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El cuerpo velado

 




El cuerpo es evocador de innumerables representaciones e identificaciones. Es la masa, la máscara y el disfraz, signo, templo y prisión, forma u organismo vivo. También es el receptáculo que recoge y expresa el pensar, las emociones, las actitudes y las experiencias vividas por la persona. Todo ello está relacionado intrínsicamente con la vida social y cultural, la cual afecta, recíprocamente, al cuerpo, es decir, a su anatomía, fisiología y biología.

Si bien las percepciones de las tradiciones culturales del cuerpo son muy diversas, existe una perspectiva muy extendida en el planeta. La que considera que el individuo tiene un cuerpo escindido de su mente. Esta ruptura genera una red de símbolos y metáforas sobre el cuerpo que lo anatomizan de diferentes formas. Así, reducido a objeto es susceptible de ser descrito y manipulado en función de los intereses de quien tiene la legitimidad de nombrarlo, es decir, las instituciones y los medios de comunicación. Un claro ejemplo es la exposición de E. H. Kantorowicz en su libro Los dos cuerpos del rey. Con ocasión de un famoso proceso sobre los derechos reales en la Gran Bretaña del siglo XVI, los juristas reales reunidos en el Serjeant`s Inn acordaron lo siguiente. El rey tiene en sí dos cuerpos: un cuerpo natural y otro político. El primero está sujeto a las dolencias provenientes de la naturaleza y del azar. Pero su cuerpo político es un cuerpo invisible e intangible, formado por la política y el gobierno, constituido para dirigir al pueblo, y para la administración del bien común. En este cuerpo, a diferencia del natural, no cabe defecto alguno ni flaqueza natural.

Es obvio que esta concepción del doble cuerpo, ambos dos unidos en la persona del monarca, da preeminencia al cuerpo político, cuerpo dominante, que investido sobre el natural, solapa el cuerpo humano, corrupto y caduco, aventajándolo de manera incuestionable.

La perspectiva del cuerpo doble es extrapolable a la concepción cultural dominante que tenemos del mismo. Los discursos sociales sobre el cuerpo, que ocultan y amordazan el cuerpo natural, son trasmitidos desde las instituciones y los medios de comunicación. Estos últimos, como es sabido, poseen una gran eficacia transmisora de conceptos e iconografía somática. Son los cuerpos inventados, muchas veces violentadores, que se muestran y se enseñan mediante discursos, imágenes y modelos de conducta. Son los cuerpos dictaminados que se codifican y cosifican como sanos o enfermos, idolizados, rechazables, turbadores, deseables, decrépitos, pudorosos…

En este sentido, instituciones como la familiar, la educativa, la médica o los medios de comunicación (sobre todo a través de la publicidad), proyectan maneras de concebir el cuerpo separado de la mente. Lo que da lugar a formas frecuentemente insanas de percibirlo y sentirlo, generadoras de ansiedad, incertidumbre, tensión, depresión... Dentro del sistema social destaca un poder determinante, el económico. Éste produce e inculca un tipo de representaciones, destinadas a fabricar el cuerpo productivo, bien sea como herramienta, objeto vendible o mercancía. Es el cuerpo fragmentado, tarifado, propio del mundo laboral, en donde, en consonancia con las actividades que desarrolla el individuo, se valoran o adquieren mayor relevancia y valor determinadas partes del cuerpo frente a otras; como pueden ser las manos, el intelecto o las zonas erógenas, según se trate de un trabajo manual, intelectual o sexual.

También la medicalización de la sociedad ha tenido sus consiguientes efectos en el cuerpo y por tanto en el individuo. Es un hecho constatable la presencia médica en la vida de éste, tanto en el nacimiento, como en el control de la sexualidad y en la muerte. El cuerpo, apropiado y dominado por la institución médica, que todavía trata al paciente, predominantemente, como una dualidad psicofísica, extiende su intervención mediante dictámenes, prescripciones y categorizaciones en múltiples eventos de la vida de los ciudadanos. Así, se clasifica y decide sobre el cuerpo como enfermo o sano, apto o no para trabajar, para servir al ejército, conducir un vehículo…

La sexualidad y la muerte aparecen vinculadas, asimismo, con la prohibición. Nos referimos al tabú, que constituye un referente ineludible en diferentes ámbitos de la cultura occidental, y que funciona como un marcador de límites entre lo vedado y lo permitido. Se trata, en concreto, de la escisión de la psique en Eros y Thanatos, dos mitos que tienen sus correspondientes expresiones en el cuerpo; bien como objeto erótico prohibido o como cadáver. Tal es el tabú relacionado con Eros, o la sexualidad prohibida del incesto, representada en el relato mítico de Edipo. Thanatos, más vigente y más vivo, expresado en el cadáver, no es tanto el tabú de la muerte cuanto el de la aceptación de la muerte de uno mismo. Los otros mueren, sin embargo uno niega su propia muerte.

El cuerpo dictado se inocula, en definitiva, mediante una profusa red de representaciones e imágenes, convirtiéndose en experiencias subjetivas en lo que se refiere a vivenciar el cuerpo. Todo esto se traduce, en definitiva, en un código simbólico que se interioriza dando lugar a un proceso de somatización. Un proceso controlado desde posiciones externas, alejado de los sentidos y sensaciones del individuo, que encubre su capacidad de experimentar por lo que es y siente.

Ahora bien, en la construcción de este cuerpo conceptual, su imagen, está vinculada, a su vez, a un yo que se identifica, recíprocamente, con el cuerpo fabricado. Es precisamente el cuerpo cultural, el que se inviste, el que ejerce como elemento constrictivo, marcando simultáneamente la identificación con el ego o el yo separado. Es el cuerpo descrito social y culturalmente como forma e imagen, que actúa de barrera separadora con el cuerpo natural y lo restringe a ser parte de una entidad dual psicofísica.

Sin embargo, un individuo no es una entidad dual psicofísica, sino una unidad de información bio-química, energética, emocional y mental; dotada de conciencia e interconectada con los otros. Es un sistema interrelacionado intrínsicamente. El símil que ofrece G. Gurdjieff en Del todo y de todo nos acerca a esta idea. Compara al ser humano ordinario con un carruaje compuesto de cochero, coche y caballo. El cochero corresponde al pensar, el coche al cuerpo físico, y el caballo se relaciona con la realidad emocional. Hay un cuarto elemento: el pasajero, sentado en el carruaje. Éste es el primer transeúnte que llega, como cualquier cliente de un coche-taxi, que cambia a cada momento. Se distingue del sujeto que observa o yo consciente, en que el pasajero es el amo.

A diferencia del cuerpo separado que es poseído por cualquier transeúnte, el cuerpo animado, sanado, al igual que el pensar y el sentir, están interconectados con el amo, es decir, con el que asume lúcidamente el control de su vida. El paso del cuerpo separado al cuerpo animado, sanado, depende de la conciencia atenta capaz de llevar a cabo un proceso de transformación, del individuo ordinario, que apunta Gurdjeff, al individuo integrado.

En el individuo convencional ha quedado velado su cuerpo natural. Poco consciente de su cuerpo físico, de lo emocional y lo mental, ha aceptado los sentidos impuestos por el cuerpo abstracto, cultural, producto de la oposición cuerpo y mente. Sin embargo, la observación y el discernimiento del individuo atento amplía su conciencia en el presente superando la dualidad programada, y hace posible asumir el cuerpo en la unidad de lo que yo soy. Un sistema único de cuerpo, pensar y sentir, que se expresan en un yo consciente, capaz de dotarse de nuevos sentidos y expresiones, lo que se traduce en una relación más íntegra con el otro.

 

Aitxus Iñarra 
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Profesora de la Universidad del País Vasco /Euskal Herriko Unibertsitatea

 
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