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De cómo leer el Decameron a una gata

 


 

INCIPIT
Desde que era una niña sentí una fascinación especial por los libros. Contaban en el pueblo que mi abuelo, que nunca llegué a conocer, era considerado un hombre extraño porque pasaba tardes enteras sentado en el porche, leyendo. Las vecinas decían que se había leído varias veces todos los ejemplares de la reducida biblioteca municipal y que eso no debía ser bueno, porque parecía que cada vez se volvía más huraño. Yo me lo imaginaba como una suerte de Don Quijote en una versión italiana del siglo XX. Pronto me di cuenta de que esa extraña “enfermedad lectora” se había transmitido a las generaciones siguientes, contagiando todas nuestras casas de porches silenciosos y librerías desbordadas. En todas ellas, el anaquel más alto era el que guardaba los libros con los que no se podía jugar, pero nunca entendí el porqué de aquella elite amarillenta y ajada.
Años después, me entregué con total dedicación a la lectura del primer anaquel de mi casa, en búsqueda de esa Verdad que mis inquietudes adolescentes ansiaban y que mi padre parecía allí haber encontrado. Sobra decir que el esfuerzo fue vano. Seguí buscando, pero en ninguno de los libros pude encontrar esa epifanía que describe Mircea Eliade (1) y que se divisaba en los ojos de quien, con gesto solemne, me los prestaba. ¿Por qué yo no era capaz de ver esos mundos maravillosos que se escondían entre las líneas y por los que ellos habían sido capturados para siempre? Cuando tuve mi propia librería, entendí que un anaquel puede contener muchas verdades y que todas ellas surgen de una vivencia íntima y personal del libro. Me di cuenta de que todo el mundo tiene un libro, una película, un cómic, un cuadro o alguna obra artística con la que se siente especialmente vinculado, porque le hace vivir esa epifanía.
Decidí dedicarme a la literatura para descubrir más cosas de mi librería, y acabé investigando sobre el Decameron para realizar mi tesis doctoral, trabajo en el cual estoy actualmente volcada. ¿Por qué el Decameron? Porque ha ocupado los anaqueles superiores de miles de librerías a lo largo de los siglos, ya que, como todas las grandes obras de arte, ha sido capaz de trascender su tiempo y de seguir conmoviendo (de ‘con-mover’) a los lectores de todas las épocas. Posiblemente, una de las razones por las cuales los clásicos de la literatura se configuran como tales, es porque poseen una especial sensibilidad para conectar con la esencia del lector y enlazarlo con lo que Jung llamó el “inconsciente colectivo” (2). Desde las primeras palabras ofrecen la posibilidad de entrar en una nueva dimensión y, si el invitado acepta, entonces da el primer paso en un profundo viaje interior, que le llevará a atravesar una amplia galería de arquetipos y tópicos literarios. Esa conciencia sin fronteras de la obra va invadiendo poco a poco al viajero y sus páginas se convierten en una eficaz herramienta para dialogar con su Yo Superior. Quizás, como sugiere la aguda reflexión de Irma Césped (3), se podría decir que no es el lector quien lee ciertos libros, sino que son ellos quienes leen al lector. 
Cuando empecé mi tesis doctoral sobre la traducción castellana antigua del Decameron, no era consciente del poder de la obra. El estudio cada vez más especifico de los datos históricos, lingüísticos y literarios del texto, a menudo conlleva la pérdida de la capacidad de entender y vivir su mensaje más profundo. Como investigadora, trabajo sobre la obra analizando constantemente frases, palabras o incluso letras sueltas, en búsqueda de un indicio paleográfico esclarecedor. Con el paso del tiempo, este proceso de progresivo desmenuzamiento fue convirtiendo el libro en una recopilación de páginas, las páginas en una sucesión del líneas, que a su vez terminaron siendo un sinfín de lexemas, hasta transformar la obra en un cúmulo de signos inconexos y apilados encima de mi escritorio.
Una mañana de invierno, cumpliendo con mi ascético compromiso filológico, me di cuenta de que el objeto de mi tesis se había transformado en un perfecto desconocido que me acompañaba todos los días en un viaje sin rumbo. Como ocurre a veces en las relaciones personales, cuando la presencia cotidiana del otro hace que a nuestros ojos su identidad se disuelva en el entorno, había alcanzado un punto muerto en el que no existía investigación, puesto que ya no existía un otro a quien investigar. Apagué el ordenador y traté de tranquilizarme. Buscaba consolación en el retazo de mundo que asomaba desde la ventana, pero la ventisca y las ramas secas no ofrecían un panorama muy alentador. Rescaté  entre la montaña de papeles la edición original del Decameron y, mientras me extrañaba de que las hojas ya estuviesen amarillentas y el lomo ajado, los ojos cedieron a la tentación de leer las primeras líneas. Sin darme cuenta acababa de aceptar la secreta invitación. Me acomodé en el sofá con una taza de té humeante y volví a abrir el libro con esa mezcla de prudencia, entrega y curiosidad que sentí cuando leí la obra por primera vez, algunos años atrás. Sólo entonces pude apreciar el alcance de la obra maestra de Giovanni Boccaccio.

CORPUS
El Decameron es la obra de plena madurez del escritor florentino, compuesta entre 1348 y 1353. Narra cómo, durante la peste de 1348, en Florencia, siete muchachas y tres jóvenes se encontraron por azar en la iglesia de Santa María Novella y decidieron retirarse a vivir juntos por algún tiempo en una quinta alejada de la ciudad, escapando así del horror de la peste. Una vez allí, alternaron las más variadas formas de pasatiempos de la época -danzas, músicas, banquetes, conversaciones y juegos- con la narración de las novelle o cuentos que el escritor recoge en su obra. Estos cuentos son en total cien, están divididos en diez jornadas y relatados por los diez narradores; tratan de diversos  argumentos (desde los engaños conyugales hasta las burlas lingüísticas, pasando por la locura de amor y la actitud inmoral de ciertos clérigos) y se agrupan en torno al tema propuesto por quien es, por turno, coronado rey de la jornada. Al final del viaje, la compañía, salvada de la peste, regresa a Florencia y se reinserta en su realidad.
Al margen da la trayectoria filológica más dura, el Decameron ha sido interpretado por la mayoría de los lectores de todos los tiempos como una recopilación de cuentos, y su éxito se debió principalmente al atrevimiento e ingeniosidad de los mismos. Desde hace siglos surgen ediciones que seleccionan algunas de las historias y difunden el texto principalmente como literatura erótica o anticlerical. Sin embargo, aquella mañana fría, al empezar las primeras páginas del libro volví a recordar que Boccaccio no elaboró una mera recopilación de cuentos, sino un verdadero viaje de regeneración en el que descubre al lector una nueva dimensión social, literaria y espiritual. (4)
El marco narrativo en el que se desarrolla el primer plano de la acción no es una pieza superpuesta que sirve sólo para engarzar un cúmulo de entretenidas historietas, como a muchos se nos ha enseñado en la escuela al explicar este capítulo de la literatura universal. Desde las primeras líneas del texto se percibe que el tono del autor se aleja bastante del carácter lúdico que podría esperarse: «Humana cosa es tener compasión de los afligidos» (5) son las palabras con las que comienza el solemne párrafo inicial. Acaricié mi gata, Frida, hecha un ovillo en mi regazo, guardé mi sonrisa y comencé el viaje ad inferos en la Florencia medieval de la mano de Boccaccio.
En voz alta leí a Frida la amplia Introducción, dominada por una detallada descripción de la devastación y matanza que causó la Peste Negra en Florencia. Las imágenes de los bubones, de las pilas de cadáveres y del horror que invadía la vida cotidiana de aquellas personas, eran evocadas de forma tan vívidas que me provocaban escalofríos. Los conceptos de pecado y de castigo, con los que se vinculó en la mentalidad medieval la epidemia, se podían fácilmente percibir en el texto. En el medio de tanta desolación, la descripción de la peste traía inevitablemente a mi cabeza la idea de la putrefactio alquímica; incluso podía identificar la nigredo en el aspecto de la carne marchita. Al terminar la lectura de la Introducción, la idea de la muerte me envolvía en su manto negro, y como en el Arcano innominado del Tarot balanceaba su guadaña a mis espaldas.
Me encogí en la manta de lanilla con la gata y le seguí leyendo, completamente absorbida por la realidad paralela del libro. Por suerte encontré un rincón de esperanza en la iglesia florentina de Santa María Novella, donde me incorporé silenciosamente a un grupo de jóvenes que discutía la posibilidad de irse durante unos días al campo. Tras un largo debate, decidieron ponerse en marcha para llegar a una quinta situada en las afueras de la ciudad, por lo que me preparé para emprender el viaje desde mi sofá. En aquél momento no pude dejar de sentir cierta admiración hacia esos mozos, pues era muestra de un gran valor su voluntad de desvincularse del inflexible entorno moral para andar su camino. Al fin y al cabo -pensé- después de haber oído lo que dicen en mi pueblo de mi abuelo, ¿qué dirían de ellos sus vecinas? Terminé el último sorbo de té y volví a la lectura ante mi público felino. El espacio sagrado de la sugestiva iglesia de Santa María Novella se convirtió en una especie de portal dimensional, a través del cual el grupo comenzó el viaje iniciático, como si atravesara la mandorla mística de El Mundo, el Arcano XXI del Tarot, para que los traslade a otra realidad.
Antes de cruzar el umbral con ellos, observé el grupo de jóvenes desde el sofá, con mis gafas de investigadora del siglo XXI. Como buena hija de mi tiempo, me puse a contar. En el marco narrativo hay diez personajes, como son diez las jornadas en las que se va a desarrollar la actividad narradora, como diez son los cuentos que se van a contar en cada jornada, por un total de cien historias.
—Está claro -le explicaba a mi gata entre ronroneos- que hablamos de un ciclo que se completa y da paso a otro (1+0), lo que recuerda la idea del tiempo circular, el Uróboros o “serpens cuius caudam devorabit”, además de la superación del místico número 9 que estructura y rige toda la Divina Comedia de Dante Alighieri. ¿Se podrá relacionar también con el 10 que corresponde a Malkuth en la Kabalah? Es curioso, Frida,  -le decía acariciando su negro pelaje- que el equilibrio entre lo masculino y lo femenino se rompa dentro del grupo, ya que está compuesto por siete mujeres y tres hombres.  ¿Será el 7 de Netzach, la fuerza del amor, frente al 3 de Binah, la Sephirah dadora de las formas? ¿Qué opinas tú? El número 7 también podría recordar aquí la idea de la fuerza centrífuga, los siete planetas, la esvástica tibetana, la energía creadora asimilada con un grupo de jóvenes mujeres vírgenes, listas para concebir el nuevo mundo. Los tres mozos serían agentes fecundadores, la mística trinidad de muchas culturas, el triángulo mágico; ¿lo divino que encabeza, engendra y rige el plano más humano?, ¿la fuerza espiritual que se concreta en lo terrenal gracias a la necesaria mediación de las mujeres?
La gata miraba hacia la ventana mientras los párpados caían cada vez más pesados sobre sus ojos amarillos... ¡Frida era un público difícil de conquistar! Reanudé la lectura en voz alta y, siguiendo los pasos del grupo, llegué a la quinta que nos acogería durante los próximos diez días. Desde la primera mirada aquel locus amoenus cautivó mi interés, puesto que abundaba de elementos simbólicos: un frondoso bosque, un lujoso palacio, un sugestivo vergel  dominado por una imponente fuente y un pequeño lago en una vega cercana llamada “Valle de las Damas”. El paisaje era toda una promesa de fecundidad física, mental y espiritual.
Los jóvenes, en primer lugar, crearon una estructura para gobernar la sociedad recién fundada, un significativo gesto con el cual se contraponían al caos imperante en Florencia. Repartieron las tareas a los criados y establecieron que cada jornada se organizaría según el dictamen del rey o de la reina, mandato válido sólo durante un día; la designación del gobernante se realizaría durante un solemne acto con una corona de laurel, al mejor estilo del humanismo italiano. Se percibía en las palabras de los mozos la voluntad de hacer prevalecer en aquel espacio la justicia, la ecuanimidad y el equilibrio, valores de los que habían sido privados por los estragos de la peste. La rotación del mandato, además, me recordaba los ciclos finitos que debía cumplir el rey en la antigua sociedad griega matriarcal reconstruida por Robert Graves. (6)
Otra de las normas principales establecidas era el forzoso aislamiento del grupo durante la estancia en aquel lugar. Los criados serían los encargados de salir de la quinta para satisfacer las necesidades domésticas, pero no podrían transmitir a los diez jóvenes ninguna información relacionada con el exterior. La absoluta separación del resto del mundo era imprescindible para evitar el contagio físico, pero sobre todo mental, y proporcionaba el auspiciado retiro espiritual. Mientras escuchaba las directrices establecidas por Pampinea, la primera reina del grupo, veía difuminarse cada vez más la idea que me había hecho inicialmente de una simple excursión al campo. Las palabras de la doncella invitaban a un íntimo recogimiento, a una total concentración en la mirada interior, a la soledad de El Ermitaño (¿con los cuentos como linterna?), a una absoluta atención hacia los aspectos más profundos del ser, evitando así la distracción de los sentidos, de lo intrascendente (¿practicaría Pampinea algún tipo de meditación oriental?). En mi cabeza se dibujaba, con trazos de acuarela, el Triunfo de El Carro ya que aquellos planteamientos anunciaban un viaje que, más que a las afueras, se dirigía hacia adentro.
Frida estaba reclamando una latita de atún, así que decidí interrumpir la lectura para atender las exigencias de mi propio mundo. Los días sucesivos  organicé mi jornada al compás de la vida del grupo, para poder reunirme cada mañana con ellos en aquella sugestiva quinta. Mis jornadas adquirían tintes novelescos y se desplegaban sobre un escenario de mantas y tés, con la tácita complicidad de mi gata que ya se había convertido en un público entregado.
Las jornadas transcurrían intensas pero amenas y el foco de cada una de ellas residía en la actividad de relatar cuentos, que absorbía la mayoría del tiempo. La narración se desarrollaba en el jardín, un espacio al aire libre pero cerrado por muros, con abundante vegetación y dominado por una hermosa fuente en el centro. El lugar se configuraba como un segundo portal dimensional, creando un paralelismo con el primero, que había sido la iglesia de Santa María Novella. Además del paso de la ciudad al campo, había aquí una transmutación del templo en el vergel, en la que no se perdía el concepto de espacio sagrado.
—Recuerda, Frida, que en la literatura románica medieval el vergel era el lugar donde se producían los encuentros amorosos, puesto que su belleza servía no solo de inspiración, sino también como reparo ante los ojos indiscretos de los demás. Por lo tanto a los ojos del lector de aquella época y de Boccaccio, el lugar donde se desarrolla la narración en el Decameron está estrictamente vinculado con los conceptos de amor y de secreto. ¿No te parece curioso?
La gata dormía plácidamente pero yo no pude dejar de pensar en el celebre jardín del Roman de la Rose; de ahí entré a través del tópico del jardín en una larga galería de obras literarias de todos los siglos, hasta remontarme inevitablemente a la idea del Edén y del Paraíso Terrenal. Las conexiones que sugería aquél amplio panorama eran fascinantes y resonaron en mi cabeza durante varios días.
Había cuentos para todos los gustos, los géneros literarios y los registros lingüísticos. Todos sabíamos que el atrevimiento de muchos de ellos hubiese dado lugar a no pocos problemas si se hubiesen relatado afuera de ese jardín, por lo que me sorprendía la naturalidad con la cual se vivían esas peculiares historias. Las risas y los sonrojos eran la única muestra de una cultura que tachaba esas narraciones de inmorales y consideraba a los narradores u oyentes unos pecadores. Al margen de la realidad exterior, el jardín había adquirido la atemporalidad propia de un espacio sagrado (7), donde cualquier juicio estaba suspendido y restringido a la reflexión interior de cada uno. La actitud de los narradores escapaba del canon estrictamente didáctico de la tradición cuentística anterior, según la cual cada cuento -o exemplum- dictaba abiertamente al público la actitud que debía tomar o evitar en cada situación. Sin embargo, de ese  especial vergel había sido expulsada tanto la función ejemplar como el maniqueísmo del bien y del mal; allí se invita el público a una postura crítica, para que elaborara personalmente la moral refinada que eran capaces de entregar los cuentos.
Los días transcurrían tanto afuera como adentro y la manta de lanilla había dejado paso a una falda de algodón que Frida seguía disfrutando. Todos vivíamos en ese atanor filosofal del jardín, donde el gesto ritual de la narración se fue convirtiendo en nuestra verdadera salvación, como ya había ocurrido en las Mil y Una Noches. Resonaban en mi cabeza las palabras de muchos grandes estudiosos del tema, desde Propp (8) hasta M. L. Von Franz (9) pasando por Jodoroski (10), pero quise dejar que Boccaccio siguiera leyéndome sin dispersarme en lo mucho que ya se había dicho.
La sugestiva visión que ofrecía el Decameron del poder del lenguaje me fascinaba... al fin y al cabo yo también me dedico a trabajar día tras día con él y a menudo no había sido capaz de sentir el alcance de su fuerza ¿sería por la falta de cariz sagrado? Al hilo de las palabras de los jóvenes, descendieron como un velo ante mis ojos las palabras de algunos textos sagrados: «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» recitaba el Evangelio de San Juan; «Y creó Su universo con tres libros (Sepharim), con texto (Sepher), con número (Sephar) y con comunicación (Sippur). Diez Sephiroth de la nada y veintidós letras de Fundamento: Tres Madres, Siete Dobles y doce Elementales» decía el Sepher Yetzirah. Sentí cómo el poder creador de la palabra enhebraba con aliento dorado la trama de la historia de la humanidad y pude asistir a esa magia sentada en aquél cuadro medieval.
Como pilar central en la arquitectura de la estancia, la narración era la responsable de nuestra reconstrucción social, mental y espiritual a lo largo del viaje. La regeneración surgía del deleite y del ocio, en contra de la habitual condena del mismo. En la época tardomedieval reinaba el penitenciarismo, promovido -entre otros- por el dominico Jacopo Passavanti, que exaltaba la austeridad y el castigo de toda diversión. Al igual que los religiosos, Dante, estimado maestro de Boccaccio, condenaba el goce estético y la concepción hedonista de la vida (11). Sin embargo, desde la citada frase que abre el Decameron (12), el autor reivindicaba el poder salvador de la palabra, ya que escribe para consolar a los afligidos. Al fin y al cabo -pensé- la vida nace de un acto  de placer.
La estancia en la quinta estaba llegando a su término y debíamos volver todos al lugar que nos correspondía. Regresamos a la iglesia de Santa María Novella y su promesa de nuevos horizontes (novella deriva del étimo latino novus ‘nuevo’ y coincide con el término empleado por Boccaccio para referirse a los cuentos) se había cumplido. Tras salir de la iglesia huyendo de la peste muchos días atrás, habíamos creado y vivido en un mundo nuevo, y ahora volvíamos con los frutos de ese largo viaje en los rincones de nuestro ser. Los diez jóvenes regresaban sanos al triste escenario florentino, en contra de toda previsión del visión medieval, que identificaba el ascetismo con la muerte. No sólo eso, sino que se reinsertaban en la sociedad tras haber descubierto y aprehendido una nueva dimensión interior, regida por la virtud, la inteligencia y la tolerancia. Pero, sobretodo, volvían con una profunda alegría y satisfacción.

CONCLUSIO
Había llegado para mí el momento de despedirme del grupo, aunque me resistía a cruzar el postrimero portal dimensional, el umbral del papel y de la tinta. Saqué del montón de folios de mi escritorio las primeras páginas de mi tesis, donde hablaba del porqué del título Decameron; muy sucintamente explicaba que la palabra significa ‘diez jornadas’, un juego dialéctico que imitaba el Hexaemeron de San Ambrosio, título atribuido por extensión a todos los tratados sobre la creación del mundo. Claro -pensé sonriendo- como un tratado sobre la creación del mundo, pero con sentido del humor. Al fin había sido capaz de realizar nuevamente la labor propia del investigador: ver el macrocosmo enteramente reflejado en el microcosmo del libro.
Durante esas mañanas de lectura, las palabras de Boccaccio que impregnaban mi carrera académica, habían penetrado en mi interior hasta configurarse como uno de los elementos vertebradores de todas mis vivencias personales. Esa es la magia de las obras de arte: nunca sabes cómo ni cuando te van a leer.
Acaricié a Frida, que estaba tumbada sobre el alféizar de la ventana, contemplando la explosión de vida que ya había traído la primavera. Cerré el libro y lo guardé en el anaquel más alto de mi librería.

 


Mita Valvassori 
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1.- Eliade, Mircea, El mito del eterno retorno, Madrid, Alianza, 1972.
2.- Gustav Jung, Carl, El hombre y sus símbolos, Barcelona, Paidos, 1995.
3.- Césped Benítez, Irma, Para leer El Quijote, Santiago, Universidad Andrés Bello/RIL Editores, 2000.
4.- Hernández Esteban, María, “El Decameron como viaje de regeneración: notas sobre su modernidad”, Revista de Filología Románica, 22, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2005, pp. 183-192.
5.- Boccaccio, Giovanni, Decameron, edición de María Hernández Esteban, Madrid, Cátedra, 6ª ed. rev, 2006.
6.- Graves, Robert, Los mitos griegos, Madrid, Alianza Editorial, 1986.
7.- Eliade, Mircea, Lo sagrado y lo profano, Barcelona, Paidos, 1998.
8.- Propp, Vladimir, Morfología del cuento, Madrid, Ediciones Akal, 1998.
9.- Von Franz, Marie-Louise, cito en especial Símbolos de redención en los cuentos de hadas, Barcelona, Luciérnaga, 1990.
10.- Jodorowsky, Alejandro, La sabiduría de los cuentos, Barcelona, Obelisco, 2001.
11.- Lucia Battaglia Ricci, Ragionare nel giardino, Salerno Editrice, Roma, 1987.
12.- “Humana cosa es tener compasión de los afligidos”, Decameron, edición de María Hernández Esteban, Madrid, Cátedra, 6ª ed. rev, 2006.


 
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