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La inspiración es una brisa en la conciencia. A veces, un
viento violento. Viene, acaricia, impulsa, revuelve y se va. El artista
es un instrumento de viento. Su obra, ondas de sonidos solidificadas en
la materia.
La materia adopta formas: sillas, botas, jerseys, mesas ... objetos atrapados
en la densa solidez del sueño inconsciente; objetos engarzados
en la malla del espacio-tiempo; objetos prisioneros de sus formas y consistencias.
¡Ah! ¡Huele a muerte el espíritu atrapado en la materia!
Pero de pronto, se levanta la brisa –la brisa de la inspiración,
el soplo del espíritu- que eleva la masa corporal del artista-medium
y la disuelve en el trance. Raptada por el viento de la inspiración
la conciencia penetra en el cuerpo de las formas materiales vivificándolos,
dándoles alas, volviéndolos ingrávidos. ¡Ah!
¡Huele a gloria la materia elevada por el espíritu!
Chillida retuerce el acero, le insufla el soplo a través de su
cuerpo y de sus manos de artista electrocutado por la inspiración
creadora y el acero vuela ... Tapies penetra en ladrillos viejos, en telas
de sacos desgarrados, en trozos de madera arrojados por el mar y lo efímero
se detiene en un instante eterno, bien silencio sobrecogedor bien grito
ensordecedor que nos catapultan más allá de lo que los ojos
ven.
Pamen Pereira arde en el fuego del trance creador. El resultado de su
inmolación es una corriente ascendente de aire caliente en la que
se mecen ingrávidas las golondrinas del espíritu. Y todo
se vuelve ligero ...
La gravedad es un sueño. La densidad se diluye. Una cama de piedra
no reposa en el suelo, sino en el silencio. El mismo silencio que emana
del cojín de meditación. ¡Es una fiesta la materia
cuando baila en el torbellino ascendente del espíritu!
Así es como lo efímero, detenido en el instante presente,
trasluce la eternidad en la que flota. Y una vez más la artista,
pontífice de ritos ancestrales, oficia la transmutación
por la que la fugacidad deviene eternidad y la eternidad se convierte
en un viejo jersey suspendido en el no-tiempo.
Fluyendo en el instante eterno se nos va la vida, se nos envejece el cuerpo
y los muebles y los ojos se nos deterioran de tanto usarlos hasta que
esa corriente cálida del espíritu nos rapte en el momento
de la muerte para elevarnos, águilas sin alas, hasta el corazón
del vacío.
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