Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


La mujer y el budismo

 

1.- Una mirada al Budismo
2.- La mujer en los países de tradición budista
3.- Mujer y budismo en occidente
4.- La plenitud de ser mujer: aportación de la Sabiduría del Budismo
5.- La consideración de la mujer en el origen del cristianismo


Una mirada al Budismo

El Buda Sakyamuni fue un príncipe de la India que después de contemplar el dolor y la enfermedad, la vejez y la muerte, abandona la vida confortable que llevaba impulsado por una fuerza que surgía de su interior, para desentrañar el sentido del sufrimiento y de la muerte y así, después de años de búsqueda, decide sentarse en meditación con la inquebrantable determinación de no moverse hasta haber comprendido y realizado la verdadera naturaleza del Ser.

Cuando el príncipe Siddharta se convirtió en un Buda Iluminado lo que alcanzó fue la realización del estado original del Ser. A partir de este momento, y durante más de cuarenta años, enseñó la Vía que permite, mediante el cultivo de la atención, comprender el origen de nuestras aflicciones y acceder al estado natural de nuestra mente, que es Paz y Felicidad profunda e incondicionada. Su Enseñanza está formulada en las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óctuple Sendero.

El Buda estableció como punto de partida de su enseñanza un axioma irrebatible: la Verdad del sufrimiento. Esta verdad no se alimenta de creencias pues es la experiencia más común a todos los seres sensibles.

El Buda enseñó que la causa de todo sufrimiento, físico, emocional o existencial, incluido el derivado de la muerte física, es la ignorancia, el “olvido” de nuestra verdadera naturaleza, la naturaleza de Buda. Y por eso nos aferramos. Aferramiento y rechazo son la causa misma de todos nuestros sufrimientos.

Por otro lado, el Buda conmina a no creer nada que uno no pueda experimentar por uno mismo. El fundamento de las enseñanzas es que todos los seres poseemos la misma naturaleza de Verdad, Amor y Belleza, y, por ello, no es posible que haya algunos que estén más cerca de esta Realidad que otros. Sólo hay seres que se dan cuenta y otros que no. Así pues, toda la práctica de las enseñanzas podría resumirse en un continuo “darse cuenta”, éste es el camino del Despertar, la Vía del Buda.

La práctica del budismo nos orienta a cultivar la atención, que es la cualidad de la consciencia que nos permite darnos cuenta, y observar en nuestro propio interior y alrededor nuestro las características de la realidad de todos los fenómenos del universo.

Amor y Sabiduría, compasión y comprensión dimanan de la experiencia de cultivar un camino espiritual auténtico.


La mujer en los países de tradición budista

El Buda Sakyamuni nació, se formó, enseñó y murió en una sociedad dominantemente patriarcal.
La aparición, establecimiento y desarrollo del patriarcado en las sociedades humanas es universal y en oriente tiene su propia versión.

En casi todos los pueblos de Asia se desarrolló desde tiempos muy antiguos la doctrina del karma y de la reencarnación. Estas nociones filosófico-espirituales, originadas en el marco de una kosmovisión espiritual vastísima que nació en el valle del Indo hace miles de años, se popularizaron formando parte de las creencias magico-míticas de los pueblos.

Estas nociones de karma y reencarnación dieron lugar a interpretaciones influidas por la psicología colectiva dominante en cada época, cuyos efectos no vamos a desarrollar aquí pues es demasiado vasto el tema, pero sí que es útil señalar uno de sus efectos más perjudiciales para la mujer oriental: la psicología de los hombres religiosos de estas sociedades patriarcales interpretó que nacer como mujer era un obstáculo para alcanzar el ideal espiritual de la Iluminación.

Por lo tanto era necesario renacer como hombre en las siguientes vidas. Esto se podía alcanzar purificando el karma negativo que había propiciado el nacimiento como mujer en la vida actual y de esta forma generar las condiciones más propicias para renacer como hombre y poder así, en vidas futuras, alcanzar la Liberación de la rueda del renacimiento, obteniendo la Iluminación.

La consecuencia más devastadora de esta interpretación fue la devaluación de la existencia como mujer. Ésta es una de las razones, si no la principal y origen de las demás, por la que nacer niña en un país oriental, es menos valorado que nacer niño, con todo lo que eso conlleva de sangrante desigualdad y sufrimiento.

Las consecuencias de esta desigualdad esencial en las sociedades del mundo religioso budista es, generalizando, el desdén, abierto o sutil, consciente o inconsciente por parte de monjes o laicos frente a mujeres monjas o laicas.

Asimismo, los monasterios de monjas son mucho menos importantes en número e influencia social que los de hombres e, incluso en algunos países como Japón, son ya casi inexistentes. La razón de esta escasez de monacato femenino tiene una explicación muy práctica: tradicionalmente se consideraba que la forma en la que una persona laica podía procurarse buen karma para su siguiente renacimiento era acumular méritos sosteniendo con su generosidad material la práctica espiritual de los monjes dedicados exclusivamente a la meditación y estudio del dharma budista. Cuanto mejor es la práctica espiritual del monje y mayor grado de realización espiritual tiene, mayores méritos acumula la persona laica que le apoya. Por lo tanto, los maestros más afamados obtenían mayores recursos materiales para sobrevivir .
Las monjas tenían mucho más dificil su supervivencia económica, puesto que siempre se consideraba que su realización espiritual era de menor valor que la de un monje, y por lo tanto no procuraba tanto mérito kármico.
Debido a estas dificultades de supervivencia de los monasterios, las ordenaciones de monjas han ido disminuyendo con el paso de los siglos en la mayoría de los países del mundo budista, ya que solamente una monja abadesa puede ordenar a otra monja (en presencia de monjes varones) con lo que las posibilidades disminuyen.
La excepción a la regla la constituyen algunos países como Taiwan, en el que existe un mayor número de monasterios de monjas y se observa que la importancia social de la mujer es mayor que en la mayoría de los países de tradición budista.
Otra consecuencia especialmente acusada es la falta de modelos espirituales femeninos. Apenas existen budas y bodisatvas femeninas, arahats mujeres y maestras. Los enseñantes de prácticamente todas las tradiciones budistas afirman que siempre hubo algunas célebres mujeres cuya práctica y enseñanzas fueron notorias, pero los responsables de la transmisión no tuvieron interés en registrar sus historias; escasamente hay algunas referencias.

Y así, la pregunta que podemos hacernos es la siguiente: ¿de dónde pudo surgir la idea de que la condición de mujer es un obstáculo para la Iluminación?

¿Quiere decir esto que las enseñanzas del Buda están limitadas a los hombres? ¿Que la mujer no puede alcanzar la iluminación por su condición de mujer? ¿O que está más lejos de realizar su auténtica Naturaleza Original porque esta naturaleza se manifiesta en femenino?
Ciertamente no. A poco que se escuche y se conozcan las enseñanzas del Buda, más aún, en la medida en que se vislumbra el alcance ilimitado, transcendente y no dual de las mismas, es obvio que es un despropósito el planteamiento de la inferioridad de la mujer con respecto al hombre para realizar la Iluminación.

Sin embargo, y paradójicamente, a diferencia de las tradiciones cristianas, no existe tampoco ninguna tradición budista que, teóricamente, ponga impedimentos a la existencia de maestras que transmitan el Dharma, la enseñanza budista, con la misma autenticidad que se le supone a un maestro varón, siempre y cuando hayan sido reconocidas como tales por otro u otra maestra (pues ésta es la condición para la Transmisión del Dharma en el Budismo).
No obstante, en la práctica, como hemos visto, las maestras son muy escasas, no así las mujeres budistas practicantes, monjas o laicas, que son legión.

Así pues, ¿cuál es el origen de esta noción devaluadora de la mujer que tanto daño ha generado y genera al Espíritu colectivo de la humanidad?

El origen de esta desarmonía hay que buscarlo, como todo sufrimiento, en el interior de nosotros y nosotras mismas, tal como enseñó el Buda. En nosotras/os está el sufrimiento y también la causa del sufrimiento, y también la oportunidad de liberar este sufrimiento y alcanzar un estado de paz, equilibrio y armonía entre nuestras tendencias masculinas y femeninas, reconociendo, aceptando e integrando estas tendencias en una totalidad de Ser, perfectamente digna en su integridad. Éste es el camino, la cuarta Noble Verdad.


Mujer y Budismo en Occidente

Y, ¿qué sucede en Occidente? En los últimos veinte años, la eclosión del budismo en occidente es más que notable, está creciendo como una semilla en tierra fértil, respondiendo a las necesidades de hombres y mujeres de sociedades altamente tecnificadas pero empobrecidas a nivel espiritual.
En Occidente el budismo está enraizando en una sociedad en la que las formas sociales están dignificando progresivamente la figura de la mujer, pero esta dignificación está todavía más en las intenciones y legislaciones que en el fondo. Y así pasa también en las comunidades budistas occidentales, en las que todavía tienen que evolucionar las formas culturales heredadas de los paises de origen, ceremoniales medievales y jerarquías feudales, en las que el papel de la mujer es claramente secundario.

Para una mujer practicante budista en occidente el camino espiritual se le presenta sembrado de ricas paradojas. Mientras por un lado proviene en muchos casos de un medio familiar y cultural de educación judeocristiana y en la que no encuentra la suficiente nutrición espiritual que anhela, por otra parte se encuentra con la fuerte impronta patriarcal de todas las tradiciones budistas.

En relación con esta falta de referencias femeninas nos encontramos con que la forma de transmitir las enseñanzas, en general, está orientada hacia los practicantes varones, hacia su psicología y roles sexuales y tradicionales.
Para advertir esta orientación marcadamente masculina es necesario ser mujer practicante y haber investigado cuál es el origen de cierta incomodidad que hace aparición antes o después a lo largo de la práctica. Esta incomodidad tiene su origen en la mujer que practica teniendo como referencias las enseñanzas de maestros , la invocación de bodisatvas y budas, patriarcas, lamas.... un universo de seres altamente evolucionados casi siempre hombres...

Así que, inconscientemente, las mujeres tienden a considerar que hay algo en ellas que no funciona porque no se sienten totalmente encajadas, mientras valoran más las actitudes y aptitudes de sus compañeros espirituales y maestros.

Sin embargo, como hemos dicho, a diferencia de las tradiciones cristianas, en la que está establecido orgánicamente cuál es el funcionamiento de la Iglesia en cuanto al reparto de roles masculino y femenino, en las tradiciones budistas no existe ninguna prohibición para la mujer en cuanto a impartir enseñanzas y la única limitación es la que impone la propia sangha o comunidad de practicantes, en la que la Transmisión de maestro (o maestra) a discípulo (o discípula) cobra una gran importancia. Las limitaciones son, pues, las que la propia idiosioncrasia de la comunidad, y especialmente los maestros, imponen. Oficialmente no hay ninguna norma religiosa que impida a una mujer ser reconocida como maestra de Dharma si otro maestro o maestra así lo reconoce.
No obstante, en la práctica sólo en Occidente, se da normalmente la transmisión del Dharma a mujeres y esto en un porcentaje muy inferior al de hombres.


La plenitud de ser mujer: aportación de la Sabiduría del Budismo

¿Qué es ser mujer? ¿Cuáles son las cualidades espirituales femeninas? ¿Qué es lo que nos hace ser mujeres plenamente? ¿Cómo y cuando va a dejar de ser necesaria la reivindicación personal y colectiva de la dignidad e igualdad de nuestro sexo en la sociedad donde vivimos, ya sea en oriente o en occidente, ya sea en la comunidad civil o religiosa?

Como seres humanos podemos aprovechar la oportunidad que nos brinda esta existencia humana para enfocar nuestra energía vital en descubrir y desentrañar el hecho de Ser; preguntarnos qué es esto, qué es ser mujer, cómo experimentamos nuestra existencia en tanto que seres humanos y, más concretamente, mujeres, con todas nuestras circunstancias y condicionamientos. Si no hemos olvidado nuestra curiosidad innata, e inocente de toda idea preconcebida, podemos darnos cuenta de cuál es nuestra condición, sabiendo que no hay nadie, ni hombre ni mujer, que esté más cerca de cada una de nosotros que nosotras mismas. Por tanto solamente en la intimidad de nuestro corazón y libres de todo prejuicio podrá emerger, silenciosamente, la respuesta a estas preguntas.

El budismo enseña que no existe absolutamente nada en el universo que tenga una entidad esencial en sí misma, sino que todo cuanto existe lo hace en relación con todo lo demás.. Todo está interrelacionado y cada fenómeno se define y caracteriza su existencia por su relación con otros fenómenos. Todo forma parte de una Unidad, nada está separado, aunque pueda parecérnoslo. Esta enseñanza nos brinda una fuente de inspiración para meditar sobre nuestra naturaleza esencial, también en tanto que mujeres.

Nos brinda también la libertad. Si nuestra realidad como mujer se condiciona en función de cómo establecemos nuestras relaciones con todo aquello con lo que entramos en contacto, entonces podemos aprovechar el instante presente consciente para crearnos a nosotras mismas y no permitir que nadie nos imponga la creencia de lo que es y debe ser una mujer, ni cómo debe manifestarse en el mundo.

Esta genuina libertad es un gran reto, porque significa aceptar profundamente lo que surge de nosotras mismas y abandonar las ideas de ser “mejores” de lo que somos: más de esto, menos de aquello, y especialmente abandonar aquellos valores que nos hemos impuesto inconscientemente y que nos hacen sufrir, llagando nuestra naturaleza femenina.
Y, ¿cuáles son estos valores? Ésta es nuestra obligación, averiguar lo que nos hace sufrir y soltarlo. En esto consiste una vía espiritual.

Tampoco debemos olvidar que lo femenino se define y caracteriza en relación con lo masculino. No existe el yin sin el yan y viceversa. Entonces, en la medida en la que aprendemos a ser mujeres auténticas es entonces cuando nos relacionamos con hombres auténticos y viceversa.

Sin embargo solamente tenemos posibilidad de liberar nuestra propia mente, no la de nuestro marido, o hijo, o hermano, o maestro, o padre o jefe, o presidente del gobierno... por tanto, no podemos esperar ni exigir con resentimiento que sean ellos los que nos confieran la libertad de ser mujeres plenas.

Y, en última instancia, la verdadera libertad se instala en nuestro ser cuando somos capaces de integrar en nuestra propia mente lo masculino y lo femenino, cuando se celebra en nuestro propio corazón la boda sagrada, la gran alianza .

Realizar en nuestra propia mente esta libertad de Ser es la auténtica revolución que anhelamos. Esta es la Aspiración al Perfecto y Supremo Despertar del que habla el Budismo: la Iluminación.

¿Cuáles son los obstáculos que nos impiden realizar esto? ¿Cuáles son las condiciones que favorecen esta experiencia de plenitud y libertad supremas? ¿Cómo podemos orientar nuestro espíritu en esta dirección?
De todo esto tratan las enseñanzas budistas. De todo esto tratan todas las tradiciones espirituales de la humanidad, las cuales señalan con distinto dedo la misma luna. Todas, sin excepción, tratan del Amor y la Sabiduría del Ser plenamente realizado, iluminado, resucitado.


La consideración de la mujer en el origen del cristianismo. La mujer que fundó el cristianismo (según Jean Yves Leloup)

Finalmente me gustaría ilustrar esta inspiración de la sabiduría del budismo con una recreación del pasaje del Evangelio de Jesús de Nazaret, en el que María Magdalena, Myriam de Magdala, entra en la sala donde Jesús está conversando con los rabinos sobre la Torah, y se postra a sus pies lavándolos con rico perfume y secándoselos con sus cabellos.

María Magdalena es una mujer hermosa, deseable a los hombres pero muy rechazada por éstos porque se atreve a entrar en el lugar prohibido a una mujer, pues la ley hebrea impedía a las mujeres el acceso al estudio del conocimiento espiritual. Es, en este sentido sin duda, por lo que era considerada una “pecadora”.

María Magdalena estaba fuera de la ley porque no se conformaba con las leyes de la sociedad hebrea de la época, en la que el Conocimiento es un asunto de hombres y en la que las mujeres no tienen derecho a estudiar los secretos de la Torah.

María Magdalena sentía un anhelo de conocimiento tan intenso que infringía la ley y se las arreglaba para estar cerca de donde los hombres de conocimiento, los rabinos, debatían y practicaban las enseñanzas más profundas y sutiles de su tradición.

Todas las potencias de su ser la conminaban a ir más allá de los convencionalismos. Su espíritu, apasionado y libre, la empujaba a conocer lo que la rodeaba sin respetar las normas sociales de su comunidad. Al mismo tiempo, cuando conoció a Jesús, debía ser una mujer influyente, pues osaba violar la ley sin recibir castigo público.

Ella escucha a Jesús en una de sus predicaciones y sus enseñanzas le tocan profundamente el corazón. Tan profundamente que se siente completamente transformada y reconocida en ese Sagrado Corazón; se siente intensamente agradecida y reconfortada en el Espíritu: existe un hombre que vibra en una frecuencia que la sobrepasa, que le produce un anhelo sofocante del Espíritu; ella simplemente sabe que este hombre ha realizado su auténtica naturaleza original, que es la encarnación viviente de un ser humano pleno de su naturaleza divina.

María Magdalena, al escucharle, no tiene dudas, no necesita predicaciones para convencerse, ella sencillamente “ve”, “sabe”. Su gran poder espiritual se manifiesta en la Visión y Sabiduría silenciosa, sin palabras. Y también se manifiesta en su fuerza y valentía para ser ella misma e ir al encuentro del hombre auténtico.

Y acude allí donde se encuentra Jesús, sin importarle el escándalo de los rabinos, viola una vez más la ley de Moisés, el gran patriarca, para honrar con todo su ser al Hombre real, para manifestar en silencio su reconocimiento y postrarse a sus pies, no en señal de sumisión y humillación, sino muy al contrario, en señal de amor a su encarnación: el Espíritu de Dios hecho cuerpo: pues son los pies de Jesús lo que ella honra y cuida.

Ella venera la forma humana en la que se ha encarnado el Espíritu plenamente realizado. Y con sus cabellos, que simbolizan su propia naturaleza espiritual, lava los pies de Jesús, que simbolizan la naturaleza corporal del Espíritu. Y en este sencillo gesto está Maria Magdalena derramando la alegría gozosa del Encuentro con lágrimas destiladas del corazón más puro: lo masculino y lo femenino integrados.

Y Jesús, en pleno reconocimiento, le invita a ir hacia ella misma; no trata de retenerla ni poseerla. “Ve, y no peques más”, le dice. Es decir, ve hacia ti misma, hacia tu propio corazón y no te alejes de tu ser, no desees algo fuera de ti, no quieras nada que no sea tu puro centro del Ser. Sé libre, yo no te retengo, no te poseo, no te manipulo.
Con esta frase Jesús no está manifestándole una superioridad moral, ni una admonición sino, muy al contrario, le manifiesta el más profundo y desprendido respeto hacia su ser y su naturaleza femenina.

La etimología griega de la palabra pecado es harmatia, que quiere decir falta de centro, falta de núcleo, desorientación del deseo, descentramiento de ser. La connotación sexual del término, especialmente en este pasaje del Evangelio es una interpretación muy desvirtuada y surgida muchos siglos más tarde, en las épocas más oscuras del cristianismo .

Y María Magdalena se levanta y se marcha, recorriendo la sala ante la perpleja mirada de los rabinos que no comprenden nada, en la plena manifestación de su dignidad como mujer y de su sabiduría espiritual, libre de pesados fardos de culpa que solamente pesan a los hombres que la acusan de prostituta, es decir, aquélla que está fuera de la ley.
Pero, ¿la ley de quién?

Sin embargo, ella no les reclama nada, no les pide comprensión, no reivindica su dignidad, no espera que ellos la consideren su igual, pues su plenitud dimana de ella misma según su propia naturaleza femenina y no necesita recibirla ni reclamarla con resentimiento.

Y Jesús, al escuchar el reproche de Simón por su actuación con María Magdalena, una pecadora, le dice: “Simón, tú no has ungido mi cabeza...”. Y Jesús con esto no le está recriminando que debería adorarle ni servirle, sino que le está haciendo ver que él no ha comprendido todavía de qué trata su enseñanza y su testimonio y, en cambio, María Magdalena la ha encarnado y realizado.

Este pasaje del Evangelio contiene una gran enseñanza sobre la realización e integración de lo masculino y lo femenino.

Si en el budismo se han relegado al olvido las historias de las magníficas maestras y bodisatvas que seguro las ha habido a lo largo de su historia espiritual, en el cristianismo las referencias espirituales femeninas han sido intolerablemente manipuladas por las sucesivas interpretaciones del mensaje fundamental de Jesús el Cristo.

Según las recientes traducciones de los Evangelios Apócrifos, entre los que destacan el Evangelio de María y el de Felipe, los propios discípulos varones de Jesús no podían aceptar que Jesús hubiera enseñado a María Magdalena cosas que a ellos no les había transmitido.
La difusión del Evangelio de María es muy reciente y todavía no está estudiada ni aceptada por las Iglesias cristianas.

Así pues, la tarea de recuperación de los referentes espirituales femeninos está apenas comenzando en occidente. Ésta es una labor que el mundo necesita, atormentado por la falta de paz social, mental, espiritual. Alguien dijo que el día en el que se acabe la lucha entre los sexos se acabarán todas las guerras.

 

 

Mar López 
Enviar correo

Mar López es discípula del maestro Dokushô Villalba roshi, instructora de meditación zen y profesora de Estudios Budistas, responsable de Relaciones Institucionales de la CBSZ y presidenta de la Asociación Zen de Zaragoza.

Asociación Zen de Zaragoza

Comunidad Budista Soto Zen

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números