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¿Hay alguien ahí?
 

 

Propongo a un grupo una de las técnicas más emblemáticas de la Gestalt, el "continuum de conciencia" centrado en los estímulos internos. Consiste en que la persona retire su atención del exterior y la dirija hacia ella misma; "de la piel hacia dentro", podríamos decir. De esa manera podrá darse cuenta de las sensaciones que le van llegando de sí misma.

Así explicado no parece difícil. La atención externa es algo natural para el ser humano. Podríamos imaginar entonces que la atención interna nos es igual de familiar.

Pues bien ¿Qué pasó en ese grupo?

Algo muy similar a muchos otros donde he propuesto la misma técnica. De entrado se produce un clima de desconcierto "Que hay que hacer ¿qué?". Puestos a la tarea, en muchas ocasiones el desconcierto inicial se transforma en incomodidad y tensión que se libera a través de risas y parloteo. Algunas personas deciden no intentarlo siquiera y otras llegan a descalificar la experiencia sin más.

Finalizada la propuesta, la impresión suele ser unánime: "poner atención en uno mismo es difícil, incómodo, necesita de condiciones especiales que lo posibiliten y cuando uno consigue hacerlo, lo lleva a cabo de forma repetitiva y superficial". Analizado el proceso, aparecen grandes lagunas. Muchos estímulos físicos y pensamientos ¿De las emociones? Ni se sabe.

Vivimos en una cultura abocada a la acción y a la producción, lo que nos ha conducido a fijar la atención en el exterior. No hemos entrenado la atención en general, pero además, hemos ignorado nuestro interior totalmente. Nos hemos hecho expertos observadores del mundo y del universo, pero nunca nos preguntamos ¿quién es? ¿qué es, eso que está observando?

Eso es lo que yo suelo contar, pero en esta ocasión, una de las participantes en el grupo hizo una aportación fundamental: "Es que mirarse supone un esfuerzo". Y con eso, creo yo que "puso el dedo en la llaga". Existir como un ser consciente supone una inversión de energía. La conciencia requiere atención, y la atención supone una activación del organismo, lo cual conlleva una mayor inversión de energía.

¿No estaremos encontrándonos aquí con la piedra de toque entre lo que las filosofías orientales llaman vivir "despiertos" o vivir "dormidos"?

En nuestra experiencia cotidiana estamos acostumbrados a transitar por dos estados de conciencia: 1- El sueño y 2- el de vigilia. El primero, entre otras funciones, precisamente por su gasto mínimo de energía nos ayuda a recuperarnos del segundo.

Sin embargo, no es tan simple. También hemos experimentado las transiciones entre esos dos estados: El momento de adormecerse, cuando el organismo ya se ha relajado y empiezan a surgir imágenes oníricas de las que aún somos conscientes. A este estado nos referimos al hablar de "duermevela". En otras ocasiones vivimos un estado de vigilia incompleto en el que, a pesar de estar despiertos, no hemos podido abandonar del todo el sueño. Hacerlo implica un esfuerzo que solemos substituir con la ingestión de sustancias excitantes como el café. Al referirnos a este estado, hablamos de "sopor"

Sabemos pues que nuestra vida transcurre desde diferentes grados de conciencia aunque nos identificamos con el estado vigil porque en él somos más conscientes de nosotros mismo y podemos dirigir nuestras acciones.

Esto que he descrito parece un hecho sencillo y universalmente asumido. No nos paramos a reflexionar mucho sobre el tema, no tiene mucha importancia. Pero ¿Realmente no la tiene?

Imaginemos qué pasaría si descubriésemos que toda nuestra vida nos la hemos pasado viviendo en un semisueño. Que nuestros temores y deseos, dolores y gozo, no tienen más realidad que los de nuestras imágenes oníricas ¿Cómo contemplaríamos nuestra vida desde ese descubrimiento?

Pero prosigamos con lo que es parte de nuestro conocimiento cotidiano. Sabemos también que podemos actuar con grados de conciencia más bajos aún que el del estado de sopor. Me refiero a los estados hipnóticos. He aquí otro estado de conciencia que, aunque no lo vivamos cotidianamente, sí es ampliamente conocido.
Pues bien, en el otro lado de la escala ¿Quién no ha vivido en alguna ocasión un estado de vigilia que va más allá de lo habitual? Cuando sucede, lo describimos como haber estado "lúcidos", habernos sentido "más vivos", haber percibido con mucha mayor intensidad. Puede que no lo recordemos; de niños todos hemos vivido esos estados. Cuando lo recordamos o lo experimentamos como adultos, ese momento queda archivado en nuestra memoria como algo muy especial. Son los "momentos cumbre" a los que hace referencia A. Maslow en sus obras.

No hace mucho, alguien me contaba como, después de recibir un diagnóstico que descartaba los peores presagios; empezó a percibir los colores y las formas del entorno con mucha más nitidez e intensidad y a él mismo existiendo con mucha mayor claridad.

En esos grupos a los que he hecho referencia al principio de este artículo, diversas personas han compartido experiencias similares que luego les dejaron un rastro de profunda tranquilidad y alegría.

Será imborrable para mí un paseo por un bosque después de tomar una decisión tremendamente difícil y que me obligó a involucrarme totalmente. La atmósfera se hizo mucho más nítida. Podía distinguir cada tronco, cada hoja, cada matiz de color. Parecía que la luz se hubiese intensificado y que la perspectiva entre los árboles hubiese adquirido mucha más profundidad. Yo caminaba entre toda aquella belleza percibiéndome totalmente, sin fisuras ni divisiones, sintiéndome existir y ser entera.

En ocasiones es un encuentro con el otro. El enamoramiento es el gran "descorchador" temporal de ese estado. Otras veces es una situación crítica: un accidente, una noticia que nos golpea inesperadamente, una enfermedad. También se produce a través de la contemplación de la belleza: Un paisaje especial, una música sublime… Las circunstancias que pueden desencadenar ese estado más "despierto", son múltiples. Si durante su transcurso nos da tiempos a contemplar nuestra vida cotidiana, nos sorprende descubrir la percepción que de ella nos llega. Nos vemos apagados, grises, moviéndonos como autómatas, dormidos.

Pero como la inmensa mayoría de la población funciona así, como no tenemos referentes, y además, como no tenemos nada claro si podríamos seguir controlando nuestra vida tan segura y predecible hasta el momento; entonces decidimos archivar la experiencia en un rinconcito especial de nuestro cerebro -en el mejor de los casos- o olvidarla para siempre, no sea que vayan a creer que soy "uno de esos locos volados". Volvemos así a nuestras rutinas, nuestra "vigilia ligth", nuestro aburrimiento más o menos encubierto, nuestros espacios estrechos, y todos esos proyectos y problemas tan grandes y la mayoría imaginarios.

Pasamos a vivir de nuevo como semi-sonámbulos, percibiendo de nuestro entorno lo mínimo para caminar sin pegarnos golpes -cosa que no siempre conseguimos- y, por supuesto, sin registrar en absoluto nuestro propio sentimiento de existir
Y si no, piensa: ¿Cuántas veces has transitado de un lugar a otro sin recordar ni remotamente lo que había entre los dos lugares? O peor. ¿Cuántas veces te has dirigido automáticamente hacia un lugar cuando en realidad querías ir a otro? ¿En cuántas ocasiones has perdido un objeto que hace un instante tenías en la mano? ¿Y en cuántas ese objeto continúa encima de tí o justo delante de tus narices? ¿Cuántas veces te ha pasado alguien por delante sin verlo, te han estado hablando sin que hayas captado ni una palabra, o te has "despertado" de golpe con la sensación de que te habías ido pero sin tener ni idea de adonde? ¿Dónde estamos en esos momentos? ¿Y dónde estamos la mayor parte del tiempo de nuestra vida? ¿No te intriga ni un poquito saberlo?

Existe un método fantástico para averiguarlo. Elige una señal: la campana de una iglesia, un semáforo en rojo, el timbre del teléfono, los señores calvos que se te crucen por la calle… Cada vez que te encuentres con la señal, pregúntate donde estaba tu atención en ese instante y qué grado de conciencia tenías del lugar donde estabas, de lo que estabas haciendo y de tí mismo. Te recomiendo la experiencia. Practicada el tiempo suficiente, puede aportar unos resultados aplastantes.

Mi maestro en estas cosas le llama al estado en que estamos en esos momentos "estar muerto". La sabiduría popular, que realmente es sabia, habla de "tiempos muertos". Y si realmente definimos el estar vivo, no sólo como la realización de nuestras funciones fisiológicas y nuestras acciones en el mundo, sino como la percepción de nuestra propia existencia; llegaremos a la conclusión de que el saldo de vida que queda de descontar todos esos "tiempos muertos" es bien exiguo.
Resumiendo. Resulta que:

- Lo que en principio eran dos estados de conciencia: sueño y vigilia, se convierte en un amplio espectro de estados que pueden oscilar según su grado de lucidez, por debajo del sueño y por encima del de vigilia en una amplitud que en esta cultura desconocemos.

- Ese estado con el que nos identificamos y en el que nos creemos despiertos, visto desde una perspectiva más amplia se nos muestra como un estado de semiletargo en su mayor parte.

- El ser humano tiene capacidad de vivir estados de mucha mayor lucidez que la vigilia cotidiana. Cuando los vivimos eso nos produce un gran placer al descubrir que es en ellos donde nos sentimos realmente existiendo

- Anhelamos intensamente esos estados y los buscamos desesperadamente a través del amor, el sexo, el consumos de drogas, de comida, estimulantes y objetos, de novelas y televisión, de deportes de riesgo…

- Y por último resulta que, en último término y aún desde la mente más radicalmente racionalista, podemos suponer, dados sus efectos, que la finalidad última de nacer debe de ser existir. Y ya que tenemos el raro privilegio de ser seres conscientes, quizás podamos inferir que esto último también debe servir para algo.

¿Cómo puede ser entonces que tan fácilmente nos olvidemos de todo ello?
Aquí volvemos al punto de partida de este artículo. La conciencia supone esfuerzo, activación, movilización de energía. Resulta que no basta nacer para estar vivo. Se requiere de una opción consciente de querer hacerlo y de el ejercicio activo de esa decisión. La vida es un regalo que nos llega caído del cielo, pero en nuestras manos está el ejercitarla o el irnos quedando lentamente aletargados para ir cayendo dulcemente ¿hasta la demencia senil?


 

Carmen Vázquez 
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