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Educación: del egotismo a la atención

 




Muy diversos e innegables son los esfuerzos educativos por parte de algunos en transformar la educación. Todo ello para que el individuo pueda vivenciarse más ecuánime y feliz y de esta manera crear un mundo diferente, menos hostil y más justo. Sin embargo, este noble intento pareciera una tarea recurrente y estéril, pues los resultados corroboran que la escala de la infelicidad no ha variado sino aumentado, y que el mundo sigue con los mismos problemas de siempre. Consideramos, además, que en la gran mayoría de los procesos educativos se aprecia algo común a todos ellos: una presencia y una ausencia que los arrastran en una misma dirección. Nos referimos a la importancia desmedida que se otorga al egotismo y a la marginación de la atención. Todo comienza con el proceso educativo, primero en la familia y la escuela, después en el medio social.


El viejo profesor de Le Carré (en Asesinato de calidad) sintetiza el sentido de su trabajo cuando expone ante sus colegas: “¿qué es lo que he hecho yo? Atrincherarme tras las posiciones de una clase dirigente que no se distingue por su talento, ni por su cultura, ni por su ingenio… Yo en toda mi vida no he enseñado nada a uno siquiera de mis alumnos, Charles… Comprenda que, en la mayoría de muchachos, la percepción [entiéndase capacidades del niño aún no domesticadas] muere con la pubertad. Es cierto que en unos pocos persiste, pero nosotros, en cuanto lo descubrimos, nos apresuramos a matarla”.


Nuestra vivencia del egotismo es inherente a la forma de percepción que desarrollamos y consecuentemente a la manera de vivenciar el mundo. La familia y la escuela, desde los primeros años de vida del individuo, suscitan y refuerzan la yoidad, convirtiéndola en el centro de la praxis educativa. Se contribuye en esta tarea tan intensamente que acaba dándose preeminencia a la necesidad del reconocimiento individual. Este hecho construye una forma de conocer habitual, una cognición egoica, es decir, un modo de sentir, pensar y reaccionar que caracteriza y configura el carácter del individuo desde su infancia. Esta experiencia se expresa, entonces, como un hecho natural y necesario. Razón por la que, lejos de cuestionarse o reflexionar sobre este aspecto tan determinante como presente, los agentes educativos, padres y profesores, trabajan cooperativamente. Pues lo que realmente preocupa es que el hijo o el discente llegue a ser un profesional de éxito adaptado al mundo laboral. Un anhelo expresado y extendido ininterrumpidamente que contribuye a la formación competitiva del individuo, y consecuentemente, a la construcción de un orden social depredador.


Un ejemplo de esta concepción tan arraigada, la escuchábamos recientemente en la televisión por boca del entrevistado, en torno a una actividad lúdico musical en la que participaban numerosos niños y niñas: “a los niños les gusta ganar”. El comentario del adulto en lugar de remarcar lo natural: a los niños les gusta jugar, proyecta la necesidad de ganar, siempre a alguien o siempre sobre otros. Esta valoración explica por sí misma un tipo de pedagogía de sobra conocida y extendida: la pedagogía del logro. De este modo, la visión reducida del individuo sustentada en el logro se establece en su mente, y el gozo natural de aprender y conocer queda mediatizado por la idea del conseguir. Así se va creando la necesidad de ser mejor frente a los otros, los perdedores, los derrotados.


El binomio éxito-fracaso se expande automáticamente a todos los ámbitos de la cotidianeidad. Vencer-ganar frente a alguien, es en definitiva, un patrón convertido en hábito mental que impregna la mente del individuo, y acaba convirtiéndose en un automatismo que empuja a una forma de ver la vida en la que uno es el centro y la meta. La idea-fuerza introducida en exceso desde la infancia alentará y regirá el resto de la vida del sujeto en la forma de conocer e interpretar el mundo. Marcará, además, su comportamiento potenciando el deseo de destacar, de ser reconocido. E irremediablemente, una vez estructurada la cognición, abocará al individuo a esforzarse en esa misma dirección. Las consecuencias se hacen evidentes: la ausencia de lucidez y una conducta poco serena, algo que le convierte en un superviviente confuso de sí mismo. Una vía demasiado ardua e intrincada para que el otro pueda existir como compañero y demasiado cómoda para experimentarlo como adversario.


La percepción basada en el individualismo se halla delimitada por la identificación con las fronteras de su propia yoidad y de sus categorizaciones. Determina y condiciona su universo mental. Acarrea la exacerbación del egocentrismo así como el desarrollo de su ética correspondiente que dicta sus acciones y valores. Este hecho suscita y refuerza un mundo emocional poco estable, una continua identificación automatizada con la diversidad de los objetos externos o con los eventos que acontecen, y, en suma, una forma de reacción que oscila entre la atracción y el rechazo. Todo lo cual produce, en definitiva, agitación, preocupación e intranquilidad.


En un proceso simultáneo, la capacidad de atención queda velada debido a la omnipresencia de la yoidad y a la excesiva dedicación que se le otorga en los procesos cognoscitivos. Es así como el individuo se convierte en reo de su propia y frecuente distracción. Es esta, precisamente, nuestra forma de percepción ordinaria: una forma de cognición limitada que refleja el modo de vida social alienado que vivimos, sustentado en opiniones con valor de creencias más que en certezas. La distracción, que no es sino el reflejo del pensamiento automatizado, usurpa la percepción de la inmediatez captada por los sentidos. Entonces más que contactar con el otro, este se nos muestra como una pálida imagen, categorizada y normativizada. De esta forma una mente distraída otorga, irreflexivamente, poder a la información ofrecida desde el exterior; algo que desordena la mente, desensibiliza, intelectualiza y nos desposee de la relación directa con lo que nos rodea. Se trata de un proceso de desnaturalización que despoja la belleza y la profundidad de la percepción de lo que uno mismo y el mundo es.


La atención es una de las capacidades más valiosas que posee todo ser humano. Aporta claridad a la percepción de lo que está aconteciendo y deshace los automatismos adquiridos. Efectivamente la atención es un instrumento poderoso para darse cuenta de las reacciones que tenemos y de lo que sucede. Se expresa como apatheia, es decir, como paz y libertad interior, lo que consecuentemente vuelve al individuo, de manera natural, más reflexivo y ecuánime. Parafraseando a Sesha, la atención, fuente y origen de todo conocimiento, es la comprensión que ordena la mente. Algo que es natural en los niños, tal como afirma el citado autor en su libro Meditación: “Los niños no tienen el peso mental que implica personalizar constantemente la percepción. Para ellos el mundo se experimenta completamente despersonalizado sin yo. El yo va naciendo lentamente y conformando una presunción individual que finalmente adquiere consistencia hacia los siete años. Para un niño es completamente natural proyectar su atención a la fuente sonora, visual, auditiva, gustativa o táctil. Permanecen así horas, días enteros. Por ello es tan fácil advertir su inocencia. La ausencia del fardo egoico todavía no los atrapa de lleno”.


Abordar una educación que supere el fraccionamiento y la limitación propios del egotismo, sólo es posible desde una perspectiva diferente. Para ello más allá de la información lo que se necesita es de la atención. Un instrumento eficaz para estar presentes, permitiéndonos una conexión comunicativa más integradora para relacionarnos con el otro, y posibilitando, por tanto, la creación de estructuras simbólicas y sociales que ordenen y no jerarquicen. La atención es una facultad del ser humano que acaba con la dispersión mental y proporciona, más allá de la sensación y de la razón, una comprensión más lúcida. Sus efectos se expresan en el individuo, y su práctica puede ir extendiéndose a todos los universos que cotidianamente construimos socialmente, tales como el ámbito de la salud, la educación o la terapia, entre otros. Incide sobre el otro y suscita una inusual forma de conexión, pues el individuo atento crea la respuesta adecuada que requiere la situación del momento.

 

Aitxus Iñarra 
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Profesora de la Universidad del País Vasco /Euskal Herriko Unibertsitatea

 
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