|
No
recuerdo cuando fue la primera vez que me preguntaron: ¿qué
quieres ser cuando seas mayor?. Sí, recuerdo las diferentes respuestas
que llegué a dar a lo largo de los años. Algunas de ellas
las mantuve cursos enteros, otras sólo unos meses y la mayoría
unas semanas fueron suficientes para darme cuenta de que mis inquietudes
ya habían cambiado. Una de aquellas respuestas que utilicé
durante únicamente dos días fue: “Yo de mayor quiero
ser madre” (todavía no conocía las respuestas de Mafalda.)
A los ocho o nueve años yo quise ser madre, y me llama la atención,
no porque me parezca extremadamente importante ser madre, si no porque
ya en aquella temprana edad me pareció una tarea tan enormemente
complicada como para a la vez añadir otros quehaceres profesionales.
Ni que decir tiene que aquella decisión pasados aquellos dos días
ni me la volví a plantear. Hasta que 25 años después
quedé embarazada. Y sobre el embarazo y lo que en ese estado he
descubierto trataré de explicar en las siguientes líneas.
Me gustaría aclarar, antes que nada, que se trata de algunas reflexiones
entendidas desde un embarazo deseado y consentido. De no darse estas condiciones
deberíamos hablar en otros términos y todo lo descrito aquí
quedaría en pura teoría, seguramente difícil de aplicar
(pero tampoco imposible). “Estoy embarazada. ¡Qué buen
momento para observar, para escuchar!.
No pienso que sea una condición imprescindible para poder hacerlo,
sino porque me parece un regalo, un obsequio de la naturaleza que no hay
que desaprovechar.
Y, ¿por dónde empezar?: naturalmente por el cuerpo, descubrir
el cuerpo, de eso se trata. Madres, amigas, médicos y comadronas
nos dan durante los nueve meses informaciones de todo tipo sobre lo que
debe ocurrir, si las medidas y el peso corresponden a unas tablas, y nos
preocupamos si éstas no son exactos...
Pero sentirnos... ¿Quién nos habla de ello?. Ésta
es mi invitación. En nuestras clases de preparación al parto,
uno de los mensajes que tratamos de repetir es que una vez iniciado el
proceso del parto éste acabará a pesar de nosotras, con
o sin nuestra ayuda. La vivencia quizá sea más satisfactoria
si acompañamos este proceso, si nos dejamos llevar, sin ponerle
trabas ni querer controlarlo a nuestro antojo. Desde los primeros días
el cuerpo empieza a modificarse. Algunas manifestaciones de estos cambios
nos resultan agradables y otras, sin embargo querríamos hacerlas
desaparecer de un plumazo. ¿A qué nos referimos? Todas nos
sentimos satisfechas con la redondez de nuestro cuerpo y sintiendo los
movimientos de nuestro bebé. Por nada del mundo renunciaríamos
a ello. Pero a la vez, suprimiríamos, por ejemplo, los vómitos,
el cansancio, la pesadez… Quizá no nos planteamos que todo
está ligado y que lo que ocurre es que estamos EMBARAZADAS.
Incluso los síntomas más desagradables pueden estar diciéndonos
alguna cosa. ¿Cómo vivimos todo esto?. Si estamos atentas,
nos escuchamos y observamos, podemos recoger una información que
quizá haga nuestra vivencia diferente y más enriquecedora.
Sabemos que todos los embarazos son diferentes, incluso en la misma mujer,
pero en todas ellas es común un estado más intuitivo y emocional,
algo que ha podido estar escondido y que aflora en este momento: LO FEMENINO.
Podemos hacer caso a esto o no. Aún más, cuando la actividad
y el medio en el que nos movernos no nos ayudan precisamente a ello. Es
difícil detener un proceso en el que hasta nuestras hormonas están
implicadas.
Evidentemente que no es imprescindible estar embarazada para poder hacer
un trabajo de autoconocimiento, pero, !la situación es tan oportuna!…
En toda esta transformación aparece una nueva persona y nuestra
relación con ella empieza ya desde el inicio del embarazo. Todo
esto podemos vivirlo activamente, siendo protagonistas junto a nuestro
bebé de todo el proceso.
|