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Entre lo cotidiano y la eternidad
FRAGMENTOS DE UNA CARTA

Hola,
Estos días inicié la lectura de tus libros. No los he terminado, ni he leido en profundidad, y me daba cuenta de que muchas cosas se me escapaban, es un tipo de lectura difícil porque necesita de constantes aclaraciones para alguien novato.

Casi no puedo hablar de los contenidos, sólo de impresiones, que es la forma en que me he movido por este mundo. Fue una lectura atractiva, sugerente y en algunas cosas cercana. Me hizo pensar acerca de lo sagrado y me hizo pensar acerca de la fragilidad de todo, como si el mundo y la vida no fueran más que una entidad que pudiera ser barrida por un soplo, minúsculo accidente. Pensé en que nos movíamos entre esos dos puntos: una realidad cotidiana, física y palpable y otra que es conciencia de eternidad, de algo no supeditado al espacio-tiempo de la historia, impalpable, pero que sin sentido está presente y empapa de alguna forma cada acto, le da sentido. Siento eso al mismo tiempo como dos formas de ser yo, dos experiencias distintas acerca de lo que significa estar vivo.

Creo que la necesidad de conocimiento, de saber, de pensarse como alguien que siempre está en ruta buscando(se) no sé bien qué, es la conciencia de la muerte, la angustia de un inmenso agujero negro, de un vacío. Pero para mí, el hacerla presente nunca ha sido algo negativo, sino que lo que me produce es fascinación. No la muerte en sí, sino todo el proceso en que está incluída: la vida. No tengo ninguna pregunta acerca del orígen, ni de la existencia; sé que basta con detenerse y observar, con dejar sentir sin intervenir, y se puede ver que todo está participando de algo al mismo tiempo, y que todo expresa una parte de un proceso, de un misterio que nos viene grande. El lenguaje nos permite hacernos preguntas, pero dejo en suspenso las respuestas por los tiempos de los tiempos.

No tengo preguntas porque me basta esa fascinación por el proceso. Todo parece dado y quieto y sin embargo todo está en movimiento. Nos alejamos de la naturaleza por la palabra e inventamos un mundo, el lenguaje nos permite salirnos del presente y elaborar el futuro, pensarlo, y elaborar también el pasado. Pero el lenguaje es una abstracción que sólo es un mapa del territorio, no el territorio. Al mismo tiempo que nos aleja de lo real, nos permite construirlo y tiene efectos en la vida de cada uno. Es la condición, pues no podemos salirnos de él, y la imposibilidad al mismo tiempo. Detenerse es atravesarlo, pero no hallo nada al otro lado, no percibo causas ni razones últimas, no veo más que la fascinación, como si me fuera dado contemplar un misterio pero no comprenderlo. Y en eso estoy. Lo más maravilloso se me mezcla con lo más terrible y lo único que soy capaz de sentir es que es así y punto, que así es como tiene sentido.

Todo se me antoja similar. Cuando estudio ciertos dramas humanos, cuando leo, no voy buscando el por qué, sino el cómo hacemos lo que hacemos los humanos, cómo somos capaces de esas expresiones de violencia, de destrucción, al mismo tiempo que de creación y belleza. Decía un autor que el paraíso está hecho de actos humanos y creo que tiene razón, un paraíso que hace y deshace sin parar.

Suelo buscar el silencio y la calma para profundizar ahí. A veces cocinando, a veces con música, escribiendo muchas veces, y compartiendo unas horas con un animal (yo aprendí con Picsy muchos ritmos cotidianos y una forma de acercarme a las cosas y la ternura incondicional). Y luego participo de las cosas más cotidianas porque me parecen importantes: las condiciones de vida de las personas, la política, la enorme diferencia que supone que algo se haga o que no se haga, como una escuela, o dar atención médica de calidad. La diferencia que suponen las oportunidades materiales (vivienda, educación, trabajo, reparto de riqueza a través de los impuestos, cultura y voz para expresarse). Y ahí me centro, pues no es lo mismo una sociedad con capacidad de iniciativa, con leyes que fomenten una igualdad básica, aunque imperfecta, no es lo mismo un barrio con asociaciones culturales, que pueden agruparse y reivindicarse como comunidad, que otro que sólo es capaz de relacionarse en el centro comercial de turno. A mí, alguien me dio la oportunidad material que ha posibilitado que hoy pueda dedicarme a pensar, a escribir y a hacer lo que me gusta. Eso me hace responsable ante el mundo en que vivo, crea una "deuda" que intento cumplir posibilitando a otros, desde lo que soy y tengo, que abran nuevas puertas, más puertas. Como si tuviéramos el encargo de transmitir todo aquello que hemos aprendido, de devolverlo al mundo. Por eso estoy empeñada en integrar las dos vías regias. Cada una por separado me parece insuficiente.

 

 

Rosa Mari Ytarte 
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