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El sellador de rosas
 

   Era un hombre hosco,  de baja estatura,  errátil como los vientos y con frecuencia invisible y capaz de ulular como ellos. De niño había trabajado de ayudante en una herboristería,  separando la hoja seca del limonero del polvo intenso del azafrán, escribiendo en su irregular caligrafía las etiquetas de los potes de ünguentos y mixturas para el sueño o la depresión. Durante seis años fue pescador de esponjas en el Mar Rojo y gracias a ellos se tornó experto en cavidades que se llenan y vacían, y por el lapso de una década fue jardinero en la extensa finca que  Abu Galun tenía cerca de Bushir. Famoso era su ayuno en Persépolis, en donde se decía que había vencido a los ángeles de las sombras con la ayuda de su dedo sellador. En verdad, aquel dedo era la parte más venerable de su cuerpo: allí donde tocaba nacía, espléndida, la forma de una rosa entre los ríos de la sangre malherida. Tan pronto la falange del índice de la mano derecha presionaba el sitio del corazón del paciente desolado,  parecía como si el tórax del sujeto asistido se abriera para dar paso, invisible pero odorífera, singular y plural a la vez, a la  rosa de la sanación.

         Le llamaban  Majmud el  Sellador de Rosas. No tenía discípulos pero sí seguidores.  Sobre todo niños  huérfanos, a los que convidaba con semillas de girasol, frutas o panes tiernos. Uno de esos niños, Ali Rabir, se le pegó como una lapa convirtiéndose en cuidador de su mula, porque Majmud el Sellador de  Rosas viajaba de un sitio a otro transportando sus pertenencias a lomos de un animal bizco cuya panza le servía de cojín en las noches frías y omnividentes de los desiertos. De  tanto en tanto, inquieto y curioso, Ali Rabir le preguntaba:
-¿Cómo lo  haces, cómo haces para  materializar rosas bajo la piel de los que sufren? Nadie las ve y todos las comprenden, nadie se explica el ruedo de sus invisibles pétalos y todos pueden, sin embargo, olerlas.
         Majmud, el hosco, el vagabundo de las costas y el amigo de los que padecen, callaba por regla general la respuesta a tan recurrente pregunta. Solía sonreírle a  Ali  Rabir y recitar estos versos:

Abrupto y verde es el ascenso,
    espinoso el camino y súbita la llegada

         En el oasis de Khujor  el  Sellador de Rosas curó a toda una familia postrada por la melancolía. En Dizful  hizo bailar de alegría a un leproso, quien confesó sentir la existencia fragante de una rosa color té entre las costillas.  A pocos kilómetros de Shustar  una niña de ojos mordidos por el tracoma dijo de las moscas que la perseguían que, tras la presión del dedo de Mujmad en su pecho, se habían convertido en  djins  de los suspiros de amor, cantantes de innumerables bendiciones, zumbadoras de gozo y serenidad.
-Pero ¿cómo, cómo lo haces, Majmud?-insistía Ali.
-¿De verdad quieres saberlo, pequeño  curioso-respondió el Sellador de Rosas-, de verdad te interesan las causas de los milagros?
-Por  supuesto-dijo el cuidador de la mula.

         Se hallaban junto a un arroyo, a los pies del monte Elburz. Majmud el Sellador de Rosas se desnudó por vez primera ante los ojos atónitos de su criado y ayudante y le mostró la piel llagada, las cien cicatrices, los moretones antiguos como higos pasas, un cuerpo tatuado por el dolor y sobreviviente de  lejanos martirios.

-Yo soy el tallo único de sus muchas  rosas -explicó sin perder la sonrisa-, yo soy el ascenso hacia su revelación. Yo soy la columna herida y ellos los pétalos fragantes. No hay más secretos. Y no vuelvas a preguntarle al rosal por el milagro de sus rosas, porque es posible que cuando te muestre su fea y oscura raíz descalifiques sin querer la belleza de su perfume.

 

Mario Satz
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Mario Satz. www.mariosatz.com

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NOTA: texto publicado autorizado por el autor.

 
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