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En
cuanto a mi experiencia siento que el trabajo del eneagrama es lento,
va calando con los años mientras uno está aprendiendo a
reinterpretar lo que sucede y lo sucedido desde una óptica de sí
mismo más amplia.
Los primeros pasos fueron como los del estudiante de medicina que va a
ver una autopsia para reconocer las entrañas del cuerpo y para
cerciorarse realmente cómo son los pulmones o el mismo corazón.
Las entrañas del eneagrama son las pasiones y las fijaciones que
se mueven entre las compulsiones y las ideas locas; el esqueleto son las
evitaciones de ese dolor primario ya casi olvidado y la piel, los mecanismos
de defensa. La circulación interna son esas flechas que van y vienen
y que relacionan unos rasgos con otros. Pareciera un ser viviente con
un todo organizado y con una dinámica de vida propia.
A través del laberinto
Desde un punto de vista, el eneagrama pareciera comportarse como un laberinto.
Entras en él y sólo ves pasillos circulares y meandros que
no llevan a ningún sitio. Aparece una insólita desorientación,
un desasosiego que nos pone en alerta. Y es posible que en ese deambular
por el laberinto, viejas certidumbres se fundan y que grandes verdades
antiguas se eclipsen, sin aparecer por ello un horizonte más claro.
Utilizando otro lenguaje, cuando nos sensibilizamos de alguna manera nos
expandemos hacia la libertad, o hacia el ser, y la torre donde habitamos
se nos queda pequeña, nos sentimos angustiados y oprimidos.
Podemos anticipar que todo laberinto simboliza el mundo y su complejidad.
Pero el mundo de los hombres está hecho a imagen y semejanza de
su propio yo, de su ego, como no podría ser de otro modo. En esas
curvas laberínticas habita la mentira en su sentido más
lato, la hipocresía, la ignorancia, la falsedad o el egoismo, hermanastros
del verdadero miedo.
Matar al dragón
Como en todo cuento iniciático, el héroe o la heroína
que somos cualquiera de nosotros tiene que entrar en el laberinto y matar
al dragón, al minotauro, al mago negro, al tirano, etc. De la misma
manera que la conciencia en cada uno de nosotros tiene que iluminar la
ignorancia que nos habita, o dicho de otra manera, el sí mismo
tiene que irrumpir en la consciencia aún a costa de la disolución
(momentánea) del ego.
Lo podemos vivir a veces como una batalla (arquetípica), una crisis
personal donde una parte quiere elevarse mientras la otra tiende todavía
hacia la gravedad, hacia la inercia o el abandono. Tal vez es lo que nos
pasa tantas veces que después de un buen propósito de vida,
a las pocas semanas, se queda en una mera tentativa y seguimos en las
mismas.
Resolver la incógnita
Este no querer ver, este no querer cambiar cuando la realidad pide cambios
o no querer salir de la espiral rutinaria que nos promete seguridad es
comprensible porque hay algo en cada uno que teme avanzar porque implica
sufrir, aunque este temor tenga un eco infantil.
El eneagrama nos dice algo parecido, una vez has husmeado en su interior
buscando algún poder que complazca al ego, nos retiene en un laberinto.
La salida a ese laberinto no es dar marcha atrás sino resolverlo.
Resolver la incógnita del laberinto es llegar al Centro. Pues más
allá de todos los meandros se encuentra una montaña mágica,
una cueva con tesoros, un castillo con princesa o príncipe incluídos,
un paraíso, es decir, en el centro está el encuentro con
uno mismo, el verdadero rostro del ser.
Darse la vuelta
Yo llamo a ese resolver el laberinto, oes decir, resolver la incógnita
de quién realmente somos, a darse la vuelta y enfrentar nuestra
sombra, aquello que permanecía en el inconsciente y que urgaba
desde la oscuridad. Así, aunque no sepamos lo que nos encontraremos
en el interior de esa sombra, probablemente encontraremos aquellos aspectos
del ser que no hemos valorado (porque no nos los han reconocido) y que
han perdido la voz, que a fuerza de reprimirlos se han quedado mudos.
Es ahí, donde la fuerza de la voluntad y la comprensión
de la consciencia colaboran en darle al ser aquella dimensión perdida.
La virtud
En lenguaje del eneagrama diríamos que cuando uno ha comprendido
los intríngulis del propio pecado y le ha quitado hierro a esa
compulsión que nos hacía funcionar como una máquina
entonces, con la ayuda de la meditación, de la conciencia y un
largo etcétera, aparece la virtud.
Esa virtud que forma parte esencial de todo ser había estado, por
así decir, exiliada, y ahora se convierte en una conquista de la
conciencia.
¿Quién soy yo?
En realidad el eneagrama da vueltas concéntricas en torno a la
cuestión sobre la propia identidad. Ese que cada uno cree que es
puede ser tanto un libertador como un usurpador, un carcelero. La filosofía
perenne nos invita a tener presente siempre esa pregunta para no caer
en identidades falsas o pobres, para dejar de sentirnos aislados ante
el universo y para comprender, si cabe, que todo, absolutamente todo,
está profundamente interconectado.
Compasión
La gota de rocío, la espuma de la ola y la nube comparten como
bien sabemos una misma esencia, aunque sus formas sean diferentes. Entre
nosotros, los humanos, si más allá de todo lo que nos diferencia,
de cualquier idiosincrasia, de cualquier credo pudiéramos ver realmente
todo lo que nos acerca, todo lo que nos identifica, todo lo que nos hace
vibrar conjuntamente, se abriría el ancho mar del amor para navegar
por sus aguas.
En este sentido el eneagrama lejos de servir para etiquetar al otro, para
señalar su error y su pecado, nos debe servir para comprenderlo
en la medida que uno está haciendo un esfuerzo loable para comprenderse
a sí mismo.
Vernos al desnudo, observar nuestra realidad de forma ecuánime
es una puerta abierta para comprender la naturaleza del ser humano. Cuando
entendemos que la perfección no es de este mundo estamos más
abiertos a la tolerancia y a la compasión con el otro.
En la aventura del vivir
Para salir de la espiral de culpas y autoexigencias, de inseguridades
y prepotencias, y sobretodo de los miedos necesitamos de una buena herramienta
de conocimiento, y de un grupo que nos apoye, y de algo más, nuestro
propio empeño en que cada día sea nuevo con el máximo
de atención y consciencia. Convertir el mundo de pesares en una
genuína aventura.
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