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Estaba
pensando en los mares del sur y en el olor dulce de las papayas cuando
encontré en mi buzón una de las innumerables cartas mal
fotocopiadas que hablan de las vueltas que han dado al mundo para dar
buena suerte a los que se lo toman en serio y envían 20, 40 o cien
copias de la misma. Nueve vueltas al mundo dando amor y buena suerte y
había sido yo el elegido, ¡enhorabuena!. Aunque si, en cuatro
días, no hacía las respectivas copias, encontraba los sobres
adecuados y me enteraba de las tarifas de correos para enviarlas, habría
roto la cadena. ¡Y esto no es una broma!, sentenciaba. Habría
cortado la buena racha, los buenos augurios que se desprenden de algún
misionero del caribe, algún filántropo perdido o simplemente
uno de tantos milenarista superticioso.
Como digo, a mí me pilló desprevenido, sumergido en las
antípodas, rodeado de mulatas de pelo azabache y soñando
con todo tipo de olores voluptuosos que hieren la atrofiada sensibilidad
de las buenas costumbres. Pero en el fondo de mi alma estaba añorado
de amor, de ese amor que se siente, que se anhela, que te hace ir muy
hacia atrás o demasiado hacia delante en el tiempo pero que es
muy difícil de explicar y, en estas, la carta no dejaba de decir
que, con amor todas las cosas son posibles. «¿Por qué
no lo intentas?, me dije».
Heme aquí pues, haciendo una carta de amor. Yo que no he podido
ni con aparatos sofisticados ni libros eruditos, ni aún menos con
mi pequeña experiencia, distinguir el trecho que media entre el
amor terrenal y el Amor divino, ni encontrar clave alguna que pudiera
distinguirlos con nitidez me veo abocado a una carta incierta que tiene
que girar muchas más vueltas alrededor del sol antes de que se
corrompa o tome senderos insospechados. No obstante, en este proceso de
búsqueda, encontré muchos tipos de amores que ninguno de
ellos pude desdeñar, y aún menos elegir:
Hay un amor que todos conocemos, que surge de pronto, informalmente, que
sube como la hiedra y que se retuerce cuando no le dejan alcanzar su objeto
de amor. Es un amor caliente como las llamas que se enreda en el sexo
formando capas oscuras de placeres y convulsiones orgásmicas. Y
que arremete contra el otro y a pesar del otro, sentido como se siente,
como una fuerte necesidad imperiosa e incontenible. Pero es un amor que
limpia como una catarata o que ahoga con su ímpetu. Tiene que ver
con el instinto obcecado, siempre presente. Es un amor fogoso, brabucón
y buscavidas, que promete mucho pero que en el fondo es muy frágil.
Le gusta hacer risas.
Hay otro amor tan viejo como éste que se mira constantemente en
un juego de espejos. Yo, tu, ellos Un amor que habla de sentir cerca y
de sentir lejos. De querer estar entre iguales, confundido o de rechazar
lo diferente, visto como peligroso. Este amor dice: me gusta, no me gusta,
y se fusiona y se separa dependiendo de gustos antiquísimos o nuevas
imagenes remozadas. Como el otro, éste también se enreda
pero en complejos laberínticos del querer ser, ayudado, no olvidemos,
de la capa social que lo nutre. Proyecta y se proyecta, confunde y se
confunde, y necesita urgentemente ser, aceptado aunque diferente. Es un
gran amor propio, totalmente genuino. No hay que llevarle la contraria.
Es diferente del amor ciego. Éste, cuando llega el momento le tiemblan
las piernas ante el vértigo del vacío. Su objeto de amor
se coloca al otro lado del abismo y le incita, le tienta. Este amor, como
Cupido, no tiene otra que vendarse los ojos para poder ver lo que no existe,
para trazar puentes inexistentes y deambular como un sonámbulo.
Bendito enamoramiento que permite escapar de las viejas prisiones que
nos amordazan aunque sea con la precaria pértiga de la idealización.
Es el amor ideal que cura las heridas narcisistas. Dicen que no dura mucho.
En cambio el amor esclavo dura toda la vida. Es un amor fijo, inmutable,
casi por contrato. Uno secciona la mitad de su ser y lo tira a la basura,
el otro hace lo mismo y ambos forma una unidad indisoluble. Ahora bien,
ante el menor gesto extraño nacen las suspicacias, los temores
y las estrategias de control. La felicidad de uno reside en el otro y
así uno se vuelve cárcel y carcelero. Es el amor de foto
en la vitrina mientras se sueña buscando en las basuras no sé
que cosa perdida.
Muy cerquita de éste está el amor odio que tiene música
de tango y letra de bolero. «Ni contigo ni sin ti», así
son las cosas. Hay que amar intensamente hasta agotarse. Entonces, en
el vacío que queda cuando el otro no te ha dado la imagen más
completa, el paraíso anhelado, hay que odiar igual de intensamente
–o más– para recuperar las antiguas ruinas de lo que
fuímos. Y al descubrir nuevamente el vacío de lo que somos
caemos otra vez en la tentación, y así sucesivamente. Hay
culebrón asegurado.
En cambio el amor caníbal es un amor más civilizado. Uno
de los dos, el más necesitado, el más inseguro o el que
más idolatra al otro comienza un proceso de transformación.
Araña y muerde con facilidad en los encuentros amorosos y dice
a menudo «te voy a comer». Detrás de este amor hay
una vocación antropofágica, una fijación lobil de
los cuentos infantiles. Día a día engullimos partes del
otro y las digerimos lentamente para quitarle a éste toda posibilidad
de interferencia, para que, de una vez por todas, no traicione nuestro
equilibrio interno. No obstante, después del banquete las pesadillas
nunca más fueron sueños.
El amor entrega es otra cosa. Es darlo todo por nada, sacrificarse por
encima de todo y caiga quien caiga. Lo único importante es dar,
estar disponible, cubrir toda necesidad del otro para olvidarse de sí
mismo. Como una especie de sopor que envuelve al otro hasta inmovilizarlo,
con todo el corazón. Amor de madre, amor nutricio, sabor de leche
caliente que todos buscamos, acurrucos fusionales que se pueden dar y
quitar. Poderosamente.
Tan poderoso como el amor galante que dice siempre sí. Sí
a esto y sí a lo contrario sin implicarse nunca en nada. Es el
buen adulador que echa flores en el jardín ajeno hasta ruborizar
a cualquiera sabiendo de antemano que será bien considerado. Es
el astuto mentiroso que descubre el corazón tierno, la vanidad
ingenua del otro. Es el amor donjuanesco que busca donde sabe que no encuentra
porque no quiere mirar dentro. Y repite el mismo acto amoroso sin mirar
al rostro, diciendo amor cuando lo único que siente es compulsión.
Lo descubrirás por su sonrisa.
También encontramos el amor brujo que sabe de todas las artes y
hechicerías del amor. Es un amor mágico, envuelto en efluvios
magnetizantes pero también trágico pues mantiene al otro
entre las cuerdas del destino y de la predestinación. Es un amor
que roba los corazones para hacer sopas espesas o para utilizarlo de almohadilla
de agujas y alfileres. Hay que tocar madera.
Estos últimos están muy lejos del amor filántropo.
Esas ideas amorosas sobre el género humano y esas virtudes excelsas
puestas en las divinidades pero que en el fondo son pura humanidad. Es
el amor que desempolva las viejas utopías para seguir creyendo
en que todo tiene un sentido abarcable por nuestras mejores razones. Es
la satisfacción de un amor perfecto, platónico que cree
no dejar a nadie en la sombra de lo abyecto, de lo humanamente monstruoso.
Es el amor altruista que a menudo está fuera del conflicto. Le
gusta la poesía y la filosofía.
No olvidemos que la fe que mueve montañas y que el amor fanático
es capaz de llevarte ensangrentado hasta la cumbre o ganar batallas feroces.
Tal es la fuerza de la fe pero también de su consorte el miedo.
Es el sentimiento devoto ante el Dios todopoderoso, la Verdad Única,
la Razón contundente e inapelable. Así sea, así sea
por los siglos de los siglos con la cabeza gacha, con la plegaria monótona,
con las razones simples. Con ira, abierta o contenida, pero siempre por
el bien de todos.
El amor al prójimo no es lo contrario del amor propio, en verdad
se parecen un poquito. Ya lo decía Jesús, «ama al
prójimo como a ti mismo» y es que la alteridad nos remite
siempre a nuestra propia interioridad. Amar a los otros es como amar la
otredad que nos vive, no hay mucha diferencia. La consigna es poner la
otra mejilla.
Y está el amor Amor que consiste en amar porque es el propio estado
natural. Sin esfuerzo, sin intereses y sin objetivos. No es un amor que
va y viene pues está presente como está el perfume de una
flor. No es una cuestión milagrosa y habitualmente pasa desapercibido.Nunca
reclama la palabra amor y no está dispuesto a hacer concesiones.
Pertenece al alma cuando sonríe y cuando percibe la simplicidad
de la vida al dejar de estar separado de ésta. Siempre envuelto
en un mundo infinitamente desconocido. Probablemente el amor no es nunca
lo que uno se imagina y aunque está por doquier somos ciegos ante
su cercanía.
Ahora bien el amor nunca es de uno aunque lo experimente y se vuelca al
otro sea éste quien sea, porque el amor es un niño, un dios
ingenuo que no le importa en absoluto la importancia personal que lastra
el amor que vivimos.
Recuerda, esta carta debe abandonar tus manos antes de que la luna deje
de maravillarte y antes de que las selvas desaparezcan. Envía tantas
copias como quieras. Añade nuevos amores y rehaz los que consideres.
Mucha gente ha sido sorprendida por esta carta y ha mejorado su vida al
transmitir esta cadena de amor, o no –nunca se sabe. Pero no olvides,
con amor todas las cosas son posibles.
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