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La ciudad invisible
 



La Ciudad Invisible no aparece en los mapas de viaje del País del Viento. Aunque no se conoce a ciencia cierta su existencia, se tiene noticia de trayectos tradicionalmente establecidos, como el que atraviesa las ciudades de Corzán y Pensamantis. Algunos aseguran que para llegar a ella es necesario acercarse antes a Piltrimitrin, la aldea habitada por Magos oculta en las Montañas del Norte. Incluso no faltan quienes afirman que la Ciudad Invisible se encuen-tra en cualquier lugar, pero estos son los menos y nadie les hace mucho caso, pues como es bien sabido el impulso de la búsqueda mueve antes los pies que el entendimiento.

Y esta historia no es como las demás. Ved lo que sucedió cuando un Genio sin nombre ni apariencia, el más extraño de los Genios que habitan el País del Viento, me rogó que transmitiera sus palabras a todos los buscadores de la Ciudad Invisible. No conozco a nadie que esté buscando esa ciudad, pero no quise contrariar la voluntad de un Genio de calibre desconocido. De modo que le prometí reproducir fielmente sus palabras. Que los dioses protejan a quien supo escuchar.

“¡Oh, afortunado viajero en el tiempo, detenido en ti mismo! ¡Oh, buscador, repito, afortunado, de la Ciudad Invisible! Tú que escuchas mis palabras como hombre o mujer, debes saber que me dirijo a ti desde el Reino de lo Insondable, en el que la Luz y el Misterio habitan construyendo y disolviendo todas las formas.

Alégrate, aunque por supuesto no es para tanto, y disponte a conocer el trayecto cierto que llevó a Djior el Chico hasta las puertas de la Ciudad. Aprovecha la ocasión, no duermas y cállate, porque... “

¡Diablos! –gruñí– ¡cállate tú!. Y cualquiera hubiera gruñido algo parecido. Aquel tono pomposo me resultaba insoportable, por muy carente de forma que fuera el Genio portador. El Genio guardó silencio, así que no pude saber si estaba o no estaba. Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que había cometido un terrible error, porque evidentemente no era yo, el maldito Genio me había convertido en Djior el Chico, y “¡Maldito seas por siempre!”, grité con todas mis fuerzas aún sabiendo que no iba a servir de nada, y tal vez había sido Djior el que gruñó “¡Cállate tú!”, y en aquel instante ya no era yo, y empecé a hacerme un lío y de todos modos todo aquello ya no importaba. Lo único que vi con claridad es que iba a tener que encontrar aquella Ciudad si quería volver a ser quien fuera que había sido, que ya ni me acordaba. Y a saber si la dichosa ciudad existía realmente.

Me detuve un momento para comprobar si me conocía bien a mí mismo, aunque al instante lo pensé mejor y decidí que no iba a molestarme en conocer a alguien que estaba deseando abandonar. Pero ese era Djior, que se había detenido ante una pequeña anciana que repetía sin cesar “¡Conócete a ti mismo, conócete a ti mismo!”, ante las puertas del Laberinto de Goe, conocido en todo el País del Viento como la antesala de la Ciudad Invisible.

Djior paseó la mirada por la planicie amarillenta y reseca que rodeaba el laberinto.
–Un laberinto es un laberinto, y todo lo que puedo conseguir en el mejor de los casos es salir de él. Pues bien, ahora estoy fuera. No pienso molestarme en entrar. Además, ¿a quién habría de conocer? –dijo mirando a la anciana que, inesperadamente, sonrió contemplándolo con ojos brillantes. Djior iba a dar media vuelta, pero la anciana se plantó ante él dando un sorprendente salto.

–Ya que no quieres molestarte en entrar, tal vez te gustaría escuchar, porque no me parece que estés tan fuera como dices.

Y la anciana agarró a Djior por la camisa y casi lo arrastró hasta la entrada del laberinto.

–¡Siéntate ahí y no te muevas! –dijo autoritaria–- ¡y calla y escucha!

Y Djior el Chico escuchó. El laberinto parecía hervir en un rumor denso de voces desgarradas o altisonantes, de tristes lamentaciones. En ocasiones alguna voz se destacaba sobre las demás: “¡Fui yo, señor, perdóname!”, “¡Soy malo, soy malo, lo reconozco, sí, qué gran dolor!”, “¡Tengo miedo, tengo miedo!”, “¡Yo os ayudaré, venid a mí!”, “¡Acepto, acepto!”, “¡Esta pena terrible, miradla todos!”, hasta que Djior no pudo más, y llevándose las manos al estómago sacudió la cabeza.

–¡Ajá! ¿Ya te has cansado? ¿Qué te pasa, tienes mala digestión? Vamos, voy a enseñarte algo... no te detengas ahí, no te detengas. Me llamo Urgencia, soy la vieja Urgencia del Despertar, y voy a enseñarte algo... no te preocupes por estos, ya se cansarán, siempre se cansan...

Y echó a correr inesperadamente por la llanura amarilla. Djior también corrió. Ni siquiera se asustó cuando el terreno pareció vencerse bajo sus pies, porque estaba empezando a divertirse. Rodaron hacia abajo rebotando como pelotas hasta que el terreno recuperó la horizontal.

–¡Vamos, levanta, levanta! –cantaba la vieja mientras saltaba y pateaba el suelo
como una salvaje– ¡Aquí está la puerta, aquí está la entrada a la Ciudad Invisible!

Djior se levantó de un salto. Al principio todo lo que pudo ver fue la gran polvareda que la vieja levantaba con su danza. El polvo no se depositaba en parte alguna, y la vieja continuaba bailando como una desquiciada, de modo que gritó:

–¡Deja ya de patear, vas a conseguir que nos asfixiemos! Además, no puedo ver nada con tanto polvo.

–Ver nada, no puedes ver nada –la vieja se detuvo y lo miró atentamente– y si no puedes ver nada, ¿cómo vas a descubrir la entrada a la Ciudad Invisible? Sus murallas no pueden abarcarla, sus puertas no tienen medida, sus escaleras carecen de peldaños, nadie permanece en su interior.

Djior se sentó en el suelo abatido. Las palabras de la vieja le intrigaron tanto que le pareció que necesitaba espacio y quietud para darse cuenta de lo que significaban, pero ella se le acercó de nuevo golpeando el suelo con los pies.

–¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a ponerte a pensar?

Djior abrió la boca, pero no dijo nada. Yo también tenía la boca abierta. Algo debió sucederle a él en aquel momento. No sé qué cosas vería, tampoco sé cómo llegó aquel papel arrugado a mis manos, ni entiendo nada de todo esto. Lo que sí sé es que no voy a arriesgarme a atraer de nuevo a ese genio. No me gustan sus formas. Por eso, aún sin comprenderla en absoluto, reproduzco la nota que apareció en mis manos:

“A veces juego a que soy alguien, aunque ese alguien no es.
A veces juego a que no estoy.
Cuando no estoy, lo que existe es precioso.”

DJIOR EL CHICO

 

 

Laura Martínez Mirón  
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