos renunciar a la identidad ficticia que creímos ser (tememos perder la definición porque creemos que somos esa definición). Continuamos divididos entre el observador y la experiencia y es el miedo el motor de esa escisión. El observador calibra, se percata, está dispuesto a la censura, a cerrar los ojos de nuevo ante cualquier potencial amenaza. A volver rápidamente al antiguo yo, ficticio pero familiar.
En cierto modo resulta revelador, que el miedo nos pueda hacer dar un paso atrás a las puertas del paraíso. Parecería que durante la interacción temprana con el entorno se hubiera instaurado en nosotros una fobia: el miedo a ser y su correspondiente comportamiento de evitación. Y un correlato lógico: el miedo a no ser y la identificación compulsiva con la imagen que nos sustituye.

 

 

Laura Martínez Mirón 
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