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En
el mundo en que vivimos, acostumbrado a segmentar los opuestos, a veces
nos resulta difícil sentir que lo individual y lo colectivo, lo
personal y lo social no son dos mundos separados. Pero si nuestra biografía
está escrita en nuestra biología, también lo está
nuestra biografía colectiva. Por eso, este texto me pareció
un testimonio profundo y revelador de dicha unión. El artículo
plantea, de una forma valiente y abierta, que un proyecto de liberación,
cualquiera que sea, aunque en este caso se refiera a la experiencia histórica
del pueblo negro y, más en concreto, de las mujeres negras no puede
basarse sólo en la transformación de las condiciones materiales
de la vida y dejar de lado el crecimiento espiritual de las personas.
Ambas cosas tienen que ir de la mano y eso significa que para ese colectivo
es fundamental aprender a desarrollar la capacidad de amar. Lo importante
es que nos habla de una experiencia colectiva que a muchas de nosotras
(y de vosotros también) no nos es ajena. Y es por eso por lo que
me ha parecido interesante su traducción.
Espero que os sea enriquecedor. De todo corazón, Menchu Mozo.
Viviendo de amor*
El amor cura. Nuestra recuperación reside en el acto y en el arte
de amar. Mi pasaje favorito del Evangelio según San Juan es aquel
que dice: No amar es quedarse en la muerte.
Muchas mujeres negras sienten que en sus vidas existe poco o ningún
amor. Esa es una de nuestras verdades más íntimas que raramente
discutimos en público. Es una realidad tan dolorosa que las mujeres
negras raramente hablamos abiertamente sobre ello.
No ha sido fácil para las personas de este país entender
qué es amar. M. Scott Peck define el amor como “la voluntad
de expandirnos para posibilitar nuestro crecimiento o el crecimiento de
otra persona”, sugiriendo que el amor es al mismo tiempo “una
intención y una acción”. Expresamos el amor a través
de la unión del sentimiento y de la acción. Si observamos
la experiencia del pueblo negro a partir de esa definición, es
posible entender por qué históricamente muchos se sienten
frustrados como amantes. La esclavitud y las divisiones raciales crearon
condiciones muy difíciles para que los negros nutriesen su crecimiento
espiritual. Hablo de condiciones difíciles, no imposibles. Pero
necesitamos reconocer que la opresión y la explotación distorsionan
e impiden nuestra capacidad de amar.
En una sociedad en la que prevalece la supremacía de los blancos,
la vida de los negros está impregnada de cuestiones políticas,
que explican que éstos hayan interiorizado el racismo y un sentimiento
de inferioridad. Los sistemas de dominación son más eficaces
cuando alteran nuestra habilidad de querer y amar. Los negros hemos sido
profundamente heridos; como la gente dice, “heridos hasta el corazón”,
y esa herida emocional con la que cargamos afecta a nuestra capacidad
de sentir y, en consecuencia, de amar. Somos un pueblo herido. Herido
en aquel lugar que podría conocer el amor, que estaría amando.
La voluntad de amar ha representado un acto de resistencia para los afro-americanos.
Pero al realizar esa elección, muchos de nosotros descubrimos nuestra
incapacidad de dar y de recibir amor.
El impacto de la esclavitud en el acto de amar
Nuestras dificultades colectivas con el arte y el acto de amar comenzaron
a partir de la esclavitud. Eso no debería sorprendernos, ya que
nuestros ancestros vieron cómo sus hijos eran vendidos; sus amantes,
compañeros, amigos, apresados sin razón. Esas personas que
vivieron en una pobreza extrema y fueron obligadas a separarse de sus
familias y de sus comunidades no podrían haber sobrevivido en ese
contexto interiorizando esa cosa que la gente llama amor. Ellas sabían,
por experiencia propia, que en condiciones de esclavitud es difícil
experimentar o mantener una relación de amor.
Imagino que, una vez finalizada la esclavitud, muchos negros estaban ansiosos
por experimentar relaciones de intimidad, compromiso y pasión,
fuera de los límites antes establecidos. Pero también es
posible que muchos no estuviesen preparados para practicar el arte de
amar. Esa es tal vez la razón por la cual muchos negros establecieron
relaciones familiares basadas en la brutalidad que conocieron en la época
de la esclavitud. Siguiendo el mismo modelo jerárquico, crearon
espacios domésticos donde los conflictos de poder llevaban a los
hombres a golpear a las mujeres y a los adultos a pegar a los niños
para probar su control y dominación. Así, estaban utilizando
los mismos métodos brutales que los señores esclavistas
usaron contra ellos. Sabemos que su vida no era fácil; que con
la abolición de la esclavitud los negros no quedaron inmediatamente
libres para amar.
Testimonios de esclavos revelan que su supervivencia muchas veces estaba
determinada por su capacidad de reprimir las emociones. En un documento
fechado en 1845, Frederick Douglas recuerda que fue incapaz de sentir
la muerte de su madre, porque no había podido mantener contacto
con ella. La esclavitud condicionó a los negros a contener y reprimir
muchos de sus sentimientos. El hecho de haber presenciado el abuso diario
realizado a sus compañeros –trabajos pesados, crueles castigos,
hambre- hizo que solamente se mostrasen solidarios entre ellos en casos
de extrema necesidad. Y es que tenían buenas razones para imaginar
que, de lo contrario, serían castigados. Solamente en espacios
de resistencia cultivados con mucho cuidado, podían expresar sus
emociones reprimidas. Así pues, aprendieron a seguir sus impulsos
solamente en situaciones de gran necesidad y esperar un momento “seguro”
en el que poder expresar sus sentimientos. En un contexto en el que los
negros nunca podían prever cuanto tiempo iban a estar juntos, ¿qué
forma podría tomar el amor? Amar, en ese contexto, podía
hacer vulnerable a una persona a un sufrimiento insoportable. De forma
general, era más fácil para los esclavos una relación
emocional sabiendo que esa relación sería transitoria. La
esclavitud creó en el pueblo negro una noción de intimidad
unida al sentido practico de su realidad. Un esclavo que no fuese capaz
de reprimir o contener sus emociones, tal vez no consiguiese sobrevivir.
Emociones reprimidas: la llave de la superviviencia
La práctica de reprimir los sentimientos como estrategia de supervivencia
continuó formando parte de la vida de los negros después
de la esclavitud. Como el racismo y la supremacía de los blancos
no fueron eliminados con la abolición de la esclavitud, los negros
tuvieron que mantener ciertas barreras emocionales. Y, en general, muchos
negros empezaron a creer que la capacidad de contener las emociones era
una característica positiva. Con el paso de los años, la
habilidad de ocultar y enmascarar los sentimientos pasó a ser considerada
como una señal de personalidad fuerte. Mostrar los sentimientos
era una tontería. Tradicionalmente, las personas del sur del país
enseñaban a los niños cuando aún eran pequeños
que era importante reprimir las emociones. Normalmente los niños
aprendían a no llorar cuando se les pegaba.
Expresar los sentimientos podía significar un castigo aún
mayor. Los padres avisaban: “No quiero ver ninguna lágrima”.
Y si el niño lloraba, amenazaban: “Si no paras, te voy a
dar una razón más para llorar”.
¿Cómo es posible diferenciar ese comportamiento de aquel
del señor esclavista que golpeaba a su esclavo sin permitir que
experimentase ninguna forma de consuelo o que tuviese un espacio para
expresar su dolor? Y si tantos niños negros aprendieron desde temprano
que expresar las emociones es señal de debilidad, ¿cómo
podrían estar abiertos para amar? Muchos negros han transmitido
esta idea de generación en generación: si nos dejamos llevar,
si nos rendimos a las emociones, estaremos comprometiendo nuestra supervivencia.
Ellos creían que el amor disminuye nuestra capacidad de desarrollar
una personalidad sólida.
¿Alguna vez nos amaste?
Cuando era niña, me daba cuenta de que fuera del ámbito
de la religión y del romance, los adultos veían el amor
como un lujo. La lucha por la supervivencia era más importante
que el amor. Solamente las personas más mayores –nuestras
abuelas y bisabuelas, nuestros abuelos y bisabuelos, nuestros padrinos
y madrinas- parecían dedicadas al arte y al acto de amar. Nos aceptaban,
nos cuidaban, nos prestaban atención y, sobre todo, afirmaban nuestra
necesidad de experimentar placer y felicidad. Eran cariñosos y
lo demostraban físicamente. Nuestros padres y su generación,
que sólo pensaban en prosperar en la vida, generalmente transmitían
la impresión de que el amor era una pérdida de tiempo, un
sentimiento o un acto que les impedía ocuparse de cosas más
importantes.
Cuando yo daba clases sobre el libro Sula de Toni Morrison, me daba cuenta
de que mis alumnas se identificaban con una parte en la que Hannah, una
mujer negra ya adulta, pregunta a su madre, Eva: “¿Alguna
vez nos amaste?” Y Eva responde bruscamente: “¿Cómo
tienes el valor de hacerme esa pregunta? ¿No estás sana?
¿Es que no te das cuenta?” Hannah no queda satisfecha con
la respuesta, ya que sabe que su madre siempre procuró satisfacer
sus necesidades materiales. Por lo que ella estaba interesada era por
otro nivel de cuidado, de cariño, de atención. Y le dice
a Eva: “¿Alguna vez jugaste con nosotros?” Una vez
más, Eva como si la pregunta fuese totalmente ridícula,
responde:
¿Jugar? Nadie jugaba en 1895. ¿Sólo porque ahora
las cosas son fáciles crees que siempre fueron así? En 1895
nada era fácil. Era muy duro. Los negros morían como moscas...
¿Piensas que me iba a poner a jugar con mis hijos? ¿Qué
iban a pensar de mi?
La respuesta de Eva muestra que la lucha por la supervivencia no significaba
solo la forma más importante de cariño, sino que se situaba
por encima de todo. Muchos negros todavía piensan así. Cubrir
las necesidades materiales es sinónimo de amar. Pero está
claro que incluso cuando se poseen privilegios materiales, el amor puede
estar ausente. Y que incluso en un contexto de pobreza, cuando la lucha
por la supervivencia se hace necesaria, es posible encontrar espacios
para amar y jugar. Esa clase de cariño que alimenta corazones,
mentes y también estómagos. En nuestro proceso de resistencia
colectiva es importante atender tanto las necesidades emocionales como
materiales.
No es casualidad que el diálogo sobre el amor en el libro Sula
se produzca entre dos mujeres negras, entre madre e hija. Su relación
simboliza una herencia que se reproducirá en otras generaciones.
Es verdad que Eva no alimenta el crecimiento espiritual de su hija, Sula.
Sin embargo, Eva simboliza un modelo de mujer negra “fuerte”,
de acuerdo con su estilo de vida, por su capacidad de reprimir emociones
y garantizar su seguridad material. La suya es una forma práctica
de definir nuestras necesidades, como en aquella canción de Tina
Turner: “¿Qué es lo que tiene que ver el amor con
eso?”.
Si conociésemos el amor
El amor necesita estar presente en la vida de todas las mujeres negras,
en todas nuestras casas. Es la falta de amor la que ha creado tantas dificultades
en nuestras vidas, en nuestra supervivencia. Cuando amamos, deseamos vivir
plenamente. Pero cuando las personas hablan de la vida de las mujeres
negras, raramente se preocupan de garantizar cambios en la sociedad que
nos permitan vivir plenamente.
Generalmente, enfatizan nuestra capacidad de “sobrevivir”
a pesar de las circunstancias difíciles, o de cómo podremos
sobrevivir en el futuro. Cuando amamos, sabemos que es necesario ir más
allá de la supervivencia. Es preciso crear condiciones para vivir
plenamente. Y para vivir plenamente las mujeres negras no pueden negar
por más tiempo su necesidad de conocer el amor.
Para conocer el amor, primero necesitamos aprender a responder a nuestras
necesidades emocionales. Eso puede significar un nuevo aprendizaje, pues
fuimos condicionadas a pensar que esas necesidades no eran tan importantes.
Por ejemplo, en su libro El Hábito de la Supervivencia: Estrategias
de Vida de las Mujeres Negras, Keshno Scott narra una experiencia importante
que la enseñó a sobrevivir:
Cuando tenía trece años, me quedé parada delante
de la puerta de la sala. Mis ropas estaban mojadas. Mis cabellos chorreando.
Estaba llorando, agitada, necesitando los brazos de mi madre. Ella me
miró de arriba abajo, lentamente, se levantó del sofá
y caminó hacia mi con el cuerpo cargado de críticas. Quieta,
con las manos en la cintura, su sombra sobre mi rostro, me preguntó
sin conseguir esconder la rabia: “¿Qué ha pasado?”
Vacilé sorprendida por su rabia y respondí: “Colocaron
mi cabeza en la PRIVADA: VER. Dijeron que no podía nadar con ellas”.
“Ellas” eran ocho niñas blancas de la escuela. Intenté
abrazarla, pero ella se apartó bruscamente diciendo: “¡Qué
infierno! Coge tu abrigo y vámonos”.
En aquel momento, Keshno estaba aprendiendo que sus necesidades emocionales
no eran importantes. A continuación, escribe: “Mi madre me
enseñó una valiosa lección aquel día. Aprendí
que debía luchar contra la discriminación racial y sexual”.
Está claro que esa es una lección importante para las mujeres
negras. Pero Keshno estaba aprendiendo también una lección
dolorosa: a sentir que no merecía ser consolada tras una experiencia
traumática, que ni siquiera debería esperar serlo, que sus
necesidades individuales no eran tan importantes como la lucha de resistencia
colectiva contra el racismo y el sexismo. Imaginen lo diferente que sería
esa historia si, al entrar en la sala tan afectada, Keshno hubiese recibido
consuelo de su madre si ésta primero la hubiese ayudado a peinarse
y arreglarse y después le hubiese explicado la necesidad de confrontar
(quizá no aquel momento, si Keshno no estaba preparada emocionalmente
para el enfrentamiento) a las alumnas blancas que la atacaron. Así,
Keshno habría aprendido, a los trece años, que su salud
emocional era tan importante como el movimiento contra el racismo y el
sexismo; que, en realidad, esas dos experiencias estaban relacionadas.
Muchas de nosotras, mujeres negras, aprendimos a negar nuestras necesidades
más íntimas a la vez que desarrollábamos nuestra
capacidad de afrontar la vida pública. Por eso con mucha frecuencia
tenemos éxito en el trabajo pero no en la vida privada. ¿Entienden
lo que quiero decir? Cuando vemos una mujer negra segura de si, de su
trabajo, es muy probable que si vamos a visitarla sin avisar, con excepción
del salón, el resto de la casa va a estar desordenada, como si
hubiese pasado un huracán. Creo que ese caos representa un reflejo
de su interior, de la falta de cuidado consigo misma. Desde el momento
en que creamos, a ser posible desde la infancia, que nuestra salud emocional
es importante, podremos satisfacer el resto de nuestras necesidades. Muchas
veces confundimos el reconocimiento de nuestras emociones con el deseo
de mantenerlas controladas. Cuando ignoramos nuestras necesidades reales,
la tendencia es a fragilizarnos, a volvernos vulnerables y emocionalmente
inestables. Las mujeres negras se esfuerzan mucho por esconder esa situación.
Volviendo a la madre de Keshno, es probable que el dolor de su hija le
haya traído recuerdos de sus propias heridas, nunca reveladas.
¿Quizá asumió esa actitud crítica, dura, incluso
cruel, para no exponerse, llorar, y dejar de ser “una mujer negra
fuerte”? Sin embargo, si hubiese llorado, su hija habría
sabido que se identificaba con aquel dolor, que podía hablar del
asunto, que no necesitaba guardar el dolor. Esa actitud representa lo
que muchas de nosotras presenciamos en circunstancias similares: ella
mantenía el control. Hasta su postura física reflejaba que
mantenía el dominio de la situación. Está claro que,
como mujer negra, esa madre pretendía que su presencia fuese más
fuerte que la de las niñas blancas.
Un modelo de madre que sabe como apoyar a su hija en una situación
de sufrimiento aparece en la novela Sassafrass, Ciprés e Indigo,
de Notazake Shange. Ese libro retrata mujeres negras fortalecidas por
el amor de su madre. Incluso cuando no está de acuerdo con las
opciones de sus hijas, esa madre las trata con respeto y les ofrece consuelo.
Lo que sigue a continuación es un fragmento de una carta que ella
escribió para Sassafrass, que atraviesa dificultades y quiere volver
a casa. La carta comienza así: ¡Claro que puedes volver a
casa! Pase lo que pase, nunca te voy a dejar de amar. Primero le demuestra
su amor, después la aconseja, y por último vuelve a expresar
su amor:
Tu y Ciprés me volvéis loca con vuestro estilo de vida alternativo.
Necesitáis dejar de nadar a contracorriente. Vuelve a casa y resolvamos
esta situación. Tendrás muchas opciones y nadie te va a
molestar o engañar. No hay nada como un día después
de otro. Te levantas. Comes, vas a trabajar, vuelves a casa, comes otra
vez, descansas y te vas a dormir. Nuestra situación mejoró.
Continúo preguntándome dónde erré. Pero en
el fondo siento que no estoy equivocada. Tengo razón. El mundo
está patas arriba y está intentando enloquecer a mis hijas.
Ya basta. Te quiero mucho. Te estás haciendo una mujer madura y
yo sé lo que eso significa. Vuelve a casa. Sé que vas a
descubrir algo más sobre ti. Con amor, mama.
Amando aquello que vemos
El arte y la práctica de amar comienzan con nuestra capacidad de
conocernos y afirmarnos. Es por eso que tantos libros de auto-ayuda nos
dicen que debemos mirarnos a un espejo y hablar con nuestra imagen. Me
he dado cuenta de que a veces no amo la imagen que allí se refleja.
La inspecciono. Desde que me levanto y me veo en el espejo, me comienzo
a analizar, no con la intención de afirmarme, sino de criticarme.
Eso era común en mi casa. Cuando mis cinco hermanas y yo bajábamos
las escaleras en dirección hacia el territorio ocupado por mi padre,
mi madre y mis hermanos entrábamos en el mundo de la “crítica”.
Todo era observado y todo estaba equivocado en nosotras. Raramente nos
elogiaban.
Cuando sustituyo la crítica negativa por el reconocimiento positivo,
me siento más fuerte para comenzar el día. La afirmación
es el primer paso para cultivar nuestro amor interior. Uso la expresión
“amor interior” y no “amor propio” porque la palabra
“propio” por lo general se usa para definir nuestra posición
en relación a los otros. En una sociedad racista y machista, la
mujer negra no aprende a reconocer que su vida interior es importante.
La mujer negra descolonizada necesita definir sus experiencias de forma
que otros entiendan la importancia de su vida interior. Si pasásemos
a observar nuestra vida interior, encontraríamos un mundo de emociones
y sentimientos. Y si nos permitiésemos sentir, afirmaríamos
nuestro derecho de amar interiormente. A partir del momento en que conozco
mis sentimientos, puedo también conocer y definir aquellas necesidades
que sólo alcanzaré en comunión o en contacto con
otras personas.
¿Dónde está el amor, cuando una mujer negra se mira
y dice: Veo una persona fea, oscura, demasiado gorda, demasiado miedosa
–que no merece ser amada, porque ni a mi me gusta lo que veo. O,
tal vez: Veo una persona herida, que es puro dolor, y no quiero ni mirarla
porque no sé que hacer con ese dolor. Ahí el amor está
ausente. Para que esté presente es necesario que esa mujer se decida
a mirarse internamente, sin culpa ni censura. Y al describir lo que ve,
tal vez se de cuenta de que su interior merece o necesita amor.
Nunca oí a una mujer negra decir en un grupo de apoyo que no necesitaba
amor. Ella puede incluso querer esconder esa necesidad, pero no es necesario
mucho tiempo de análisis para que lo reconozca. Si preguntamos
directamente a una mujer negra si necesita amor, la respuesta probablemente
será positiva. Para amarnos interiormente, necesitamos, antes que
ninguna otra cosa, prestar atención, reconocer y aceptar esa necesidad.
Si creemos que no seremos castigadas por reconocer quienes somos o qué
sentimos, podremos entender mejor nuestras dificultades. Normalmente me
entrevisto a mi misma y creo que otras mujeres deben hacer lo mismo. A
veces es difícil entrar en contacto con mis sentimientos, pero
cuando me hago una pregunta, generalmente encuentro la respuesta.
Algunas veces nos miramos y vemos tanta confusión, tanto dolor,
que no sabemos qué hacer. Entonces necesitamos buscar ayuda. A
veces llamo a mis amigos y les digo: “No soy capaz de entender lo
que siento y no sé qué hacer. ¿Me podéis ayudar?”
Muchas mujeres negras no se atreven a pedir ayuda, pues eso significaría
una señal de debilidad. Necesitamos liberarnos de ese condicionamiento.
Tener capacidad de pedir ayuda significa que tenemos poder. Cada vez que
buscamos ayuda nuestro poder, en vez de disminuir, aumenta. Experiméntalo.
Por lo general, buscamos ayuda en momentos de crisis. Pero podemos evitar
la crisis si reconocemos nuestra dificultad para relacionarnos con una
determinada situación. Para las mujeres negras acostumbradas a
mantener el control de las situaciones, pedir ayuda puede significar la
práctica del amor, de la confianza, reconocer que no tenemos que
resolver todo solas. La práctica de amarnos interiormente nos revela
que nuestro espíritu necesita, además de ayudarnos, entender
mejor las necesidades de las otras personas.
Las mujeres negras que escogen (y aquí enfatizo la palabra “escogen”)
practicar el arte y el acto de amar, deben dedicar tiempo y energía
a expresar su amor hacia otras personas negras, conocidas o no. En una
sociedad racista, capitalista y patriarcal, los negros no reciben mucho
amor. Y es importante para quienes estamos pasando por un proceso de descolonización
darnos cuenta de cómo otras personas negras responden al sentir
nuestro cariño y amor. El otro día mi amiga T. me contó
que visita a menudo y conversa con un señor mayor que trabaja en
una tienda cerca de su casa. Y que él, recientemente, le expresó
su gratitud por el cariño que recibe de ella. Años atrás,
cuando ella pasaba por un proceso de autodestrucción, no tenía
“ganas” de demostrar su cariño. Hoy ella le transmite
a él el mismo cariño que espera recibir de otras personas.
Cuando yo era una niña algunas mujeres negras me amaron de una
forma “incondicional”. Así, aprendí que el amor
no necesita ser conquistado. Ellas me enseñaron que yo merecía
ser amada; su cariño nutrió mi crecimiento espiritual.
Muchos negros, y especialmente las mujeres negras, se acostumbraron a
no ser amados y a protegerse del dolor que eso causa actuando como si
solamente las personas blancas u otros ingenuos pudiesen recibir amor.
Una vez les dije a un grupo de mujeres negras que me gustaría vivir
en un mundo donde existiese amor, donde pudiese amar y ser amada. Ahora,
ellas se ríen de mi cada vez que nos encontramos. Para que ese
mundo pueda existir es preciso acabar con el racismo y todas las formas
de dominación. Si elijo dedicar mi vida a la lucha contra la opresión,
estoy contribuyendo a transformar el mundo en el lugar en el que me gustaría
vivir.
El amor cura
A través del Poema de Mujer, de Nikki Giovanni me di cuenta del
proceso de autodestrucción que viven las mujeres negras. Publicado
en el libro La Mujer Negra, editado por Toni Cade Bambara, el poema termina
así: mira a aquella que vivió toda su vida marcada por la
infelicidad porque es la única verdad que conozco. En ese poema,
Giovanni sugiere que las mujeres negras fueron socializadas para cuidar
de los otros e ignorar sus necesidades, y muestra cómo la autodestrucción
nos hace abandonar a quienes nos quieren. La mujer negra se dice a sí
misma: Como te atreves a quererme, y eso no tiene sentido porque yo soy
una mierda, es que debes ser peor que yo. Ese poema fue escrito en 1968.
Algunas décadas después, las mujeres negras continúan
luchando por reconocer su dolor y encontrar formas de curarlo. Aprender
a amar es una forma de sanación.
La idea de que el amor significa nuestra expansión porque nutre
tanto nuestro propio crecimiento espiritual como el de otras personas,
me ayuda a crecer y a afirma que el amor es acción. Esa definición
es importante para los negros porque no enfatiza sólo el aspecto
material de nuestro bienestar. Es necesario atender nuestras necesidades
emocionales a la vez que nuestras necesidades materiales,. Me gusta mucho
aquel pasaje de la Biblia, en los Proverbios, que dice: Una comida de
hierbas, cuando existe amor, es mejor que una bandeja de plata llena de
odio.
Cuando nosotras, mujeres negras, experimentamos la fuerza transformadora
del amor en nuestras vidas, asumimos actitudes capaces de alterar completamente
las estructuras sociales existentes. Así podremos acumular fuerzas
para enfrentarnos al genocidio que mata diariamente a tantos hombres,
mujeres y niños negros. Cuando conocemos el amor, cuando amamos,
es posible mirar el pasado con otros ojos; es posible transformar el presente
y soñar el futuro. Ese es el poder del amor. El amor cura.
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