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Desde
hace unos quince años vengo utilizando la música, y las
canciones en particular, en el marco de la sesión terapéutica,
tanto en grupo como individualmente o en pareja. Lo que presento a continuación
quiere ser un breve resumen de mi experiencia de integración entre
terapia gestalt y canciones como instrumento terapéutico en el
ámbito específico de la sesión individual.
Partamos pues de la base de que la canción sea algo que podamos
situar entre la música y la poesía, que fuera como un puente
entre ambas que las comunicara. Los versos de la canción, el tono
en el que están dichos, sus silencios y sus modulaciones; su métrica
interpretativa de las pautas que evocan los compases musicales... crean
algo que no es ni sólo poesía, ni sólo música.
La poesía corta el espacio y el tiempo con sus fonemas silábicos
y con sus dicciones; la música replica o anima ( en el sentido
de “ánimo” o de “ánima”) a la letra,
la sustenta y la convierte en otra.
¿Para qué puede servir pues el uso de canciones en las sesiones
individuales de terapia gestalt?. Me gustaría mostrar a continuación
el punto en el que me encuentro en estos momentos.
I. Hoy por hoy el asunto fundamental o central lo podría formular
así: que el uso de la canción permite hacer oir al paciente
una hipótesis estructuralmente muy particular de lo que podría
estar diciendo su inconsciente. Así, en la estructura diádica
paciente–terapeuta instalamos un tercero, una tercera instancia;
un tercer, en este caso, personaje. Personaje que habla, más precisamente
que canta, y que establece una polaridad de discursos, sea con el propio
paciente a modo de réplica o doble voz, sea una segunda voz del
terapeuta frente al paciente. En el primer caso encontramos un duetto
entre dos polaridades o aspectos encontrados del cliente: uno que dice
lo que dice (el discurso verbal) y otro (el discurso canción, en
este caso) que puede llegar a decir lo que el primero no dice. Sea esto
en cuanto a contenidos enfrentados, paralelos o complementarios; sea en
cuanto a formas musicales en sí mismas. Por ejemplo, un paciente
que está disimulando los aspectos más emocionales de su
discurso o de sí mismo en él, pretendiendo hacer parecer
liviano lo que en realidad siente como gravoso, que está en plan
vals... Entonces podemos poner un bolero o una ranchera desgarrada, como
una forma de enviarle un mensaje indirecto (¡o directísimo...!).
O alguien que habla como si bailara un chotis o una sardana (ordenado,
metódico, como si contara las palabras al soltarlas...)...y le
proponemos escuchar salsa o merengue, y transformar su discurso a ese
ritmo y en ese entorno; es decir, volver a decir lo que estaba diciendo
pero a ritmo de salsa o de merengue. El efecto es impresionante.
II. También me parece que el uso de canciones puede ser útil
para tocar el corazón, para ir a lo emocional cuando el paciente
está muy en la razón. La canción, verso sobre música,
aporta un vehículo para el viaje de lo verbal a lo musical, de
la construción lógica o analógica a la construción
¿alógica?. Pone un fondo o segundo plano en el que el significado
del discurso va cambiando en relación al propio fondo, lo cual
facilita el rompimiento del esquema lineal de percepción que tanto
favorece y caracteriza lo neurótico. No es lo mismo decir “Mi
mamá no me quiso” sobre el Adagietto de la Quinta Sinfonía
de Mahler, que sobre una percusión de Bakalao o Heavy Metal, que
escuchando a Manolo Escobar... o que en silencio; entendiendo el silencio
aquí en su sentido musical, o sea como otro fondo posible. También
creo que aporta el viaje inverso: del cuerpo (de lo pre--verbal o pre-edípico)
... a la emoción/palabra, yendo de la música o del silencio
a la canción. Porque la canción propone un Nombre o una
formulación precisa para algo difícil de asir, con lo que
asienta, precisa o abre el significado.
III. El uso de canciones permite confrontar al paciente con lo que no
hay o no pone de sí mismo, en este caso con aquello ocultado no
tanto como contenido sino como continente, a través de alguien
(el cantor) que lo puede llegar a decir muy bien dicho. Ahí creo
que aprovechamos lo sensibles que somos todos a la belleza, y el impacto
abridor que tiene la obra maestra o la obra muy bien hecha: la posibilidad
de acceder a lo esencial por la redondez y lo armónico de lo maestro.
Incluso en los casos de mayor deterioro personal, con ciertas salvedades
y límites, existe en todos los seres -–y no sólo humanos
– una sensibilidad innata hacia lo “muy bueno”, sea
producto, idea, forma u otra cosa. Si quien lo presenta es un-corazón-limpio-en-ese-momento,
incluso en los casos más dificultosos hay una reación hacia
eso numénico, óntico o esencial.
IV. El utilizar la canción como palabra aporta una devolución
terapéutica cantada, a través de quien canta. O sea, la
posibilidad de tocar a la vez los tres centros mediante el ritmo, conectado
como decía Guillermo Borja (q.e.p.d.) con el centro instintivo-motor;
la melodía, relacionada con el corazón o centro emocional);
y la armonía, que ilumina el centro mental.
V. La canción crea un ambiente, una escena, un país, un
mundo imaginario. Como si fuera un calentamiento psicodramático
directo que nos trasladara con “potencia”, en el sentido que
a este término le da Joen Fagan, al lugar adonde queremos acompañar
o llevar al paciente para experimentar tal o cual cosa. Si nos dejamos
llevar intensamente por algunas canciones, en el contexto de la sesión
terapéutica, nos podemos trasladar mágicamente a un mundo
casi virtual, posibilitador de intervenciones específicas y, desde
luego, muy útiles.
VI. La canción también es una confrontadora del discuso
mecánico, del “abboutism” de Perls, del acercadeísmo,
del hablar sobre algo o acerca de algo sin estar realmente implicado en
ello. En estos casos lo que suelo hacer es simplemente levantarme, poner
una canción y ponerme a escucharla a ella (a la canción,
que se convierte en un Otro, en un tercero) en lugar de al paciente. Como
si le estuviera diciendo: “O te pones más, o de otra manera,
o escucho al otro/a...”. La reacción suele estar garantizada
y, si lo transferencial está debidamente clarificado, deviene una
poderosa técnica para que el paciente se ponga de verdad en aquello
en lo que está. Exige, claro, como en general las ideas y experiencias
reflejadas en este escrito, que uno como terapeuta no solamente sea capaz
de estar en lo que está, sino que pueda manejarse en ese proceso
mejor que el otro. Si no, me parece que es mejor no intentarlo.
VII. Instalar una canción en el encuadre terapéutico permite
hacer estéreo, abundar en el tema del paciente desde otro lugar,
y así facilitar que se meta más o mejor, o de otra manera,
en aquello en lo que ya está. Por ejemplo, alguien está
hablando de su padre y ponemos una canción sobre el padre (por
ejemplo el "Pare" de Serrat, “El Maestro” de Patxi
Andión, o el "Grand Père" de Moustaki, u otra).
El poder sentir, no sólo pensar, que lo que le pasa a uno es algo
en el fondo parecido a lo que también le pasa o le pasó
a otro, desvela el narcisismo subyacente en algunas congojas y, además
de ser muy clarificador, es un buen alivio balsámico que produce
un efecto ablandador de las defensas neuróticas, sustentadas todas
ellas por definición en una parcialización interesadamente
selectiva de la percepción global, holística u organísmica.
VIII. Otra posibilidad, por último, es iniciar la sesión
con una canción. Es decir, aprovechando la capacidad que todos
desarrollamos, de uno u otro modo, a partir de ciertos años de
experiencia profesional y de cierto tipo de entrenamiento, de poder adivinar
con relativo éxito cómo y con qué va a venir el paciente
a la siguiente sesión, podemos empezar con una canción sobre
“eso”. Este tipo de intervención suele producir lo
que podríamos llamar un “shock transferencial”. O también,
desde otro punto de vista, un “shock mágico”: el paciente
se suele quedar impactado de lo que suele vivir como poder de adivinación
del terapeuta ("¡cómo sabías que estaba en "eso"...").
Más allá del evidente florilogio narcisista del terapeuta,
lo que estamos haciendo es utilizar el poder metafórico de la canción,
que aquí es como un cartucho con muchos perdigones, una hipótesis
multiversa como hubiera dicho seguramente Michel Katzeff (q.e.p.d., también
él...). Así que no es tan extraño que alguno de los
perdigones acierte. Por otra parte y como efecto más sutil, estamos
posibilitando a través de esa reacción, frecuentemente intensa
y por lo tanto facilmente organísmica o integral, empezar la sesión
con los tres centros del paciente presentes o activados. Ya que una buena
canción escuchada en un buen momento, casi siempre produce un impacto
a la vez corporal, emocional y mental, cuyo rescate y elaboración
resulta muchas veces harto esclarecedor.
LA ACTITUD DEL TERAPEUTA
Nada de esto me parece posible si el terapeuta no se deja tocar por las
canciones él mismo. Yo suelo decir frecuentemenmte cuando veo de
enseñar este asunto a mis alumnos, que en realidad se trata de
poner la canción casi casi para uno mismo, y no tanto para el otro.
Aunque esto habría que matizarlo más. Quiero decir que es
la propia emoción contenidamente intensa del terapeuta lo que sutilmente
y sin palabras llega al otro. Creo que cuando ponemos una canción
o una música, ponemos además y muy especialmente la carga
afectiva propia, lo que para uno significó en su día, así
como de quién la recibimos y cómo. Según mi experiencia,
la canción dedicada terapéuticamente a uno como paciente,
por ejemplo, en un momento determinado, es como un regalo que además
de entidad material posee carga simbólica. La forma como le resuene
o le toque al otro (al paciente) será la suya, y aquí es
preciso renunciar claro a los propios contenidos. Y esto es, creo, una
de las cosas a aprender con los años, y me sigue pareciendo una
de las cosas más difíciles de manejar. Porque sigo estando
convencido que es el fondo compartido lo que realmente vuelve potencialmente
poderoso el uso de música y, por extensión, de canciones.
La actitud que he encontrado más adecuada es, como anunciaba más
arriba, una de escucha intensa y contenida, en silencio. Dejándose
conectar –en el fondo o campo– con la propia historia personal
y con lo que a uno le está ocurriendo en el presente; y –en
la figura o primer plano– con la historia del otro y con lo que
al paciente le pueda estar ocurriendo en el aquí y ahora de la
sesión. Aunque la confianza en la propia espontaneidad reactiva,
en la contratransferencia en su sentido más amplio, indicará
cuándo dejarse llevar por los llantos, las miradas, los suspiros
o las risas compartidas que pueden (y suelen...) aparecer. La pertinencia
clínica no sabe de técnicas, que por muy refinadas que sean
no dejan de ser mediocres frente a la capacidad para estar ahí,
frente a la presencia- consciencia-responsabilidad, esta vez también
del terapeuta.
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