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Acabamos
de llegar a México. Aún estamos con esa sensación
brumosa que producen 12 horas de vuelo, instaladas a más de 2.000
metros de altura e inmersas en una polución que nos lleva más,
que a respirar, a masticar un aire amargo y metálico.
Un corto sueño y un despertar
a deshora -a las 5 de la mañana, hora local- nos han preparado
para la excursión que vamos a emprender Mireia, mi compañera
de aventuras por estos parajes, y yo. Después de una hora de travesía
por el complicadísimo entramado que constituye la ciudad de México,
conseguimos llegar hasta la salida a la autopista a Acapulco. Conducidas
por Enrique, un ingeniero agrícola convertido en chofer por obra
y gracia de los descalabros del país, y ahora un amigo embarcado
sin quererlo en nuestras aventuras y que gracias a ellas está descubriendo
con el entusiasmo de un niño las riquezas no oficiales de su país.
Durante el viaje, él nos habla de su abuelo y sus orígenes,
sus hijos y su vida antes de la crisis; una de tantas crisis que asolan
este país.
Inútilmente busco en el mapa de carreteras, perdida entre montones
de nombres con la misma sonoridad contundente, el lugar hacia donde nos
dirigimos: Nepopualco.
Para llegar hasta allí debemos hacer escala primero en Tepoztlan.
Este es un santuario creado por la naturaleza que podría hermanarse
con Montserrat si no fuese porque sus rocas están cubiertas por
vegetación semitropical y a los alcornoques los sustituyen otros
árboles de no muy diferente aspecto pero con una significación
bien distinta: el árbol del copal. El copal y las “lágrimas
de copal” son el incienso que utilizan todos los brujos y chamanes
del país en sus “limpias” y rituales.
También ayuda a distinguirlos que, en el lugar donde debería
estar el monasterio catalán, aparezca una pirámide pequeña
y blanca. Por lo demás, parece que las fuerzas de la tierra conspiraron
para configurar en dos sitios tan distantes las mismas volutas de pura
roca y producir idéntico sentimiento de irrealidad.
Estar en Tepoztlan es una experiencia en sí, que se vive desde
la intuición, la piel y los sentidos. Descubrir sus misterios puede
ser una aventura de alto voltaje… Pero éste no era el tema
de este artículo y ya me estoy perdiendo.
Después de un breve paseo por las empinadísimas calles de
esta pequeña y hermosa ciudad colonial (tiene ya 14.000 habitantes)
llegamos a la casa de la que va a ser nuestra guía y que se revela
como una maravillosa compañía y, en sintonía con
la zona, una magnífica tarotista.
Claudia, con su voz reposada y dulce, nos pone al corriente de a donde
vamos y nos ayuda a hacernos una idea aproximada de lo que nos encontraremos.
Don Lucio es un hombre ya mayor. Ha llegado a los 82 años y eso
en estas tierras donde las condiciones de vida pueden ser de una dureza
extenuante ya es un gran mérito. Don Lucio es “granicero”,
lo cual quiere decir que su iniciación fue a través del
impacto de un rayo y su don el de poder apelar a las fuerzas del tiempo,
metereológicamente hablando. Y que conste que no estoy haciendo
ninguna metáfora.
En México, donde el hombre y la mujer indígenas aun se codean
con los dioses y reciben sus mensajes a través de los fenómenos
de la naturaleza, existe una rama de chamanes a los que el destino elige
señalándolos con un dedo de fuego que, materializado para
los mortales, se convierte en un chispazo eléctrico caído
de las nubes. Los seres que así han sido avisados de su destino
y que tienen las luces suficientes para entender lo inapelable del encargo
recibido; a partir de ese momento y de la confirmación del mismo
en el ritual “de la coronación” deben dedicar su vida
a ayudar a los demás. En cuanto a sus propias necesidades, ese
es un tema que queda en manos de la providencia divina. No cobran por
sus servicios; reciben únicamente lo que determine la voluntad
y capacidad de agradecimiento de las personas a las que atienden; tampoco
se dedican a otra tarea que no sea la de cumplir aquello que les ha encomendado
la fuerza trascendente oculta tras ese dedo flamígero que los tocó.
Finalmente, después de pasar de un ramal a otro de carreteras cada
vez más estrechas y carentes de asfalto; de ver como rápidamente
la exuberancia de Tepoztlan dejaba paso a un reseco y polvoriento paisaje;
y de cruzar pueblecitos color tierra y plagados de niños y gallinas
sueltas; llegamos a nuestra meta. Nos recibió allí una construcción
cúbica del tamaño de una de nuestras habitaciones. Un pequeño
árbol, las paredes de adobe, el fogonazo de color de una bugambilia
y las omnipresentes gallinas.
Ya al llegar habíamos divisado otro coche. Dentro se oían
voces que nos advertían de la espera a la que estábamos
obligados. La de don Lucio nos llegaba clara y firme mientras la otra
era sólo un murmullo. Esperamos pacíficamente repartiéndonos
como buenos amigos los pedacitos de sombra que nos rescataban de un sol
con vocaciones incendiarias.
La primera imagen que tuvimos de don Lucio fue un anticlímax de
lo más logrado. Intuí el espíritu de Buñuel
colándose por los entresijos de este mundo y apañando la
escena. Aún puedo oir su risa de angelote malo. Entramos en la
reducida estancia amueblada únicamente con una mesa desvencijada
y cuatro sillas. En una esquina, un muestrario variado y confuso de la
imaginería cristiana, velas encendidas, un cuenco con copal, unos
huevos -indispensables para las “limpias”- y un cuenco de
calabaza donde dejar los donativos. Todo en un magnífico desorden
digno del espíritu de Mexico. Ante nosotros estaba un hombre ni
mucho menos tan decrépito como era de esperar por su edad, moreno,
de cara redonda y piel curtida, y con dos ojos como dos farolillos de
verbena: intensos, cálidos y tan llenos de vida que era difícil
compaginarlos con ese cuerpo ya magullado por los años. En la cabeza
tenía puestos unos auriculares y sostenía un gran micrófono
en la mano que estaba conectado a una mini-mesa de mezclas situada junto
a él.
El conjunto era tan inesperado; tan chocante la unión entre la
moderna tecnología y el viejo chamán, que para compaginarlo
a buen seguro que alguna neurona se las tuvo que ver y desear haciendo
a toda prisa una conexión de urgencia.
A don Lucio su cuerpo le va haciendo traiciones, y poco a poco se va quedando
sin ese sentido que tan abundantemente ha usado: el oído. A alguien
deseoso de mantenerse y mantenerlo en contacto se le ocurrió la
buena idea de substituir el sonotone inalcanzable por ese artilugio de
karaoke.
¡Qué prodigio que un hombre tocado por el rayo y que trasmite
tanta luz, al llegar al mundo recibiera en prenda el nombre de Lucio!
Su sonrisa al hablar con Claudia se va haciendo amplia y pícara
y su voz anima a quien lo escucha a expresarse. Sus manos revolotean inquietas
por el aire hasta que encuentran el reposo amable de un hombro o un muslo
mientras se le trasluce un gesto de gozo. Declara con entusiasmo su amor
a las mujeres y su “buena forma” a pesar de sus años.
Al despedirse, hará una decidida oferta a Mireia para que se quede
con el.
Al ver los ejemplares de la revistas que le muestro y después de
ojearlos con descuido sentencia “esto son un montón de palabras”.
Me dolió un poquito, todo hay que decirlo, pero no me quedó
otro remedio que admitir que era una verdad obvia. Finalmente, y después
de algunas negociaciones y de recurrir al nombre de nuestro mediador en
esto, lo cual hizo el efecto de llave mágica de los cuentos, accedió
a la entrevista. Yo preparé todo, le di el micrófono de
mi grabadora y me adueñé del suyo para hacerle llegar mi
voz.
En resumen, podríamos decir que la cosa consistió en una
serie de preguntas desmañadas de mi parte, y las respuestas que
a el se le venían en gana contestar según decidiese escuchar
o volverse sordo saltándose todas las virtudes del artilugio electrónico
que llevaba puesto. Luego Claudia me aclaraba, ya demasiado tarde, que
a un chaman le parece una intromisión que se le hagan preguntas
muy concretas sobre su “oficio”, sus dotes y procedimientos.
No obstante, y a pesar de mi falta de tacto, don Lucio no mostró
desagrado en ningún momento haciéndonos un hermosísimo
regalo. Nos relato su historia desde el toque del rayo hasta su despertar
de un coma de 3 años, y todo con una cadencia musical y un sentido
poético que hicieron que esa experiencia se grabara para siempre
en un rincón de mi alma.
¿Y por qué no reproduzco aquí ese hermoso relato?
os estaréis preguntando. Pues porque no puedo. Aparte de en mi
alma y seguramente las de los que me acompañaban, lo que allí
se dijo no quedó registrado en ningún otro lado, y menos
en mi grabadora. Algún otro angelote malo -pues juro que yo no
fui- estuvo haciendo de las suyas y no tuvo otra ocurrencia que poner
en pausa mi grabadora. El bochorno inicial dio paso a la certeza de que
la experiencia que acabábamos de vivir no era trasmisible desde
las formas disecadas de las letras.
Al llegar aquí para mayor consuelo un amigo me comentaba que según
parece las entrevistas con los chamanes son muy difíciles y están
llenas de percances…
Tampoco voy a hacer el inútil esfuerzo de contar lo que allí
se dijo. A don Lucio hay que conocerlo. Hablar de el es como intentar
describir un color a un ciego o el tacto de la nieve a un habitante del
desierto. Don Lucio es un su ser vivo, libre y luminoso. Uno sólo
puede acercarse a él viviéndolo; abriéndose a él
con la misma libertad para captar aquello que se sale de nuestros esquemas
cuadriculados y prejuiciosos; echando mano de la luz que podamos encontrar
en nuestro corazón para dejar que a través de ella puedan
penetrar los destellos que nos llegan de la limpia mirada de este hombre
sencillo y portentoso.
¡Gracias, don Lucio!
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