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Kugé: una flor del vacío
 


 

Introducción al libro “Semillas Zen” de la maestra zen Shundo Aoyama Roshi, publicado por Ediciones Miraguano, Madrid 2000.

Es para mí una gran felicidad presentar a los lectores hispanohablantes esta preciosa obra de la maestra Zen Shundo Aoyama. Su lectura me ha proporcionado un cálido placer espiritual muy íntimo y una alegría inefable, como no había experimentado desde hace tiempo.

Me he preguntado: ¿qué tienen de especial las palabras de Aoyama Roshi con respecto a la enseñanza de otros maestros zen? Después de reflexionar sobre ello me he respondido que su sensibilidad para ver y expresar en lo cotidiano la profundidad de su experiencia Zen y al mismo tiempo la delicada impronta de su naturaleza femenina.

En efecto, pocas son las obras que nos han llegado escritas por maestras zen. Incluso en la actualidad las maestras zen son pocas en proporción a los maestros, especialmente en Japón. Se puede afirmar que la tradición zen ha estado y, en gran medida, sigue estando fuertemente mediatizada por la impronta masculina aunque en la doctrina del budismo zen no encontramos ningún argumento filosófico o religioso válido que justifique esta situación. Debemos ver sus causas más bien en los condicionamientos socioculturales en los que el Zen ha tenido que desenvolverse durante siglos, tanto en India o en China como en Japón, culturas de carácter eminentemente patriarcalista.

Dado que la obra de Aoyama Roshi habla por sí misma siento que no necesita ningún tipo de comentario ni siquiera de introducción. Me gustaría más bien, en esta ocasión, fijar mi atención y la de los lectores en el hecho significativo de que, quizá por primera vez dentro de la tradición Zen, una mujer, una maestra, está publicando, dando conferencias, dirigiendo retiros y alcanzando una repercusión importante, no sólo en Japón sino también en Estados Unidos y, espero que pronto, en Europa. Es un signo muy significativo y esperanzador de este tiempo.

Muchas veces, en el transcurso de mis conferencias, me han preguntado porqué se habla tan poco de "maestras" dentro de la tradición zen. Mi respuesta suele ser simple: porque ha habido muy pocas maestras a lo largo de la larga historia del budismo zen. Y ¿porqué ha habido tan pocas maestras en la tradición zen? La respuesta a esta pregunta también es evidente: porque el Zen nació, se desarrolló y se extendió por sociedades patriarcalistas en las que la mujer no pudo tener un acceso directo, como los hombres, a las instituciones monásticas y, si lo tuvo, su influencia quedó reducida, cuando no marginada, por la férrea estructura del sistema patriarcal.

Ni siquiera el fundador histórico del Budismo, el Buda Sakiamuni, pudo sustraerse de esta presión socio-cultural. No es mi intención adentrarme ahora en un estudio minucioso acerca de la posición de las practicantes Zen, ya fueran monjas o laicas, a lo largo de la historia del Budismo. No obstante sí quisiera trazar algunas líneas claves sobre ello.

El Buda Sakiamuni, para quien la naturaleza espiritual del hombre y la mujer eran idénticas, se resistió durante años a que las mujeres ingresaran en la orden monástica, o sangha. Su propia esposa y otras mujeres de su clan le solicitaron reiteradamente ser aceptadas en la orden monástica. Pero esta solicitud fue continuamente rechazada por el Buda Sakiamuni. No tanto, repito, porque considerara que las mujeres fueran inferiores o incapaces de acceder a las más altas experiencias espirituales, sino porque sabía que ello ocasionaría un gran rechazo social a la incipiente orden budista. No olvidemos que, en la época en la que vivió el Buda Sakiamuni, en India imperaba un Hinduismo Bramánico, celosamente dirigido por la casta privilegiada de los brahmanes, en el que la mujer tenía absolutamente impedido el acceso a cualquier forma de sacerdocio. Para el brahmanismo antiguo, fuertemente basado en la noción de "pureza", la mujer era "impura" y, por lo tanto, incapaz de desenvolverse con éxito en el reservado mundo de la espiritualidad. La espiritualidad femenina se reducía básicamente a la devoción y el servicio al esposo, a los hijos y a los sacerdotes. No olvidemos que el brahmanismo fue la expresión religiosa de los arios que conquistaron India procedentes de las llanuras eurasiáticas. Los arios fueron un pueblo de pastores y guerreros que usaron por primera vez el caballo como arma de conquista. Como pueblo guerrero, dieron primacía a los valores masculinos y fueron estos valores los que arrasaron las culturas matriarcales originarias de la India pre-aria. La estructura patriarcal es pues inherente al Hinduismo antiguo y esta forma religiosa fue la que articuló la sociedad en la que nació y vivió el Buda Sakiamuni. Este temía que la inclusión de las mujeres en el monacato y en el sacerdocio budista provocara el rechazo de la casta de los brahmanes y de la sociedad en general, con lo cual la misión histórica del Budismo podía sufrir una gran merma.

Podemos darnos cuenta de hasta qué punto este tema era terriblemente delicado si pensamos que, por otra parte, el Buda Sakiamuni aceptó en el monacato budista a hombres procedentes de todas las castas. Este sí que fue un hecho revolucionario para la época y la sociedad india. Hasta entonces, sólo los nacidos en la casta superior de los brahmanes podían acceder a los símbolos, prácticas y enseñanzas religiosas. No obstante, el Buda Sakiamuni se opuso a esta discriminación de los seres humanos en función de su nacimiento y afirmó que un hombre es puro o impuro, superior o inferior sólo en función del estado de su mente: un hombre de mente impura, aún nacido en la casta superior, es impuro; un hombre de mente pura, aún nacido en la casta de los intocables, es un hombre puro. Esta afirmación supuso una fuerte conmoción social pero, aún así, el Buda Sakiamuni no dudó en adoptarla. ¿Por qué no hizo lo mismo, desde el principio, en el caso de las mujeres?

Sea como fuere, el caso es que, a instancias de Ananda, su primo y asistente personal durante treinta años, y de otros miembros destacados de la orden, Sakiamuni aceptó finalmente la inclusión de las mujeres en el monacato. Según las antiguas escrituras budistas, el Buda Sakiamuni, después de dar su consentimiento, predijo que ¡este hecho reduciría a la mitad el tiempo de vigencia del Budismo! Como budista occidental del siglo XX me avergüenza reconocer que el Budismo primitivo hace alarde de la misoginia más radical, pero al mismo tiempo reconozco que el poder que las religiones tienen de transformar radicalmente las estructuras sociales en las que nacen es limitado. No podemos ser idealistas.

El hecho es que durante muchos siglos y a pesar de haber sido aceptadas en la orden monástica, las mujeres fueron relegadas a un plano más que discreto, cuando no convertidas en el objeto de las proyecciones negativas procedentes de la propia sombra de los hombres budistas, monjes o laicos. En esto, el Budismo compartió la misma historia que las culturas por las que se fue expandiendo.

Por ejemplo, en algunos textos se afirma que una mujer, monja o laica, no puede alcanzar la Iluminación. El hecho de haber nacido como mujer, con cuerpo, mentalidad y sensibilidad de mujer, constituía el principal impedimento. Si una mujer aspiraba a la Iluminación debía, en primer lugar, actuar acorde al comportamiento asignado en la época a las mujeres y, si se portaba bien, podía renacer como hombre. Entonces, como hombre, en una próxima vida, sí que tenía posibilidades de alcanzar la Iluminación. Todo sistema religioso aspira, en definitiva, a transformar los aspectos más oscuros de los sistemas sociales en los que nace, pero muchas veces nos encontramos con lo contrario: son los aspectos más oscuros o enraizados de los sistemas sociales los que terminan transformando o condicionando a los sistemas religiosos.

Es cierto que, en la historia del Budismo y del Zen en concreto, encontramos algunos casos de monjas eminentes cuya memoria ha perdurado en los anaqueles de la historia. Por ejemplo, la llamada Renge-shiki en japonés, nombre cuya traducción podría ser algo así como "¡la monja del loto erótico!", una de las primeras monjas de la orden budista, que fue ordenada por el mismo Buda Sakiamuni. No obstante, en las primeras recopilaciones chinas sobre "monjes y maestros eminentes" de la historia del Budismo, apenas encontramos algunos escasos ejemplos de monjas "ejemplares", tal vez en una proporción de mil a uno.

Tanto la cultura India, como la China, la Coreana y la Japonesa, por citar sólo algunas del ámbito budista extremo-oriental, fueron y siguen siendo fuertemente patriarcales. Incluso el sistema de transmisión de la doctrina budista, al menos en el Zen, fue una copia religiosa del principio de transmisión de la herencia paterna secular seguido en estos países: sólo el hijo mayor heredaba la totalidad de la propiedad. En el Zen, y durante muchos siglos en India, en China y en Japón, la herencia espiritual (la cabeza del linaje espiritual) era transmitida sólo a un discípulo, quien a su vez se convertía en el cabeza de linaje. En esto observamos una vez más la influencia del sistema socio-cultural sobre la estructura religiosa.

Aunque esto ha sido así, fueron muchos los maestros Zen que se rebelaron contra la discriminación de la mujer en el mundo espiritual. El mismo Dogen Zenji, introductor del budismo Soto Zen en Japón en el siglo XIII, afirmó que los hombres y las mujeres poseen la misma naturaleza espiritual y, por lo tanto, la misma capacidad de realizar la experiencia de la Iluminación. En una de sus obras titulada Raihai Tokuzui escribe:

"(…) Considerad el Dharma por encima de cualquier otra cosa. Si una columna, una linterna de piedra, un Buda, un zorro salvaje, un demonio, una mujer o un hombre posee el Gran Dharma y ha obtenido la médula de su maestro, debéis hacer esfuerzos desesperados para servirle y, si es necesario, debéis sacrificar vuestro cuerpo durante un espacio de tiempo infinito (…).

(…) Aquellos que buscan el Dharma y practican la Vía deben ser discípulos, deben presentar sus respetos y pedir el Dharma a un maestro que haya realizado la Vía y haya obtenido la auténtica transmisión, aunque se trate de una monja. Este es un excelente ejemplo de la Vía del Zen (…).

(…) El maestro zen chino Shikan fue uno de los más grandes discípulos del maestro Rinzai. La primera vez que Rinzai le vio le dijo: "¡Detente!"

Shikan respondió: "¡De acuerdo!"
Rinzai añadió: "¡Yo también estoy de acuerdo contigo pero no en todo!"

Después de este encuentro Shikan se hizo discípulo de Rinzai. Años más tarde dejó al maestro Rinzai y fue a visitar a la monja Matsuzan Ryonen.

Esta le preguntó: "¿De dónde vienes?"
Shikan respondió: "¡De la boca del sapo!" ( es decir, "de ninguna parte").
Matsuzan: "¿Por qué no cierras esa boca?"
Shikan no supo qué responder. Se prosternó delante de ella y se hizo su discípulo.

En otra ocasión, Shikan le preguntó: "¿Qué clase de montaña es Matsuzan?"

Matsuzan: "De las que no muestra sus cimas".
Shikan: "¿Qué clase de gente vive en esa montaña?"
Matsuzan: "Su aspecto no es masculino ni femenino".
Shikan: "¿Porqué no lo transforma en aspecto masculino?"
Matsuzan: "No tengo el espíritu del zorro salvaje, ¿cómo podría transformarlo?"

Shikan se prosternó ante ella, alcanzó el Despertar y la sirvió como jardinero durante seis años.

Tiempo después, cuando Shikan volvió de nuevo al mundo convertido en maestro zen, dijo a sus discípulos: "Recibí media cucharada del viejo Rinzai y otra media de la vieja Matsuzan. Ahora estoy completamente satisfecho y no busco nada más".

Leyendo esta vieja historia podemos ver que Matsuzan, una gran discípula del maestro Koan Daigu, transmitió la vida y la sangre de su maestro y se convirtió en la vieja Matsuzan de la que habla Shikan.

"Viejo" quiere decir, padre. "Vieja" quiere decir, madre. La realización del Dharma de Shikan bajo la dirección de Matsuzan es un buen ejemplo de la práctica budista (…).

(…) Si una monja enseña el Dharma, las tres clases sabios y las diez de santos deben prosternarse ante ella. ¿Porqué un hombre puede ser noble y una mujer no? El vacío universal es el vacío universal; los cuatro elementos son los cuatro elementos; los cinco agregados son los cinco agregados; esto es así tanto para un hombre como para una mujer. El Dharma puede ser plenamente realizado tanto por un hombre como por una mujer. El Dharma no se siente concernido por las diferencias entre hombre y mujer. Este es el principio fundamental del supremo y maravilloso Dharma del Buda .

En China, muchos laicos que no han renunciado al mundo social y que sólo han recibido la ordenación de bodisatva son grandes hombres y mujeres que viven entregados al Dharma del Buda. Entre ellos hay hombres y mujeres que son célibes o que viven en pareja, que moran en casas sencillas practicando una vida clara y pura en medio del sufrimiento del mundo social. Toda esta gente se afana en lo mismo que los monjes y se reúne para estudiar, para hacer zazen y para recibir la enseñanza de un verdadero maestro. No hay diferencia alguna entre ellos, ya sean hombres o mujeres".

Por su parte, el maestro zen japonés Keizan Zenji, el principal artífice de la expansión del Soto Zen en el Japón medieval, fue el primero que abrió una sala de meditación mixta para hombres y mujeres. A pesar del escándalo que este hecho provocó en la sociedad de su época, Keizan Zenji persistió en su actitud durante toda su vida.

No obstante, a pesar de que así era el espíritu original de los fundadores del Soto Zen japonés, tras la muerte de Dogen Zenji (1254) y de Keizan Zenji (1325) las "buenas costumbres" patriarcales de la sociedad japonesa volvieron a poner las cosas "en su sitio", el espíritu de identidad espiritual entre hombres y mujeres propiciado por Dogen Zenji y las salas de meditación mixtas de Keizan Zenji fueron pasando al olvido. Y sólo en la época moderna, y debido a la creciente influencia del movimiento occidental por la igualdad entre hombres y mujeres, en el Soto Zen japonés comenzamos a percibir algunos signos de cambio, aunque la discriminación básica y el carácter patriarcal siguen dominando.

El hecho de que la maestra zen Shundo Aoyama Roshi sea continuamente solicitada para dar conferencias y dirigir retiros de meditación tanto en Japón como en Occidente es, pues, un afortunado signo de los tiempos actuales.

La tradición Soto Zen es la primera que se está viendo muy beneficiada por la riqueza humana y espiritual que aporta Aoyama Roshi. En efecto, somos muchos los occidentales que consideramos que la tradición Soto Zen que hemos recibido vía Japón está excesivamente masculinizada. "Excesivamente" quiere decir demasiado polarizada en los valores masculinos patriarcales. No olvidemos que el Bushido, el código militar samurai, y el Zen japonés se han influenciado y recreado mútuamente. Ambos tuvieron su máximo desarrollo en el Japón medieval, fuertemente condicionado por guerras civiles continuas y dominado políticamente por la casta de los guerreros samurais. Esta influencia se aprecia en un cierto espíritu militar que impregna la vida monástica zen japonesa, en la férrea jerarquía institucional y en el excesivo énfasis en valores típicamente masculinos como fuerza, resistencia, obediencia jerárquica, etc.

Nos resulta obvio que el Soto Zen, al menos el que se está extendiendo en Occidente, necesita equilibrar esta excesiva polarización hacia lo masculino. Y en este reequilibrio, la rica aportación de mujeres de sabiduría como Aoyama Roshi son imprescindibles.

Me alegra profundamente reconocer que la lectura de "Semillas Zen" me ha aportado algo que ninguna otra lectura Zen anterior lo había hecho. ¿Cómo lo definiría? Esa redondez, esa calidez, esa sencillez y cuidado de lo aparentemente insignificante, esa alegría natural por hechos simples de la vida cotidiana, esa sensibilidad hacia la belleza y ese calor del corazón que envuelve sus anécdotas …

Si es cierto, y lo es, que la práctica espiritual de un discípulo es íntimamente influenciada por la enseñanza y el carácter de su maestro o de sus maestros, la mía lo ha sido por las de mis maestros Taisen Deshimaru Roshi y Shuyu Narita Roshi, principalmente. Deshimaru Roshi era nieto de un samurai y, durante su juventud, un experto en artes marciales, especialmente en kyudo (tiro con arco) y en yawara (antiguo judo). Su mismo rostro y toda su personalidad testimoniaban la rudeza y la firmeza de un hombre japonés de su generación, si bien sus quince años de estancia en París le fueron redondeando y le ayudaron a desarrollar un carácter más abierto y dúctil. El maestro Deshimaru era un imponente general samurai a lomo de su caballo, siempre alerta para entrar directamente a través del hueco dejado por la negligencia de sus discípulos. Era como una luna llena brillando sin obstáculo y sin rival en medio de la noche. El maestro Narita es diferente. Es como un a luna llena discretamente oculta tras hilachos de nubes gaseosas. Siempre me ha gustado la delicadeza y el refinamiento del maestro Narita, mucho más "femenino" que el maestro Deshimaru. No obstante, tras el velo de su amabilidad he percibido muchas veces el brillo helado de la espada del guerrero y la contundencia propia del teniente del ejercito japonés que fue durante la guerra con Rusia. Ambos maestros me han conformado y hacia ambos siento una profunda deuda de gratitud y un gran respeto devocional.

Parafraseando al maestro zen chino Shikan, del maestro Deshimaru recibí media cucharada; del maestro Narita recibí otra media cucharada. La lectura de la obra de Aoyama Roshi ha dejado caer unas deliciosas gotas de néctar en el cocido que es el maestro zen que escribe estas palabras. Aún no tengo el placer de conocerla personalmente, pero espero que acepte nuestra invitación y visite España dentro de poco.

Mientras tanto, tenemos estas semillas zen que han llegado hasta nosotros partiendo de esta hermosa flor espiritual que es la venerable Shundo Aoyama Roshi.

Os deseo, queridos lectores y lectoras, que disfrutéis de esta joya tanto como yo he disfrutado.

 

Dokushô Villalba
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Dokushô Villalba. Maestro budista zen. En el templo Luz Serena.

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