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Créetelo
 

 

Las cortinas fugaces de la actualidad se han abierto y se han cerrado ya ante el Debate sobre el Estado de la Nación. En el escenario del teatro más caro del país, los actores han desfilado y nos han ofrecido su muestrario de habilidades caducas.
Uno de los empeños comunes consiste en tener la razón a costa de la verdad. Este tipo de razón es al parecer muy apreciado, y el guión les exige fingir que la tienen mientras elaboran, unos y otros, complejos circuitos argumentales. La estrategia contempla los golpes bajos y los rostros impertérritos, el halago, los ataques encarnizados, la ocultación, la mentira y el autobombo. El vencedor es siempre el actor más convincente.

Mientras tanto hay hambre y guerras. Y seguimos fabricando armas. Y seguimos envenenando la tierra. Y una mano anónima sube el volumen de nuestros televisores cada vez que los anuncios nos prometen la eternidad y placeres diversos a cambio de comprar pasta de dientes, este coche o acciones de sociedades que se presentan como la Gran Madre que nos ama. Y los seres humanos tropezamos unos con otros sin encontrarnos porque hemos dado valor de realidad a nuestras fantasías y hemos perdido el contacto con nuestra esencia.

La hipnosis se llama “nosotros pensamos por ti, tú sólo ponte de nuestra parte”. Se llama “créetelo, estás participando del poder que nos entregas”. Se llama “gracias a nosotros estás viviendo en el mejor de los mundos posibles”.
Tal vez sea de agradecer la evidencia de este tipo de teatro institucional. Ha llevado a muchos a plantearse la posibilidad de actuar sobre su entorno inmediato en lugar de delegar la responsabilidad en figuras ficticias y lejanas engranadas en mecanismos de poder.

Es mucho lo que podemos hacer. Podemos recuperar los sentidos. Podemos pensar por nosotros mismos. Y ser nosotros mismos. Podemos interesarnos por la paz. Y compartir un poco más lo que tenemos. Podemos crear canales alternativos de información. Y escuelas alternativas. Podemos crear belleza. Podemos darnos cuenta de que realmente es posible. No hay fronteras para la conciencia.

 

 

Laura Martínez Mirón
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