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Si
estamos interesados en profundizar y explorar la dimensión de la
consciencia no limitada a los conceptos, entonces es necesario comprender
plenamente la anatomía de la mente.
Reconocer que la mente es una energía condicionada por toda la
especie humana a lo largo de tantos siglos, y en ella se contiene la estructura
del pensamiento: ideas, conocimiento, experienciamodelos reactivos. El
movimiento del pensamiento tiene sentido para vivir colectivamente pero
no sirve de nada a la hora de explorar la consciencia más allá
de la mente.
La estructura del pensamiento está encadenada al pasado, conlleva
toda la mecánica de los conceptos y de las ideas construidas sistematicamente,
organizadas y estandardizadas a través de los siglos.
Cuando algo nos sucede lo identificamos, clasificamos y valoramos en base
a la autoridad del pasado y por lo tanto se convierte en experiencia.
Pero lo divino no puede entrar en estas categorías de identificación
o experiencia a nivel mental o sensorial, está más allá
de las identificaciones y de los parámetros del pasado.
Sólo podemos ser conscientes de la vida cuando el movimiento de
la energía condicionada, individualizada, entra voluntariamente
en suspensión, de buen grado y con gracia, sin ninguna inhibición,
ni miedo.
El mundo creado no nos hace ser felices, ni estar en paz, ni en armonía
con los distintos niveles de nuestro ser. Confundimos tecnología
con ciencia y nos da igual por qué suceden las cosas, y además
la ciencia no es transformadora, nos ayuda a comprender, pero sino desarrolla
los valores de lo humano será muy difícil evolucionar. Y,
hoy por hoy, los valores más altos a los que aspiramos son la ideología,
el pensamiento, los códigos de conducta o los modelos de comportamiento
físicos o psíquicos, es decir, la sobrevivencia, no más
que la de un topo, y todo esto no consigue transformar lo humano.
Es como si el pensamiento se hubiera convertido en el dios de la especie
humana, un dios venido a menos, por lo que nos vemos empujados a explorar
otras dimensiones de la conciencia.
Nosotros los humanos todavía no hemos descubierto el misterio de
como vivir en amor el uno con el otro, en paz, fraternalmente, somos bárbaros
sofisticados.
Podemos llegar a la luna pero nuestra mente no está libre del fuego
de nuestro cuerpo, de la avaricia, del dinero, del poder. En lo profundo
de nuestro ser, somos criaturas violentas.
Los animales no son violentos, pueden matar, pero sin ensañarse.
Nosotros somos asesinos de nuestra especie y depredadores de la naturaleza.
Hemos dividido la tierra en paises y naciones, hemos dividido a los seres
humanos en religiones y en razas, hemos dividido nuestro interior y nos
hemos protegido y encapsulado, somos una especie agresiva y tan sólo
observamos la realidad por lo que es o tiene de interes personal.
En la edad media el hombre abandonó la credulidad y fue el “renacimiento
cultural europeo”. La razón y la racionalidad fueron la nueva
diosa, y los humanos estaban felices de tener un nuevo becerro al que
adorar.
Es cierto que la razón ha contribuido a la evolución, innegable,
y por lo tanto no queremos privarnos de ella, pero la razón no
es la última palabra; el órgano del cerebro no es la última
autoridad.
¿ Somos capaces de ver y comprender que una persona es algo más
que un cuerpo y un cerebro ?
Si aceptamos a la diosa intelecto con sus conceptos y sus símbolos
como la autoridad, entonces la esencia de la vida y el descubrimiento
de su significado perderán el sentido y no se producirá.
La autoridad del intelecto y del conocimiento limitan a la raza humana.
Descubrir la vida en primera persona requiere dedicarle tiempo a la comprensión
de nuestra mente, no como nos ha sido transmitido por la tradición
social y sus convenciones, sino mirando internamente sus movimientos,
como actúa y aprender de sus límites y de sus distorsiones.
Indagar nuestra relación con la
realidad
Es un viaje desde la oscuridad del ciego, que representa las conclusiones
de los valores culturales, a la luminosa comprensión de la totalidad
de la vida, de que vivimos en una compleja interrelación con todos
los aspectos del vivir y de que no vivimos aisladamente.
Rara vez nos preguntamos que es este mundo, ni la naturaleza de nuestra
relación con él, ni si el mundo o la realidad están
fuera o dentro de nosotros, o si somos nosotros mismos el mundo. Damos
por descontado que el mundo está ahí fuera. Nombramos los
objetos que lo componen y los quitamos y cambiamos a nuestro gusto, siendo
todo válido. Sólo percibimos la realidad física y
no dudamos jamás de nuestras percepciones.
Para aprender hay que dudar del interior y del exterior y además
hay que tener curiosidad, pasión de aprender, es la diferencia
de una visión tecnológica de la vida en la que todo esta
hecho y no importa como.
Aprender no significa absorver ideas o pensamientos de otras personas,
o trasplantar experiencias de otros en la psique y proyectarlas como si
fuesen expresiones de nuestra comprensión.
Para indagar sobre la totalidad de la vida se requiere una observación
inocente, libre del fardo de siglos de condicionamiento de la naturaleza
de la realidad.
Con la humildad de quien tiene un deseo genuino, una necesidad de vivir
en paz y en armonía con el mundo, de comunicarse con su totalidad.
Debemos de dudar, con sensibilidad y sin cinismo, de cualquier cosa que
debamos asumir, de cualquier idea que debamos aceptar, de lo que es la
realidad y sobre nuestra relación con esta realidad.
Vivimos inmersos en lo que llamamos realidad y la realidad tiene muchos
aspectos, muchas sombras y muchos matices, como un diamante que refleja
luces distintas en cada dirección. Estamos en relación con
innumerables objetos, visibles tangibles, audibles, con muchas formas,
colores, sustancias, olores y sonidos. Tanto los objetos como los órganos
sensoriales se influyen mutuamente. Todo interactúa seamos o no
conscientes de ello. Este contacto con el mundo externo afecta a los órganos
sensoriales y producen las sensaciones, estas serán transmitidas
al cerebro que las coordinará e interpretará. Cómo
hace esto el cerebro sigue siendo un misterio que hace que cada uno de
nosotros tengamos una visión perceptiva del mundo basada en la
interpretación de los datos recogidos por los sentidos.
Nuestra visión del mundo existe en nuestra mente, construida con
toda esa información.
Esta visión es limitada y descentrada ya que la información
perceptiva afecta a una parte de la realidad y no a la totalidad ya que
las informaciones sensoriales son parciales, fragmentadas e incompletas
al depender de condicionamientos culturales y vivenciales, de ahí
su imprecisión y desequilibrio.
Aceptamos la realidad de nuestra percepción del mundo y nos aferramos
a la comodidad y seguridad que nos da y raramente arriesgamos para examinar
de cerca su distorsión, confusión y limitación.
La mente actúa sobre una base de símbolos que representan
y describen la realidad exterior. No tienen una realidad pero son significativos
por como nos sitúan en relación con el mundo y por como
experimentamos nuestro propio ser. Todos estos símbolos nos han
sido transmitidos por la sociedad a través de los condicionamientos
y como si tuvieran una existencia tangible, tanto cuando explican un modelo
teórico de la sociedad como cuando representan la realidad en el
mundo exterior.
La palabra caballo o árbol expresa la existencia de un ser que
reconocemos, pero la palabra no es el caballo o el árbol, es simplemente
un símbolo. El lenguaje simbólico no es la realidad física.
Esta aceptación indiscutible del símbolo y su realidad nos
crea confusión y sufrimiento, limitándonos la capacidad
de ponernos en relación con la totalidad que expresa, con su infinitud.
Esta diferencia conceptual y simbólica es clara en estos casos,
pero cuando hablamos de conceptos fuertemente condicionados y complejos
como el ego, sí mismo, yo, consciencia, tiempo, espacio, continuidad,
etc. entonces una profunda confusión los rodea, disolver esa barrera
y penetrar en una directa percepción de su realidad es vital para
nosotros.
Aceptar, por ejemplo, el ego como realidad nos impide una comunión
con la totalidad de la vida.
Exploración del Ego, tiempo y espacio
¿ Es probable que en el interior del ser no quede ninguna traza
de ego, o de sí mismo ?.
Estamos preguntando sobre impresiones de nosotros mismos, basdas en conceptos
del sí, del ego, ciertas o no, son un pesado lastre del pasado
del que nos deberemos liberar para descubrir la realidad.
Todo ser es etiquetado según su color y religión familiar.
Esto es superficial ya que la vida interior no tiene ni sexo, ni nacionalidad.
Son cualidades pero la vida no puede estar limitada por una cualidad.
La vida es innombrable, inconmensurable.
Cuando un nene crece acepta todas las identificaciones como una realidad
personal. Acepta todas las etiquetas que utilizamos y luego las repite
como un monito: “ soy rubio y listo”.
Nadie le dice que estas descripciones superficiales sólo tienen
valor en el contesto social, pero que existe, y debe reconocerla, una
vida interior cuya pureza está inmune de todas las identificaciones.
La sociedad, la familia, nos empujan a aceptar toda identificación
superficial como si fuese una característica sustancial de nosotros
y casi nos empuja a defenderlas. Pero ¿quién le ayuda a
hacerse consciente de su vida interior, la que no está deteriorada
por las identificaciones y no está limitada por los conceptos del
mi mismo?.
Revestimos a la persona de conceptos y los confundimos con el ser. Todos
nos vestimos pero no por eso confundimos el cuerpo con el vestido. Entendemos
porque los usamos y la distinción es clara. Nosotros nos endosamos
esos conceptos y luego los confundimos facilmente con la vida interior.
El ego con todas sus identificaciones es sólo una realidad conceptual
y no tiene ninguna realidad física. Somos, tristemente, una raza
crédula que cree profundamente y fuertemente en la realidad del
sí y del ego.
¿Qué sucede cuándo empezamos a dudar de la valided
de todas estas identificaciones y consideramos que en nuestro interior
existe una vida no contenida, ni limitada por esas identificaciones? Entonces
el camino estrecho de la conciencia se abre a una dimensión más
profunda y más alegre del vivir.
Mientras aceptemos que nuestro ser interior sea definido por nuestra conciencia
egoica, no podremos investigar que probablemente el ego está creado
por la persona y que es probable que exista un ser interior que no está
creado por la persona y que no está condicionado por la sociedad,
que es divino. No podemos arrastrar las dos posibilidades al mismo tiempo.
La aceptación del sí, del ego, impide el contacto con el
ser incondicionado, la esencia de la vida. No nos podemos basaren lo falso
y en lo verdadero al mismo tiempo.
Pero es muy fuerte y arraigada la idea de que la identificación
con lo social y la creada por nosotros mismos definen la vida interior,
es pesantemente condicionada por la propia sociedad y la sóla posibilidad
de indagar intelectualmente de que igual no sea así de claro, nos
aterroriza.
El ego no quiere emprender un recurso contra sí mismo, que demuestre
su inesistencia, ya que muchas de nuestras seguridades se besan en esta
identificación.
¿ Cómo seríamos sin el ego, sin un yo ?, Igual seríamos
divinos.
Deberemos esperar un pooco más de tiempo a estar agotados de dividir
la vida entre mio y no mio, intentando siempre adquirir, arrasarlo todo,
entonces estaremos preparados para dudar de la existencia o de la infelicidad
de la vida que nos ha creado el ego y querremos salir, de algún
modo, de su tiranía.
Así como la no comprensión del ego ha creado una interminable
infelicidad en el ser humano, los conceptos de espacio, tiempo y continuidad
han provocado distorsiones en el modo de ponernos en relación con
la esencia de la vida.
La mente intenta crear definiciones con el único fin de comprender
lo incomprensible, de contener lo incontenible, la realidad ilimitada,
sin categarías, sin medidas. Estas tentativas obiamente, han sido
un fracaso.
Frente a la variedad de objetos, al schok del espacio y del tiempo del
universo, hemos tenido que contar y que medir y hemos creido en que existe
un “aquí” y un “allí”, una causa
y un efecto.
Todo esto es necesario para el funcionamiento del cerebro, para una interpretación
ordenada de las informaciones sensoriales, de las percepciones. Pero tenemos
que reconocer que sirven de poco a la hora de ponernos en relación
con la inmemnsa totalidad de la vida.
No hay sucesión, ni continuidad en el mundo. Sólo existe
la simultaneidad, pero a causa del concepto del tiempo para nosotros todo
está basado en el pasado, presente y futuro, en el antes y después,
y este caos mental nos lleva al problema mental. Ya que el tiempo mental
nos lleva a ver un tiempo psicológico y decimos: “ Era un
niño, luego un adolescente, ahora un hombre y pronto morirá”
Está claro que el cuerpo está gobernado por las leyes de
la naturaleza desde que nace hasta su muerte. pero¿la vida muere?.
Si nunca ha nacido o si existe una esencia que siempre ha estado y será,
¿para qué sirven todas las medidas creadas y diseñadas
por la especie humana?.
¿Podemos entender que el tiempo psicológico tiene una realidad
conceptual?
No hay un ayer, hoy o mañana, ni minutos, ni días. Es simplemente
un acuerdo para lo cotidiano.
Reconocer la fragmentación de nuestra mente
La vida no debe ser prisionera de nuestros conceptos o símbolos.
Es una realidad sin tiempo, ni espacio. Estos, además de secuencia,
continuidad, interpretaciones, valoraciones, conclusiones, todos son el
contenido de nuestra mente. Y debemos comprender que son creaciones limitadas
si queremos comprender la totalidad de la vida.
Construimos el universo con nuestra mente, dependiendo de los condicionamientos
de los que nos hemos alimentado y que hemos sido nosotros los inventores
del tiempo, del espacio, de la continuidad o de la secuencia. Así
creamos nuestro pensamiento que bien acondicionado por estos conceptos,
más recuerdos, más valoraciones, hacen de él algo
inoperante para entender la esencia.
Pero una energía, cualitativamente distinta, puede ser activada
cuando actuamos desde la totalidad del ser.
Para explorar esas otras dimensiones no se requiere renunciar al mundo,
a la sociedad ni a nuestra mentalidad. A pesar de todo, a eso nunca se
podrá renunciar. La mente es la sustancia de nuestro ser interior.
Nos tenemos que volver hacia el interior y comprender simplemente que
la mente es una entidad condicionada.
No podemos, ni debemos descondicionar la energía de una mente condicionada,
pero si podemos dejarla en suspensión, relajarse y esa abundante
fuente de energía permitirá que otra, la energía
universal, que es indiferenciada empiece a actuar sobre nosotros, en nosotros
y a través de nosotros.
Este es el complejo organismo a través del cual funcionamos y construimos
el mundo. Debemos comprender su naturaleza, su “modus operandi”,
sus limitaciones.
Comprender las limitaciones nos lleva al centro, y el centro se relaja
en su ser, sin deseos de llegar a ser o de adquirir, quedad en suspensión,
en “stand by”.
Cuando nuestra realidad es despojada de todas sus estructuras conceptuales,
entonces nace un ser humano sin miedos, libre de arrogancia y de avidez.
Ahora existen nuevas bases para las relaciones.
Si la mente está condicionada, no podemos vivir en paz, en amor,
en armonía los unos con los otros.
De ahí la urgencia en explorar una dimensión libre del movimiento
cerebral y de sus construcciones.
Es la urgencia de renacer a una dimensión de paz y amor.
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