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Caminos hacia la Realidad
 


La psicología de lo profundo y la meditación budista coinciden en el intento de descondicionar la mente de todo “filtro” que distorsione una correcta percepción de la realidad. El trabajo de la psicoterapia expone a la luz de la conciencia las compulsiones psíquicas y los conflictos del inconsciente, desmantelando el mecanismo de la proyección que continuamente sobrepone a la realidad imágenes internas ligadas a la historia personal. Para el budismo “descondicionar la mente” adquiere un valor radical: significa en efecto relativizar la percepción ordinaria “dualista” de la realidad (basada sobre distinciones como, por ejemplo, figura-fondo, yo-otro, individuo–ambiente, sujeto-objeto, interior-exterior, etc) desvinculando la consciencia del encapsulamiento en un irreal concepto del “yo” entendido como una entidad sólida, permanente y separada del resto.

La experiencia común de la realidad nos muestra un conjunto de “cosas” impermeables la una de la otra, estables y separadas, entre las que figura también nuestro yo psicofísico. A través de una continua y capilar observación meditativa, el budismo se propone relativizar tal percepción distorsionada, hasta percibir la realidad como un conjunto orgánico donde todo se interrelaciona con todo, porque lo que parece estable y permanente representa de hecho la arbitraria realización de un proceso en continuo fluir, y lo que parece separado está sin embargo inscrito en un sistema de infinitas interrelaciones.

Que la percepción llamada “normal” esté en efecto “construida” y “seleccionada” por la mente en base al bagaje de la memoria, a los procedimientos del pensamiento discursivo y a complejos modelos conceptuales, es un hecho sobre el que concuerdan el budismo y la psicología occidental. En otros términos, percibir significa interpretar la realidad según las estructuras condicionadas de la mente que seleccionan y organizan los datos sensoriales, sobreponiéndoles las propias conceptualizaciones. De aquí la falsa percepción de una realidad fragmentada y solidificada donde se pierde de vista la sustancial interdependencia de todos los fenómenos que la componen.

La común percepción de entidades sólidas y separadas deriva de los límites de nuestro aparato conceptual-discursivo, aunque viene desmentido por muchas tendencias científicas contemporáneas, más propensas a considerar el universo según el modelo de un sistema de fuerzas que actúan entre sí organicamente interrelacionadas; hoy se tiende a hablar bastante menos en términos de materia, sustancia, entidad, y más de estructura, campo de relación, modelo, etc.

Ahora bien, mientras la ciencia se va dando cuenta de la unidad de todas las cosas, la normal percepción de la realidad queda estancada con una visión dualista y distorsionada. La meditación budista trata de purificar progresivamente esa percepción, hasta intuir directamente la unidad y la interdependencia de todos los procesos que llamamos “realidad”. Desarrollar una visión total en lugar de una fragmentada significa ir más allá de la angosta perspectiva egótica, dominada por la lógica del deseo y del miedo (una lógica destinada a perpetuarse hasta que quede la separación yo-otro).

Como la percepción “dualista” condicionada está “construida” en base a los procesos discursivos de la mente (que encasillan la realidad fragmentando y esclerotizando el flujo unitario) para acceder a una visión más directa necesita llegar al silencio del pensamiento. En Occidente comúnmente se identifica la consciencia con el pensamiento: ser consciente significa pensar. El Oriente religioso invierte los términos: más se piensa menos se observa. Para observar con atención la realidad, la mente tiene que estar silenciosa. Si interviene el pensamiento (con sus esquemas acumulados en la memoria), la consciencia será distraída por el “diálogo interno” y no podrá dedicar toda su energía a la consciencia del momento presente: es mas, el pensamiento intentará sobreponer el propio modelo a la realidad deformandola. La verdadera consciencia se encuentra en la desnuda atención, cuando calla el pensamiento discursivo.

El acercamiento psicoterapéutico y el meditativo coinciden los dos en purificar la percepción: el uno dedicándose a la simplificación de las proyecciones psicológicas, el otro arraigándose en la experiencia unitiva alcanzable más allá del pensamiento discursivo. Esencial en este punto de vista es el desarrollo de una consciencia precisa, que permita profundizar y depurar la propia visión de la realidad. En la psicología occidental la capacidad de observar no ha estado suficientemente estudiada respecto a sus posibles niveles de intensidad y transparencia. Según el análisis meditativo budista, la atención puede ser refinada y purificada hasta un grado impensable, gracias a un apretado training meditativo, que incremente su intensidad y su capacidad de penetración.

Además se ha observado que en el caso de la psicoterapia occidental, normalmente el desarrollo de la conciencia finaliza con la solución del conflicto, mientras que en la meditación budista, la intensificación de la atención consciente se realiza sin ninguna finalidad: no estando encauzada hacia ningún lugar específico, la consciencia se expande en todas direcciones, hasta impregnar la totalidad de la vida. Tal proceso adquiere en Oriente un gran cariz religioso. Mientras que gran parte de las tendencias religiosas occidentales consideran la atención una simple función del cerebro, en cambio, según las teorías orientales la observación purificada e imparcial de los fenómenos revelan en sí una cualidad sutil, que forma parte de aquel fondo metafísico llamado –según los casos– Verdad, Realidad, Liberación, Iluminación o Dios.

Según el budismo, el “yo” condicionado es una mezcla de los recuerdos, ideas, imaginación, pensamientos, emociones, sensaciones en continua interrelación entre ellos. Tal mezcla fluye ininterrumpidamente y el hombre condicionado se identifica del todo con ella, con lo cual sigue actuando. La meditación propone observar todo esto, integrándolo en el campo de la consciencia. Todo pensamiento, emoción o sensación que surge en el momento presente, se le deja venir, se observa y después, se le deja ir sin resistencia en un espacio de calma e inmovilidad. Todo con lo que me identifico, todo lo que creo ser o conocer, todo lo que es mi “yo”, viene acogido en el campo de la observación meditativa.

Entonces surge la pregunta: si “yo” estoy en el campo de la realidad, ¿quién observa?,. Aquí diría Buda: hay sólo observación, un proceso unitario sin observador ni observado. Es aquí que la consciencia se transforma en el puente hacia un fondo metafísico capaz de acoger en el mismo espacio toda la realidad. De improviso lo que a nivel humano aparece como una consciencia, surge en otro nivel como algo inconmensurable, una dimesión incontaminada de inocencia y apertura. Desde este punto de vista, la meditación –en su fase más avanzada– no busca experiencias particulares (quietud, concentración, éxtasis, etc) sino libertad de cualquier experiencia, por agradable o desagradable que sea. Como el espacio, la meditación posee la inmensa capacidad de acoger o dejar ir cualquier cosa, porque cualquier identificación con lo que está limitado y fragmentado se marchita frente a la incorruptible inocencia de la vibración del silencio que se percibe más allá de la mente condicionada.

Mauro Bergonzi 
Docente de historia de filosofías y religiones orientales de la Universidad de Nápoles. Co-fundador de la asociación “A.ME.CO” Asociación Meditación de Conciencia (Vipassana) Traducción Grazia Suffriti.
 
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