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Recuerdo a D. Primi, mi profesor de flauta de crio,
que me decía “ Carlos, hasta que no te enamores una vez no
podrás tocar nunca la flauta “. actualizándolo podríamos
decir que “hasta que no hayamos soltado algunas lagrimas no podremos
empezar a meditar”.
Toda práctica espiritual conlleva una sanación del cuerpo,
de la mente y del espíritu, necesitamos llegar a la nuez del dolor
y del conflicto para integrarnos interiormente y poder expresar nuestra
armonía. Sin esta guía de sanación nos veremos bloqueados
en lo profundo de nuestra meditación y no la podremos integrar
en nuestras vidas.
A veces llegamos a la práctica espiritual con el deseo de resolver
penas, calmar heridas o poner una luz sobre zonas complicadas de nuestras
vidas, esperando que nos toque, luego, la gracia y nos haga salir de todo
conflicto. Prácticas y maestros nos hacen creer esto aplicándonos
en la concentración y ascesis o prácticas intensas. Muchas
veces y después de muchos esfuerzos vemos que los temas siguen
inacabados al volver a la realidad. Entonces vemos que necesitamos una
profunda sanación de nuestro corazón, sin huir de nosotros
mismos, comprendiendo nuestro pasado.
La práctica espiritual requiere comprender la profundidaz de nuestras
heridas, quejas y lamentos del pasado, aspiraciones insatisfechas, cúmulos
de penas y miedos, de desconfianzas y frustraciones. Necesitamos llorar
nuestro sufrimiento para llegar a la meditación. La meditación
sin cabeza no nos sanará, la cabeza sin meditación no nos
transformará. Dolor, rabia, abusos, abandonos y traumas de la infancia
sin curar se convierten en vórtices de fuerza del inconsciente
que se proyectarán e interferirán en multitud de aspectos
donde nos proyectemos en nuestras vidas. Nuestras antiguas heridas están
necesitadas de comprensión y de consciencia, sino una y otra vez
repetiremos esos patrones llenos de angustia y confusión. A veces
la sanación nos llueve como una gracia otras hay que trabajársela
de dos maneras esenciales:
• Desarrollando la confianza con un maestro, no la podemos conseguir
sólo por nosotros, requiere de un compromiso de práctica
y de guía. Muchas de las heridas provienen del pasado y requerirán
de una cierta experiencia y una relación sabia y consciente.
Esta relación deberá darnos las claves para abrirnos a la
compasión y a la libertad de espíritu.
Es allí donde nos cerramos y aislamos donde el maestro deberá
hacernos comprender para confiar y aprender una nueva relación.
Cuando aceptamos nuestros errores y temores de manera compasiva y los
vivenciemos en el presente entonces aprenderemos a aceptarnos a nosotros
mismos.
La relación amigable con tu maestro te enseñará a
relacionarte y confiar en los demás, en tí mismø,
en tu realidad, tu cuerpo, tus emociones e intuiciones y en la propia
vida.
La enseñanza y los maestros nos sirven para despertar.
La fuerza que nos da esta consciencia y aquella atención amorosa
a la vida, que deciamos el otro día, condimentado con la práctica
continuada de la observación se convertirán en nuestra fuente
de sanación. Buda dijo que teníamos que cultivar la conciencia
en cuatro aspectos de la vida que los llamó “Las cuatro bases
de la atención”:
• Consciencia del cuerpo y los sentidos.
• Consciencia del corazón y los sentimientos.
• Consciencia de la mente y los pensamientos.
• Consciencia de los principios de la vida, del dharma.
La práctica de la visión profunda y del despertar, en el
budismo, requiere de estos cuatro pilares.
El poder de la consciencia constante es curativo y nos abre en cada area
de la vida en donde lo apliquemos.
Eso es la sanación orientar a cada uno de esos aspectos nuestra
atención meditativa.
SANAR EL SENTIR
Mediante la consciencia podemos abrirnos a las experiencias físicas
sin luchar, viviendo nuestros cuerpos, así, a base de práctica,
sentimos placer y dolor con más claridad, ya que nuestra cultura
nos ha enseñado a huir del dolor y, en realidad, lo conocemos poco.
Para sanar el cuerpo hemos de estudiar el dolor y observándolo
veremos que el dolor es, en la mayoría de los casos, un esfuerzo
de adaptación.
En la práctica meditativa el delor que se nos presenta no es una
dolencia, sino una manifestación de nuestras contracciones, apegos,
bloqueos emocionales, psicológicos o espirituales. W. Reich los
llamaba “armadura muscular”. Son zonas que hemos apretado
una y otra vez en situaciones dolorosas como protección ante lo
inevitable de la vida.
Una persona sana que se sentara a meditar reconocería enseguida
sus dolores profundos, los “nudos” acumulados en sus tejidos
que antes le eran desconocidos pero que ahora se le revelan cuando se
abre.
A medida que reconocemos el dolor también reconocemos los sentimientos
y emociones que los acompañan, recuerdos e imágenes. Al
poner la consciencia en nuestra práctica todo lo que antes callábamos
o descuidábamos, ahora sale a flote y tenderá a sanarse.
Aprender a trabajar con esta “intención” forma parte
del arte de la meditación, llevando una atención abierta
y respetuosa a nuestra experiencia corporal.
Nuestro trabajo es el de desarrollar una sensación consciente de
lo que está pasando, de verdad, en nuestro cuerpo. Reconociendo
patrones de respiración, posturales o de ciertos bloqueos en la
espalda, pelvis o abdomen, hasta sentir el movimiento libre de la energía
o de las contracciones. Cuando meditamos debemos llegar a una atención
cariñosa, liberando capas de tensión, así empezará
a fluir la energía. Se abrirán lugares de nuestro cuerpo
que habían enterrado patrones de dolor o traumas. Sería
un proceso algo parecido a esto : Disolver, liberar, abrir los canales
y llegar a una purificación profunda. En mucha gente a todo esto
le acompañan efectos especiales en la respiración, ciertas
vibraciones o sensaciones no habituales. Se trata de ir más allá
de los niveles superficiales de tensión o de placer y de ver las
capas que rodean al dolor, así sanaremos.
Una forma muy normal de trabajar es enfrentando nuestras enfermedades
o lo que es lo mismo “odiando las zonas implicadas”. En la
sanación consciente dirigiremos la atención e manera amorosa
y compasiva para acariciar la parte más interna y dolorida de nuestra
herida. Oscar Wilde decía ”No es lo perfecto, sino lo imperfecto
lo que necesita amor”.
La meditación puede ayudarnos a descubrir de qué manera
descuidamos los aspectos físicos de nuestras vidas y nos enseña
a escuchar lo que nos pide el cuerpo. Tal y como tratamos nuestros cuerpos,
tratamos nuestras vidas. Ignorar el cuerpo o abusar de él es una
visión equivocada de la espiritualidad. La limpieza de los sentidos
nos permitirá experimentar una creciente intimidad con la vida
aquí y ahora.
SANAR LA EMOCIÓN
La verdadera enseñanza es la que te mantiene despierto, atento,
con entrega y compromiso con la vida. La verdadera felicidad proviene
de la difícil transformación interior, de uno mismo. Todo
lo que queremos dejar a trás nos sigue, y cuesta mucho darse cuenta
que forman parte de nuestra práctica, casi siempre “eso”
pertenece a nuestra familia, ambiente, etc. ¿Cómo puedo
vivir mi práctica espiritual y que puedo hacer para que florezca?.
Practicar no es huir de tu vida, ni siquiera cambiarla, tampoco es buscar
efectos espaciales en templos, monasterios o ciertas experiencias. La
práctica es un viaje de descenso, de retorno, desde la mente a
mi realidad más íntima y personal, voy de la mente a ver
las cosas más claras, de la comunicación al expresar mis
emociones y sentimientos, de mi energía y fuerza a dejarme sentir
y necesitar, y al final llegar al puerto de mi realidad simple y llana.
Vas descubriendo que tu meditación te ha servido de muy poco en
tus relaciones humanas, y sólo conseguimos expresar la inmadurez
de nuestras emociones y los patrones de culpa, dolor, rechazo y miedo.
Puedo llegar a amar a muchos seres en mis meditaciones pero tener serias
dificultades en relacionarme con uno sólo.
¿Cómo encarnar la vida espiritual en cada acto ?. Mi cuerpo
requiere de una atención amorosa, no me basta con ver y comprender,
ni con sentir amor o compasión, vivir una vida espiritual es encarnarla
en el comer, beber, andar, respirar, es vivir al mismo tiempo mi animal
y su tierra. En cada etapa de nuestra vida descubrimos areas de temor
y de dolor en nuestra mente, en nuestro corazón y en nuestra piel.
Mi práctica espiritual deberá de llegar hasta ellos si la
hago íntima, personal y amorosa. Me doy cuenta de que trato a mi
cuerpo como trato el resto de mi vida, de mi familia o cualquier compromiso.
Según "desciendo" en mi práctica veo que voy incluyendo,
no sólo la mente, el cuerpo o mi corazón, sino que también
incluyo mi vida misma, mis relaciones y el entorno.
El deseo de profundizar en un compromiso espiritual me hace cambiar el
esfuerzo y la motivación. Ya no vas a la lucha y al esfuerzo, me
doy cuenta de que empleo un gran esfuerzo mental para tranquilizar mi
cuerpo, para concentrarme y mantener el silencio, para superar dolores,
sentimientos o distracciones. La práctica se llega a convertir
en un esfuerzo enorme para buscar la claridad mental y la luz y llegas
a descubrir que cuanto más esfuerzo dedicas más problemas
te creas y nos hacemos más críticos con nosotros y con nuestra
práctica. ¿Dónde nos hemos separado de nosotros mismos
?, negamos nuestros sentimientos, nuestros cuerpos y nuestra humanidad
y descubrimos que, a veces, esta lucha hacia la iluminación no
hace que aumentar esta separación. Sin embargo, es cierto que la
práctica espiritual requiere dedicación, energía
y compromiso, pero no debe venir de la lucha o del idealismo, entonces
¿de dónde debe venir?.
Para mí, personalmente, estos tres apoyos deberán tener
su origen en la fuerza, el valor y en un cierto espíritu de guerrero,
todos ellos echan sus raíces en el corazón. Y los necesitamos
no para huir de nuestras vidas o enmascararla con teorías, sino
para afrontar directamente el vivir, con dolores y limitaciones, con alegrías
y posibilidades. El yoga nos enraiza con nuestro cuerpo en nuestra tierra
para que la práctica penetre nuestras células y en nuestros
corazones. Si no conseguimos ser felices del modo más simple y
ordinerio, de nada servirán nuestras prácticas espirituales,
si no sabemos comunicarnos con nosotros mismos ni con los demás,
ni con la vida recibida ni con nuestros corazones, es que nos hemos perdido
en este laberinto del vivir. Un viaje espiritual es concentrarse en lo
cotidiano en lo que tenemos delante para sentir nuestra vida conectada
con nuestro más profundo amor.
¿Tiene corazón nuestro camino? D. Juan nos responde que
si no lo tiene la vida carece de interés y sólo con escucharnos
un instante y en silencio sabremos la respuesta. Para apreciar la belleza
de todas las cosas hemos de prestar una atención total a la vida.
Presencia y simplicidad son cualidades que deben impregnar nuestra vida,
nuestro amor interior a la vida y a nuestro camino. Es cierto que los
reveses de la vida y su precariedad nos hacen valorar lo que queda en
nuestro corazón. Decía Teresa de Calcuta: “En esta
vida no podemos hacer grandes cosas sino pequeñas cosas con amor“.
Vivir un camino con corazón quiere decir que el aroma de la bondad
debe impregnar nuestras vidas. Quizás las preguntas más
simples sean las más difíciles de responder: ¿He
amado bien? ¿he aprendido a abandonar?. Miedos y apegos nos han
limitado sin ver la infinidaz de ocasiones que tiene nuestro corazón,
al cabo del día, de abrirse. ¿Hemos vivido los cambios de
nuestras vidas con sabiduría y compasión?, ¿hemos
aprendido a perdonar y a vivir desde el espíritu del corazón
en lugar del de la crítica?. Amar y soltar son lo mismo, no buscan
la posesión y nos permiten comunicarnos con cada momento cambiante,
en contacto con lo que se nos presenta. Amar plenamente nos exige reconocer
que nada poseemos y que no somos dueños de nada, el placer espiritual
no es el fruto de la posesión, sino de nuestra capacidad de abrirnos,
de amar plenamente y de ser libres en la vida.
¿Cómo está la c/c de nuestro corazón ?, nuestro
amor es la fuente de toda energía, capaz de crear y de comunicar.
Sin corazón hasta lo más grande se hace árido y estéril.
Co corazón las pequeñas cosas aprendidas germinan y nos
pueden ayudar mucho y con escasa práctica aquello aprendido en
un momento se puede hacer muy grande y muy importante.
Nunca llegamos a saber lo que los demás aprenden, por eso no debemos
de juzgar la práctica espiritual de otros a la ligera. Elijamos
lo que elijamos nuestras creaciones deberán enraizarse en el corazón.
El movimiento del amor subyace detrás de toda acción y la
felicidad con la que nos encontramos no depende nunca de su dueño
ni, incluso, de su comprensión, tan sólo se trata de descubrir
en nosotros esta capacidad de amar, de tener una relación amorosa
y sabia con la vida. Es amor no es posesivo, proviene del propio bienestar
y de la comunicación con todas las cosas, además es generoso
y ama la libertad de todas ellas. La práctica espiritual parece
complicada pero en realidad no lo es. Hasta en lo más complejo
de este mundo podemos vivirnos con claridad y simplicidad cuando reconocemos
que lo único que tiene verdadero valor es la calidad del corazón
que imprimimos a nuestras vidas.
"Un maestro Zen estaba viajando con sus discípulos y llegaron
a un bosque en el que cientos de leñadores estaban talando los
árboles, porque estaban construyendo un palacio y debían
de cortar casi todo el bosque, excepto un àrbol que en medio a
toda esta situación seguía erguido ahí, un gran árbol
con miles de ramas. Era tan grande que diez mil personas podían
sentarse bajo su sombra. El maestro pidió a sus discípulos
que fueran a preguntar por qué no habían cortado aún
ese árbol, cuando habían cortado ya todo el bosque y habiendo
dejado un gran desierto alrededor. Los discípulos fueron y preguntaron
y los leñadores les respondieron : Este árbol es totalmente
inutil. No se puede hacer nada con él porque todas las ramas tienen
demasiados nudos. No hay nada recto. No se pueden hacer postes ni columnas
con él, no sirve, tampoco, para hacer muebles, ni, al menos, usarlo
como combustible porque su humo es muy peligroso para los ojos y te los
dañarías. Este árbol es absolutamente inutis, esa
es la razón.
Los discípulos volvieron a donde su maestro se lo contaron y él
rió y les dijo : “ Si queréis sobrevivir en este mundo,
sed como este árbol, absolutamente inútiles. Entonces nadie
os hará daño. Si eres recto te cortarán y te convertirán
en una columna o harán de tí un mueble en casa de alguien.
Si eres bello te venderán en el mercado y te convertirán
en una mercancia. Intentad ser como ese árbol para que nadie pueda
dañaros y podáis crecer grandes y amplios así miles
de personas encontrarán sombra bajo vuestras ramas”. Que
la luna y las flores guien vuestros caminos.
SANAR EL PENSAMIENTO
Lo mismo que sanamos el cuerpo y el corazón con la consciencia
podemos sanar la mente. Lo mismo que aprendemos de las sensaciones y de
los sentimientos, lo mismo que sabemos de los ritmos de la naturaleza,
así podemos aprender de la naturaleza de nuestros pensamientos.
En la meditación los vemos pasar incontrolados, nadamos entre recuerdos,
planes, expectativas, juicios, cálculos, lamentaciones, culpabilidades
y demás personajes no invitados al festín meditativo.
La mente despliega sus atributos y todas sus posibilidades, nos repasa
de santos a rufianes, de sacar nuestra creatividad compasiva a las fuerzas
más oscuras, de poetas a verdugos. Nuestra mente navega, como un
bergantín de dos palos, entre los opuestos por los mares del conflicto
personal. Y desde ahí la mente enfila su vela cuadrada hacia las
costas de la planificación, de la imaginación, de los conflictos
personales. Y nosotros capitanes del bergantín, ideamos escenarios
cambiantes y soñamos con sueños.
La raíz de todos estos movimientos es la insatisfacción.
Buscamos la “excitación máxima” y al instante
siguiente perseguimos la “paz total”. Nosotros no utilizamos
el pensamiento para guiarnos sino que él nos dirige de manera no
consciente, incontrolada. El pensamiento puede ser útil, positivo
y creativo. Pero la mayoría de las veces vive en la disputa entre
los opuestos, gustos contra aversiones, lo de arriba contra lo de abajo,
yo contra el otro, etc.
El pensamiento, además, pasa mucho tiempo planificando nuestra
seguridad y midiendo los indices de audiencia y popularidad, de éxitos
o de fracasos. Esta dualidad del pensamiento es la raiz del sufrimiento.
Siempre que me siento separado de la otra posibilidad o alternativa surge
el miedo y el apego, entonces crezco y navego a la defensiva y me hago
ambicioso y territorial.
Para proteger mi identidad separada me alejo de otras realidades y me
aferro e identifico con las opciones que me dan seguridad. Al meditar
observamos una variedad, casi salvaje, de historias, personajes y pensamientos
que somos o en los que nos transformamos. Y surge la megalomanía
de ser el gran salvador, el gran comunicador, el que mejor va a comprender
el más centrado y orientado, etc. Todo esto es la compensación
de la mente para no tener que enfrentar el miedo a lo desconocido, al
silencio, a la inmovilidad, al no ser nadie y vivirlo relajadamente. Es
importante para corregir el rumbo en el centro del oceano, hacer las paces
con los patrones de pensamiento que nos desbordan y sobre todo no tomarlos
demasiado en serio. Recordar que corregir un grado en el centro del oceano
es un instante que nos supondría corregir muchas millas en la costa.
Para sanar el pensamiento elegimos dos formas:
a) Observar el contenido de los pensamientos y reconducirlos sabiamente
a una reflexión y a una práctica de reducción de
los patrones de preocupación u obsesión inútiles.
Se trata de clarificar nuestra confusión y de liberarnos de opiniones
destructivas, utilizando el pensamiento consciente para reflejar profundamente
lo que valoramos.
Por ejemplo : Si se me presenta un pensamiento repetitivo de crítica
a mi compañerø, en vez de dejarme llevar por los juicios
y defensas se trataría de reconocer enseguida ese patrón
de pensamiento “juicio” y dereconducirlo hacia lo que valoro
de esa relación es decir : ¿amo bien mi relación
?, se trata de llevar la atención hacia el cariño, respeto
o serenidad y evitar que ciertos patrones tomen tierra en mi pensamiento
para que luego, en el día a día, sepa reconocer ciertas
tendencias críticas y las pueda sanar sólo siendo un poco
consciente.
b) Aprender a retroceder sobre un pensamiento abandonando nuestras identificaciones
con él. Retrocerder respecto a las historias que se nos presentan
en el pensamiento, ya que los conflictos y las opiniones, sobre él,
no tendrán fin. Buda decía “La gente con opiniones
lo único que hacen es incordiarse los unos a los otros”.
La naturaleza de la mente es pensar, dividir y planear, liberarnos de
esta separatividad es descansar en cuerpo y alma ya que así saldremos
de nuestras espectativas, opiniones y juicios que están en el origen
de nuestros conflictos. La mente piensa en el “sí mismo”
como algo separado, gracias a que el corazón es más sabio
y se dedica a integrarnos. La mente crea los abismos, pero es el corazón
quien los cruza. Para salir de este sufrimiento de esta separatividad
es necesario unir mente y corazón, no sólo en la práctica
meditativa sino también en la “intención” que
ponemos al hacer las pequeñas cosas de cada día. En la meditación
nos comunicamos con nuestro corazón y con una sensación
interna de amplitud, de unidad y de compasión. Todo esto, en conjunto,
es lo que queda detrás de todo conflicto de nuestro pensamiento.
Esta “bondad” es nuestra verdadera naturaleza. Observando
así la mente y sus formas y aprendiendo a descansar en su verdadera
naturaleza bondadosa es como descubrimos la paz que puede contener nuestro
pensamiento y es así como aprendemeos a sanarlo de ese sufrimiento
parásito que es la falta de amor hacia la vida.
SANAR LA PRESENCIA
La sanación última de la atención es la que nos lleva
a observar la ley de la vida o del dharma. Cuando todas las nociones o
conceptos de nuestra realidad personal (sí mismo) son disueltas
y las podemos contemplar con una apertura total a la vida, sin separación
a esto le llamamos sanr por medio “del vacio”, ya que percibimos
que la transitoriedad de nuestra existencia y el cambio constante de nuestro
cuerpo-mente-corazón no están desconectados, ni separados
de nada. La vida es una suma de procesos, como la inteligencia es una
suma de inteligencias, y además son siempre cambiantes, dinámicos
y continuos:
- Físico
- Emocional
- Memoria y reconocimiento
- Pensamiento y reacción
- Consciencia
Lo veamos o no, esto es lo que somos cada una de esas cosas inestables
a las que llamamos “yo”. Somos un proceso mezclado con vida,
inseparables, provisionales y además pertenecientes a ese Todo,
oceano, Tao, vacio o divino. La profunda sanación es cuando este
vacío, productor de vida, experimenta esa inseparatibilidad. La
meditación nos permite ver el movimiento de esta experiencia de
impermanencia de las sensaciones, sentimientos, pensamientos, todo dura
poco y se desvanecen, los límites son muy porosos, la solidez del
cuerpo-mente se va perdiendo y la meditación, en esta disolución,
se nos va haciendo más gozosa y cómoda y nos lleva a una
expansión y libertadad que nos comunica mejor con todas las cosas,
es parte de la magia profunda de la contemplación.
El hecho de no conocer no quiere decir que no seamos, esta es la ilusión,
y al ser nada somos libres, inseparables, somos todo. Sanar es salvar
el espacio que nos separa de todo en la vida. Los demás intentos
de mejorar, saber o defendernos son una ilusión. El silencio nos
lleva al vacio y el vacio a la no-separatividad así el cuerpo-mente-sensación
nos dará paso a otras trans-formaciones, que las podremos llamar
sanaciones, esto es abrirse a la impermanencia, al vivir siempre cambiante.
Así confiamos, contemplamos y nos respiran.
Sanar es curar mediante una amorosa atención y cuidado, es decir
usar el cuerpo, la mente o el corazón sin vernos atrapados por
ellos. Esta el la unidad básica de la vida, honrar las partes sin
perder el misterio de la totalidad, este es el vacio.
PRÁCTICA PARA UNA SANACIÓN
• Observa algo que te produzca dolor, reconoce todo lo que lo conforma
y acéptalo en tu corazón.
• Ábrete y respira con suavidad donde sientas una contracción
y observa lo que está alrededor
• Reconoce si hay rechazo y haz que la consciencia sea más
profunda.
• Transmite paz donde sientas dolor y respira calma en todo tu ser
hasta que sientas comunicado todo tu cuerpo.
• ¿Qué necesitas sanar para emprender este viaje?
• Reconoce el estado que te produce.y se consciente de lo que es.
• Sé consciente, también, del estado de tu corazón.
• Utiliza y siente en este dolor todo lo que se refiere a tristeza,
rabia, soledad o deseo.
• Ponerle paciencia y perseverancia, el corazón abriéndose
sana y la vida se hace más vivida.
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