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Esculturas de cuerpo y mente
Entrevista a Denys Blacker

 

El Susurrador de Viento.
Coge el Susurrador con las dos manos con la parte estrecha hacia ti. Coloca la boca en el agujero pequeño. Con los ojos cerrados, piensa en una plegaria de curación para el mundo. Inspira profundamente y saca el aire despacio, desde el estómago, por el Susurrador. La plegaria se la lleva el viento alrededor del globo.
El Embudo del Alma.
Toma el Embudo con ambas manos. Pon la boca junto a la boca del embudo, con la nariz encajada delante. Concéntrate en el ritmo de tu respiración. Con los ojos cerrados, respira dentro del embudo e imagina las impurezas de enfermedad que dejan tu cuerpo. El Embudo te ayuda a curarte.
El Teléfono de la Memoria
Toma el objeto con las dos manos. Ponlo junto a tu cara con la parte más larga apuntando a tu oído. Con los ojos cerrados piensa en verdades importantes que no quieras olvidar. Susurra en el micrófono del Teléfono de la memoria para recordarte a ti mismo estas cosas importantes. El Teléfono de la Memoria las imprime en tu memoria.


ENTREVISTA
Julián Peragón:
Algo que me recordó tu exposición fueron las palabras de mi profesor de estética de la facultad, quien decía que la escultura está hecha para tocar. Igual que la pintura se acerca a la artista, la escultura es un volumen y como tal debes percibirlo en el espacio a través del tacto y, sin embargo, en ninguna exposición de escultura nos permiten tocar las obras. Lo interesante de tu obra es que sí es para tocar. ¿Qué es para ti este elemento del tacto?

Denys Blacker: El tacto es muy importante. Si vamos a entender de verdad tenemos que tocar. En los museos y galerías no dejan tocar por miedo a  estropear la obra de tantas manos que pudieran tocarla. En mis obras nunca he percibido la importancia del objeto como un objeto material -eso es parte del mercado del arte, de entender el arte como un negocio, una especulación-; yo pienso que el objeto tiene una función, sea la que sea, pero tiene una función y el tacto es parte de esa función. Después viene el miedo de perderlo y romperlo. A lo mejor se pierde y ¿qué?, como la vida misma.

J: Tu obra también me recordaba una obra para experimentar. Tiene un elemento lúdico, de juego, vivencial, donde la frontera entre el objeto y el espectador se rompe.

D: Intentar romper esa meta entre tú y yo y encontrar lo que somos nosotros a través del objeto, de la acción, de dibujos, o de lo que sea, es el reto que me planteo: encontrar la función en común, que puede no ser una función cotidiana sino tener otro nivel. Y ahí también creo que nos equivocamos a veces con quedarnos sólo con lo de fuera y no pensar en otras capas de realidad, esas posibilidades que comunican de otras maneras. No sólo es la palabra, sólo el ver, sino puede ser algo más de la conciencia, algo que también es común a todos, y no diferenciar sino intentar unir a través de la obra algo de la experiencia humana.

J: Hay esculturas de corazón y de mente. Es como si tu obra nos quisiera decir que mente y corazón están un poco separados, que hay una fractura entre sentimiento y pensamiento.

D: Yo creo que sí, en nuestra sociedad en este momento, aunque no en todas circunstancias ni en todas las personas. Tendemos a conceptualizar mucho, hasta el punto de no saber lo que sentimos. Somos capaces de convencernos de cosas mentales que no son verdades e ignorar lo que sentimos. O, de otra manera, también está la pasión: perder totalmente el juicio y no pensar, no tener la lógica, la lógica verdadera y entender lo que se puede y no se puede ver.

J: Tu obra es un puente entre arriba y abajo…

D: Intento hacer algo así, unir. Intento dejar un espacio donde cada uno puede entender y apreciar el objeto desde su perspectiva. Es muy difícil complacer, no estoy intentando hacerlo, sino que busco la unión para comunicar de una manera más sencilla, que no pueda confundirnos, reducir a lo mínimo…

J: ¿A lo esencial?

D: Sí, a lo esencial, y pensando siempre en las experiencias muy cotidianas y normales. Los problemas que tenemos todos, que tengo yo y que he oído a la gente expresar que tiene, cosas muy comunes, preocupaciones normales, de ahora, de este planeta, de esta vida que tenemos.

J: No un arte elitista…

D: No, para nada, nada elitista. Creo que nos hemos equivocado al crear elite de cualquier tipo. Sólo puede haber gente que trabaja más o trabaja menos, que llega más cerca o llega más lejos, pero esto de que uno es mejor o peor, sabe más o menos… Creo es importante disolver estas fronteras, porque uno tiene miedo de participar. La gente, por ejemplo con el arte contemporáneo, tiene mucho miedo de opinar.  “No sé nada, no entiendo nada”, dicen. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que hemos ido tan lejos de su realidad que no pueden entender o es que hemos cerrado las puertas desde las instituciones del arte o desde la creencia de la pura abstracción? No sé… Yo soy mucho más humilde quizás en lo que intento hacer, no quiero expresar cosas que nadie entienda sino transmitir lo que todos experimentamos.

J: Una de las definiciones de arte que nos daba nuestro profesor de estética era la del "embudo". La obra de arte es un embudo por el que entras y cuando sales se ha producido una transformación. Una obra te impacta de tal modo que tu manera de observar la realidad ha sufrido un movimiento, se ha producido un cambio.

D: Sí, creo que ocurre con la mayoría de personas que no están tantas horas al día como el artista dentro de su imaginación, dentro de ese mar de inconsciencia, o de consciencia si quieres, pero debajo del nivel de la realidad material -o dentro, o por encima, no sé…- pero en otra dimensión de realidad, que intenta pelar como una cebolla las diferentes capas de realidad para descubrir lo que hay debajo. El artista tiene la capacidad de expresar a través de la obra o de comunicar o de traer desde ese lugar cosas para compartir con el público. Últimamente he escrito que el artista es como un buzo, que se sumerge en las profundidades de la inconsciencia de la humanidad colectiva, ahí donde en la vida cotidiana tiramos cosas valiosas y cosas no valiosas, donde en un intento de sobrevivir dejamos ir, no cuidamos. Y ahí en ese agua está todo. Y el artista se sumerge y salva algo de toda esa ruina cultural y real y humana; lo rescata, lo trae y rehace, organiza de tal manera que podemos entender y sentir. Creo que si la obra es fuerte es como si el artista te cogiera de la mano, te tirara bajo el agua y te condujera a que compartieras esa experiencia con él.
Ocurre en cualquier tipo de arte: música, danza… cuando hay duende, cuando funciona, el artista nos acompaña a un lugar que nunca habíamos imaginado. Ése es el trabajo del artista: mantener el contacto con el inconsciente y comunicar de una manera que no es totalmente racional ni irracional sino arracional, donde no tenemos que ordenar la cosas a, b, c, d y el tiempo no es lineal. Todo esto disuelve un poco nuestro entendimiento, nuestras obsesiones de controlar…

J: Claro, nos abre camino a ese inconsciente, que está negado por la realidad…

D: Sí, y, es más, mantiene sana la energía mundial. Si miramos el mundo, vemos que se ignoran tantas cosas de sentido común para valorar por encima de todo el poder y el dinero. Nos estamos cargando todo y muy inconscientemente, o conscientemente tal vez por una vida de corto tiempo, todo a corto plazo. Creo que es necesario abrir la imaginación a través del arte y permanecer en ese espacio: todo el mundo puede estar en ese espacio. Es una disciplina, nada más…

J: Me parece que hay una idea terapéutica dentro de tu obra. ¿Crees que el espectador necesita ahora más de la terapia que de la poesía, más de la mística que de la estética?

D: Creo que cada objeto tiene una función, muy concreta, pero son cosas que surgen de lo que te comentaba antes, de observar el día a día de la gente, de lo que cuesta recordar, porque nos olvidamos cada día. Tal vez sabemos que es mejor concienciarnos para sentirnos mejor, tal vez sabemos que si estamos tranquilos con cinco minutos de silencio antes de ir a trabajar eso mejora nuestra concentración, todo esto que es meditación, oración o silencio. La intención con estos objetos es entrar con temas que son todo esto pero también son un juego. Te doy unas instrucciones para un objeto: tú puedes seguir o no. Te da una idea, es una invitación a que cojas tu taza de té, por ejemplo, e inventes otro uso que no es para beber. Puedes decir “con esta taza de té, voy a improvisar, la lleno con todos mis deseos para el día, la tomo y me los quedo dentro”. No es importante el objeto sino jugar con la imaginación cotidiana. Con estos objetos, la gente me comenta que saben qué les pasa. Es porque son cosas muy comunes, muy sencillas, las necesidades de cada día. Ahora todo el mundo tiene prisa, parar ya es un reto. Parar un momento y tocar esto, sentarte y pensar en la respiración, los miedos, la curación, temas que necesitamos, más universales. Pero no es lo fundamental: no quiero que el objeto se convierta en algo ritual, que la gente lo coja pensando que tiene un poder aunque sí es cierto que la acción al utilizarlo deja una vibración.

J: A mí me recuerda tu obra la importancia del ritual. Decía Lanza del Vasto, un antiguo maestro del sur de Francia, que el rito es la liberación del acto. Creo que quería decirnos que si nuestra vida no está salpicada de pequeños rituales cotidianos la compulsión de la acción automática nos come, no nos deja que se expanda el alma. No es lo mismo tomar una taza de té de pie y con prisas que tomar una taza de té en buena compañía, con música. El ritual es importante porque acompaña la vivencia.  Y me parece que tu obra introduce un ritual: mirar el objeto, cogerlo con la mano, llevárselo a la boca, soplar…

D: Creo que el ritual es la repetición con conciencia del acto cotidiano. La cuestión que ocurre con todas las palabras que se utilizan en las religiones y se asocia con ellas -rezar, ritual…- es que con el rechazo a las instituciones religiosas hay el consiguiente rechazo a la terminología. Ahora estamos rehaciendo todo. Hay grandes religiones que se tienen que adaptar a nuestro tiempo, y saber qué es útil y qué no, y conocer del pasado qué ha sido verdad y qué no, aunque la gente ya no hable de ello. He pensado mucho sobre esto, porque al presentar una obra que puede parecer pseudoreligiosa o ritualística, he intentado que sea del todo normal, con una normalidad de desmistificar, de normalizar esos actos humanos. Más que pensar en ritual, es pensar en una acción repetitiva con una conciencia del presente. Con otro lenguaje, porque el lenguaje tiene un poder y el poder viene con mucho equipaje, viene de una historia. A veces una palabra viene con mucha carga, es muy difícil ser claro porque en ocasiones ya trae otros sentidos. Con el arte siempre ha habido un vínculo. Ciencia, arte y religión siempre han estado ligados, por la investigación que conllevan. La religión es una manera de entender la vida y de querer entenderla, con una conciencia de lo que es vivir y sentir todas las cosas humanas. La ciencia también es intentar entender la estructura de las cosas, de la conciencia o de la materia o de por qué estamos aquí. El arte es otra manera  de investigar a la que no damos tanto valor porque es muy difícil de definir y en la propia definición definimos algo que no es. A veces no es necesario definir tanto. A veces el misterio está en no entender, en no saberlo todo con palabras sino con otra cosa. El crítico hace un trabajo con más conciencia, mira globalmente y pone patrones y fórmulas para entender la obra como una energía general. Aunque el artista mismo no es la mejor persona para explicar su obra…

J: Hay algo que no hace falta explicar. La misma obra lo explica…

D: Las palabras y los sonidos tienen un poder muy concreto. Cada vocal lleva consigo una vibración y un efecto en el mundo. Las palabras que pronunciamos también tienen ese efecto: si hablamos con violencia, estamos sembrando actitudes violentas, aunque no queramos. Creo que en el arte puede haber palabras más ligadas a la poesía que directas o materiales. Cuando ves arte puedes sentirlo sin entenderlo. Es como la música, vamos a un concierto a sentirlo, no a entenderlo. Puede gustarte la melodía y a lo mejor vuelves a casa cantando. Lo mismo ocurre con el arte, a lo mejor vas a verlo y después vuelves a casa a soñar con ello, a verlo por toda la casa. Ésa era mi intención: entrar un poco en este juego, infiltrarme con una onda: puedes ir a casa y pensar esta botella podría ser… y podría ser…. y podría ser… y la botella adquiere una importancia que antes no tenía para ti.

J: Creo que es importante reflexionar sobre el tema del arte y la belleza. El mercado del arte nos acostumbra a que la belleza es algo que se cuelga en la pared y que te da un estatus. Pero creo que el artista es mucho más profundo que ese mercado del arte y nos habla de esa belleza desde otro lugar. Recuerdo una carta del Tarot que es La Estrella, se representa con una mujer desnuda que decimos que es la prefiguración del alma porque es vulnerable, está desnuda, arrodillada -en el sentido de fe- y riega con dos jarras la tierra, aludiendo al aspecto generoso del alma. Y arriba tiene una estrella, que es Venus, la diosa del amor y de la belleza. La cuestión es, creo yo, que el alma vive del amor y belleza y si, en nuestra vida no hay amor y belleza, el alma se seca. Creo que una de las grandes funciones del arte tendría que comunicar la importancia de la belleza, no formal y superficial, sino la belleza de vivir, de un saber estar.

D: Creo que la belleza verdadera viene de la observación. Para entender, los humanos necesitamos observar y un artista necesita concentrar para ver de verdad, como productor de un objeto. Hacer un objeto de belleza nunca puede ser el objetivo. El artista ve realmente lo que son los patrones que nos rodean, las proporciones, las repeticiones, la estructura. Ve de verdad, lo entiende, lo traslada a la obra sin que tenga que intentarlo, hace lo que quiere hacer porque hay que tener confianza en lo que experimentamos como personas. No podemos cerrar los ojos y no ver nada e imaginar. Esto produce obras alucinógenas. Artistas que no han observado lo que hay afuera. Hay una gran parte de contemplación que se puede después digerir, escuchar y también está la parte sentimental, tener una conciencia de por qué lo estoy haciendo.
Realmente cuando hablamos de la belleza, hablamos de nuestro lugar en el mundo físico, de una belleza física. Luego está la belleza interior, donde un objeto puede ser muy feo en sí pero tener un poder muy bello, una belleza.
Actualmente en la educación del arte no damos tanta importancia a la observación y creo que es importante. Ahora hay un gran movimiento hacia un pensamiento más holístico y de ver el lugar de cada uno en todo esto, de apreciar las proporciones de la naturaleza. Además tenemos mucha información del microcosmos (átomos, bacterias, virus, fractales) que también inspira y es observación.
La belleza no se puede fabricar. Ocurre cuando uno vibra o funciona en armonía con lo que hay en ese momento en su entorno, en todo su entorno, en todo el mundo; como parte de este terrible caos que nos rodea y como parte de las terribles atrocidades. No puedes apartarte y crear un objeto hermoso para olvidar esto. La hermosura también está en el destrozo. Tenemos que ver la hermosura en todo porque si no la vida sería muy desesperada, en todo, en la violencia… Hay que ver su parte en el patrón de tu propia vida y ponerlo en su lugar dentro del resto, como un retrato.

J: Me gustaría que nos hablaras de tu trayectoria, de las etapas que has pasado como artista.

D: Empecé a estudiar arte a los 18 años -hace mucho tiempo- y estuve estudiando escultura en diferentes escuelas durante 7 años. En los inicios, utilizaba mi propio cuerpo para hacer escultura. Cogía grandes bloques de barro, luchaba en ellos, me enterraba, me desenterraba y hacía una figura en relieve, un negativo. Después los rellenaba de cemento y de yeso y ahí quedaba una memoria física del movimiento. De algo no concreto hacía algo concreto. De ahí surgieron más y más obras donde la importancia residía en el proceso y no en el objeto resultante. Empecé a hacer acciones y a hacer público el proceso, dando más importancia al cómo (proceso) que al qué (cosa acabada).
Al principio, me enterraba en 10 toneladas de barro y entraba y salía repetidamente hasta que no podía más. Era una práctica de resistencia. Poco a poco, la obra ha ido variando y cambiando con los años pero hay algo común desde el principio: hacer objetos, ropa o vestidos que llevo durante ese proceso y que queda después como un recuerdo. Pienso que estos objetos absorben energía, tienen una memoria. Esta memoria me interesa mucho, ver un objeto sabiendo que tiene un pasado. En todas las épocas se ha dado poder a telas y objetos como el mismo sudario por la experiencia extraordinaria que han tenido a su alrededor. Ellos pueden comunicar y eso lo olvidamos a menudo en la vida. Todas las sensaciones se empapan en lo que tienes a tu alrededor, muebles, ropa, aire, pueblo, mundo; van afectando a todo tu alrededor desde la ropa, que es lo más cercano que llevas.

J: Esto que explicas me hace recordar el concepto de wabi sabi de la estética japonesa, donde el objeto que es nuevo, impoluto, perfecto no tiene belleza, en cambio aquel objeto que ha sido gastado por el uso, por el tiempo, tiene una historia y esa historia es bella.

D: Sí, y habla. Como todos, que estamos un poco usados y rotos por la vida después de una cierta edad, o tal vez desde el nacimiento. Creo que eso es también hermosura. Por eso la obsesión que tenemos hoy con la imagen es tan absurda porque te cambias la cara con cirugía estética, por ejemplo…

J: Sí, pensaba en esto, la cara sin ninguna expresión no tiene historia…

D: Sí, no tiene historia. Te quita las arrugas pero también te quita el movimiento alrededor de los ojos, la expresión. Ya no expresas. Y sí, como foto, eres una foto más joven pero como vida y como efecto estás escondiéndote, es una manera de esconderte, ¿de qué? De ti mismo, porque tú sabes que ya no eres eso. Es una manera muy equivocada… pero, bueno, hoy en día hay de todo, hay cosas muy, muy, muy buenas y cosas muy, muy, muy extrañas. Supongo que la naturaleza humana siempre ha sido así.

J: Cuando vas a un museo, ¿qué sientes?, ¿sientes esperanza, ilusión del arte que se está desenvolviendo actualmente?

D: Hay un poco de todo. Lo que me desilusiona un poco es la necesidad de sensacionalismo, el tipo de obras en las que falta respeto para la vida misma, en las que se comunica un cinismo. Este tipo de obra de arte no me mueve. Quizás si viendo algo me siento triste, negativa, deprimida, destructiva, esto no me vale ya.
Tal vez en otros tiempos era necesario ser violento y romper estructuras para poder avanzar, pero hoy en día con la información y la libertad de expresión que tenemos no. En Europa estamos viviendo años magníficos, no estamos viviendo una guerra ni hambre; en general hay la posibilidad de sobrevivir muy bien sin estos problemas.
Creo que tenemos una responsabilidad de que el mundo sea mejor, no peor. No contemplar la violencia… ¿para qué contemplarla si no es para dar una solución? Cuando veo este tipo de obra me desilusiona un poco porque hay quien prefiere chocar a cambiar de verdad. Y es muy fácil chocar, con un poco de sangre o de sexo o lo que sea siguen chocando.
Pero hay otras maneras realmente de contribuir, de mejorar el mundo, para mí es lo más importante. Cuando voy a una exposición o veo obras que me iluminan con algo más, con una visión que no había imaginado nunca, que salgo pensando “ójala hubiera hecho yo esto” y me siento con ganas de volver al taller y trabajar y hacer más, entonces para mí ha funcionado. Perfilar la línea es muy difícil.
Las obras reivindicativas ya no tienen su tiempo. No hay tiempo de reivindicar. Reivindicar es re-vengar. La venganza para mí no vale. Ahora es contribuir, progresar, aportar, crear. Todas estas cosas negativas que han tenido su lugar en el tiempo ya no tienen su espacio. No hay tiempo para quejas, hay sólo tiempo para hacer. No podemos reivindicar más el cambio climático, por ejemplo, hay que actuar. No hay tiempo, actúa. No hables más, no me digas 2010, 2020, 2030… no quiere decir nada.
Cada uno tiene su responsabilidad en todo esto. Todos somos parte de esta confusión, yo igual que todos, con los coches, los aviones, lo que sea, esto a nivel de planeta… Y luego, ideológicamente, siempre tenemos muchas contradicciones y es muy difícil convivir con todo esto y mantenerse creativo. Entiendo por qué se puede también caer en crear obras más pesimistas y cínicas, pero ésa no es no la vía del guerrero. Los guerreros no se quejan, van a la batalla, actúan. Y todo es un poco confuso, porque, al desmoronarse la religión y las estructuras, cada uno tiene que encontrar su manera espiritual en la vida del día a día y es muy difícil si no existe una vía ética que seguir. Si todo es posible y todo es permisible, ¿cómo cada uno después decide cómo solucionar los problemas solo?

J: En el posmodernismo del todo sirve y todo vale, no hay unos valores éticos que nos posibiliten dar una respuesta a esta crisis planetaria…

D: Todo lo que es la civilización y cultura espiritual está en ruinas, las estructuras se están deshaciendo, pierden su papel como grandes poderes en el día a día de la gente. Cada uno tiene el poder de reconstruir esta ruina, de coger lo que necesita, lo que vale. Pero, claro, tienes que investigarlo. No puedes cerrar la puerta y decir “no hay nada aquí”. Hay muchos milenios de experiencia humana y enseñanzas que nos valen, hay muchas vías sagradas que investigar, y las religiones son un camino también.

J: Y ahora mismo, ¿en qué punto estás?, ¿qué estás desplegando artísticamente?

D: Ahora estoy trabajando en una serie de mapamundis. Son vestidos en forma de capa para llevar, para ponerse, que tienen 3 metros de diámetro y representan los cuatro océanos, más el antártico, vistos a nivel planetario. También son mis interpretaciones sobre lo que es un mapa. En mi obra la parte de tierra de los mapas está bordada con trocitos con porcelana y barro cocido. Cuando me pongo la capa, desarrollo la acción: me tumbo en el suelo, con la capa entera, voy rodando, rodando, rodando, y entonces las cerámicas se van rompiendo. Subo y bajo en una línea recta y la porcelana del mundo queda hecha polvo en el suelo. Después se muestra la pieza utilizada en la perfomance, toda rota con sólo los nudos del cosido, y otro juego intacto, que no se ha utilizado, y se exponen los dos juntos en la pared.

J: ¿Qué quieres decir con este contraste?

D: Este contraste es una meditación sobre el estado del mundo ahora. Puede haber muchas interpretaciones. Para mí, al ponérmelo como un vestido, es como una piel. No me quiero distanciar más de la tierra, somos lo mismo, necesitamos estar unidos para este momento. Siento la necesidad de acercarme a este mundo en el que vivimos. Me pongo dentro. Luego la comparación que puedes hacer con la pieza rota y entera la siento como la belleza que hay en el cambio, que puede ser un destrozo. Ver la belleza en todo, no sólo lo negativo… “Vamos a morir todos”… el cambio climático… no verlo como algo terrible, sino como otro cambio, otro proceso, no tiene importancia. La importancia es la conciencia que tú tienes de tu vivencia y lo que tú sacas de ella. Hay gente que vive cosas terribles y de ahí saca mucha sabiduría y fuerza.
Tenemos mucho miedo, miedo a sufrir, miedo a morir, lo tenemos muy escondido, muy aparcado, tenemos un terrible miedo al envejecimiento, a perder. A través de esta obra, me enfrento, me encaro a estos miedos para estar bien con todo, pase lo que pase. Mi mundo es nuestro mundo, mi piel es tu piel…

J: Un mensaje esperanzador…

D: Espero. Todo es esperanzador...

J: Toda crisis es una oportunidad de crecimiento, éste es el gran salto adelante que podemos dar la sociedad.

D: Es necesario para poder aprovecharlo una cierta conciencia, un poder separarte de tu crisis. No nos enseñan a separarnos de las crisis. Antes la iglesia te daba la opción de rezar, aunque con el añadido de la culpa, pero con la iglesia, a través de los ritos, uno se podía separar de su dolor, de su experiencia, podía confiar en Dios. Si tiras todo esto y no coges nada más, ¿cómo vas a solucionar eso? A través del budismo, de la meditación, a través de prácticas espirituales de otras tradiciones, también mucha gente llega. Todo esto es útil.
Más que el final de la religión, está sucediendo el final de la estructura. No queremos más seguidores. Los seguidores tienen mucho miedo, porque no saben dónde van, van siguiendo. Es mucho mejor que alguien que sabe más o que sabe el camino te acompañe en el viaje. Eso es lo que creo que necesitamos más que gente que te dice ciegamente “sígueme”. No hay tiempo para seguir, porque te van a dejar colgado en el desierto. La persona, la experiencia, la consciencia… hay que atreverse a meterse ahí porque implica también una responsabilidad personal. Si tengo que llegar un poco más lejos, si tengo que viajar solo he de prepararme, he de pensar, no puedo irme sin pensar “¿voy a quedarme sin comida, sin agua, voy a caerme por un barranco?”… por eso has de dar la bienvenida a las señales que te van llegando.


 

Denys Blacker
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Un ciclo de conexiones. Por Tew Bunnag, 2007

Entrevista: Julián Peragón
Transcripción: Arantza Corrales

 
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