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| El Dudonauta |
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Todo
el mundo sabe que Dudonauta no es su verdadero nombre. En realidad se
llama Don Prudencio Puede Quiensabe. Pero sus amigos y conocidos le llaman
Dudonauta, aunque, entre nosotros, también se le conoce por Miedencio.
“Seguro que existen verdades inviolables y definitivas que forman el fondo y la forma, el continente y el contenido de lo que llamamos realidad, y éstas con su existencia irrefutable…” …en este punto de su monólogo el Dudonauta suele detener el discurso ante la certeza de sus ronquidos. El Dudonauta no camina: desfila, así se siente un poco más seguro. Decididamente avanza un pie, después otro y así sucesivamente. En una de sus más angustiosas pesadillas se convierte en un ciempiés y suele despertar bañado en un sudor frio, al no soportar la parálisis que le provoca decidir cual de los pies mueve primero. Al tiempo que desfila, sus ojos se posan vigilantes y preocupados en lo que sucede a su alrededor. El Dudonauta ve más allá de lo evidente: media sonrisa puede esconder media amenaza, dos personas platicando animadamente pueden, en realidad, estar confabulando disimuladamente, incluso los ciegos son sospechosos de mirarlo mal. El Dudonauta piensa que la vida es demasiado complicada y contradictoria: constantemente se ve expuesto a tempestades que sacuden su nave y que le provocan gran cantidad de convulsiones internas, ubicadas todas ellas en el espacio que media entre barbilla y coronilla. Para muestra un botón: cuando el Dudonauta se encuentra con un mendigo nunca sabe cuantas monedas debe darle y se acuerda –no sin cierto resquemor– de la insistencia de Jesucristo en la caridad; le disgusta sobremanera que no dijera nada respecto de la cantidad con la que es necesario contribuir. En plena convulsión, el Dudonauta cavila, divaga y piensa que al menos su representante en la tierra –el Sumo Pontífice– debiera escribir una encíclica donde dejara zanjado de una vez por todas el asunto: un listado de los diversos tipos de mendigos: huérfanos, incapacitados, viejos... y el fijo que se le debe dar a cada uno. Si a pesar de todo, en un acto heróico, da unas monedas, el Dudonauta imagina que se lo gastará todo en bebida y se siente culpable de estar colaborando a que aumente el consumo de alcohol. El Dudonauta está al día y ha leído estadísticas que confirman este aumento. La obsesión más querida del
Dudonauta ocurre todos los martes por la tarde. Se trata de algo sencillo
y sin importancia. Sin embargo, para él es tan intenso que esta
vez las convulsiones le ocupan desde la rabadilla hasta la coronilla.
Se trata de su paseo frente a la comisaría de policía. Nada
más llegar a la acera se le corta la respiración, aumentan
sus pulsaciones y se le eriza la piel. No es que el Dudonauta haya cometido
ningún delito, ni mucho menos, pero teme que al pasar a la altura
de la puerta el policía de guardia sospeche y note sus culpas;
lo detenga y lo someta a torturas, juicio, y finalmente lo mande a presidio.
Sólo cuando ha dejado al agente detrás, el Dudonauta se
relaja y le invade un inmenso júbilo por su renovada absolución.
Esto es sólo el principio. El gozo se desencadena cuando disimuladamente
gira la cabeza y con el rabillo del ojo observa la comisaría. El
Dudonauta sabe que ahí está el final de su búsqueda,
que en alguna recóndita sala del edificio se encuentra lo que tan
ansiosamente lleva buscando: El Reglamento. Con el rostro desencajado –y como cada
martes– el Dudonauta decide que el próximo martes conseguirá
ese Libro, y el acto será tan especial que, como en una iniciación,
tiene pensado cambiarse el nombre. Nunca más volverá a llamarse
Dudonauta, a partir de ese día glorioso, pasará a llamarse
Certezanauta.
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Pep Devesa |
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