Este cuento se lo dedico en especial a los que
han sido mis príncipes. Y también a todas las brujas,
las reinas y las Blancanieves que pueblan la tierra y habitan en nosotros.

"Y
construyeron un ataúd de vidrio, y con letras doradas escribieron
su nombre, y que era una princesa. Colocaron el ataúd en la montaña
y uno de ellos permaneció allí siempre de guardia"
¿Dónde está el latido de mi corazón? Ya no
lo oigo. ¿Será que mis oídos han quedado tapados
por este sabor amargo que contrae mi garganta? Cuánto silencio
y vacío se abren ahora en mi pecho antes tan lleno. ¿Dónde
se fue eso que me hacía sentir habitada?
Una membrana dura y fría me separa de todo e impide que me alcancen
otros tactos, otros alientos, otros susurros, otras voces… Como
losas pesan mis párpados sobre mis ojos. Intento mover las manos
y no las hallo. Busco y no encuentro mi cuerpo. Mi cuerpo ¿Qué
ha sido de mi cuerpo?
"Tuvo una hija tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre
y de cabellos tan negros como la caoba"
El cielo inmenso sesgado por las ramas de los árboles. El blanco
de la flor del almendro y el perfume del azahar. Los destellos del sol
entre las hojas y prendidos como cuentas en el agua. El aire… Ah,
el aire rozando mis mejillas y peinando mi cabello. Y la risa. Es tan
simple ser risa y movimiento, giro y salto, caerme y seguir rodando por
la hierba hasta quedar ebria de su aroma verde y amargo. La tierra pegajosa
rojiza, marrón, dorada… y ese olor profundo, oscuro y húmedo.
El abrazo áspero y firme del tronco de los árboles y el
descanso en el cobijo de sus ramas. La mirada abierta a todo, todos los
sentidos abiertos. Ser tan amplia que ya no diviso horizontes en mí
y las fronteras de mi cuerpo se diluyen entre la vida que se asoma atravesándolo
todo.
"Y la envidia y la soberbia crecían como mala hierba en
su corazón cada vez más, de tal manera que no encontraba
descanso ni de día ni de noche"
–Ser más, aun mejor. Ser todo. Fuerte, poderosa,
perfecta, única. Que todos me admiren, que todos reconozcan que
soy superior. Que sientan que no pueden existir sin mí. Más
grande, más profunda, más elevada, por encima de todos y
de todo. Que nada me alcance y de ese modo que nada me dañe. No
necesitar nunca más a nadie. Nunca más volver a sentir fragilidad,
pequeñez, inseguridad, incertidumbre. Nunca más hacerme
vulnerable por el amor.
Todo se ha borrado como un sueño feliz. ¿Un sueño?
Sin embargo es ahora cuando me siento entumecida. Antes no, antes estaba
tan despierta que el universo parecía recién creado para
mí. No, eso no puede ser un sueño. ¿Y es estar despierta
este espacio difuso y amortiguado en el que me encuentro? ¿Esta
inmovilidad de mis miembros, esta pesadez en mi cabeza y el pensamiento
lento como lodo cayendo? No puede ser la vigilia este deambular de recuerdo
en recuerdo, este pasar en círculos por un estado y otro. No están
construidas estas vivencias de la materia de lo real. Son como humo, como
nubes grises que se deshilachan y se deforman. Antes, todo vibraba con
intensidad, todo era verdad rotunda, todo cierto. ¿No será
ahora cuando estoy sumida en el sopor? ¿No será este el
sueño?
"¡Blancanieves tiene que morir! –gritó–
¡aunque me cueste la vida!”
–Quiero saborear el sabor intenso del odio, sentir la fuerza
de la rabia, ejercer la libertad del desprecio. Hacer daño yo antes
de ser dañada. Nunca más la blancura de la inocencia. Que
el rojo vivo de la sangre se vierta en el suelo y deje seco mi corazón.
Que el negro del misterio de mis cabellos se vuelva oscuridad tenebrosa.
Devoraré el hígado y los pulmones de esa niña de
siete años. De ellos extraeré la fuerza que ponga coto a
mi miedo. Blancanieves quedará enterrada para siempre en el pozo
profundo de mi desesperanza.
"Y corrió por los puntiagudos peñascos y entre
los espinos, y los animales salvajes pasaban a su lado, pero sin hacerle
nada."
¡Huir! Tengo que huir. No importa a dónde, todos mis músculos
están tensos como la cuerda de un arco. Mi alma es una flecha que
sólo busca ser lanzada lejos. Salir de aquí, escapar de
mi madrastra, desaparecer de este mundo espantoso, de mi casa convertida
en castillo tenebroso y lúgubre.
Las ramas de los árboles azotan mi cara rasgándome la ropa.
Lluvia y truenos me persiguen. La tierra se hunde bajo mis pies. ¡Qué
profundo terror en esta noche! Y sin embargo aún mi corazón
golpea mi pecho como si quisiese romperlo y el cielo revienta en destellos
de luz. Y al final de mi carrera desorientada, esa pequeña casa.
La luz se derrama por sus ventanas como miel. Cuánta nostalgia,
qué anhelo intenso atraviesa el espacio vacío de mi pecho.
Cuánto dolor por lo perdido y, a la vez, cuánta esperanza.
La confianza aún pone alas a mis pies.
"Ahora ya has dejado de ser la más hermosa –dijo
la vieja– y se marchó apresuradamente"
Mi carne joven se ha diluido en bruma helada. El frío ha anidado
para siempre en mis huesos y mis entrañas. Un rostro me visita
día y noche. Sus facciones perfectas parecen cinceladas en mármol
blanco y en sus cuencas refulgen dos zafiros. Mi mirada busca la suya
atraida por ese brillo. Corro hacia sus pupilas como un niño al
regazo de su madre, con los brazos y el corazón abiertos…
y quedo congelada por el tajo gélido de su odio. Así me
deja, prendida como una mariposa a la que han traspasado con un alfiler
para detener por siempre su vuelo. Y así me voy muriendo, disgregado
mi ser en mil pedazos sin conexión, como la imagen reflejada en
un espejo roto. Y de pronto esas facciones tersas y ese cutis limpio se
transforman. La piel se seca y resquebraja, las lineas antes armónicas
se deforman en horribles protuberancias y aparece el terrorífico
rostro de una bruja.
"Entonces acaeció que tropezaron con un arbusto, y por
la sacudida, se salió de la garganta el trozo de manzana envenenada
que había mordido Blancanieves"
¡Cielos! mis párpados se han abierto. Una ola resplandeciente
me ha inundado sacando fuera de mí el hielo que atenazaba mi garganta.
De luz es el universo que me rodea. Del centro de esa luz veo como emergen
formas geométricas, se entrelazan y multiplican dando paso a toda
la gama de colores. Giran los colores, se expanden y ondulan convirtiéndose
en formas. Aquí están de nuevo los árboles, de nuevo
aquí las hojas, el sol rojo y el cielo azul. El mundo tiene otra
vez volumen y contornos. Se disipó por fin la niebla gris. La tierra
gira de nuevo para mí. Otra vez los astros en torno a mí
se mueven del día a la noche y el agujero de la oscuridad se rompe
por el destello de la luna y las estrellas.
"Sucedió que un príncipe vino a parar al bosque
(…) Vio el ataúd en la montaña y a la hermosa Blancanieves
en él y leyó lo que estaba escrito en letras de oro"
Al otro lado de mi cofre el rostro de hombre más bello que jamás
haya visto me mira con un amor intenso. El ascua de sus ojos pone en movimiento
mi corazón. En la profundidad de sus pupilas he visto la nobleza
y la ternura que ha de dar cobijo a mi tristeza. El me tomará en
sus fuertes brazos y me dará el calor que me falta. El me rescatará
de este sueño oscuro, pondrá sus labios sobre mis heridas
y, una a una, se irán cerrando a su contacto. Mi alma de nuevo
quedará reparada, ya ahora la siento por siempre unida a él
y de esa unión brotará nueva vida.
¿Qué es lo que ocurre que tarda tanto tiempo en salvarme
mi príncipe? En vano sus manos empujan la tapa de mi ataúd,
todos sus esfuerzos son inútiles. Yo que tanto anhelé verme
rescatada por ese hombre. Ya se clava en mi pecho la desesperanza como
una daga que fuese a detener mi corazón otra vez. Se tiñe
su mirada de gris, ya se apaga el destello de sus ojos. Ni la fuerza del
amor puede librarme de este destierro. Desde mi encierro veo cómo
por sus mejillas resbala una lágrima, beso de agua que contra la
superficie de mi coraza viene a estrellarse. Extiendo mi mano para tocarla
y sólo alcanzo a sentir el tacto frío como el hielo del
cristal.
¿Qué son estos sueños? ¿Quién es esa
mujer terrible que me persigue? Y esa niña tan frágil ¿Quién
es? Sus rasgos se entremezclan y se funden. Nada puedo recordar…
Y sin embargo, al mirar la cúpula transparente que me aprisiona
¿No vi yo el otro día esas facciones en mi reflejo?
Los días han pasado. Nada puede hacer mi príncipe por sacarme
de mi ataúd. En su hermoso rostro veo dibujado ya el desaliento.
Caminamos lentamente hacia su castillo donde no podrá hacer otra
cosa que velarme como antes lo hicieron los 7 enanos durante 100 años.
Nadie puede salvarme de mi encierro. Vuelve a estar habitado mi pecho,
la sangre de nuevo recorre mis venas y la vida está ahí
fuera como siempre lo estuvo. Y yo permanezco en esta tumba de cristal.
¿Dónde, dónde estará la fuerza que pueda romper
estas frías paredes?
¡Por fin me rendí! Adiós le dije al mundo y a mi príncipe.
De todo me he despedido ya. Nada espero ahora. Lentamente me vuelvo hacia
mí, pues ya sólo a mí me tengo. Yo soy todo mi universo,
a él me entrego. Volveré mi mirada, antes clavada en el
azul del cielo y el rostro de mi amor, a ese centro insondable de mi pecho.
En él me dejaré caer, y en ese descenso suave y lento, hallaré
mi reposo.
Desaparecen de nuevo las formas, me hundo en el silencio cada vez más
profundo. El tiempo se detiene y sólo permanece el espacio inmenso.
No queda rastro de colores ni de objetos. Nada a lo que pueda dar nombre.
En mi corazón ha germinado la calma. Todo es ya puro instante quieto.
También Blancanieves se borró. Ahora sólo hay silencio,
y ni tan siquiera eso, nada, ahora simplemente soy ser siendo.
Y el príncipe vio como de ese cuerpo amado y de ese rostro bello
se borraban todos los signos de crispación. Los puños de
Blancanieves, antes apretados, se fueron abriendo, y al hacerlo, de su
mano izquierda surgió un destello mostrando lo que siempre había
estado guardado en ella. La llave del cerrojo que mantenía cerrado
el ataúd.
"Poco después abrió los ojos, levantó la
tapa del ataúd, y se enderezó".
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