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| Ser anfibio |
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No sabemos todavía que se llama
mundo ni que nos llamamos bebé, no sabemos de ninguna frontera.
A ciegas sabemos de la fruición de nuestra boca por encontrar
alimento hasta que la piel se vaya convirtiendo en esponja para absorber
mimos, gestos y actitudes. El paso del tiempo nos aclara las cosas,
sus signos, sus metamorfosis, pero nuestro primerizo ego es puro impulso,
llamarada de necesidades. Sin mediar diálogo nos van indicando
sin pausa que lo espontáneo es inadecuado. El imperativo se impone
como voz de mando, no toques, estate quieto, calla, siéntate,
no molestes Nos hablan de educación cuando de
verdad son modelos de adoctrinamiento que caen como losas borrando las
tempranas huellas de nuestro autodescubrimiento. Hay poco margen para
el Ser que somos como poco tiempo para la escucha. El mundo, lo sabemos,
empuja cruel, pragmático, uniformando, por el bien de todos,
a todos. Antes nos encerraban a los seis años,
edad escolar, ahora con las mayores prisas nos guardan bien pequeños,
cuando apenas afloran dos ferocidades de leche. Cantando nos enseñan
las letras que luego se transformarán en deberes. Hay que saber
mucho con ese vocabulario para dar y recibir órdenes, para comprender
un mundo cada vez más hipercomplejo, dominar la terminología
de nuestro gremio superespecializado. El lenguaje se convierte en el
poder de mostrar pero simultáneamente en la habilidad de ocultar.
Al final las ideas habrá que venderlas. El lenguaje de la vida se parece al vuelo
de un pájaro, al gateo de un felino, pero el lenguaje del hombre
se infla en oposición a lo natural, en la certeza que la cultura
y la naturaleza no tienen raíces comunes que las alimenten, en
la prepotencia de que el hombre es superior al órden natural
del cual nació. Visto que su mente es más poderosa que
su cuerpo, y su palabra más certera que los mismos hechos. Pero de aquel otro lenguaje anfibio y fusional
que recorría las entrañas como ondas de una mayor sensibilidad
y que comprendía como la luz súbita del rayo las corazonadas
y las intuiciones, de ese protolenguaje sólo quedaron ecos, refugiado
en las voces de los sueños, cuando nos entreteníamos ensimismados
en cualquier insecto, cuando nos salía la heroicidad ante la
menor trifulca infantil. En esta confusión nos hallamos muchos
que al mirar al fondo oscuro de nosotros mismos no vemos nada. Castrados
en lo sutil sin la pericia de la introspección natural, nuestro
interior aparece estéril o abominable, algo de lo que escapar
o a lo que perseguir, y de hecho, para la sociedad es un cajón
de sastre o la misma caja de Pandora. Evidentemente es la sociedad que llevamos
dentro, que está introyectada, pero que se huele en las estructuras
políticas, religiosas y sociales, y que cuando se ha armado lo
suficiente de recursos, cuando ha "madurado" en intenciones
democráticas, y ha engrasado la máquina civilizadora nos
encierra a los locos en el manicomio, a los ancianos inservibles nos
pone en el asilo, a los criminales y revolucionarios nos clausura en
la cárcel, a los enfermos en hospitales blancos. Hasta la memoria
de los muertos olvidada en una esquela mortuoria y en un ataúd
dentro de una tumba en el cementerio. Orden ciego que quiere que en el mismo
momento los hombres estemos en las fábricas, los niños
en las escuelas y las mujeres en casa. Que en la vía pública
se respire orden, limpieza y normalidad. Esa normalidad que nadie sabe como es pero
que parasita en el ojo crítico que teme la diferencia. Una normalidad
que dictatorialmente encoge el alma de lo genuino que llevamos dentro
y se empobrece de la riqueza que supone un otro diferente con quien
dialogar, ¿podríamos decir amar?. Exorcizados la muerte, la deformidad, la
fealdad, la enfermedad, la misma espontaneidad y la locura, nos queda
la salvaguarda de nuestros valores y pertenencias, del honor y los sempiternos
tabúes, los intereses creados, los dioses sacralizados, la patria. Y hay a quien le parece excesivo esto,
cuando no se relaciona prosperidad con deuda del tercer mundo, especulación
financiera con hambrunas, democracia formal con corrupciones político-militares
consentidas por los países ricos. ¿Cómo no relacionar
empresas armamentísticas con guerras fronterizas generalizadas?.
¡Tantas cosas! que la fragmentación de los medios y la
saturación de la información no nos permiten asociar. Diríamos que éste es uno
de los problemas de la normalidad que no relaciona su impecable imagen
con la sombra nefasta que proyecta. En el sótano, humedo y enrarecido,
el animal de aguas cristalinas olvidado, cuando no reprimido, se tornó
deforme. Los bajos de la torre amurallada se convirtieron en laberinto
y en sus entresijos la bestia rugió. Ese animalito que tentó
tiernamente con su boca ansiosa de leche tibia clama venganza. Una vez reconocido al impostor que con
su ojo clarividente, cual faro cegador, deja en penumbras al resto,
es propio que la otredad que nos habita reclame compulsivamente su lugar
usurpado. Dicen que el ego se identifica con la función dominante
y que la mente, reina de las visiones y las cosmologías, lo alimenta.
El ego se corona lleno de ínfulas de grandiosidad creyéndose
firme, estable y permanente. ¿Cómo es que polarizamos
lo que somos y ponemos tantas fronteras entre el cuerpo y el alma, entre
lo que soy y lo que debo ser?. ¿Por qué la personalidad
se torna máscara olvidadiza de la globalidad que somos?. Pensando que la vida es sólo vida,
luz, vigilia, poder y reconocimiento, olvidamos que también es
muerte, error, imperfección, angustia e inseguridad. Se cierne
así el temor a la sombra, a lo informe, a la ambigüedad,
al terrible vacío. Nos asusta el riesgo de dejar de ser, devenir
en nada. Nos aterra que en el postrer momento, al perder las fuerzas,
la muerte diga la última palabra cuestionadora sobre aquellas
ruinas sobre las que edificamos nuestra efímera gloria. Sabemos que en la noche la bestia acecha
y las pesadillas encogen el corazón. También los equívocos
y los actos fallidos nos hacen tambalear. Los golpes, sin más,
de la vida dejan las heridas demasiado tiernas y el destino nos coge
desprevenidos justo donde más nos duele. Tal vez esto clarifique
por qué el ego se vuelve impermeable, por que se insensibiliza
tanto. Pero también el ego tiene sus guaridas.
La personalidad hace referencia a la máscara; máscara
que pretende amplificar eso que somos pues en el acto limpio de ser
a veces nos quedamos en silencio, sin voz ni modos para expresar nuestra
riqueza. Es por eso que nos asomamos al abismo hueco de la personalidad
para que nuestro grito tenga eco. La personalidad nos haría personas
si pudiéramos discriminar fácilmente la forma de la esencia.
Pues la máscara debe caer tarde o temprano como caen las hojas
de árboles caducos. Y es en nuestro otoño cuando la madurez
del ser pierde la avidez externa y se reconforta en lo más íntimo. También el carácter que es
mitad carne y mitad espíritu, nos recuerda que tenemos muchas
cosas grabadas con saliva y con sangre, fruto de nuestros condicionamientos.
No obstante también se percibe un aroma que traemos del otro
lado del mundo. El problema aparecerá una vez más
cuando nos encontremos con un ego sordo que cree que somos sólo
eso, la impronta que deja la vida en nosotros. Que únicamente
somos el cúmulo de instantes mal recordados sobre la percha de
nuestras ilusiones, sin llegarnos a preguntar siquiera, ¿quiénes
somos?, ¿quién realmente vive en nosotros?. Tendríamos que dudar del carácter
que no se reconoce en el destino que él mismo amasa con sus manos.
O de la neurosis que nos vuelve sordos a nuestras propias motivaciones.
Del yo que aliena obcecadamente todo lo ajeno. También habríamos
de dudar de la personalidad que enmascara en tantos momentos lo interno.
Personajes todos ellos de un mismo teatro de sombras. Si dijéramos, por cierto, que el
ego no existe nos tomarían por locos; si nos preguntaran qué
hay en el núcleo de uno mismo tendríamos que responder
que nada. Que el si mismo es una permanente relación con el mundo,
una red de redes tan acuosa como el agua, tan volátil como el
viento, tan intensa como el fuego que quema. Y esa relación permanente
se parece a la música que suena modulándose en cada estrofa
o al danzarín que se mantiene en equilibrio mientras hay movimiento. ¿Y el ego?, el ego tiene su cometido,
llevar el ritmo, ordenar las partituras, recordar los instantes precisos.
Facilitar el trueque con el exterior y recordar, muy importante, que
en esta música de la vida él no crea la melodía
pero ayuda a que las condiciones sean adecuadas. Los antiguos ya nos dijeron que el ser
humano llega a este mundo dormido y que la única religión
es la del despertar, como si la vigilia del alma fuera ese momento llamado
satori, samadhi o iluminación, aunque sería mejor olvidar
estas palabras, momento donde uno se descubre religado a todo lo que
existe. Otra vez aparece el animal anfibio pero ahora que toda la inmensidad
del mar por delante y con la libertad de emerger a la tierra digamos
de realidades. Nos dijeron que habíamos perdido
el paraíso y que tras el fino barniz de civilización que
respiramos se esconde un homo sapiens demens. Porque detrás de
la afirmación en las razones más poderosas que han movido
la historia se esconde un ser iracundo capaz de las torturas más
horrendas, de masacres y genocidios. Es como si la barbarie y la intolerancia
anidara en los fondos de la apisonadora que llamamos avance del progreso. Ese loco que teme quedarse solo y que para
sobrevivir elabora un mecanismo muy fino de adjudicación de la
culpa, expoliando sus fantasmas fuera, ese loco tiene que volverse sabio. Gran parte de lo que se ha llamado filosofía
perenne se basa en cómo destronar a ese loco bravucón
y engreído. Para ello tendrá que perder la inocencia pues
así como la historia se ha reafirmado sobre la sangre de la conquista
y la aniquilación de los otros, también nuestra biografía
se teje sobre la aniquilación de lo sensible, la muerte del espíritu,
tenida como necesaria para soportar el impacto atroz de la vida. Perder la inocencia para recuperar la inocencia. Paradoja que encierra la verdad de nuestro niño interno. Y es que se trata de eso, conscientes de la fugacidad de la vida, de la presencia omnipotente de la muerte, la futilidad de nuestros sueños y la impotencia de nuestros actos, soltar una enorme y sonora carcajada.
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Julián Peragón |
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