Voy
ha intentar explicaros como es Áticus, pero ¿cómo
definir lo simple? Más parecido a Clark Kent que a Supermán.
Áticus, es el héroe más reconocido de la historia
del cine, aunque él, nunca creyó serlo. Quizás,
como les pasa a los verdaderos humildes, que no piensan que lo son.
Así, Áticus, liberado hace ya mucho tiempo de la agonía
de medirse, tanto que ya no lo recordaba, daba todo el aspecto del hombre
sosegado.
Su andar parecía lento, con esos pasos que tienen los largos,
moreno y, todavía, de cabellos negros, que de vez en cuando apartaba
del lado izquierdo de su frente. Pasaba de la mirada, del interesado
en saber, a una de sosegada presencia, que solo las almas sabias muestran.
Al igual que la escritora desvela en su obra, una profunda admiración
por el que en un tiempo fue su padre, creo que a todos, tanto a padres
como hijos, nos hubiera gustado tener un progenitor así.
Para muchos es ¡el modelo!, una especie de regalo que muestra
hasta donde podemos llegar si traspasamos la ignorancia y el fanatismo
del hombre infantil, la ignorancia y prepotencia de los hombres adolescentes,
con su todo vale para conseguir el poder o simplemente una medalla.
Como dicen los antiguos, solo después de haber sido heridos,
los hombres pueden saber de sus límites y del dolor. Y por tanto
hacerse adultos.
Pero volviendo a Áticus, si recordamos que los griegos proclamaron
al hombre democrático y libre hasta sus últimas consecuencias,
los cristianos, al hombre que agredido no se convierte en el agresor
y que es capaz de sacrificarse por otros y sí los sabios, budas,
santos y místicos de todos los tiempos, siempre se han inclinado
ante el corazón de ese hombre sin rango, nos acercaremos a eso
tan difícil de ver, tras su natural simplicidad.
Situado al principio del siglo pasado, en tiempos de depresión
y racismo en Norte América, el contraste del espíritu
de la época con el suyo se hace mucho más evidente.
Pero si antaño era uno entre 10.000 y en el presente puede ser
uno de cada 1.000. La apuesta está en que no tardemos mucho en
que sea uno de cada 100 y aún mejor de cada diez.
Por suerte siempre ha habido Aticus que con su solo estar han evitado
que los pueblos perdieran la razón. Pues la luz del que ve las
cosas tal cual son, aparta la oscuridad de la ignorancia, de las supersticiones
o de las manipulaciones de los mentirosos.
Con Áticus el hombre recupera la validez de lo masculino, se
hace digno de sus compañeras y hasta él, logra darse valor.
Paradójicamente, estoy mitificando al que ha logrado librarse
de los mitos, pero verdaderamente, no honrarlo sería como matar
un ruiseñor.