Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Deseo y poder

Pensaba en aquello constantemente, sin piedad. Pensaba en lo que deseaba. Aquello era pensar con deseo: hablar con rugidos; no tener fin, quererlo; brotar sudor de la nada, rechazarlo.
Nunca he sabido lo que es pensar -no puedo-, pero conozco su poder, y sé que para que el deseo terminara por convertirse en una invocación, el pensamiento tuvo que estar presente todo el tiempo, que el deseo solo no hubiese bastado.
El cuerpo invocado apareció de repente, en el abismo del cuarto, sobre la alfombra. Quieto hacia afuera como todos los cadáveres, moviéndose hacia dentro como todas las disoluciones eternas, como la eternidad. ¿Por qué boca abajo?
El cuerpo era un cadáver, tan grande en lo grande y pequeño en lo pequeño como mi propio cuerpo.
El cuerpo muerto se parece a la cera, sólo porque como en ella el color viene del fondo. El fondo no se conoce: es sólo un punto equidistante del corazón que ha dejado de latir: el nuevo corazón de la ausencia.
Viene del fondo, atravesando incontables veladuras, y la distancia creada introduce desdibujamiento, inyecta sueño, fija lo que ya no es color.
Sería fácil decir que el cuerpo vivo tiene el color de la cera de una vela apagada. Pero el engaño es el rey del cuerpo que piensa. En el cuerpo vivo todo es aparición, presencia que apaga la llama de la vela. En el cuerpo muerto todo es desaparición, ausencia, y es la ausencia la que enciende la llama de la vela.
El cuerpo muerto se parecía a la cera de una vela encendida.

Lo que yo hubiese pensado durante aquella tempestad ya no importaba. Que yo hubiese amado, que yo amase desesperadamente, nada podía contra un presente en forma de cadáver. Yo había invocado un cuerpo muerto y ahí estaba, sobre la alfombra. El problema no se había resuelto. En realidad, todo quedaba por hacer.
Yo no había invocado un cuerpo muerto para diseccionarlo. Las clases de anatomía se han hecho para ocupar el tiempo de la ceguera. Poner delante lo que está detrás, poner detrás lo que está delante. Con el bisturí en la mano todo está perdido. Así se pierde la uña que araña en el dedo que señala en la mano que guarda. Así se pierde.
Más allá de la disección del cadáver persistía el fondo. Valor no necesitaba, pensamiento y deseo se habían separado.
¡Qué distinto es un muerto de un cadáver!
Primero es el muerto, tanto tiempo como el nombre, como el amor que no desaparece. El muerto es el quién de la pregunta. Estamos tan unidos a él como el nombre a la lengua. No nos acabamos el uno al otro, no nos damos fin. El muerto es el que lleva al cuello la cadena que le regalamos, el que nos amará con la furia que hace saltar argollas. Para ver al muerto no miramos hacia adelante ni hacia atrás, miramos hacia el fondo del pozo en el que ambos nos hemos hundido.
Después es el cadáver. La ausencia de nombre es su atributo. El cadáver es el segundo cuerpo del muerto. Allí donde todo lo ocupa la ausencia de los sentidos: ausencia de la vista: los ojos ya no asaltan ni son asaltados por el color azul, ya no destacan el rojo de los manuscritos, ya no persiguen las sombras. Ausencia del olfato: aromas inmemoriales que han perdido una interpretación. Ausencia del oído: música y ruidos que pasan sobre el cadáver en una ola masiva carente de significado. Ausencia del gusto: ausencia de acritud, ausencia de dulzor, ausencia de amargor, ausencia de los tiempos del vino. Ausencia del tacto: ausencia de uñas rotas en la pared del cuerpo que se quiere con sudor. Y ausencia del sentido del deseo: la telaraña de los cinco sentidos, la araña del gobierno del cuerpo.
Allí estaba el cadáver invocado, sobre la alfombra, y a mi pensamiento le faltaban manos.

Cerré los ojos para imaginar mi cuerpo anestesiado. Los sentidos, como en el sueño, estaban indefensos, abandonados al capricho de una acción extranjera. El muerto y no el cadáver llevaba las riendas de la historia: mira esto que te enseño, oye esto que te digo, degusta esto que te ofrezco, acaricia este yo, huele este yo , y sus órdenes ajenas operaban mi cuerpo, excavaban en él, lo hacían supurar y luego lo cosían, sin que mi cuerpo emitiera una queja, una sola nota sentida.
Aquella anestesia era un deseo invertido. Aquel cuerpo lejos de mi cuerpo, la causa. ¿Cuántas clases de separación para separar estos dos cuerpos?
Logré olvidar el cadáver, un instante, sólo para que el muerto me introdujera en una caja mágica, y la atravesara con cinco espadas bien templadas, sin que yo sintiera sus filos, sin que pudiera morir, sin que pudiera desangrarme.
El deseo, el deseo del cuerpo vivo. El cuerpo vivo tenía que estar en alguna parte. En una cama donde las espadas se clavaban, lo hacían morir, lo hacían desangrarse.
Pensé que al abrir los ojos el cadáver habría desaparecido. Una sola clase de locura espera a quien abre los ojos que antes cerró para no ver: la imagen abandonada vuelve.
Cerré los ojos. Recordé al muerto: estábamos sentados al borde de la cama. El abrazo nos llevó hacia atrás. Cuerpo a cuerpo. Perfectamente simétricos, embelesados en la maraña simétrica, rotos y pegados, en un dodecaedro. La cadena se pegaba a una piel que era la nuestra.
No podía abrir los ojos, ¿cómo deshacer el camino?, ¿cómo despensar? Lo que había sido pensado y deseado, el cadáver, estaba sobre la alfombra, boca abajo; con la segunda pregunta, esperando turno para saltar sobre mí.

Cuerpo, cuerpo, cuerpo, cuerpo, cuerpo, cuerpo... repetí sin voz. Cuerpo, cuerpo, cuerpo -buscando- cuerpo, cuerpo. El cuerpo comenzó a perder peso. Cuerpo, cuerpo, cuerpo... el cuerpo del hombre es el cuerpo de un reptil, el cuerpo de un ave, el cuerpo de un insecto, de una abeja, cualquier recipiente. Para dirigirse al cuerpo, el cuerpo tiene que desaparecer -cuerpo, cuerpo, cuerpo, cuerpo-, convertirse en ausencia. Las páginas del calendario corrían hacia atrás con el cuerpo, cuerpo, cuerpo.... y hacia adelante, cuerpo, cuerpo, cuerpo. Y todo fue umbral, allí donde el cuerpo: se arrastraba y se erguía, se deslizaba suavemente, volaba, nadaba, buceaba y estaba tendido en paz con la nada.
Abrí los ojos inútilmente a lo vivido.
Pensé en la calma, la deseé, e imaginé que abría los ojos para ver dos tumbas abiertas en vida: En la primera había un cuerpo sin cabeza; en la segunda, una cabeza sin cuerpo. Cada medio cadáver meditaba sobre su otra mitad. Con su capital miseria meditaba en su riqueza.
En la primera tumba, el cuerpo meditaba así: me duele la cabeza, allí donde esté y sobre todo donde estuvo. Donde estuvo me duele más. Recuerdo lo que la cabeza me dijo un día: cuando comas piensa en mí, cuando bebas, piensa en mí cuando el amor te sobrecoja, piensa en mí cuando te creas dueño de tus sentidos, porque yo soy la cabeza y estoy por encima de lo que tú piensas, no puedes olvidarme porque yo no me olvido de ti, no quieras florecer sin mí porque yo soy el agua, nunca pienses que puedo dormir a tus pies, porque yo soy la cabeza.
El cuerpo se estremecía con las advertencias pasadas y experimentaba una y otra vez el temblor que siguiera a la brutal ejecución. No recordaba la caída de la guillotina, sólo el extraordinario instante en el que el muerto -convertido en verdugo- se agachó a recoger la cabeza, la introdujo en un saco y la ahogó en el pozo.
En la segunda tumba, la cabeza sin cuerpo pensaba así: no puedo vivir en esta soledad, en esta soberbia no vivo. Porque no pienso, no sirvo para pensar sin lo que es mío y a lo que yo pertenezco. ¿Dónde está mi cuerpo?, ¿en qué lugar se perdió?, ¿dónde hago la entrada en el cuerpo?, ¿dónde la hacía?
La cabeza sin cuerpo se revolvía en su almohada de tierra, con el dolor repartido en el espacio vacío del cuerpo. El cuerpo le dolía donde no estaba, extrañaba el desenlace de los sentidos, no podía amar sin el abrazo, no podía atar sin ataduras, no podía enlazar con el manifiesto de la realidad. La cabeza contaba sus días y sus noches sin cuerpo. Su travesía en dique seco de sangre. Sus monedas razonadas no podían comprar el título del cuerpo. La cabeza no tenía salida.

Todavía con los ojos cerrados, las tumbras comenzaron a multiplicarse, y eran tantas que se perdían en la constante del horizonte.
En una tumba, una mano meditaba sobre la ausencia de su brazo; en otra, un muñón meditaba sobre la ausencia de sus dedos; en otra, los dedos meditaban sobre la ausencia de sus uñas... La ausencia se prolongaba en un eco de feria enloquecida.
Es posible que yo pensara en la resurrección del cadáver, que jugara a las cuatro esquinas con el cuerpo resucitado y tirara los imanes contra la pared como dados. Pero el cuerpo resucitado se abstuvo de mí desde el principio de la muerte y nunca llegó a formularse. Quizá el deseo estaba cansado o tenía miedo o era un deseo defraudado ya en estado de semilla o latía en una encrucijada. ¿Qué le había faltado a la invocación para que el cuerpo invocado fuese un cuerpo resucitado? ¿Por qué llegó un cadáver a la alfombra y no un cuerpo vivo desperezándose de la muerte? ¿Por qué no un cuerpo aletargado en un invierno sensitivo azul? ¿Por qué no un cuerpo enfermo, en busca de una mano sanadora? ¿Por qué no un cuerpo drogado, navegante? ¿Por qué no un cuerpo como el cuerpo de un perro? ¿Por qué no un cuerpo con cerrojos? ¿Por qué no un perro? ¿Por qué el cadáver boca abajo? ¿Por qué empecé a llorar como alguien que se despide sin querer, cuando la despedida estaba en el fondo de un pozo y las lágrimas eran, con la sangre y el sudor, las leyes de una pasión abolida?
No tuve tiempo de hacer estas preguntas en voz alta. Fueron preguntas superpuestas en el espectro de mi cuerpo. Notas que caen de lo alto.
Mi cuerpo yacía sobre la alfombra, boca arriba, junto al cadáver, junto al amor. La mano viva bajo la mano muerta, la mano amante bajo la mano amada.
El fondo del cadáver, su color de vela encendida -un rojo titilante que había muerto porque la enfermedad lo había matado-, ese fondo abrió un abismo sobre la alfombra, un vórtice, y lo que fue rotó sobre su eje.
Yo no sé lo que es invocar, pero conozco su poder, y sé que lo que el cadáver hizo con la ausencia de todos sus sentidos fue invocar mi cuerpo vivo.
El cadáver comenzó a pensar con deseo en mis sentidos en celo. Codició mi sentido de la vista, ávido de colores, sí, con su legaña. Codició mi sentido del oído, furioso de sonido carnal. Codició mi sentido del gusto, con su hambre y con su sed, y porque necesitaba de la carne y del agua quiso cosechar la tierra y recoger la lluvia. Codició mi sentido del olfato, mareado del olor de la cera, sabido como es que la cera tiene el olor del tiempo. Codició mi sentido del tacto, y quiso que su mano amada fuese la mano amante. Y codició el sentido del deseo con el que yo había invocado su cuerpo.
La invocación levantó una tempestad de arena.
Ráfaga a ráfaga, sentido a sentido, el cadáver enterró mi cuerpo.

 

 

Menchu Gutiérrez 
Este texto forma parte del libro "LATENTE" publicado por la editorial Siruela.
Con el permiso de la autora.

Menchu Gutiérrez (Madrid 1957) ha publicado, entre otros, los libros de poesía La mordedura blanca (Premio de Poesía Ricardo Molina, 1989) o La mano muerta cuenta el dinero de la vida (1997), Basenji (1994), Viaje de estudios (Siruela, 1995), La tabla de las mareas (Siruela, 1998) y La mujer ensimismada (Siruela, 2001).

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números