La
depresión y el estrés dos caras de la misma moneda La vida
de todo organismo viviente, desde la ameba hasta el ser humano está
regida fundamentalmente por dos movimientos bioenergéticos:
Una fuerza centrífuga que tiende hacia la expansión y otra,
la centrípeta, que tiende hacía la contracción.
Desde mi concepción bioenergética, la salud de un ser vivo
está gobernada por la relación existente entre estos dos
movimientos.
¿Qué sucede cuando estas dos fuerzas se alteran?
Voy a describir esta disarmonía extrapolando estos dos movimientos
básicos de la vida originaria, hacía las dos formas de patología
psicofísica más extendidas actualmente en el mundo “civilizado”:
la depresión y el estrés.
Desde mi experiencia personal y profesional, me inclino a pensar que la
causa común de la depresión y del estrés es la incapacidad
para asimilar un peligro externo e interno respectivamente. Esta indefensión
provoca un trauma emocional, que ocasiona el quiebre de nuestro yo. Éste
queda amenazado e invalidado, interrumpiéndose en el organismo
la continuidad bioenergética (psicosomática). Entonces,
no resulta extraño que aparezca el miedo y la angustía,
con las diferentes formas defensivas de supervivencia. La depresión
y el estrés son las dos tendencias instintivas de supervivencia
más usadas en nuestra vida moderna y que funcionan aparentemente
de manera polar. Sin embargo, las dos nacen y se alimentan de una misma
fuente. Es en este común denominador donde me gustaría matizar
mi reflexión.
La depresión suele desencadenarse frente a un estado de indefensión
e inseguridad profunda, producido por alguna pérdida afectiva o
laboral. La persona se siente incapaz de hacer frente a su propia vida,
llegando a infravalorarse y a desestimarse.
El funcionaminto bioenergético de un cuerpo deprimido puede explicarse
de la siguiente forma:
Una persona deprimida tiende a reabsorber su energía, almacenándola
en lo más profundo de sí misma, cerrando las salidas para
que no pueda escaparse, ni ser dañada por el exterior. Voy a explicar
algo más detalladamente esta sensación de atascamiento y
derrumbe que vive la persona depresiva, producto de la lucha entre retener
y expresar sus sentimientos y pensamientos.
Cuando el hombre, todavía niño es injustamente agredido
por su entorno familiar, se siente herido. Y si no puede defenderse ni
expresar su dolor; automáticamente su organismo entrará
en un estado de alarma, cerrándose y retrayéndose hacia
su interior, como si quisiera proteger lo más íntimo de
su ser: su alma. Si la fuente de agresión persiste se acorazará.
Sin embargo, esta reacción defensiva se convierte en un funcionamiento
paradojal. Por una parte, retirar la energía hacia el interior
de su cuerpo es una forma de preservar la integridad de su ser, que le
lleva al mismo tiempo a aislarse del mundo. Es como si la defensa instintiva
que le ha preservado de la amenaza, le cerrara la puerta al exterior,
lugar de donde siente que viene el peligro. Claro que esto le aisla del
contacto con los otros. Es por esto que la persona depresiva vive en una
constante lucha, entre la tendencia de alejarse del peligro externo y
la necesidad de acercarse a las personas. Tal conflicto provoca un desgarramiento
emocional muy grande, con el consiguiente agotamiento y derrumbamiento
psicofísico. Su organismo queda bloqueado y paralizado, producto
del antagonismo de dichas fuerzas.Cuando escuchamos a estas personas decir
que no puden levantarse de la cama, que son incapaces de moverse, de sentir
y de pensar, es verdaderamente cierto. Su cuerpo está en un estado
de “shock”, que produce, a nivel físico, una sensación
de hipertonicidad muscular profunda e immovilidad , y a nivel psíquico
un estado de angustia y desesperación. En función del grado
de depresión pueden aparecer ideas suicidas y/o pensamientos de
que se va a volver loco. Esta reación instinto-defensiva, que provoca
la paralización (somatopsíquica), actúa de manera
similar a un anestésico emocional, para preservarle de sentir el
dolor corporal. Algo parecido a lo que hacen la mayoría de los
seres vivos cuando sienten la imposibilidad de defenderse de un ataque.
Algunas de las posibles formas en que se manifiesta este estado son la
apatía, falta de vitalidad, escasos deseos de vivir, tristeza,
melancolía, insomnio, etc...
¿Qué pasa con las personas cuyo funcionamiento es la expansión?
La persona estresada o ansiosa, en lugar de defenderse del peligro exterior
huyendo hacia el interior, encerrándose y luchando contra dicha
amenaza; lo que hace es utilizar la rigidez y la hipermotricidad para
escapar de la amenaza externa e interna. Si el deprimido se immoviliza
ante la incapacidad de enfrentarse al mundo, el ansioso se apega a la
actividad, a un ritmo de vida acelerado. Quizás como una manera
de preservarse del miedo al fracaso o al pánico de vivir en una
inestable fragilidad.
Todos sabemos que el estilo de vida de nustra sociedad crea una tensión
enorme sobre las personas. Y las metas que nos bombardean continuamente
son triunfo, poder y fama. Las personas que las persiguen suelen ser individuos
con fuertes rasgos de agresividad, ambición, impaciencia y competitividad
orientada hacia los records. Estas son las típicas personas propensas
al estrés. Esta hiperactividad por lograr afan de poder les obliga
a endurecer su cuerpo, para poder aguantar la presión y la carga
que se va acumulando con dicho funcionamiento. El exceso de tensión
conduce al organismo a diferentes tipos de enfermedades, que dependerán
de la estructura psicocorporal de la persona. Por ejemplo: habrá
individuos ansiosos que tenderán a reaccionar con alteraciones
psíquicas ( hiperactividad y dispersión mental, pensamientos
obsesivos, etc...), mientras que otros se inclinarán a desorganizar
sus funciones biológicas ( insomnio,cefaleas, dolores musculares,
enfermedades cardiacas, hipertensión, úlceras, etc... ),
sin síntomas psíquicos aparentes.
Cada una de estas dos formas defensivas y opuestas pueden cambiar de dirección.
Cuando la persona estresada no puede seguir aguantando el ritmo acelerado
en el que vive, su cuerpo “estalla” y cae en picado hacia
un derrumbamiento, expresando algo así como: ¡basta, ya no
puedo más!. Por el contrario, el patrón defensivo que utiliza
el depresivo de aguantar sufriendo la tensión interna, llega a
tal grado de estricción, que su estructura se resquebraja y “explota”
en forma de actitudes descontroladas cargadas de irritabilidad y/o violencia.
Tanto la depresión como el estrés son dos formas de descentrarse
de sí mismo, de perderse y de desconectarse de la relación
con los demás.
En una persona ansiosa el flujo energético se reduce, o mejor dicho
sólo circula por la superficie de manera discontinua y caótica.
En el individuo depresivo parece llegar a pararse.
Si sentimos nuestros cuerpos, si somos capaces de descubrir el proceso
de cómo aprendimos a defendernos, entonces podemos ahora cambiarlo,
reorganizarnos y adquirir una manera nueva y adecuada de funcionar. Para
eso necesitamos un cuerpo flexible, cargado de energía, vivo, que
no quede atrapado en patrones depresivos y/o hiperactivos. En lugar de
luchar con nuestros sentimientos para controlarlos, poder sentirlos y
acompañarlos en su expresión real hacia el mundo. Este es
el fundamento del Análisis Bioenergético.
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