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El punto de partida es precisamente este momento, este
ahora para cada uno de nosotros. Un aquí y no un
allí, un ahora y no un antes o después,
es decir, nuestra realidad sin maquillaje ni fantasía.
Aunque, a decir verdad, para la mayoría de nosotros
el punto de partida es precisamente la dificultad de saber
en qué punto nos encontramos.
Por así decir, hemos perdido el mapa y primero
hemos de encontrarlo antes de empezar a caminar. Sin brújula
iremos desorientados, sin mapa no sabremos desde dónde
marcar el itinerario, sin un equipo adecuado no llegaremos
lejos. No está mal reconocer que ese punto de partida
es exactamente una cierta confusión o desorientación,
una mayor o menor irrealidad en nuestro proyecto vital
o un nivel de sufrimiento más o menos camuflado.
Reconocer esto es realmente un paso de gigante en nuestro
crecimiento personal.
Todos hemos pasado, y seguimos pasando, por la etapa de
“la inconsciencia de la inconsciencia” donde
atados a la rueda de la vida somos arrastrados por las
circunstancias, persiguiendo la suerte o evitando la desdicha,
fascinados por la zanahoria como ideal inalcanzable que
tenemos delante o temerosos del castigo del palo ejemplificado
como nuestras evitaciones, en definitiva, empujados por
el deseo o golpeados por el destino. Etapa inconsciente
donde no hay una clara conexión entre motivaciones
y circunstancias, acciones y reacciones, deseos y resistencias,
donde un mundo interno va a la deriva y otro externo es
despojado de toda medida.
Sea como sea, uno se da cuenta que el sufrimiento no es
un castigo de dioses o un revés ciego del porvenir
sino que tiene unas raíces. Darse cuenta es entrar
en la etapa de “la consciencia de la inconsciencia”,
algo así como mirar debajo de la alfombra o sacar
a la luz lo que habíamos guardado en el armario.
Mirar de pleno nuestras compulsiones no es precisamente
una alegría. Ver nuestras dependencias o reconocer
nuestros autoengaños nos produce temor. Llevar
la mano de la conciencia a la espalda y encontrarnos con
una cola de diablo (imagen que nos da el esoterismo) no
es nada consolador.
La sombra que nos habita (hablando en términos
junguianos) es inmensa pero lo terrible no es su oscuridad
sino nuestra fantasía acerca de ella. La sombra
es amenazadora porque diluye las fronteras de ese personaje
social que hemos construido y con el que nos identificamos.
Pero en realidad la sombra es el verdadero aliado que
nos susurra que somos mucho más de lo que imaginábamos,
que las fronteras entre uno y el otro y con el mundo son
puro miedo a disolvernos. La sombra nos recuerda que el
misterio no puede ser amordazado, reprimido o negado,
pues tarde o temprano "eso" que hemos olvidado
o marginado de nosotros mismos tomará su propia
venganza.
El mito nos recuerda que el monstruo encerrado en el laberinto
reclama el sacrificio de jóvenes inocentes periódicamente.
Esa sangría inhumana sólo se puede parar
entrando en el laberinto y matando al monstruo contrahecho
de cabeza de toro y cuerpo humano. Un engendro que insinúa
que “algo” perverso ha cambiado el orden natural.
Después el mito nos recordará sabiamente
que sólo el amor podrá restablecer el orden
perdido.
Atravesar el laberinto es hacerse cargo de la propia sombra,
de los meandros por donde circula nuestra mentira, de
la cárcel que impone nuestro poder. Y sólo
la búsqueda de la verdad nos acercará al
centro, a un encuentro cara a cara con la otredad que
nos vive, disfrazada de ferocidad pero que en el fondo
es la máscara contrariada de nuestra inocencia.
Cuando uno reconoce que sí, soy egoísta,
sí, soy manipulador, sí, camuflo mis intenciones,
sí, quiero poder a toda costa, sí, hago
un cálculo en el amor, sí, me creo superior
y mejor que los demás, sí, sí, sí,
entonces, paradójicamente, se abre la puerta del
cielo. No sólo porque el camino al infierno esté
empedrado de buenas intenciones, es que la virtud sino
es un gesto espontáneo es en realidad una tapadera
de nuestra sombra.
El primer paso hacia la virtud no es un movimiento de
elevación sino de descenso. El árbol debe
profundizar en sus raíces si quiere airear sus
ramas en el cielo. Tenemos que desenmascarar al ego, bucear
en la sombra hasta desactivar el mecanismo involuntario
de defensa ante un dolor muy viejo, un sufrimiento no
aceptado ante la carencia, la incompletitud, la falta
de amor, la certeza de la muerte.
Desactivar el mecanismo automático que llamamos
neurosis es, por fin, aceptar lo real, la vida y la muerte,
el placer y el dolor, el encuentro y la despedida. Aceptar
que nuestro control es muy limitado, que en nuestra decisiones
decidimos más bien poco, que al amor no sólo
nos enfrentamos con grandeza sino con especulación.
Comprender que no estamos seguros de casi nada, que hemos
aceptado como bobos muchas verdades que en el fondo no
son más que rumores, consignas de una sociedad
uniformadora y coercitiva.
Justo cuando uno ha tocado fondo, cuando la máscara
se ha resquebrajado, el batiscafo de nuestra consciencia
toma impulso de elevación. Porque en la sombra
también habita en nuestra locura creativa, nuestra
originalidad, nuestro coraje, nuestra rebeldía
ante una nueva imposición, nuestra capacidad de
entusiasmo y apasionamiento. En la sombra descubrimos
que no somos normales porque el alma y su proceso son
únicos e irrepetibles, que a pesar de algunos condicionamientos
transmitidos por nuestros padres y educadores hay una
chispa de lucidez que sabe reconocer lo esencial, una
intuición que acierta con el camino a seguir.
Qué paradoja, en la sombra descubrimos que también
está la luz. Vivimos en la penumbra del ser porque
el miedo a la muerte es simultáneamente un miedo
a la vida. El miedo a la sombra es un temor a la luz,
o dicho en otras palabras, la sombra es la resistencia
a la luz cuyo brillo destapa nuestros asideros de la dependencia,
una luz que tememos que nos desvele, vulnerables, inocentes.
inseguros, con conciencia de la culpabilidad y, como no,
mortales. Aunque en el fondo esa luz, luz de la consciencia,
nos recuerde que en nuestra esencia somos inmortales.
Ahora bien, ¿quién quiere cargar desde la
tímida conciencia oral con el peso infinito de
la inmortalidad? Por eso decimos que la sombra es la resitencia
a la luz, y en últimas, no existe como tal. No
es más que luz condensada, energía bloqueada,
atención dispersa. Basta la llama de una vela para
disolver toda la oscuridad de una habitación, basta
un darse cuenta para que el proceso de deshielo se inicie,
para que el síntoma no tenga donde agarrarse para
mostrar su enfermedad.
Decíamos de pequeños, ¿quién
se atreve a pasar por el pasillo oscuro?. Y ¿quién,
de nosotros, quiere atravesar el túnel de nuestros
miedos?. De entrada, nadie, a menos que uno conecte con
"algo" mayor que le empuje a dar el primer paso.
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