Según
dicen las enseñanzas, cuando tomamos refugio en las tres joyas
del budismo, estamos actualizando un acto de confianza y entrega en
Buda, Dharma y Sangha (dicho en términos más occidentales:
Belleza, Verdad y Bondad respectivamente), lo cual significa abrirse
a nuestra auténtica naturaleza, que se manifiesta en el exterior
como siendo las tres joyas. La devoción o entrega a ellas va
disolviendo y purificando las obstrucciones que surgen de identificarnos
con nuestro ego. La devoción nos recuerda la humildad ante la
inmensidad que nos rodea y nos contiene (“el mar, el tiempo, alrededores
de lo que no podemos medir y nos contiene”), pues la escalera
de la vida carece fundamentalmente de un “yo”, ya que ninguno
de sus peldaños posee una sensación de identidad inherente,
sino que es el “yo” quien se identifica con los peldaños,
generando ese apego y rechazo que va configurando los estadios de desarrollo
del ego. Y así es hasta que finalmente -en un salto al vacío-
el yo deja de lado la escalera: dentro y fuera, sujeto y objeto, forma
y vacuidad… pierden entonces todo su significado.
Tal como yo lo entiendo, esto puede verse como el despliegue de la forma
y la vacuidad enervados por el amor-compasión. Esto es para mí
el yoga y la meditación: una experiencia unitiva y de no dualidad.
Como se dice en la Prajñaparamita, “la forma es el vacío,
el vacío es la forma; no hay vacío aparte de la forma
y no hay forma aparte del vacío”. En este sentido, cada
sonido será una resonancia natural de lo inexpresable y cualquier
pensamiento es como el gozo vacío de la unidad de la compasión
y la vacuidad. En el momento en que uno reconoce la vacuidad de los
fenómenos se eleva en nosotros una compasión universal
y no conceptual por todos los seres inmersos en el océano del
sufrimiento samsárico a causa de nuestro apego al mundo exterior
y al propio ego . Creo que la práctica de la meditación
y el yoga es un buen entreno en la toma de conciencia, en la re-sacralización
de la vida; es un trabajo que ha de trascender las múltiples
facetas del egocentrismo integrando en cada aspecto de la vida cotidiana
las nociones de vacuidad de existencia independiente del yo y de los
fenómenos por un lado, y la de Bodhichita en tanto amor y compasión,
por otro lado. Siguiendo el proceso de unión armoniosa entre
Espíritu y Materia (“el espíritu es la metáfora
de la infinitud de la materia”), bien podríamos decir que
la compasión es vacuidad en acción, mientras que la vacuidad
es compasión en contemplación. Por otro lado, el hecho
de considerar a todos los seres a través de la óptica
del amor incondicional constituye un requisito esencial para llegar
a percibir la pureza de lo relativo, de la forma, de lo que nos rodea
(algo que los vehículos tántricos y la práctica
del vajrayana llevan a la práctica mediante la visualización
de las deidades; las cuales desempeñan en el plano de la forma
el mismo papel que los mantras en el plano del sonido). Esta consciencia
se enriquece con la abertura hacia lo otro, con el amor despierto, lúcido.
Esto nos descubre el significado de la impermanencia: la vida ya estaba
ahí antes de que llegáramos nosotros. Ella siempre ha
estado fluyendo. Ésta es la lección de rendimiento que
nos regala la vida: una humildad gozosa, no resentida. ¿Por qué
no dejarnos fluir sintiéndonos unidos a cada partícula
de vida? Dejémonos penetrar. También nosotros somos una
metáfora de la infinitud del Espíritu, una metáfora
donde la Vacuidad se reencarna cada vez que un ser humano (el sabio,
la naturaleza búdica de todo ser) suelta la escalera. Aquí
radica la suerte de poder situarnos devocionalmente ante las tres joyas,
actualizando e integrando las enseñanzas para compartirlas con
los demás y juntos recrear el templo divino.
La sabiduría es la recreación unificada (no fragmentada
en compartimentos estancos, como ha pretendido la modernidad) de las
dimensiones estética, científico-cognitiva y moral; es
una metáfora que integra ese movimiento incesantemente creativo
donde “todo yo (Buda o Belleza) se convierte en Dios, todo nosotros
(Sangha o Bondad) se transforma en la más sincera veneración
a Dios y todo ello (Dharma o Verdad) se convierte en el templo más
resplandeciente de Dios” .
Me gustaría hacer una reflexión sobre la profunda correspondencia
existente entre yo-belleza-buda, sociedad-bien-sangha y otredad-espíritu-dharma:
La sabiduría es ser yo, la sabiduría es ser nosotros,
la sabiduría es ser lo otro.
La sabiduría es Belleza, la sabiduría es Bien, la sabiduría
es Espíritu.
La sabiduría es Buda, la sabiduría es Sangha, la sabiduría
es Dharma.
Quizá a partir de esta reflexión podamos atisbar la figura
del sabio más nítidamente:
Sabio es quien ha integrado mente, cultura y naturaleza (budha, sangha
y dharma) o, lo que es igual, quien reconoce en esas tres facetas los
diferentes rostros del Espíritu o Vacuidad y sintoniza con Él
o Ella, respetando por igual la Belleza, la Bondad y la Verdad, que
es lo mismo que saber integrar esas otras joyas de nuestra cultura occidental:
la estética, la ética y la ciencia. Estas joyas fueron
fatalmente fragmentadas por la modernidad, y es tarea de nuestro tiempo
y de todos nosotros reintegrarlas. Sabio es quien ha sido capaz de descubrir
la mentira del ego, ésa que nos inculcó el sentimiento
de una identidad separada. Sabio es quien descubre que el yo último
(Belleza) es la naturaleza búdica, y que todo “yo”,
todo ser sensible, participa de esa naturaleza búdica. Todos
somos miembros de la asamblea de todos los seres (Sangha): ésta
es la dimensión ética, la bondad última.
Nos dejamos empapar de espacio, como la caracola se inunda de mar, para
dejarnos vaciar por la Vacuidad (interdependiente y no dual) y ésta
–o el Espíritu- pueda verse a través de nosotros,
que no somos más que claridad inseparable de la luz que la engendra.
Esto es para mí la meditación: acostumbrarse a ser una
ola que surge en el océano para reabsorberse en el mismo océano.
La meditación sirve para “acostumbrarnos” a ser conscientes
de ese vaivén de la infinitud de la cual somos una fugaz metáfora.
¿Qué son sino nuestros pensamientos y emociones?
“Conocerte o estudiarte a ti mismo es olvidarte de ti mismo y
si te olvidas de ti mismo todas las cosas te iluminan”, decía
Dogen.