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La brújula del Yoga

 


 

La aguja de la brújula se mueve todo el tiempo, de hecho se mueve tanto como nos movemos nosotros porque para poder señalar el norte necesita ser flexible y adaptarse a nuestra posición, estemos en el fondo del valle o en la cima de la montaña. La metáfora del caminante es muy válida para explicar el objetivo del Yoga, somos caminantes espirituales y necesitamos contar con algún tipo de brújula para no perdernos en el camino. Nosotros utilizamos como brújula los libros sagrados, especialmente los Yogasûtra de Patanjali, la sabiduría destilada de los sabios de todas las épocas y también, muy importante, nuestra intuición profunda cultivada con la propia práctica. Aún así el camino no es fácil y hay tantas encrucijadas que no es nada extraordinario perderse en algún recodo del camino.

La brújula del Yoga apunta a una liberación porque la escucha de nuestro momento presente está teñida sobremanera de agitación, temor y confusión. El Yoga nos susurra que esa garra que atenaza nuestro corazón puede desarticularse si somos pacientes y si abrimos los ojos. Porque ese plus que añadimos al sufrimiento de la vida tiene unas raíces bien concretas que podemos dejar de regar, que podemos contrarrestar con unas técnicas concretas y con mucha indagación. Salir de la espiral de nuestra neurosis y deshacer el embrollo emocional es posible y es deseable, nos hacemos bien a nosotros y hacemos bien al mundo. ¿Cómo conseguirlo?

Es posible que el primer paso tenga que ser el de la aceptación de la realidad, la que nos envuelve por fuera y la que nos sostiene por dentro. En este sentido el Yoga se articula como un espejo que permite mirarnos en él, un espejo especial donde podemos observar las turbulencias de las aguas mentales y los accidentes de nuestra orografía corporal salpicada por anillos de tensión y zonas desérticas que apenas tienen sensibilidad. Una postura mantenida o un largo silencio meditativo puede decirnos mucho acerca de nosotros, de nuestra tensión, de nuestra fijación mental, en definitiva, acerca de nuestros miedos.

Cuando observamos la vida atentamente comprendemos que predomina el cambio, la alternancia, que ese movimiento es cíclico y que en el fondo tiene una pulsión, un ritmo, una respiración. La impermanencia que observamos fuera también la constatamos dentro, la vida tiene su contrapartida, la gran disolución de la muerte. Y tal vez fruto de esa observación los sabios nos decían que la presencia de la muerte nos puede ayudar al desasimiento, ayudarnos a abrir el puño de las falsas seguridades y aprender a fluir con los acontecimientos. Recordemos que una de las aflicciones que reconoce el Yoga es un apego extremo a la vida, la otra cara del vértigo a la muerte.

Qué duda cabe que la vida es error y acierto, encuentro y desencuentro, placer y dolor, abundancia y carencia. La vida siempre tiene dos caras como toda moneda y vivir no deja de ser también una manera de aprender a morir. No puedes tomar una de las caras porque la otra siempre te perseguirá. Aunque hay que decir que esta aparente dualidad no es tan real desde las tradiciones profundas, como diría el Tao “el ser y el no-ser se engendran mutuamente. Lo fácil y lo difícil se complementan. Lo largo y lo corto se forman el uno de otro. Lo alto y lo bajo se aproximan".

Desde la perspectiva del Yoga estamos obligados a hacer una escucha, a reconocer nuestro punto de partida, a mirar de frente ese sufrimiento que nos habita que no queremos ver, en últimas, la práctica del Yoga nos enfrenta a ver nuestros límites, aunque vayamos superando algunos de ellos, y aceptar que nuestra humanidad tienen luces y tiene sombras. Seguramente caminaremos más directos con la cabeza gacha vacía de prepotencia sin perder de vista la realidad del camino.

Sigamos con la metáfora: sabemos dónde estamos porque nos hemos mirado, día a día, en el espejo de nuestra práctica y en las entrelíneas de nuestros libros, sabemos también dónde vamos porque llevamos siempre a mano esa brújula que nos provee el Yoga, ahora queda lo más difícil, caminar.

Los primeros pasos en ese camino son veloces, contundentes, extraordinarios porque encontramos en cada paso el suficiente soporte para remontarnos por encima de nuestra pereza, más allá de nuestro cuerpo desgarbado y más acá de nuestros altibajos mentales, pero a medida que avanzamos parece que nos cuesta más porque ya no se trata sólo de mejorar nuestra salud sino de desmontar nuestros automatismos inconscientes que paradójicamente nos traen sufrimiento. No es tan fácil caminar hacia delante cuando el problema no es sólo, por seguir con la metáfora, el tobillo que flaquea sino algo más grave, nuestra perspectiva confusa, nuestra inconsciencia de la inconsciencia.

Hemos de decir que, más allá de los primerizos pasos, el Yoga es un disolvente. Disuelve las fronteras artificiales que construimos con la educación, resuelve la importancia personal que nos separa del otro, desmonta las anteojeras del egoísmo que polariza las acciones y destruye la torre de supuestos y creencias bajo la cual nos sentimos seguros. Cada âsana, cada mudrâ y cada mantra está conspirando secretamente para desmontar esas barreras que impiden la total integración con la Totalidad. El Yoga nos obliga a prestar atención al movimiento, a la sensación, a la intuición, a la energía, y en esta escucha de lo Otro, el pequeño hombrecito o mujercita que nos habita se siente desvalido, abocado a un vértigo desconocido. Es predecible, por tanto, que puedan aflorar las resistencias y se ponga el freno, o simplemente el camino se desvíe hacia recorridos archiconocidos que nos proveen una cierta calma y salud.

En oriente dicen que los caminos fáciles no llevan lejos, y habría que recordar también que la brújula se utiliza cuando iniciamos un camino extraordinario, un sendero desconocido, cuando transitamos por caminos que serpentean y nos hemos perdido en la frondosidad del bosque. En el centro del mercado no necesitamos esa brújula, cuando estamos complacidos en el medio del sistema establecido no hay crisis, aparentemente no hay dolor, pero cuando arrecia la desilusión, cuando el destino nos ha golpeado, cuando la normalidad nos despide por una de sus cloacas nos encontramos en el margen de lo conocido y ahí sí, ahí sí necesitamos una brújula para orientarnos en lo desconocido.

El Yoga nos dice en la punta imantada que señala el norte que la información sensorial que tenemos del mundo es frágil e inexacta, que las separación de los seres y las cosas que remarca la mente es ilusoria, que la identificación con nuestro cuerpo y con nuestra mente es fuente de sufrimiento. La aguja no deja de marcar lo insensato que es la obsesión por la acumulación de bienes, tan falaz como querer resolver las crisis a golpe de violencia o querer inventarse permanentemente en alguien que no somos aunque ese personaje acapare reconocimiento y prestigio.

Por eso es difícil caminar en el Yoga porque nos va quitando los asideros de falsas seguridades y nos va dejando desnudos, desnudos de artificios y de prepotencias. Si desnudamos la realidad de presupuestos, de proyecciones, de condicionamientos, nos queda la realidad tal cual, infinita, majestuosa, imbricada de tal manera que no hay resquicio para la duda o la desesperación.

No es necesario vender sueños yóguicos, el camino es difícil, quitarse las pesadas vestimentas de la razón, las pieles gastadas de la experiencia condicionada duele pero, atención, ese dolor es vivificante, cicatriza y nos hace elevar la cabeza para contemplar un horizonte más amplio.

 


Julián Peragón 
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