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Corazón despierto
 


"Cada partícula de polvo tiene un alma maravillosa pero para entenderlo hay que recuperar el sentido religioso y mágico de las cosas." (Joan Miró) (Ilutración: "Paisatge", Antoni Tàpies)

Introducción

Hay dos preguntas apasionantes que podríamos hacernos antes -o durante- de entrar en la práctica de una disciplina espiritual. La primera cuestiona si tiene el hombre contemporáneo posibilidad de reencontrar la dimensión sagrada del universo en un mundo en que casi toda actividad humana está desprovista de significación espiritual consciente; indaga si es definitiva la secularización de la naturaleza que comenzó en las sociedades industriales paralelamente a la desacralización del Cosmos; si es la religiosidad una estructura última de la conciencia que no depende de la oposición "sagrado" y "profano" y en qué medida una existencia radicalmente secularizada puede constituir el punto de partida de un nuevo tipo de espiritualidad.

En mi opinión, creo que en la sociedad actual es importante reencontrar la significación espiritual de cada acto de nuestra vida. Quizá debiéramos aprender de las arcaicas sociedades religiosas en las que el mundo no era mudo ni opaco, sino que el Cosmos estaba vivo y preñado de significado. Como afirmó Mircea Eliade, "la propia vida del Cosmos es [para las sociedades religiosas] una prueba de su santidad, ya que ha sido creado por los dioses y los dioses se muestran a los hombres a través de la vida cósmica" .(1)

En efecto, como microcosmos que somos, formamos parte de esa "creación de los dioses", y por esa misma razón es en nosotros mismos donde podemos reencontrar esa "santidad" -o "budeidad"- que nuestros ancestros reconocieron en el Cosmos donde viven. ¿Es posible que el hombre irreligioso de nuestras sociedades avanzadas (para quien experiencias como la sexualidad, la alimentación, el trabajo, el juego… se han desacralizado) recupere la significación espiritual de cualquiera de sus actos fisiológicos como si de imitar modelos divinos o cósmicos se tratase? Si el sentido sagrado de nuestro cuerpo se realiza cuando "lo acompañamos" en su capacidad de expresarse, si "terapeia" consiste en asistir y acompañar el proceso espontáneo del cuerpo, quizá deberíamos escuchar su necesidad de abrirse a su dimensión "transhumana", cósmica: al vivir, el hombre nunca está solo; en él vive una parte del universo. La abertura hacia lo otro hace al hombre capaz de conocer el universo y de ponerse en el lugar de los seres que lo rodean

Mi segunda pregunta que, aunque constituye una novedad en este trabajo, está íntimamente ligada a la anterior cuestión pretende comprender cuál es el fundamento de la auténtica actitud espiritual. ¿Por qué en nuestra sociedad desacralizada se han colado algunas prácticas espirituales orientales? ¿Por qué este resurgir de la espiritualidad en occidente pasa en tantos casos por una visita a esas tradiciones? ¿Por qué el ser humano se comunica con la otredad en el mismo lenguaje -ya sea en el siglo V o en el XXI, en el Tíbet o en Europa- cuando escucha el temblor del Universo, la vibración del espíritu? ¿Es posible, en definitiva, rastrear una estructura homogénea en lo espiritual cualquiera que sea su latitud y tiempo?

Creo que estos cursos son un buen lugar para experimentar vivencialmente el camino del ser humano desde que nace como un yo en interacción con el mundo hasta que se va sumergiendo en las inquietudes y sufrimientos de su alma, y quizá hasta que renace en el seno del Espíritu. Es un esfuerzo gozoso transitar no sólo por los caminos orientales, sino también poder hollar la tradición cristiana, aprovechando la suerte de tenerla tan cercana; y no por capricho, sino por saborear algo que durante bastantes años de mi vida he reprimido y que ha resurgido en mí como un brote fuerte, vivo, alegre, gracias -precisamente- a mi acercamiento a esa espiritualidad oriental que, en mi opinión, tanto está enriqueciendo a Occidente.

El ego y la vía purgativa

Hay algunas almas que aunque tienen oración, por no mortificarse, siempre se quedan imperfectas y llenas de propio amor. Ten por verdadera máxima que al alma de sí misma despreciada y que en su conocimiento es nada, nadie la puede hacer agravio ni injuria. Finalmente, espera, sufre, calla y ten paciencia; nada te turbe, nada te espante, que todo se acaba; sólo Dios no se muda, y la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, todo lo tiene; quien a Dios no tiene, todo le falta (Miguel de Molinos)

Como dice Chögyam Trungpa (2) , somos granos de arena en un desierto amplio y abierto que un buen día olvidan su naturaleza ancha y abierta como el desierto para levantar la cabeza y sentirnos diferentes al resto, aferrándonos a lo que nos "diferencia" y creando la dualidad de todo. En vez de ser uno con el espacio, sentimos que el espacio sólido es una entidad separada y tangible: es nuestra primera experiencia dual; es nuestro primer enfrentamiento con "lo otro", el origen de la "avidya" o ausencia de inteligencia primordial. Es el momento de la aparición de los "kleshâ" (apego, rechazo, ignorancia).

Según creo, cuando nos acercamos a la práctica de una disciplina espiritual es porque tomamos conciencia de nuestro estado simiesco (nuestra mente es como un mono inquieto que no para de dar vueltas en su jaula) y recordamos fugazmente la profunda identidad entre el hombre y el cosmos y quizá hasta brote en nosotros un asomo de solidaridad y nos entran ganas de bailar otra vez con los granitos de arena. Es entonces cuando todos los monitos, cada uno en su hermosa jaula, emprendemos el viaje espiritual que acaso nos muestre el color de esa unidad primordial que un día se reflejó en las paredes de nuestro mundo. Agarrado a esa rueda del "samsara", con todos mis kleshâs relucientes, acudo yo puntualmente a mis citas espirituales: a buscar mi alma. Y los maestros abren las puertas de nuestras jaulas para que, al menos una vez al mes, todos los monitos nos entrenemos en el ancho campo de batalla espiritual ("vishaya") persiguiendo nuestro ángel. Y he aquí que en la convivencia con mis compañeros y maestros me encuentro con miedos, ira, celos, odio… Cuánto esfuerzo nos cuesta crear espacio y tolerancia, respirar conscientemente ante tantas y variopintas emociones que se dan cita precisamente ahora, en ese momento que hemos decidido ser practicantes espirituales. Y otra sorpresa: "¡pero si todas estas emociones ya las experimentaba cuando era pequeño!, ¡y cuando era adolescente!" Es curioso, pero quizá es que estamos en la misma Rueda desde siempre. Qué difícil es aplicar los consejos espirituales del maestro. Sin embargo, éste es benevolente con los monitos, pues antes de comenzar con el "yama" (relación con nosotros mismos") y el "niyama" (relación con el mundo) nos propone algo muy parecido a una sesión de calentamiento combinado con la respiración: por lo visto es un consejo de un tal Patánjali ("âsana y prânâyâma nos ayudan a comprender y a usar correcta y apropiadamente nuestro cuerpo y nuestra respiración. Es más cómodo -continúa el comentarista- empezar por éstas que por el cambio de nuestras actitudes")( (3) . Quizá esas "âsanas" pretendan que nos relacionemos conscientemente con nuestro cuerpo y con nuestra respiración para alcanzar "una atención sin tensión y una relajación sin pesadez". Quizá eso sirve para aceptar con "compasión" (Karunâ) a ese monito que siempre hemos sido y que ahora ha decidido espiritualizarse, pues dicen que la capacidad de abrirse al otro (¿¡otredad otra vez!?) nos incluye a nosotros mismos…

El alma y la vía unitiva

Como en un gran salón desierto al cabo de los espejos han absorbido todas las figuras, tal en el centro inmóvil bebe la luz desnuda todo lo visible (José Ángel Valente)

Dicen las enseñanzas que "mientras el entendimiento se embaraza en discurrir por las cosas sensibles [el mundo, el nivel egoico] no reconoce la luz invisible" (San Gregorio), y que "bienaventurada la mente que en el estado de oración posee el perfecto vacío de las formas" (San Nilo) o que, dicho más llano: cuando la estructura del ego se queda pequeña, cuando nos hartamos incluso de culpar a los otros, de proyectarnos en los otros, decidimos entonces buscar en el fondo de nuestro ser todo ese mar de cualidades (buenas, malas, regulares) que siempre habíamos atribuido a los demás y que "¡eureka!, si las tenemos todas; si ya estábamos en el mismísimo centro de la Rueda!". Si esto nos aconsejan los maestros, ¿porqué no empezar a comprender que no hay existencia independiente, que no hay dualidad espíritu-forma, hombre-naturaleza, interior-exterior, pensamiento-sentimiento? Es hora de sumergirnos allá donde la materia se espiritualiza y el espíritu se materializa. Es hora de dialogar con la voz del otro que vive en nosotros. Este descenso hacia el transparente abismo originario, donde se difumina la diferencia entre el sujeto y el objeto, donde lo que se percibe es el perceptor y el perceptor no es distinto de lo percibido porque ambos están perfectamente identificados.

El agua de ese océano es la misma que me empapa a mí y a ti y a todo; como el flujo que, en la carta de la Templanza del Tarot, va de jarro en jarro, estamos penetrados por lo otro, como la esponja en el agua. El océano nos empapa y el universo nos respira (inspiración-vacío-espiración-silencio, inspiración-silencio-espiración-vacío…), y la materia nos late (sístole-diástole). Escuchar confiadamente el fluir, el latir, el respirar de la vida, estar atentos al ángel que se inclina ante la hierba y le susurra "crece, crece" (Talmud) (4). Seamos como el viajero que se deja vaciar de su propia identidad, de su propio ego para hacerse transparente a lo universal, para que el universo se manifieste a través de él…

"¡Oh, qué infinitos espacios hay dentro del alma que ha llegado a esta divina soledad! ¡Oh, qué íntimas, qué retiradas, qué secretas, qué anchas y qué inmensas distancias hay dentro de la feliz alma que ha llegado a ser verdaderamente solitaria! Allí trata y se comunica el Señor interiormente con el alma. Allí la llena de sí, porque está vacía; la viste de su luz y amor, porque está desnuda; la eleva, porque está baja; y la une y la transforma en sí, porque está sola." (5)

El Espíritu

El ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve

(Maestro Eckhart)

El monito enjaulado saló a pasear por "vishaya" en busca de su ángel; éste le invitó a ascender cerca del Espíritu y, cuando llegó, vuelve otra vez al principio: se abraza en unión erótica a la misma jaula que abandonó, pues el principio estaba contenido en el final. El monito siguió el consejo de San Agustín e hizo de su oración una elevación de la mente en Dios, y allí vio que el vacío no es ausencia (la forma no sólo es vacuidad), sino presencia total, semejante a una infinidad de espejos que se reflejan los unos a los otros y que no producen sino una sola y deslumbrante luz, pues "ver a Dios es, finalmente, no ver nada, no percibir ninguna cosa particular, participar en una visibilidad universal que no supone ya recortar las escenas singulares, múltiples, fragmentarias y móviles de que está hecha nuestra percepción.(6). Pero esta experiencia quedaría insuficientemente caracterizada si no añadiésemos aún que el extático, el hombre de la radical salida de la noche oscura, es, una vez que la iluminación y la unión se cumplen, el hombre del retorno radical: "Un hombre noble salió hacia un país lejano para obtener un reino y volvió". La lectura mística de estas palabras del Evangelio de Lucas (19, 12), citadas por Valente, termina en el sermón Del hombre noble de Eckhart con la referencia al águila de grandes alas que, según la parábola de Ezequiel (17, 3), ascendió a la montaña, arrancó el cogollo del más alto cedro y el principal de sus renuevos, y después descendió. Valente recurre a estos textos para indicar que "en las fases supremas de la vida mística, cuando el alma transfigurada por la unión percibe la unidad simple como estado permanente y continuo (el punto en que san Juan de la Cruz habla incluso de la cesación del éxtasis), la salida y el retorno se unifican, y el espíritu reafirma en un nivel superior todo lo inicialmente negado. En ese estado (estado de teosis, estado teopático) se operaría una reunificación de lo sensible" (Ibid, p. 99). Pese a esta cita extensa, no encontraba mejores palabras para ayudar a nuestro viajero en su vuelta al mundo sensible como requisito esencial para percibir la pureza y la sacralidad de la forma, porque "el hombre debe contemplar a Dios y volver" (Eckhart): sólo así se completa el camino espiritual… silencio y palabra, forma y vacío, salida y regreso, inmovilidad y movimiento, inspiración y espiración. Creo que, como dice Valente, todo el proceso místico reproduce en grado sumo la metáfora esencial de la experiencia religiosa: la metáfora del corazón…...

 

Corazón despierto

George Steiner afirma que "el privilegio de lo estético es activar en presencia iluminada [la cursiva es mía] el continuum entre temporalidad y eternidad, entre materia y espíritu, entre el hombre y el otro".(7) Sin embargo, yo me atrevería a ampliar esta bella cita diciendo que ese "continuum" prende más vívidamente cuando la dimensión estética es rociada con el néctar del amor. Si es cierto que somos vecinos cercanos de lo trascendente, lo es aun más si cultivamos esa actitud que en sánscrito se denomina Bodhichita y que denota una hermosa y sugestiva combinación de términos: "corazón despierto". La Bodhichita consistiría, según creo, en el cultivo del amor o deseo de que todos los seres sean felices, y la compasión en el deseo de que todos los seres se liberen del sufrimiento. En mi opinión, esto sólo es posible poniéndose en el lugar, en el sentir, del otro. Las prácticas espirituales suelen enseñarnos que el sufrimiento es una ocasión privilegiada para ponernos en el lugar del otro, para abrirnos con lucidez desapegada (desapegada del ego). ¿Qué es sino esto la meditación?

Creo que la meditación, tanto en el amor como en la vacuidad es una práctica hermosa que nos permite contactar de forma lúcida y abierta con los particularismos de nuestro ego; una puesta en camino del "ascenso del ego y el descenso del Espíritu".

Si, como se ha apuntado, el cultivo del amor y la compasión es un instrumento o medio hábil que nos pone en contacto con la otredad a un nivel dual o relativo; a nivel último o absoluto, la maduración de la Bodhichita relativa desemboca en la experiencia de la no dualidad o vacuidad (8) . A este nivel no habría una separación entre el yo y el otro, el sujeto y el objeto. Pues bien, yo diría que, si bien el cultivo de la Bodhichita relativa se correspondía con el segundo nivel, el de la escucha de nuestro ángel; la Bodhichita a nivel absoluto tendría que ver con el tercer nivel, el del Espíritu, el del hombre que nace por segunda vez y que "vence a la muerte liberándose de las mareas de la vida, naciendo a una nueva condición en un cuerpo resucitado…" Como en la sabiduría de las tradiciones espirituales ancestrales, el acceso a la vida espiritual comporta siempre la muerte de la condición profana seguida de un nuevo nacimiento(9). Es pasar del instinto a la unión con lo divino: el ser queda abierto a la intención divina que anima esta vida. Esta toma de conciencia activa de nuestro microcosmos-en-unión-erótica-con-el-cosmos hace que la persona se cosmice, sintiendo la vida cósmica como cifra de la divinidad. Creo que la práctica de la meditación (o la contemplación, como la llama la mística occidental) es un buen entreno en la toma de conciencia, en la re-sacralización de la vida; es un trabajo que ha de trascender las múltiples facetas del egocentrismo integrando en cada aspecto de la vida cotidiana las nociones de vacuidad de existencia independiente del yo y de todos los fenómenos por un lado, y la de Bodhichita en tanto amor y compasión, por otro lado. Siguiendo el proceso de unión armoniosa entre Espíritu y Materia, bien podríamos decir que la compasión es vacuidad en acción (segundo nivel), mientras que la vacuidad es compasión en contemplación (tercer nivel). Por otro lado, el hecho de considerar a todos los seres a través de la óptica del amor incondicional constituye un requisito esencial para llegar a percibir la pureza de lo relativo, de la forma, de lo que nos rodea (algo que los vehículos tántricos llevan a la práctica mediante la visualización de las deidades). Esta consciencia se enriquece, como empecé diciendo al principio, con la abertura hacia lo otro, con el amor despierto, lúcido. Otra vez la Bodhichita… La práctica de la meditación es nuestro principal vehículo, nuestra principal guía en la vida diaria: en ella intentamos relacionarnos de forma ecuánime con los pensamientos, trascendiendo el apego y el rechazo (upekshanam, ecuanimidad, desapego cuidadoso), sintiendo el espacio en el que surgen, sin molestarnos porque aparezcan, sino tolerándolos como el mar tolera sus olas y agradeciéndoles la lucidez que conlleva su reconocimiento. Pues bien, esta práctica ha de mantenerse viva en la vida diaria (Dhyâna, capacidad de interaccionar), después de levantarnos del cojín: llevar la meditación a la vida diaria, con flexibilidad interna y determinación (vyria, esfuerzo gozoso), manteniendo el contacto con la Realidad (Samâdhi, total integración con el objeto de nuestra comprensión), no con la irrealidad, tratando de estar conscientes de nuestro cuerpo, de nuestra mente, del Universo; con ligereza de corazón, mas no con pesadez de pensamiento.

La cruz

Es esta pesadez de pensamiento la que ha generado esas radicales oposiciones en nuestra cultura occidental. Sin embargo, a lo largo de este trabajo hemos podido asomarnos -aunque haya sido a trompicones- a la inmensa riqueza de la mística cristiana. Pero la dogmatización de la razón ha oscurecido las posibilidades de la mística como vía de conocimiento. Es momento de escuchar a un autor que propone un símbolo, la cruz -por citar un ejemplo que nos guíe-, como síntesis de todo lo que es material (horizontal) y espiritual (vertical), así como la trascendencia de ambos. La cruz puede representar para occidente la ruptura con toda aquella tradición de pensamiento que había concluido la división de lo real en dos niveles antagónicos (espiritual y material) y la aproximación a otro modelo más acorde con la complejidad de lo real. Quizá la cruz (que podría simbolizar la simbiosis entre la sabiduría occidental y oriental) nos sirva como farol luminoso que ayuda al viajero en la búsqueda espiritual de ese "oro filosofal" (cf. Jung y el Tarot, p. 234) que está enterrado en lo más profundo de la tierra y de la naturaleza humana. Oigamos a Tàpies:
"Quizá algunos se preguntarán a qué viene, a finales del siglo XX, alegar el testimonio de todo esto para justificar el apego a las cruces [...] Porque esta visión suprema del Principio Único en tanto que vacuidad originaria bipolar, con todo el sistema combinatorio de contrarios que simboliza la cruz y que caracteriza al espíritu de los pueblos orientales, hoy se considera muy próxima a la visión del universo que nos proporcionan los últimos datos de la ciencia occidental, y concretamente a lo que se llama el nuevo paradigma holográfico del mundo [...] Recordemos la disolución de la antigua idea de sustancia material que caracterizaba la física mecanicista clásica y su asimilación hoy en una especie de conjunto de remolinos eléctricos o de campos de fuerza que se originan en un océano de energía cuántica potencial. ¿No es cierto que de este modo los científicos de este siglo nos han acercado muchísimo a la idea de vacuidad activa, a aquella Sunyata (10)¿Qué, al mismo tiempo, también nos han hecho ver que estos campos de fuerza oponen sus valores positivos o negativos, como el yang y el yin? ¿Y qué decir de la relación del Principio Único oriental con las recientes hipótesis de Gaia, de la Tierra como un organismo viviente que se regula él mismo en interconexión con todo el universo? ¿No nos está actualizando el nuevo espíritu de la ciencia las creencias animistas de Oriente? Se debe entender entonces que no es tan extraño que algunos intelectuales y artistas se entusiasmen por esta gran intersección dinámica que estructura nuestra existencia, esta misteriosa comunión de contrarios que simboliza la suprema idea de la cruz; y que la tengan como el símbolo de una visión del mundo, que sigue estando en plena vigencia y sobre la que es muy oportuno estimular a seguir reflexionando y en especial a sacar de ella consecuencias prácticas". "Puede que sea una exageración -dice Tàpies-, pero no hay duda de que hemos tenido que esperar a que en Occidente cambiase radicalmente el espíritu de la ciencia para que aquel paradigma de Oriente y de sus equivalentes occidentales comenzase a parecernos serio. Sin embargo, sería un gran error deducir que los occidentales no hemos conocido del todo aquel modelo, porque es verdad que nosotros también lo hemos tenido presente en el tipo de conocimiento que denominamos contemplación mística […] Parece que la nueva ciencia occidental acepta hoy elementos que la acercan al instinto-intuición de los místicos e incluso a aquella sabiduría integral semejante a la de los chinos […] Muchos tienen todavía un sentido vulgar de la idea de modernidad, que resumen con la exigencia de una separación definitiva entre la ciencia, la religión y el arte. Pero esta idea, lejos de triunfar, más bien ha decaído, porque en los últimos tiempos se han tendido muchos puentes entre formas de ver el mundo que antes se consideraban antagónicas(11)
Creo que ya empezamos a ver un sentido a las preguntas que hacíamos al principio; es en el sentido que apunta Tàpies como la espiritualidad oriental está fecundando y haciendo resurgir a la mística occidental como vía de conocimiento; quizá el hombre de las sociedades modernas empieza a sentir hartura de esa razón que entiende a los seres y a la materia como elementos separados, como ideas abstractas, cuando en realidad -realidad que los modernos descubrimientos de la ciencia han confirmado- el tiempo está fuertemente imbricado con el espacio y la materia. De hecho, es la propia física occidental reciente la que encuentra en sus investigaciones que, cuanto más se penetra en la materia, cuanto más se la analiza, más se la ve evaporarse, disolverse en campos de energía, en huellas efímeras (partículas), o incluso en puras especulaciones teóricas (quarks)(12) . La idea de unidad que subyace en el conocimiento oriental así como en la mística cristiana es una hermosa luz que puede guiar al hombre en su interioridad y en el conocimiento del alma del mundo, un deseo que el ser humano ha tenido desde siempre, pues en nuestro fondo todos intuimos alguna vez que las radicales oposiciones entre cuerpo-espíritu, hombre-cosmos… no se corresponden con lo real, con la realidad última de las cosas. Creo que el ser humano siente necesidad de tender un puente entre él y los demás, entre él y el mundo que le rodea, pues aceptando la alteridad es como la persona adquiere su verdadera identidad. Como en los poemas de San Juan de la Cruz, amante y amado son uno a un tiempo; pérdida de ser y ganancia de ser en el juego de la identidad y la alteridad, como en la respiración: primero hay que dar (espirar) para después tomar (inspirar). Es en la otredad donde nos conocemos con transparencia, pues como se dice en Jung y el Tarot: "para descubrir quiénes somos tenemos que extraer finalmente aquellas partes de nosotros mismos que hemos proyectado en otros, aprendiendo a encontrar en el fondo de nuestra psique las fuerzas y carencias que habíamos visto previamente solamente en otros" (p.240).

El abrazo

Quién eres tú, quién soy, / dónde terminan, dime, las fronteras / y en qué extremo de tu respiración o tu materia / no me respiro dentro de tu aliento. Que tus manos me hagan para siempre, / que las mías te hagan para siempre / y pueda el tenue/ soplo de un dios hacer volar / al pájaro de arcilla para siempre .("Iluminación", José Ángel Valente) Creo que uno de los principales temas tratados en este seminario ha sido crear un pequeño escenario donde representar durante casi tres días la retracción y expansión del universo. El universo inspira y nos inspira a todos, y espiramos en cadena amorosa ("la materia contagia sus vibraciones, y el alma sus esperanzas y sus sueños"). Se va tejiendo la tela de la creación (vida); y nuestra tarea es escuchar (escuchar-nos) las vibraciones de lo originario, el silencioso movimiento de la materia. Esta escucha nos hace más conscientes, y esta conciencia nos pone en contacto con el "continuum" que decíamos más arriba, con la otredad, nos despierta el corazón ("bodhichitta") en presencia iluminada, trascendiendo forma y vacuidad, para llegar (¿a través del Espíritu?) a sentir el latido constante del otro, de lo otro, abrazándolo, abrazándonos, dejando que mi latido lata junto al suyo, que mi respiración baile con la suya, que mi mota de universo dance "en" el todo, rítmicamente unidos en amorosa armonía. Pues si es cierto que el universo conspira para que seamos felices, ¿por qué no arriesgarnos a escuchar el bello movimiento (inspira-espira) de la luz y bañarnos en la belleza de la sacralidad? Esta escucha y esta unión viéndo-nos a través de los ojos y de la mirada del otro (como en el ejercicio del sábado: ojos deseados que en ellos me reflejo), abrazándonos en el otro, sintiéndonos latir en el otro, respirándonos en su respiración, viéndonos en sus ojos ("los ojos con que yo veo a Dios son los ojos con que él me ve)… es todo esto lo que a mí me ha quedado de este seminario: una experiencia de amor y confianza en la vida que estuvo viva en mí incluso durante todo el día que siguió a esta experiencia, pues al día siguiente, el lunes, cuando creía que mi trabajo funcionarial me lo robaría todo, sentí con extrañeza que ese amor seguía vivo. Me dejé llevar durante ese lunes, aun a sabiendas que aquello no nos pertenece, pues cumpliendo mi función de granito de arena, de semilla ("Isvara"), el martes dejé de apegarme a esos frutos que no son nuestros sino de la vida -como nos recuerda Patánjali-.(13) No obstante, mi desapego de los frutos no fue para seguir tan sabios consejos, sino porque el martes volví a ser funcionario.

 

Eusebio Pérez Infantes 
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(1) Eliade,Mircea Lo sagrado y lo profano, Ed. Labor, Barcelona, 1994

(2 )Cf. Más allá del Materialismo Espiritual, Estaciones, Buenos Aires, 1998.

(3 )Desikachar, T, Yoga-Sutra de Patánjali, Edaf, México, 1994, p.92

(4 )Recordemos que los ángeles representan "la experiencia interior de una naturaleza numinosa que conecta al hombre con el mundo arquetípico del inconsciente" y que esta escucha habrá de ser confiada pues "hay potencias que trabajan en el universo y en ti mismo, y que se encuentran más allá de la experiencia cotidiana. Cree en esas corrientes profundas de la vida y déjate arrastrar con ellas" (NICHOLS, SALLIE, Jung y el Tarot, Barcelona, Kairós,1999, pp. 346-7).

(5) Molinos, Miguel de., Guía Espiritual, Madrid, Alianza, 1989, p. 152.

(6)Valente, José Ángel, La piedra y el centro, Barcelona, Tusquest, 1994, p. 76.

(7) Steiner, George, Presencias reales, Eds. Destino, Barcelona, 1992, p.275.

(8) Cuando menciono este nivel último o no dual, tengo en mente los llamados vehículos del Mahamudra o Dzogchen o Atiyoga del ciclo de enseñanzas del Tantra que, a diferencia de los Sutras del Hinayana (donde la forma es concebida como vacuidad) perciben que la vacuidad es la forma. Por supuesto que no son caminos diferentes, sino más bien elementos del mismo y único camino.

(9)Como bien dice M. Eliade, "el hombre de las sociedades primitivas no se considera acabado, tal como se encuentra dado en el nivel natural de la existencia: para llegar a ser hombre propiamente dicho debe morir a esta vida primera (natural) y renacer a una vida superior, que es a la vez religiosa y culturas" (op. Cit. P. 157).

(10) Para los antiguos chinos lo que produce y organiza el universo es el universo-éter o la naturaleza íntima , llamada Sunyata en sánscrito y Ku en japonés. Es el famoso concepto de la vacuidad oriental que está en la base de todo, el principio originario, el Tao completamente misterioso e innombrable, pero que el sabio místico intuye o del que tiene vivencia, no un conocimiento intelectual, y al que también tienen un cierto acceso algunos poetas o algunos artistas que está en el origen de todo? (cf. El arte y sus lugares, p. 79).

(11) Tàpies, Antoni, El arte y sus lugares, Barcelona, Siruela, 1999.

(12) John Horgan, autor de El final de la ciencia, decía en un artículo publicado en El País del 1 de agosto del 2000: "Los límites de la ciencia son totalmente claros en la física de las partículas que, como describe Steven Weinberg, busca una 'teoría total' que explique el origen de la materia, de la energía e incluso del espacio y del tiempo. La teoría principal postula que esta realidad proviene de 'cuerdas' infinitesimales que se agitan en un hiperespacio de diez (o más) dimensiones. ¡Por desgracia, estas hipotéticas cuerdas son tan pequeñas que se necesitaría un acelerador de partículas del tamaño de la Vía Láctea para detectarlas! No soy el único que teme que los teóricos de las cuerdas ya no hacen ciencia; un importante físico ridiculizó la teoría de las cuerdas comparándola con una 'mitología medieval".

(13)Miguel de Molinos nos da un consejo parecido: "Sabrás que se ha de desapegar y negar de cinco cosas el que ha llegar a la ciencia mística. La primera, de las criaturas; la segunda, de las cosas temporales; la tercera, de los mismos dones del Espíritu Santo; la cuarta, de sí misma, y la quinta, se ha de despegar del mismo Dios. Esta última es la más perfecta, porque el alma que así se sabe salamente desapegar es la que se llega a perder en Dios, y sólo la que así se llega a perder es la que se acierta a hallar" (Guía Espiritual, op.cit., p. 166). Son unas hermosas palabras que quizá resuman bien el camino del monito enjaulado.

 

 
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