Todos
queremos estar sanos, por supuesto. Todos nos preocupamos muchísimo
cuando dejamos de estarlo y acudimos rápidamente a médicos
y hospitales, acupuntores o dietistas, balnearios o sanadores. Hasta
tal punto que, en torno a la salud o la enfermedad se ha creado un gran
complejo de disciplinas, de tecnologías punta, investigaciones
farmacológicas, ciencias milenarias de oriente, fisioterapias
naturales, medicinas blandas y hasta sanaciones milagrosas. Hemos sofisticado
tanto el tema de la sanación que es posible cambiarnos el fallido
corazón en el quirófano, hacer una microcirujía
de córnea, o ver nuestro cerebro rebanado en cortes multicolores
a través de un scanner. Todo es posible. Fotografiar el áurea,
localizar electrónicamente los puntos de los meridianos y activar
los chakras mediante colores y sonidos. Más aún. Ya no
es necesario ir de peregrinación a Lourdes, cualquier sanador
filipino te mete en dos minutos las manos en los higadillos o en los
ojos y te saca negruzcas masas gelatinosas de energía negativa,
todo ellos sin producir herida ni dolor, como el que mete las manos
en el agua y no deja ninguna cicatriz acuosa.
Y aquí no acaba la historia. Ahora es posible operar con robots
a los que no les tiembla el pulso, y dentro de poco podrás elegir
que te opere el cirujano Smith de Nueva York sin moverte de Sabadell.
Con la biotecnología los diabéticos producirán
insulina felizmente, y podremos anticipar la demencia senil ya en la
misma cuna. Es toda una monería aunque de insospechadas consecuencias
puesto que, también se podrá elegir el color de ojos -el
que esté de moda, e inyectar células inteligentes cuando
la memoria empiece a fallar.
Mientras tanto tenemos dodecaedros para armonizar la energía,
ionizadores para filtrar el aire, pulseras para imantar la sangre y
adhesivos para contrarrestar los nudos energéticos de las corrientes
subterráneas. Podemos llevar un cuarzo rosa en el pecho, dormir
cara al norte, sentarnos en sillas anatómicas y respirar esencia
de romero o de madreselva. Es evidente que recursos no nos faltan.
Con todo, los hospitales están repletos y las listas de espera
de los cirujanos se vuelven eternas. Las empresas farmacéuticas
hacen su agosto y campan a sus anchas remedios mágicos, terapias
holísticas y cursos de milagros. ¿Qué es lo que
ocurre? Parece que cuanto más medios, menos sana es nuestra sociedad.
¿Creemos que la salud va a venir de algún producto mágico,
alguna droga inmortal, alguna terapia infalible?.
¿Tal vez quiere decir todo esto que hemos perdido ese instinto
natural que sabe cuando hemos de reposar o dejar de comer para restablecer
el equilibrio?. ¿O es que hemos identificado salud con niños
rollizos, deportistas incansables, vegetarianos longevos, y pensamos
que la salud se esconde detrás de las vitaminas, de la dieta
impecable, o de la disciplina diaria corporal?
Curiosamente, parte de la respuesta, la habremos de buscar a nivel social
y de cómo vivimos la enfermedad. En una sociedad maniqueista
como la nuestra en la que oponemos enfermedad a salud y nos sentimos
incómodos ante cualquier estado alterado de nuestro cuerpo, es
fácil entender toda la parafernalia en torno a esta dicotomía
salud-enfermedad. Ante el «no sé qué me está
sucediendo», nos sentimos profundamente inseguros. Y recurrimos
por lo tanto, al médico o al curandero si falla aquél.
Buscamos una respuesta, un diagnóstico, una explicación
válida que nos calme, que disuelva el misterio que nos corroe
por dentro. Pedimos, eso sí, que se ponga la bata blanca, que
utilice aparatos complicados, que nos hagan análisis invisibles
o que nos den pastillitas de colores. Todo ello para exorcizar los males.
Es decir, buscamos un gesto tranquilizador y un sistema que ponga orden
a nuestro interior. De tal manera que podemos dormir peor o mejor con
un cáncer de segundo o tercer grado, tipificado y tratado, que
con una reacción misteriosa corporal que nadie sabe lo que es.
Lo divertido es comprobar según estrictos estudios sociológicos
que la población vacunada no se salva de la epidemia más
que la que no estaba vacunada, o que las épocas en que hacen
huelga los hospitales, la población mejora saludablemente. O
que los recursos tradicionales, no lógicos, mágicos son
tan efectivoso más que los más vanguardistas y científicos.
Parece que nadie quiere verlo. Seguimos yendo al curandero de turno
con estetoscopio o amuletos para que nos pongan sus manos y nos arropen
con sus jergas médicas ininteligibles o sus cánticos mágicos
también ininteligibles.
Esta demanda de orden la podemos ver claramente en sociedades simples-mal
denominadas primitivas-cuyo chamán o curandera se esfuerza por
asociar la enfermedad con tal embrujo, la epidemia con un castigo divino,
y el dolor de muelas con una raíz que tenga forma de diente,
y así sucesivamente. Todo esto para que el mundo sea humano,
comprensible, vivible.
Nosotros no estamos tan lejos. Pedimos ver nuestros males en una radiografía
o en la fórmula de un análisis. Pedimos que el médico
o el sanador tenga un discurso de seguridad y pedimos ser tratados como
enfermos donde ser escuchados, reubicados en otro orden al cotidiano,
y poder recibir regalos y mimos. Todo ello necesario en un mundo tan
ajetreado como el nuestro que se olvida de permitir un ritmo más
propio. Por eso la sociedad está pidiendo a gritos un cambio,
al querer ser hospitalizados, atendidos, visitados porque no aguantamos
más, porque este ritmo es deshumano.
Ahora bien, si nos paramos a reflexionar y ampliamos nuestro concepto
de salud, no a una entidad fija e idílica sino a una tensión
de vida donde la enfermedad se nos muestra como una crisis depurativa
necesaria para volver a equilibrarnos, entonces habremos disuelto la
mitad de nuestros miedos. Vida-muerte, actividad-reposo, salud-enfermedad
son pares indisociables. Forman una unidad en movimiento y cada extremo
de esta unidad se reclama mutuamente. Todos sabemos que los niños
son los que tienen el máximo potencial de vida y por eso sus
fiebres son más altas, sus erupciones más virulentas,
sus tumores con más velocidad de crecimiento. Con ello deducimos
que a mayor sensibilidad, mayor capacidad de reequilibrio, naturalmente
a través de crisis.
Por eso, estar sano no es ponerse nunca enfermo. Estar sano es tener
una flexibilidad interna grande que nos permita adptarnos a cada situación
y hacer los reequilibrios necesarios para ello. Estar sano es ampliar
la capacidad de tensión y distensión, considerar al cuerpo
tan sabio que él
mismo pueda buscar sus recursos cuando tenga la suficiente sensibilidad
de reacción aunque a veces, hayamos de ayudarlo un poquito. La
salud es todo una educación del no hacer, de la escucha y el
respeto.
Por eso, cuidar al cuerpo y mantener la salud, no es precisamente envolver
el cuerpo en algodones, darle de comer pienso ultradigerible, rodearlo
de máquinas que mantengan sus constantes de vida, o insuflarle
energía por un tubo. Cuidar al cuerpo y mantener la salud es
lograr cada vez una mayor autonomía, dejar que el cuerpo reaccione
y se adapte con lo que interactúa con él, a veces, descuidarlo
para que encuentre un hacer más espontáneo, y sobre todo,
quitarle el miedo de la muerte, del dolor y de la incertidumbre que
muchos son los que viven a costa de ellos. Salud.