|
Se
habla, en 2006, de violencia en las aulas y todos sobreentendemos que
es la violencia que ejercen los adolescentes ante la impotencia de sus
padres y educadores. Pero hace treinta años se hubiera sobreentendido
que nos referíamos a la violencia ejercida por los profesores sobre
los alumnos. Y se hubiera calificado esa conducta como herencia de un
pasado represivo y, en todo caso, erradicable. Sin embargo, ya se levantan
voces en el Reino Unido a favor del castigo físico a los educandos
como alternativa para acabar con el problema, lo que es tanto como decir
que los errores de la actual educación permisiva han de ser pagados
por las víctimas de dichos errores. Se diría que durante
treinta años hemos puesto cuidadosamente las bases que justifiquen
por qué hay que volver a pegar a los niños.
Si miramos en perspectiva, veremos que el tema de los menores ha pasado
por ciclos sucesivos de teorías rigoristas y benévolas que
se han ido quitando mutuamente la razón. De diferentes y alternativas
maneras, los menores han sido mansos depositarios de nuestro desconcierto
vital, curiosa circunstancia teniendo en cuenta que todos nosotros, sin
excepción, hemos sido niños, pero que puede explicarse si
reparamos en cuánto hay que desnaturalizar a cualquier niño
para adaptarlo a nuestra sociedad.
Una de las cosas que distinguieron a los antiguos pueblos y que aún
puede observarse en las comunidades poco contaminadas por nuestra civilización
era el arraigado cariño con el que trataban a sus hijos, manifestado
en un tipo de educación que les hacía aptos, a muy temprana
edad, para relacionarse con su entorno con un éxito, una felicidad
y una independencia muy superiores a las conseguidas por nuestra sociedad.
Educación no exenta de dureza y de disciplina, pero con dos postulados
básicos: la aceptación y el ejemplo. Dones que sólo
puede ofrecer quien es dueño de sí mismo.
Pero la historia de nuestra civilización es la historia de la ambición
por llegar siempre más lejos, a la mayor velocidad posible. Es
la elección de lo exterior frente a lo interior. El triunfo de
la apariencia. Se nos ha quedado grande el mundo que hemos construido
y como no sabemos cómo movernos en él, nos agitamos impulsados
por el miedo, trazando comportamientos convencionalmente aceptados pero
que no resisten un análisis, y convirtiendo el paso a la madurez
en una quiebra vital que nos aleja de lo más genuino que tenemos.
Si el sueño de la razón produce monstruos, el comportamiento
de nuestros hijos viene a ser el monstruo producido por nuestra alienación.
La educación se transmite con el ejemplo. Lo otro es adiestramiento
o doma. Y nosotros no estamos en situación de dar ejemplo, porque
ni como sociedad ni como individuos somos dueños de nosotros mismos.
Por eso, a un ciclo de doma rigurosa le seguirá, por fuerza, un
ciclo permisivo, ya que la ley de acción y reacción es una
de las pocas leyes naturales con las que no hemos podido todavía.
Y al ciclo permisivo le seguirá un ciclo riguroso, y ambos nos
permitirán alinearnos en uno u otro lado, elaborar teorías
y buscar, con ello, un sentido a nuestra vida, algo innecesario si nuestros
padres hubieran estado en situación de poder amarnos.
Puestos ya en el hecho de tener miedo a un grupo de adolescentes, asumida
la evidencia de que carecemos de autoridad moral ante unos niños,
tendremos que hacer algo, indudablemente, y algo urgente. Pero sea lo
que sea, no iremos muy lejos sin un profundo, honrado, implacable autoexamen.
Como sociedad y como individuos. Por difícil que resulte, es mucho
más eficaz cambiar nuestra propia vida que la de los demás.
El hecho de que elijamos lo segundo para no enfrentarnos con lo primero,
que hagamos de ello una profesión o que remediemos el problema
por una temporada, no excluye la verdad que la historia nos muestra, ni
nos libera de nuestra responsabilidad como especie inteligente. El educador,
como el guía, debe ser alguien que conozca de memoria el camino
de ida y vuelta. Y nosotros, a la puerta de casa, seguimos discutiendo
sobre el itinerario como excursionistas domingueros.
|