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Una visión del viejo y el nuevo mundo
 

 


El viejo y el nuevo mundo conviven en esta época, al igual que el padre y el hijo lo hacen durante algún tiempo, siendo lo natural, que el hijo releve al padre y se convierta en su cuidador.

En el viejo mundo las miradas se cruzan, a veces y las personas duermen en un antiguo sueño de victorias y derrotas. La inercia y la rutina forman parte de un presente virtual, ilusorio e irreal. Pasos mecánicos son dados a medio camino entre un suelo antaño fértil... ahora gastado y cubierto bajo un espeso y rígido asfalto. A medio camino también, de un cielo alejado de las esperanzas y utopías que nos mueven, anhelado y al mismo tiempo temido por ser infinito, por desconocido, por ser inabarcable por los sentidos ordinarios. Con pasos de miedo, suspicacia y recelo, compiten constantemente con otros pasos, con otros pies, enfundados en calzados que antes de ser gastados, son reemplazados por otros a estrenar...

La cultura “del mejor”, de lo que sea, pero el mejor, de la especialización, de la competitividad, del yo por encima del tú, del nosotros... Una sociedad en decadencia, que ha olvidado sus raíces, que no tiene ni sentido, ni dirección. Envejecida por muchos años de desgaste social, comercial y hasta espiritual. Surcada por profundas arrugas en forma de fronteras, que nos separan y nos hacen seres extraños los unos para los otros, aun estando hechos de lo mismo. Un seguir apostando por el continente, por la “arma-dura”, por la perfecta estructura que se ve... y olvidar que un día olvidamos su contenido, el alma de esta sociedad... el corazón que bombea por dentro, sin ser visto, la esencia de lo que somos... antes, ahora... mañana.

Un viejo mundo que debe renacer de sus cenizas como un ave fénix que vuelve a alzar su vuelo en dirección a la luz del sol del nuevo mundo. ¡Y lo vamos a conseguir!... ya lo estamos consiguiendo. Cada vez son más los que dejan de intentar cambiar y mejorar el mundo desde la acción sin conciencia y vuelven la mirada hacia ellos mismos, para quitarse peso, para vaciarse de esas piedras heredadas y asumidas como propias, para desde ese volver al origen, pasar a la acción que sirve para la verdadera revolución: la evolución de nuestras conciencias en este nuevo mundo, que golpea con fuerza la puerta de nuestros castillos. Un nuevo mundo que tiene los ojos bien abiertos, al cielo y a la tierra, despiertos al regalo de un presente vivido con pasión y entusiasmo.

Lo auténtico de lo que es, se despliega en sus extremos... luces y sombras, buenos y malos, riqueza y pobreza. Extremos que conviven a veces en unión y otras en lucha. Sociedades donde el instinto predomina y se expresa sin complejos, como un río de fuerte corriente y sin presas, que fluye siempre hacia delante, hasta que llega al mar, antes o después, con el que se une. Después, es absorbido por el cielo, que llorado por el mismo, volverá a la tierra para iniciar un nuevo ciclo de vida líquida.

Un nuevo mundo que es ejemplo en su esencia, en lo profundo de su vital aliento, una orientación, una dirección que guía los pasos de los que fuimos arrancados de raíz de nuestra necesaria y alimenticia tierra, perdiendo de este modo la capacidad para amar, a nosotros mismos, a los otros... a la vida.

El hijo que supera al padre, en claridad y fuerza. Un padre que empieza a perder la cabeza, que chochea, que habla palabras con los pies en la cabeza y escucha otras con la cabeza en los pies. Un padre que heredó un valioso legado de su padre romano, de su abuelo griego, de su bisabuelo egipcio... y así hasta quien sabe...y que ahora transmite a su hijo latino, joven y con energía desbordante. Un conocimiento adquirido y acumulado durante siglos, que necesita ser liberado y entregado, para que de esta manera, la rueda de la vida continúe su viaje.

 

 

Jaume Xicola 
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