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De un lugar entre las caderas
Experiencia de parto natural

 

 

A finales de Mayo un sol fértil iluminó las olas de mi mar seco.
De mi mar negro, seco.

Siempre he deseado volar sin el peso de una razón demasiado convencida. Vivir la vida desde esa marea. Desde un mar rojo que acune. Que espante. Desde las olas y su mecer. Desde ese fondo prodigioso de vida. Desde ese cielo, también prodigioso, que me regala la vida en un día cualquiera.
Siempre he deseado buscar en los espasmos. Tal vez porque su conmoción me da una agilidad inmediata, una fuerza necesaria.

Es desde ahí y sólo desde ahí desde donde quiero tenerte.

Abro mis brazos a ese sol temprano que ha tejido en mi vientre pequeñas semillas de oro. Esparcidas por mi abdomen buscan un lugar entre mis huecos. Pequeñas y diminutas, arrojadas al mar y cernidas en mis aguas. Pequeñas, ovaladas, inclinadas, me brotan, me germinan y me abren la piel. Se unen en una sola. Una sóla semilla anudada empieza a encontrar un lugar habitable entre mis venas.

Me mojas el vientre y las laderas.

Abro mis brazos a ese sol encarnado del todo. A un sol delicado y transparente. Voy, con los días, inundada de ese triunfo. Me expando en él. Me abro. Busco en mi memoria un árbol grueso, hincado a la tierra, busco en mi memoria todo el color azul extendido en las sábanas. Y el malva se abre bajo ese vaho y ese calor. Tanto sol ahora.

Siempre he deseado acercarme tanto a mí misma.
Oírme tan profundamente hasta poder recordarme del todo.

Tú, en un sólo día, me das la paz, y en los días que vas naciendo me transportas a ese mundo blanco lleno de luz del cual vienes. Es por eso, también, que quiero darte un espacio donde los liliums se hayan abierto del todo y donde yo esté, cuando tú llegues, totalmente despierta, totalmente ya descansada.
Durante los meses en que el sol y sus semillas moran en mi vientre, la vida, el color de la vida tiene un aspecto inusual. Como de un sueño donde la bondad se ha subido a un campo de girasoles y tarareando una canción antigua rodea los tallos, las hojas, el color ocre amarillo. Como un sueño donde el aire mece de forma vertiginosa al trigo. Y luego lo calma como si lo besara. Como un sueño donde el llanto queda pequeñito, amparado por fin, protegido, donde el llanto, como el grito, es ya atendido, abrazado, querido.

Siempre he deseado tener la marea dentro. El mar mojándome las piernas.

Llueve. Alzo mis ojos al cielo para ver la lluvia fina, sin detención. Veo la luna redonda que se cubre. Es la luna nueva quien se ha inclinado a besarte. Esa misma luna redonda tan alta que parecía imposible que nos viera. Es la luna blanca quien ha dejado caer un beso de plata. Pequeño. Delicado. Su beso nos ha dejado la piel tibia, fresca. Cuando empiezo a caminar me doy cuenta de que las semillas que bordean mi vientre han empezado a recorrer suavemente el perfil de mis huesos. Mis huesos, tan pegados e inmóviles, se precipitan a dejar un espacio. Un camino. El camino, lo sé por el beso que nos ha dado la luna, está rociado de mar, de sol, de mar tempestuoso y de sol caliente. Es así, oigo, es así la vida.

Cuando cesa de llover tengo las mejillas ardiendo.

Ha pasado la lluvia y el astro. Tú, adormecida, sigues germinando.
En la noche dormida bajo el cielo azul que nos protege siento la venida. Me llamas, delicadamente. Con tus manitas de plata y tu piel de algodón. Con tu vientre, me llamas, delicadamente. Golpeas mis caderas y te apresuras a vencer las cavidades cerradas. Te siento bajo mis labios. Todo mi cuerpo está ahora envuelto de tí. De tu llorar.

Es agua. Un agua blanca esparcida. Ven. Mis manos, entorpecidas, deseosas de verte, se abren. Mis manos deseosas de dorarse de tí quieren saber cómo. Me inclino . Un árbol grueso, milenario, me inclino y abrazo su corteza áspera. La abro. Las manos quebradas. Los lirios cada vez más blancos. Las manos quebradas de abrazar. El lirio, delicado, es la flor que te voy dando.
El lirio, rojo de tí, se ha esparcido por mi cuello. Siento mis venas infladas y un calor de luna en el vientre. Siento que estás por fin encontrando en la espesura un hueco de luz.

El mar va meciendo el inmenso templo que te acoge. Rompes con tus manos doradas de semillas. Mis pezones erguidos. Los ojos quietos, mirando por un hueco. Mi pelo, mojado como mis piernas, está cubierto por diminutas estrellas, por margaritas azules, por ese brillar que da una luz plana, infinita. Siento como una pequeña ofrenda va llenando la estancia. Como un polvo que mece un sueño. El sueño de la mujer. Una lumbre extendida me rodea los pies.

El sueño extendido abre las cajas de mimbre donde resuenan los cantos más antiguos. Es un sueño de nanas, de mecer, de mujeres en un círculo. De mujeres que abren el círculo y lloran.
Llorar por sentir el dorado atreviéndose, inundándonos, dejándonos secos, secos y luego llenos. La piel, hilada, besada. La piel, caliente, se abre. Las caderas moviendo un sacro que se ladea. Un sacro azul, violeta. Mientras, no sé cómo, recuerdo a una niña sin trenzas, con un ojo tapado que sostiene una comba gastada entre las manos. El árbol y su corteza, como una barba su corteza. El olor del árbol me da la fuerza que me han dado siempre las mareas. El olor del árbol y de los lirios rojos me ayudan a inclinarme un poco. Una lumbre ilumina mis labios. La niña de la comba me da la mano mientras ya todo el mar nos ha invadido, su pelo corto, sin lazos, ha quedado cerca del árbol.

Veo el oro bajo el oro de mi vientre.
Mi vientre blando, ladeado.
Mis labios ardiendo.
Un mar envuelto y mezclado.

He visto las mujeres, los sueños que tenían esas mujeres. Un sueño oculto. Cerrado.
Las mujeres que sueñan con abrir la caja de los sueños. Una caja de plata, llena de polvo de caolín.
Mis pies, azules. El árbol reposando. Y la luna, majestuosa, ha bajado de nuevo y ha besado la flor viva.
La luna ha estado todo el tiempo aguardando, iluminando con sus ojos verdes.
Todo el tiempo iluminando. Alumbrando la noche.
Con sus manos doradas te toca los labios dormidos, y una gota de oro cubre tu vientre redondo.

Mi vientre vacío, recostado.
Mis manos rotas de los tallos se van recuperando bajo ese tacto dorado.
He tenido el sueño de la mujer.
Un sueño de agua.
Un sueño de arco iris,
De terciopelo.



Esmeralda Berbel 
 
 
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