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| APARIGRAHÂ Y DOWNSHIFTING |
| A todos los buscadores y también a los perdedores |
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Una de las disciplinas que desconozco es la Psicología. Vaya eso por delante. Supongo que es la Psicología la que podría situarnos con bastante exactitud a qué edad se espera que un niño sano será capaz de apreciar las magnitudes de la realidad y su posición en el mundo. La idea primera de la distancia la dan las ventanas, el trayecto a la escuela y cosas así. Ideas como Mesopotamia, Lipobay, Calatayud, ciervo a las finas hierbas, escorbuto, "el año que viene", "los hombres tienden a enamorarse más románticamente que las mujeres", deben requerir una mayor madurez. Hay factores como la liga de fútbol que deben contribuir grandemente a formar y consolidar bien los referentes de espacio y tiempo. Una vez dicho esto, me pregunto en qué punto del proceso de maduración psicoespaciotemporal nos encontramos cuando ya tenemos más o menos situados la escuela, Calatayud, Mesopotamia, el asteroide B612 de Saint Exupéry, la herejía priscilianista, la pertinaz sequía, el año que viene, la liga de fútbol, y cuando ya vimos que la bicicleta estática es un trasto. No sé si me explico. Sin embargo no seré yo quien irá a sobreestimar la verdaderamente ridícula diferencia entre la inteligencia de los primates inferiores y la del homo sapiens. Lo que no sabemos comparado con lo que sabemos es enorme. ¿Será por eso que hay una oferta de deformación continuada estratosférica? Cursos, cursillos, cursillitos, másters del universo de dudosa calidad, postgrados lucrativos, seminarios mil presenciales, a distancia, en línea, en 3 años, en 6 días, en 8 horas seguidas sin parar o a altas horas de la noche, con doble titulación o sencilla. Es que no sé qué tiene que ver tamaña oferta con las necesidades reales de la sociedad. Llega el otoño y llegan la campaña de pijociencia urbana, las hordas tentadoras de certificados de aptitud rápida y la retaguardia de coleccionables, fascículos y miniaturas. Es agobiante. Aun renunciando a darle un vistazo superficial a la prensa, siempre quedarán el inglés y otras asignaturas pendientes. Con mi ignorancia de siempre, me vuelvo a hacer otra pregunta. ¿Qué hacen los anglófonos con el tiempo que los otros dedicamos a los idiomas? Lo que se dice saber sé muy poquillo. Pero estoy tranquililla, a salvo por ahora de falsas necesidades. Es la aparigrahâ hindú de que habla Patanjali, la capacidad de desprenderse del deseo de lo que no nos pertenece. El inglés americano ha generado el término downshifting, literalmente "bajar" o "ir a menos". Luego está la pereza pura y dura. Tengo que admitirlo como es. El primer día de otoño recibí una especie de proposición matrimonial o así en mi correo electrónico. Con mi ya mencionada ignorancia de las ciencias que estudian el alma humana, no sé en qué grado de la escala del estrés se encuentra lo de recibir un mensaje inoportuno o una sorpresa desagradable que además tarde o temprano habrá que atender. Al recibirlo noté que algo no iba bien. Deslicé el puntero hasta su última línea, marcando el bloque de 1069 palabras para imprimirlo. Como si saltara de la pantalla, vi la frase "[...] would Australia be of any interest to you?" (¿Sería Australia de algún interés para ti/usted?) Debió de pasarme igual que cuando la gente consigue ver saltar los delfines en las estampas tridimensionales. Como yo nunca lo conseguí, no sé si es acertada la comparación. Al leer la retahíla de 1069 palabras (ni una sola en mi lengua materna) y llegar a la parte con pinta de contrato, con sus 4 cláusulas numeradas y todo, la sangre me abandonó las manos. Se fue toda de estampía hacia el corazón. Así es que pasé del aparigrahâ y del downshifting a la pereza en un instante. Una está preparada para oír "cásate conmigo" y responder "ni hablar". Me pierde la espontaneidad. Conocí a H.C. en un taller de tai chi en
Canadá en agosto de 2000. Luego nos hemos seguido comunicando por
la red ésta. Parece que los usos y costumbres del territorio internauta
no están muy definidos. Yo hubiera dicho que un e-mail no es tan
personal como una carta y que es más informal. Que no compromete
tanto, vaya. Nada como un revés económico para reconsiderar posiciones e incluso, lo digo sin cinismo alguno, reconsiderar su escala en Barcelona en julio de 2002, de camino a Toronto, desde el punto de vista de asegurarse "mi" rentabilidad. En fin, no voy a darle más vueltas, no voy a dejarme acorralar por algo que no es la vida misma. Una semana después leo la columna de una de las plumas a sueldo de "El País". Sobre Betty la fea. "Cuenta Manuel Castells [...] que `los hombres tienden a enamorarse románticamente, mientras que las mujeres, debido a su dependencia económica y su sistema afectivo orientado hacia las mujeres, se dedican frente a los hombres a un cálculo completo, en el que el acceso a los recursos es primordial´. A pesar de todo, seguí leyendo la columna y me encontré con otro hallazgo de la alta especulación metafísica ibérica: "Hay más hombres que mujeres que matan a sus parejas, pero es incomparable el número de hombres que se suicidan a continuación frente a lo insólito que resulta ese caso entre las esposas". Seguramente no lo habré entendido bien, como me suele pasar. No voy a ir a lo fácil y refutar lo que no creo con una barbaridad del estilo (p.e. "claro, es que las mujeres se suicidan antes de matar a su marido") Hasta aquí llevo 1029 palabras, que van a ir derechitas a esa gran masa que Google incesantemente procesa: Google 0,15 segundos liga de fútbol bicicleta estática primates inferiores postgrados Psicología altas horas de la noche sencilla tamaña oferta otoño miniaturas asignaturas pendientes cásate anglófonos poquillo downshifting 1069 B612 antípodas hallazgo rómanticamente. Y me voy a pensar en lo fácil que es amar a quien amamos. Que no tiene ningún mérito. Y me vuelvo al más fervientemente deseado de los silencios.
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Marta-R. Domínguez Senra
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