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Chuang Tse |
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Revoloteaba alegremente; era una mariposa muy contenta de serlo. No sabía que era Chuang Tse. De repente despierta. Era Chuang Tse y se asombró de serlo. Ya no le era posible saber si era Chuang Tse que soñaba ser una mariposa, o era una mariposa que soñaba ser Chuang Tse.
Existe la generalizada creencia de que el Tao es un concepto que nace con el Tao Te Ching , de Lao Tse (s. VI a. C.). En realidad, quinientos años antes en el siglo XI a. C. el I Ching ya daba por sentado que el Tao designaba el curso de las estrellas en el cielo, por lo que adquiría el sentido de orden eterno. A la palabra Tao se la ha traducido como camino, sentido, método, sendero, arte, verdad, línea, razón, sustancia, principio, logos. En muchas escuelas, camino expresa liberación, exaltación, conquista; los Vedas llaman a su máximo sacerdote pathi-krt, el que hace el camino; en Roma, pontus fex, el que hace el puente, pontífice. Cuando se nombra al Tao como origen conviene remitirse a la fuente de tal afirmación, el capítulo 42 de Lao Tse: "El Tao engendra al Uno; el Uno engendra al Dos; el Dos engendra al Tres, y el Tres a los Diez Mil Seres. Anterior a todo lo existente, el Tao tiene asimismo la particularidad de ser incognoscible, inefable e infinito. Por eso, bien se cuida Lao Tse de advertirnos en su frase inicial del Tao Te Ching: El Tao que puede ser hollado no es el Tao permanente e inalterable. El nombre que puede ser mencionado no es el nombre permanente e inalterable. Estas salvedades nos obligan a tener en cuenta que llegar a una definición de Tao es como querer ganarle una carrera a nuestra sombra. Afortunadamente, para el Tao, tantos siglos no lograron encasillarlo; de ahí que sus enseñanzas sigan siendo todavía un alimento vivo. Y, si bien Lao Tse, en los 81 capítulos del Tao Te Ching expuso la teoría y la práctica del Tao, una de las más ricas venas literarias de la escuela taoísta la brindó la obra de Chuang Tse (muerto en el año 275 a. C.), complementando el rigor filosófico de Lao Tse con su imaginería humorística, poética y mística.
Claude Roy en su Claves para China describe así estas diferencias: La sabiduría de Chuang Tse es modesta y burlona, expresada con imágenes, por medio de pequeños apólogos maliciosos e irisados. Sus lecciones son enimgáticas, alusivas. El historiador Sze Ma Chien dice: Sus enseñanzas son semejantes al curso caprichoso de un agua que se extiende... nadie puede utilizarlas con un objeto bien definido. Todo lo contrario ocurre con Confucio sigue Roy, que pone en manos de quien lo escucha herramientas muy útiles y armas muy prácticas. Chuang Tse sugiere más que dicta; orienta más que guia. Es un encantador, no un profesor. Hace respirar un aire de libertad, mientras Confucio hace reinar un orden de las funciones. Se burla y critica, mientras Confucio dogmatiza y amonesta. Chuang Tse tiene espíritu. Se escurre y elude la mano que pretende inmovilizarlo. Corre y corre, como el hurón de la canción; como las nubes del cielo; como esa partícula del espíritu que llaman la loca de la casa porque no quiere quedar prisionera en ella. Chuang Tse deseaba sencillamente hacerse olvidar y desconocer; fundirse en la naturaleza y en lo que le rodea, como esos insectos que se vuelven semejantes a la rama muerta o a la hoja verde en la que se refugian. La moral de Chuang Tse es una moral idealista, evasiva. Recomienda la flexibilidad, el abandono, la confianza total en la naturaleza. Confucio explica la duración del Imperio; Chuang Tse explica la poesía y el humor chino. Uno ha salvado al Estado; el otro ha hecho perdurar la lozanía. Uno encarna el orden; el otro la fantasía. Por eso, el dicho popular chino: Cuando alguien tiene éxito en este mundo, es siempre un confucionista, mientras que cuando fracasa es siempre un taoísta.
En los treinta y tres capítulos del Chuang Tse nos encontramos con cientos de parábolas como la de la mariposa que encabeza este escrito que, utilizando este recurso literario, transmiten una enseñanza taoísta ejemplificada en casos concretos de la vida diaria. Veamos algunas de ellas. Acerca de la inutilidad de la sabiduría, Chuang Tse dijo: Hay un gran árbol; su tronco es tan grueso que sería muy difícil cortarlo. Ahí sigue al borde del camino. Los carpinteros que pasan por allí ni se dignan mirarle, pero muchos viajeros se cobijan bajo su enorme sombra. Así es el Sabio: de tan grande deviene en inútil, pero muchos se cobijan bajo sus palabras. ¿Por qué, entonces, va a ser perjudicial y malo no servir para nada? Para los que desconocen la unidad, tenemos
esta parábola: Un monero les dijo a sus monos:Les daré
tres nueces por la mañana y cuatro por la tarde. Los monos
empezaron a protestar, diciendo que eso no era justo. Entonces, el monero
les dijo: Está bien; les daré cuatro nueces por la mañana
y tres por la tarde. De esta manera, los monos quedaron contentos. Para indicar que la alteración de la naturaleza de las cosas trae sus consecuencias, Chuang Tse afirmó: Las extremidades de los patos son cortas pero si pretendes alargarlas, será con dolor. Las patas de las grullas son largas pero si las acortas, será también con dolor. Así lo que naturalmente es largo no necesita acortarse y lo que naturalmente es corto no necesita alargarse. De esta manera no será preciso quitar penas. Querer regular todo es vulnerar la naturaleza. Una aguda crítica a las tendencias sociales la encontramos en el capítulo 12: Si caminan juntos tres compañeros y uno se extravía, aún se puede llegar al final del viaje porque los extraviados son los menos. Pero si los que se extravían son dos, tendrán más trabajo en llegar a destino porque los extraviados vencen en número. Cuando confundimos medios con fines, Chuang Tse nos presenta este pensamiento: La utilidad de la red está en los peces que coge. Cogidos los peces, se olvida la red. La utilidad de la trampa radica en los conejos que captura. Capturados los conejos, se olvida la trampa. La utilidad de las palabras está en las ideas que expresan. Entendidas las ideas, se olvidan las palabras. Una última parábola, esta acerca de lo necesario, otro de los pilares sobre los que se asienta el taoísmo: Chu estuvo aprendiendo el arte de matar dragones y en ello agotó toda su hacienda. En tres años aprendió la disciplina, pero nunca halló ocasión para ejercer su habilidad. El sabio, aun lo necesario, no lo toma como necesario, de ahí que nunca guerrea. El ignorante, aun lo no necesario, lo toma como necesario, por esto tiene tantas guerras.
¿Acaso puede haber hijos
y nietos si antes no hubiera habido hijos y nietos?
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Samuel Wolpin
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| Artículo cedido por Ser Uno Mismo |
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