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Los Rostros
 

Nadie ha visto nunca directamente su propia cara y por eso, desde que existen los espejos, éstos han simbolizado la capacidad escrutadora del Espíritu, el reconocimiento de la propia identidad, la serenidad absoluta o la sabiduría suprema. No en vano se dice especular a partir del latín speculum, o sea pensar, escrutar, analizar quién es uno y cómo evoluciona a partir de la reflexión, que es lo que realiza desde su peculiar óptica el espejo. A su vez, el rostro humano mismo es un espejo para otro rostro. Como dijo Antonio Machado: ´´Tu ojo no es ojo porque ve sino porque te ve.´´ Mirándonos unos a otros sabemos, a simple vista, más de lo que pueden expresar nuestras palabras. Hervé d´Olivet, un fisionomista del siglo XVIII, anotó que: "Nuestro rostro envejece más rápidamente que nuestra nuca, pero al mismo tiempo revela todo lo que el tiempo y la madurez le han hecho comprender. La emoción de vivir aún, el dolor de haber perdido algo amado, la alegría de respirar. El temor de no ser querido. Nuestro rostro es nuestra historia en líneas, arrugas y rictus.´´ El llamado Siglo de las Luces agregaría a la tradicional división aristotélica de los cuatro temperamentos y sus morfologías faciales, las de las diferentes razas y culturas, reparando por vez primera en cuán diferentes pueden ser las consideraciones culturales sobre una nariz o una boca.

Los místicos de casi todas las tradiciones sostienen que el rostro humano sólo es visto en su totalidad expresiva por Dios, por el Creador, e incluso existe un koan japonés, muy enigmático por cierto, que se pregunta qué rostro teníamos antes de nacer, como si fuera posible imaginar uno diferente a la sucesión de los que ya hemos, a lo largo de nuestra edad, tenido. En la respuesta a esa pregunta se supone que el discípulo budista comprenderá, tarde o temprano, que el rostro aludido es el del universo entero. Algo por completo transpersonal y anónimo, mientras que el rostro que posee cada uno de nosotros, personal y único, exclusivo, intransferible e identificable, constituirá en sí mismo la marca de agua de la persona. Aquello que lo diferenciará de lo demás. Al mismo tiempo, cuando se descubre que persona significaba, en su origen, en el lenguaje del teatro, la máscara del actor, inmediatamente se comprende que nuestra cara es eso, una forma expresiva, una relieve debajo del cual es posible desenmascarar a su poseedor. Occidente, poco afecto a las máscaras si se exceptúan las de Carnaval, ha optado por el realismo fotográfico y en los últimos decenios por el lifting facial, ansioso quizá, como un Dorian Grey inquieto, por tener siempre la misma apariencia. La vejez no acaba de gustarnos y nuestros cánones de belleza siguen siendo, grosso modo, todavía grecolatinos.

Recogiendo una tradición anterior a él, el filósofo Aristóteles sostuvo que la familia humana se dividía en cuatro grupos temperamentales: los sanguíneos, los coléricos, los flemáticos y los melancólicos, los cuales, a su vez, presentaban en la cabeza y la cara una particular tendencia geométrica. (1). Así, por ejemplo, los sanguíneos tienden más al cuadrado, los rubicundos coléricos al círculo y los flemáticos y melancólicos al triángulo. Ya los presocráticos habían insinuado que el carácter de la gente se medía por la proporción de agua, fuego o aire que su morfología física fuera capaz de revelar. Por otra parte, y a su modo, también los chinos desarrollaron su propia fisionómica o arte de interpretar las caras de la gente, llegando a la conclusión de que no solamente se corresponde, nuestra faz, con determinadas figuras geométricas, sino que también hay rostros (2) con aspecto de montaña, de árbol, de jade, de hierro o de luna. Los cuales, obviamente, no escaparían al grupo elemental en el que, por su lugar de formación, se hallan inscritos. Por ejemplo, una cara-jade, oval, más larga que ancha, nos hablaría de una personalidad soñadora pero al mismo tiempo de una rara, fría y exquisita belleza mineral. Aquel o aquella cuyo rostro aludiera a una montaña sería, como ésta, inamovible en sus juicios o creencias, conservadora, pero también persistente y acogedora. En el Siang Mien, que así se denomina en chino el tratado más antiguo sobre los secretos de la cara humana, por haber hasta hay rostros de muro, de rama torcida y de pájaro.

En la cara de muro, más ancha que alta y cuyo perfil, al tener la nariz pequeña, posee pocos relieves distintivos, los chinos ven un carácter intransigente, digno del mejor guardaespaldas, por ejemplo, la máscara viva de alguien constante, leal, fuerte pero en definitiva obediente y de casi ninguna iniciativa propia. El rostro de rama torcida, por su lado, nos estaría hablando, nariz mediante, de una persona imprevisible, malhumorada, tragicómica y hasta hipocondríaca. Sin embargo, todas estas generalizaciones, importantes para el médico y para el psicólogo, sólo constituyen datos periféricos a tener en cuenta cuando se quiere estudiar a un ser humano, el cual siempre acabará por sorprendernos por su facilidad para el cambio y el disimulo. Una buena cara de pájaro, como las de los intelectuales Cocteau o Rilke, por ejemplo, es síntoma de que su dueña o dueño padece manía poética, es evasivo y rápido, de huesos finos y en muchos casos frágiles. Aquí, como en la astrología, las estadísticas mandan, y tanto los temperamentos como su aludida geometría funcionan a nivel arquetípico, de donde es preciso evitar el prejuicio de juzgar a una persona por la mera apariencia de su cara. Si sabemos todas estas cosas, entonces, es porque a lo largo y ancho de siglos de observación determinadas constantes morfológicas nos permiten inferir conductas y vocaciones. Decía Paul Válery, el extraordinario poeta y ensayista francés, respecto del ser humano: ´´Levántale la piel y te encontrarás la máquina´´, queriendo significar con ello que es precisamente nuestra preciosa y dúctil envoltura, que se abre y cierra de manera singular por el rostro, lo único que nos separa del mero reino de la fisicoquímica.

En hebreo bíblico y por extensión también en el moderno, panim, rostro, es una palabra plural, lo bastante ancha y móvil como para incluir todas las expresiones, mutaciones, desplantes y énfasis que una cara humana puede asumir durante todos los días de su vida. Como herencia de ello la tradición judía, en concreto la jasídica, sostiene que los seres humanos nacemos con alguna de las características del Tetramorfos- esa misteriosa figura que está hecha de águila, león, buey o ángel y que aparece en el libro de Ezequiel-, poseedores de unos rasgos simbólicos más marcados que otros. Siendo, como es, el águila, una criatura del aire, y el buey de tierra, nos hallamos otra vez ante ese monstruo del saber que fue el griego Aristóteles. Para una medicina como la que despliega el Ayurveda, con su teoría de los vientos, los organismos humanos se clasifican por determinadas tendencias que, a su vez, proclaman sus compatibilidades e incompatibilidades alimenticias. Existen para este saber oriental(3)tres tipos constitucionales microcósmicos básicos, que se corresponden con tres tipos macrocósmicos básicos de clima: árido o vata, tórrido o pitta y húmedo o kapha. Se trata de un sistema de filtros clasificatorios que bien empleados en el diagnóstico permiten orientar al médico respecto de cómo, una determinada persona, hace buen o mal uso de su energía y cómo se adapta, en consecuencia, su materia a tal comportamiento. Aunque distinto del occidental, este sistema de pensamiento no se aleja demasiado del fuego, el aire o el agua.

Cuando en la década del cincuenta el filósofo e historiador de la ciencia Gastón Bachelard esbozó su teoría de las cuatro imaginaciones-la área, la acuática, la ígnea y la terrestre-, apelando, para ello, a las vidas y obras de famosos poetas y escritores, no sólo prolongaba a Aristóteles sino que, además, redescubría una verdad más vieja que los sueños: la que sostiene que cada uno de nosotros escoge símbolos e imágenes que definen, hasta cierto punto, el elemento predominante que lo que caracteriza. Proyectamos, pues, lo que esencialmente somos, y somos algo que no es separable de nuestra morfología. Nadie puede, por ello, imaginar un Don Quijote gordo y un Sancho Panza flaco. ¡Tan simple y a la vez tan complejo como eso! Y no sólo entre nosotros se ha pretendido ´´clasificar´´ a las personas según su rostro o tipología orgánica. Hay en el Islam y en Japón, en la Persia clásica y en otras muchas culturas reflexiones sobre el por qué de la diversidad formal de los seres. Y es que más allá del dimorfismo sexual unos nacen con rostros alargados, rostros que aman los ascensos y las cumbres como las llamas del fuego, y otros tienen cabezas rudas y cuadradas, cosa que les hace hábiles en tierra, en concreto mediante sus pies. Constrúyase un retrato robot de un futbolista y veremos aparecer lo que el chino Siang Mien llama cara de árbol o cara de muro, entidades ambas que enraízan bien en el suelo.

Debemos nuestra palabra cara al griego kára, que en principio significaba parte superior, cumbre, extremidad, borde, y que con el tiempo pasó a señalar sólo el rostro humano y más tarde a la persona entera. Los griegos fueron los primeros "naturalistas" que en su escultura representaron la cara humana idealizada y a su juicio perfecta, y es por esa razón que, alejándose de la estética de las estatuas, Aristóteles pudo mirar y observar en sus contemporáneos los modos de operar de los rostros de agua-luna o aire-sol, articulando luego los principios de la fisionomía o arte de interpretar la apariencia de una cara según fuera la correspondencia de sus partes más relevantes con los cuatro elementos del cosmos. Entre los chinos será la faz entera o lien lierh, la que, a diferencia del criterio de Jesús sobre los ojos como ventanas del alma, revele no sólo la personalidad de su poseedor sino incluso su destino total. Su ser más profundo e integral. Hasta los lunares, su forma y ubicación eran para los sabios orientales signos a tener en cuenta cuando se juzgaba a un ser. El vello facial, por ejemplo, claro signo terrestre, agregaba a un rostro de jade una dimensión boscosa, una mayor densidad de carácter. En lo que a los rostros con tendencia al círculo y por ello en correspondencia con el aire respecta, tanto para nosotros como para los chinos son mejores en la mujer que en el hombre y al revés: un conformación cuadrangular es, en una fémina, vista como un rasgo inequívoco de masculinidad. Cuando predomina el triángulo y la mandíbula es pequeña, la ideación es grande y la tendencia al ensueño mayor. Esas son las caras del elemento fuego, evanescentes, irascibles, díscolas. En los rostros acuáticos sobresalen los ojos y los carrillos. Sus poseedores o dueños aman la noche, les gusta estar bien hidratados, se emocionan con facilidad y son extremadamente susceptibles.

De los cuatro elementos dos bajan-agua y tierra-y dos suben-aire y fuego-, e igualmente esas tendencias se verán reflejadas en los seres humanos que respondan más intensamente a unos elementos que a otros. Al mismo tiempo, una cara cuadrada será más estable de carácter que una redonda, y una triangular más idealista que aquella que muestre apariencia de muro o que sea apaisada. Lo que es el triángulo al mundo de la relación-tesis, antítesis y síntesis, o yo, tú y él-, es el rostro en el que predomina esa forma en el plano social: un diplomático nato, un relaciones públicas, alguien con gran carisma. Hesse, un fisionomista suizo, afinó aún más este curioso saber formal al establecer tres tipos humanos básicos: el muscular, el nutricio y el sensible, ligados, a su vez, el primero al cuadrado, el segundo al círculo y el tercero al triángulo. Sostuvo que si bien ninguno de nosotros era un muscular puro o un nutricio absoluto, en cada ser humano tenía preeminencia, desde el vientre materno, una de las tres hojas embrionarias que lo originaron: el endodermo, el mesodermo y el ectodermo. Si prevalecía el mesodermo, pongamos por caso, responsable del tejido conjuntivo, el óseo, el cartilaginoso y el muscular, el individuo en cuestión tenía más tendencia al cuadrado, a la firmeza de carácter, pero también a realizar trabajos subalternos. Si, en cambio, prevalecía la hoja llamada ectodermo en la constitución de un tipo humano, entonces tenía preeminencia en él el sistema nervioso y su dueño tendería a mostrar un rostro afinado, sería más sensible de lo habitual y amaría todo lo nuevo, pero también buscaría la soledad y al aislamiento.

Bachelard cartografió como acuática la imaginación de Edgar Allan Poe y lo cierto es que éste era alcohólico y lunático. Una personalidad como la que de Jesús exhiben los Evangelios, nos permite inferir que su tipología debía de ser más ígnea que terrena, más aérea que acuática. Por lo tanto, y si es verdad que algunos elementos suben y otros bajan, habiendo ascendido al cielo tal como sugiere la teología, aquel que trajo el fuego a los hombres así como el Bautista el agua, es más probable que tuviese un rostro triangular que uno cuadrado o redondo. Resulta aleccionador constatar que sólo hay un tipo de círculo y un tipo de cuadrado, en tanto que hay diferentes triángulos, lo que haría de los poseedores de esa clase de rostro personas más oscilantes e inestables que el resto. Naturalmente que para ser un buen fisionomista también hay que fijarse en la forma de la boca y de la nariz, la cual, en tanto que símbolo de sensibilidad para los occidentales, lo es de riqueza para los chinos. Puestos a precisar, las cejas, las pestañas, el color de los ojos, todo es revelador del temperamento y eventualmente de lo que el destino puede deparar a un ser que encarna tales o cuales formas. En la India aún hoy dicen que un rostro redondo es como un huevo de gallina(4), y que como ésta su poseedora es doméstica, poco agresiva y miedosa, pero también productiva, nutricia. Hay caras con aspecto de hoja de betel, de fina barbilla y ojos almendrados. Puestos a comparar, los hindúes ven en las cejas hojas que oscilan bajo la brisa de la emoción, en los ojos pájaros como el aguzanieves o bien miradas de ciervo, aspecto de loto cerrado o de pez. Y por lo mismo terrestres o acuáticas. El por qué sus sabios han observado analogías entre las orejas y los buitres resulta francamente incomprensible. En cuanto las narices, las hay, para las gentes de Calcuta y Benarés, con forma de flor de sésamo o de loro, y también hay labios de buganvilia, barbillas de hueso de mango o lóbulos en forma de dátil. Torsos que deben corresponderse con el morro de la vaca y cinturas femeninas que responden al reloj de arena. Todo está en todo, tal y como puede apreciarse, pero mientras los chinos se esfuerzan por derivar del aspecto de una cara la fortuna que le corresponde, es decir su mayor o menor éxito social, los hindúes aspiran a que sus hijos e hijas respondan a una estética de corte mitológico, en una palabra que se asemejen a sus dioses por las mejillas o los hombros.

El rostro humano nunca es tan humano como cuando-al decir del ya citado Aristóteles-sonríe por vez primera su madre a los cuarenta o cincuenta días de vida. Antes es simplemente una máscara enigmática, un pasa tierna y arrugada. En el otro extremo, y para referirse a las formas de morir, los guaraníes dicen que quien muere con una sonrisa en los labios va, en el otro mundo, directamente a la fiesta del sol.

 

Mario Satz
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Mario Satz. www.mariosatz.com

(1)Fritz Lange: El lenguaje del rostro, Biblioteca Universal Miracle, Barcelona 1975
(2)Lailan Young: Siang Mien, método chino de interpretar el rostro, Gedisa, Barcelona, 1985.
Van Alphen y Aris. Las medicinas orientales, Integral, Barcelona, 1995.
A.N. Tagore: Arte y anatomía hindú, Planeta editor, Palma de Mallorca, 1986.


Los temperamentos y las figuras geométricas

Sanguíneo Cuadrado
Flemático Triángulo o trapecio
Melancólico Trapecio o triángulo
Colérico Círculo

Los cuatro elementos, el rostro y el carácter

Fuego rostro más alto que ancho Idealista, emprendedor
Agua rostro más ancho que alto Sentimental, sensible
Aire rostro redondo y plano Soñador, inestable
Tierra rostro huesudo Realista, práctico
Esquemas de biotipología, según Sheldon

Tipo endomorfo viscerotónicos: cómodos, sencillos, sociables
Tipo mesomorfo somatotónicos: activos, angulosos, inquietos
Tipo ectomorfo cerebrotónicos: inestables, solitarios, creativos

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NOTA: texto autorizado por el autor. De la página de Enrique Eskenazi. http://homepage.mac.com/eeskenazi/satz.html

 
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