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Gertrude
Stein en su Autobiografía de Alice B. Tocklas se refiere al retrato
que le pintó Picasso. Mientras Gertrude Stein posaba, Fernande
le leía las fábulas de La Fontaine. Posó durante
ochenta o noventa sesiones, que son muchas. Parece que el óleo
desató una "larga lucha" en el genio de Picasso. Y que
marcó el límite, una sima, entre el Arlequín y las
señoritas de Aviñón. El lienzo hace cosa de un metro
de alto. Es un claroscuro en tonos pardos, con la figura sólidamente
sentada, determinada, pesada y firme. El fondo es un rincón con
manchas bermejas, castañas, espacios lacres y de siena tostado.
Picasso lo firmó en el otoño de 1906 en París. Según
la Autobiografía, Picasso reconoció que no se le parecía
pero que se le parecería.
La naturaleza de la identidad del retrato de Stein y la propia Stein en
sí, se manifiesta aún con mayor claridad en otra anécdota.
Se produjo al cabo de unos años, cuando Picasso se enojó
momentáneamente al ver que la escritora se había cortado
el pelo. En seguida, tras comprobar que seguía intacta la inmanencia
de su pintura, dijo aliviado: "Mais, quand même, tout y est".
A mí Gertrude Stein me recuerda a la corpulenta viuda del contramaestre
del western aquel de Wellman, "Caravana de mujeres".
Posé para un pintor el verano de 1979, en Finisterre. Garabal tenía
más de 80 años, yo 18. Recibí su propuesta a través
de una mujer que servía en el restaurante donde yo solía
reunirme con mis amigas después de la comida. Pilar me lo mostró
a su espalda mesas allá. Dijo que ya había pintado a muchos
pescadores del pueblo. Helena me dijo que hacía muchos años
que veraneaba allí, con su familia de Santiago. Desde antes del
36. Me acerqué a la mesa de Don Manuel y accedí a posar
a partir del día siguiente, por la mañana, en un aula de
la escuela del Patronato. "Por la tarde –me dijo– pinto
marinas".
Llegué puntualmente a las once a la primera sesión. Ya se
había puesto un largo delantal azul que le cubría hasta
los pies. Extendía churritos de óleo sobre la paleta. Me
hizo sentar sobre una mesa escolar, a la derecha de un ventanal que daba
a un pequeño fondeadero de ondas plateadas y de ónice blanquinoso.
Me hablaba, decía, para mantenerme vivo el gesto. No era nada difícil
permanecer inmóvil. Me contaba cosas de su vida. Fueron diez días,
no más. Eran historias de la guerra, de los siete años que
pasó en un sanatorio de Castilla para vencer la tuberculosis, de
su mujer también pintora que le esperó todo aquel tiempo
y con la que hubo de casarse. Notaba yo que mucho de lo que me iba explicando
lo explicaba como si ya lo hubiera explicado más veces. Yo me complacía
en reproducir a mi vez los asentimientos con los que le reiteraba mi atención
no tanto por ponerle en la pista del déjà vu como por complicidad,
para participar en una especie de cumplido a la memoria. A mí me
gusta que me expliquen aunque sea mal hasta películas que ya he
visto, que ya es decir. Lo que no se cansaba de recordar era lo azul que
era el blanco de los ojos de su esposa. Ese rasgo la había sobrevivido
en una nieta que ahora tendrá veintitrés o veinticuatro
años. Don Manuel de vez en cuando de repente dejaba de hablar y
se detenía en una pincelada con la boca entreabierta y la cabeza
ladeada. Reprendía el hilo de su relato, tras un instante de suspensión,
con soltura. Su deje era apacible, compostelano aún a pesar de
haber pasado más de media vida en Madrid.
En mi quietud yo podía reparar en cosas así, en las manchitas
de sus mangas, en una grieta en el marco del ventanal, y en el crujido
de una puerta lejana. Y entonces podía darme cuenta de qué
diferente podía ser lo que él miraba de lo que yo veía.
Sobre todo teniendo en cuenta que yo no me veía a mí ni
veía la cara oculta del caballete. Por discreción y timidez
no vi mi retrato hasta el último día. Por discreción
o timidez Don Manuel no me animó a hacerlo antes.
A media tarde andaba hasta la playa para tomar un baño. En Corveiro
las aguas flameaban al atardecer. En San Roque había pleamar de
azul prusia. Un par de veces, de camino, distinguí a Garabal pintando.
Su traje cruzado negro y la cabellera blanca y crespa destacaban entre
las zarzas y las matas de hinojo. "Por la tarde –decía–
pinto marinas".
La ancha vista se prestaba al escorzo para revivir cómo había
sido Finisterre en el albor del siglo. En la miranda de una casa abandonada
aún resistía el palomar podrido. El muelle y la fortaleza
le sirvieron al pintor de encuadre para rescatar del olvido escenas que
se erguían prodigiosamente en ese territorio sin ley que hay entre
la imaginación y la memoria. Casi hubiera podido volverse a avistar
en la sierra, en la blanquísima ensenada, a algunas mujeres de
luto recorrerla con un cesto en la cabeza, descalzas y al fresco de la
orilla.
Cuando vi mi retrato acabado, allí estaba todo. No sabría
decirlo de otra manera. Había pasado diez mañanas detrás
del caballete, y me había dado cuenta de que lo único que
había colorido era la luz, claro, y las manchitas de pintura en
el delantal de Don Manuel. Así que fue el color del retrato lo
que primero me impresionó. Y ver que ese color estaba hecho de
playa, de sierra, de hinojo, sardinas, palomas fantasmas y mujeres marineras,
y de algo que aún no sé que era pero que debía de
ser yo. Solo lo vi una vez. El fondo era azul. Como el del cielo de "Cap
d'Antibes" de Monet, un azul alegre.
La última vez que vi a Garabal me pagó y me dijo lo prometido,
que me enviaría desde Santiago una fotografía del cuadro.
Sabía yo que no alcanzaba a comprarlo y tampoco me atreví
a pedir a cambio de lo convenido, doce mil pesetas, una sanguina o un
carboncillo. El caso es que pasaron algunas semanas y el correo no llegaba.
Me parecía impensable que Garabal faltara a su palabra o que se
hubiera descuidado. Y lo que pasaba es que en realidad se había
muerto. Se excusa decir que si no me había atrevido a pedir un
apunte al pintor, menos iba a decidirme a preguntar a sus hijos por el
paradero del cuadro. Los primeros días por no resultar apremiante
y después por no importunar.
No sé donde está mi retrato. Seguramente fue el último
retrato de Manuel Vázquez Garabal. Y lo cierto es que su ventura
lo une más a mí, la buscadora, más de lo que pudiera
hacerlo el parecido. Y hasta me gusta pensar que está comprado
y que quizás alguna vez alguien se habrá preguntado por
esa mujer, por la verdadera. Y es que, pensándolo bien, igual no
es lo mejor que me podía haber pasado pero _no sabría como
decirlo_ me pertenece más aún de lo que me pertenece mi
sombra o mi imagen en un espejo o todos esos espejismos en los que vemos
astutamente reflejarse nuestros deseos.
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