La
mañana era fresca y el cielo azul de nubes blancas y viajeras.
La Rambla estaba tan viva como siempre, pero al contrario de los sábados
a última hora, ligera y trasparente, como recién lavada
y desayunada.
La estatua humana, ya estaba allí. Esta vez era diferente. Su
expresión era la más difícil. El reto más
alto para el artista y para toda la profesión. ¿Como mirar
de esa manera?, ¿como sonreír así?, ¿como
colocarse en esa alma?.
Se sentó sobre un pequeño pedestal de madera, de forma
que sus ojos quedaran a la altura media de los hombres y mujeres que
pasaban. Fijó la vista en un punto y ya, no la movió.
Su conciencia se colocó justo un poco más atrás
del linde de la abertura de sus ojos. Desde allí percibió
todo el espacio que podía abarcar.
Fuera de sus limites, le quedaba el cielo azul de nubes blancas y por
debajo no aparecían sus pies. Casualmente tanto en la frontera
de la derecha de su mundo visual como de la izquierda, habían
dos plátanos enormes y honestos.
No podía adivinar que persona, cosa o hecho, iban a aparecer
en ese espacio, que ahora, era su único mundo.
Aparte de lo visto, solo los sonidos y sus propios pensamientos irrumpían
en ese escenario tridimensional.
Recordó la mirada y la sonrisa de la Gioconda, Y poco a poco
su alma y sus facciones, empezaron a transformarse.
Contemplaba la vida como el que la conoce desde hace, mucho, mucho tiempo.
Con tanta pertenencia con ella, como el aire a los pájaros o
el agua a los peces. Y la tierra a la mujer.
Con la calma del que está en su casa y nada de lo que contemplaba,
le era extraño.
Con el contento de la mujer poseedora del amor y el deseo del hombre
que tanto quiere. Con la benevolencia del que conoce la fuerza de las
pasiones y el poder de encantamiento de las ilusiones. Con la mirada
y la sonrisa del que te está viendo aunque estés oculto
tras la mejor de las máscaras, o como la madre que sonriendo,
ve a sus hijos intentando ser más de lo que son.
Los orgullosos quedaban extrañados, pues en su mirada, no se
reflejaba sus importancias. Ni a los religiosos les reconocía
el mérito de poseer su única verdad. Ni los que se sentían
inferiores la convencían para que no les diera importancia. Los
duros no la impresionaban, ni los buenos, la engañaban.
En el pequeño escenario, de su mundo, aparecían y desaparecían
multitud de personajes, cada uno perfectamente ataviado, según
su caracterización. Pero ella, sonriendo, siempre descubría
al mismo actor.
Ningún instante era como el anterior y sin pausa, moría
con el nacimiento del siguiente. De esta forma, la vida del día
se iba acabando. Poco a poco los contrastes entre claros y oscuros se
difuminaron. Y como aludiendo a una antigua metáfora, todas las
cosas se fueron igualando en un mismo tono de luz.
Era el momento de levantarse, recogió el pedestal de madera y
dejó la expresión de la Gioconda. No importaba su alma
y la suya, ya no eran diferentes. Siempre volvería a encontrarla.
Acabaron de fundirse las luces de la ciudad con las de la tarde. Todo
adquirió un ligero brillo. Y, por primera vez, vio el valor del
costoso y difícil camino.