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El encuentro con la Muerte
en las sociedades occidentales
 

 

 

Los Talleres de Percepción Subjetiva de la Muerte

Cada día hay más personas que manifiestan interés por saber algo, hacer algo más, experimentar, por leer algo… sobre la muerte. De hecho, hablar de la muerte es algo delicado y complejo, y a la vez absolutamente simple ya que es el final ineludible de nuestras vidas. Depende de la madurez y reflexiones previas de cada persona. En este texto vamos a hablar del espacio que ocupa la muerte en nuestras sociedades, y de la manipulación ideológica de que es objeto. Es decir, de la muerte desde una óptica amplia, antropológica, y no religiosa.

 

Un diseño bipolar

Por un lado hay que entender que los seres humanos somos seres biológicos y culturales a la vez. Tanto nuestra llegada a la vida como nuestro final inevitable en el fenecer están indicados por importantes cambios biológicos y culturales que puntúan la existencia de cada persona. En este sentido, si como seres culturales disponemos de un abanico de posibilidades abiertas en lo que se refiere a creencias en el más allá, cultos, ceremonias y festejos de comensalidad, como seres biológicos tenemos un diseño cerrado, o por lo menos muy poco flexible. En la muerte es la biología quien impone sus leyes entrópicas. Podríamos considerar nuestro proceso biológico como de diseño cíclico en el sentido más lato (al morir el cuerpo se descompone en sus elementos primarios con lo que en realidad, para la Naturaleza, no desaparecemos sino que simplemente nos transformamos en hidrógeno simple, calcio, nitrógeno, etc. y por otro lado, nuestro cuerpo es un auténtico campo de batalla donde se da la muerte y el nacimiento celular constante), pero nuestra consciencia no acepta esta transformación como una pauta de continuidad de la existencia. Así, si la Naturaleza nos diseña en forma de proceso cíclico de mutaciones biológicas permanentes, la mente humana tiene un diseño binario, lineal y causal que no encaja de forma directa las limitaciones de la biología. Para resolver este conflicto, que en último término es el de nuestra propia muerte, la mente humana ha elaborado una realidad cultural que permanece más o menos indeleble y va más allá de cada individuo. Se trata de los sistemas de valores en base a las grandes categorías culturales de cada sociedad: bueno/malo, feo/bonito, eternidad, ciencia positivista o religiones de la permanencia… pero todo ello son categorías culturales que solo pertenecen y tienen vigencia dentro de un espacio y un tiempo construido por nuestra mente.


La antropología se dedica justamente a estudiar estas realidades en que vivimos, construidas simbólicamente. Dentro de estas realidades culturales -las únicas cognoscibles para los humanos- los ritos de paso son los hitos que nos indican dónde estamos, quiénes somos, y qué obligaciones y derechos tenemos para con el mundo que nos envuelve. Y aún dentro de los ritos de paso, los dos de mayor importancia son la bienvenida a los que acaben de nacer y la despedida al morir. El inicio y el final. Estos ritos (por ejemplo, para los cristianos el bautismo y la misa de difuntos) están alejados del hecho físico del nacimiento y del óbito de la persona: la consciencia a través de la cultura trata de imponer sus leyes a la biología, y la única forma de comprendernos como seres humanos es aceptando que la cultura y la biología se afectan mutuamente. La selección cultural incide en la evolución biológica y al mismo tiempo las poblaciones humanas se diversifican en sus adaptaciones locales por medio de las culturas.

 

La estrategia permanente

¿Cómo han resuelto otras sociedades -y la nuestra- la angustia que genera el pensamiento y la consciencia de la propia muerte? Usando el arma más potente de que dispone el ser humano: el simbolismo, la creación de mundos simbólicos por medio de la capacidad del imaginario humano (en último término lo que nos define como seres humanos). Para ello y gracias a ello, repito, se han construido los sistemas religiosos.


Por medio de las religiones y de los sistemas de creencias que integran la muerte en un diálogo profundo con la vida y los demás seres humanos, se ha tratado de frenar la angustia ante esta disolución del ego que, en último término, es la esencia de la muerte: disolución del ego material (el cuerpo), del ego social (referentes de identidad, propiedades, títulos y cargos) y del ego psicológico (“yo soy”, “yo siento”). El simbolismo religioso ayudaba a entender la propia muerte no como un final absoluto, sino como la culminación de la reintegración del individuo al proceso de vida universal y eterno. Por ejemplo, por medio de las creencias en la muerte como forma de retorno a la Madre Tierra arquetípica, desde la cual habrá una o muchas reencarnaciones; o entendiendo la muerte como paso hacia un mundo más placentero, tal como nos dibuja el Paraíso, desde donde habrá un nueva vida, incluso corpórea. Y todo ello en oposición al sufrimiento, que sería lo denotativo de la vida terrena (y no hay que olvidar que el propio sufrimiento viene generado en buena parte por la consciencia de la muerte). Todo este simbolismo de la muerte ha ayudado a la humanidad a entender la vida no como un final, sino como parte de un proceso o viaje de gran valor iniciático: las pruebas y dificultades de aquí enseñaban a perder el miedo a la muerte porque se consideraba que después la persona recibiría los premios por este sufrimiento. Incluso si era muy elevado el sufrimiento, aseguraba la propia vida eterna y la salvación de la humanidad entera.


Por todo ello, pudiera sorprender que siendo la muerte un aspecto tan decisivo en la historia de nuestras vidas como el mismo nacimiento (el cual recordamos y celebramos puntualmente cada año), y que la muerte siempre haya sido un punto culminante del simbolismo ritual de todas las culturas de la Tierra, hoy sea una temática marginal, de interés cuasi solamente económico (quién pagará el entierro, cómo se repartirá la herencia).
Una consecuencia de este abandono de los ritos de despedida y de la aceptación pautada de la muerte se observa, por ejemplo, en el hecho de que la muerte ha pasado a ser el último tabú eficaz de nuestras sociedades y, por ello, una de las fuentes más importantes hoy de manipulación ideológica. Hasta hace unos años era la sexualidad socialmente controlada el tema nuclear sobre el que actuaba toda represión y coacción social, pero a partir de la Revolución Juvenil (Mayo del 68 en París, Primavera de Praga en los países del este, hippismo en Norteamérica) el sexo perdió su carácter de tabú y hoy ya sólo se usa como incentivo para la venta de coches y neveras, por ello ha perdido toda la fuerza de sanción moral e ideológica que tenía. Ahora es la muerte la que actúa en este sentido.

 

La manipulación ideológica de la muerte

Actualmente, como señala Mª J. Buxó, no hay muertes que sirvan para asegurar la vida feliz en el más allá, como la de los mártires religiosos, sino que los Estados manipulan el temor fóbico a la muerte de acuerdo a sus intereses. Hay muertes que se destacan en los medios de comunicación de masas (el único camino que conoce el homus masificatus para trascender, como decía Baudrillard) en beneficio de la ideología dominante. Los gobiernos etiquetan una muerte de “buena muerte” (por ejemplo, el policía que fenece en acto de servicio para el cual hay un entierro financiado por el Estado, es decir por todos, protagoniza programas de televisión, etc.) o la etiqueta de “mala muerte” (la del terrorista abatido cuyo óbito se difunde como habiendo muerto indignamente, alejado de sus seres queridos, cazado como un animal, etc.). Con ello se refuerza el temor a morir de cierta manera (la del terrorista que ataca los intereses del Estado) y, en sentido contrario, la tendencia a buscar la inmortalidad por medio de la plasmación de la propia muerte aplaudida en los medios de comunicación de masas. Con ello resta para la muerte de la mayoría de personas la simple categoría de “muertes anónimas”, tránsitos que suceden en salas de hospital público, apartadas incluso de los familiares para evitarles el embargo emocional de tener que presenciar algo tan culturalmente anómalo. Por ello, a pesar de esta o la actual de curiosidad y atracción, especialmente en los EE.UU., sigue subsistiendo el terror tanático del cual parece que el ser humano solo se salva durante los ocho o nueve primeros años de su vida, cuando todavía no puede reconocer lo que significa desaparecer para siempre, y ello aunque hayamos elaborado complejos sistemas simbólicos para defendernos de esta angustia.

Si aceptásemos la realidad profunda de la finitud en la forma que nos hace percibir nuestro ego culturalmente construido, tal vez conseguiríamos tener la paz interior y social que tanto se dice anhelar. El problema parece residir en que somos seres conscientes de las limitaciones biológicas de nuestra propia existencia, pero, como afirmó S. Freud en 1915, parece que a nivel inconsciente nadie cree realmente en la finitud de su propia vida. Esta idea de inmortalidad culturalmente construida por medio de las religiones tiene, como mínimo, una cara peligrosa y otra buena. Por un lado, si fuésemos absolutamente conscientes de la vulnerabilidad del ser humano estaríamos más motivados por el día a día, y por no dejar cosas pendientes si se consideran esencialmente importantes por el propio sujeto. Esto estimularía la creatividad, como se ha verificado repetidamente en la historia de nuestra especie, y despertaría el instinto de conservación y de supervivencia individuales favoreciendo la flexibilidad adaptativa de la propia cultura social. No obstante, son pocas las personas de nuestras sociedades que pueden pensar abiertamente en la finitud de la vida humana sin caer en un estado de profunda angustia y ansiedad. Por el otro lado, si bien una cierta consciencia de inmortalidad, proyectada en los creencias y propuestas religiosas, ayuda a superar la angustia ante la parca también es cierto que puede adormecer la actitud sagaz y viva que da el tono y la energía necesarios para llevar una existencia plena y atinada (“dejemos la solución de nuestros problemas para otro día y, si no, ya se encargará Dios -o el Estado- de resolverlos”).

A pesar de todo ello, y aceptando la enorme valor adaptativo y ampliamente terapéutico que ofrecen al ser humano tales sistemas de creencias, tan solo hay algo absolutamente seguro y es que la muerte es el final ineludible de todo el ciclo vital, tal como lo podemos conocer. Y además, que tiene dos características que son las que lo convierten en temible y angustiante tabú para nuestras sociedades: la muerte es impredecible a priori ya que, aunque hay indicios observables que permiten prever cuándo está a punto de acabar el ciclo vital de una persona, nadie sabe con certeza si hoy será el último día de su vida; y por otro lado, la muerte tiene un carácter absolutamente misterioso.

Impredecible y misteriosa en su esencia, la muerte ataca la misma raíz fundamental de los valores que estamos persiguiendo en nuestras sociedades: la seguridad planificada y la predictibilidad (dos caras de la misma moneda). Se podría afirmar que la civilización es un intento permanente del ser humano para construir un mundo que sea predecible (la ciencia tiene en ello uno de sus motivos de progreso) y que sea seguro, conocido. No en vano se afirma repetidamente que con el avance científico se desvelan lo que antaño eran misterios insondables. Pero la muerte escapa a esta predictibilidad y mantiene su secreto misterioso del después, por lo que en nuestras sociedades hay una especial consciencia fóbica hacia la muerte. Para otros pueblos, la muerte era y es algo cotidiano: cada otoño muere el mundo vegetal para verlo renacer a la primavera siguiente; los animales son vistos nacer, alimentados y protegidos para acabar transformados tras su muerte en energía alimenticia de las propias personas; cuando el sol se retira cada anochecer acababa la vida activa para el humano de sociedades primitivas y tradicionales, para amanecer de nuevo, de forma ininterrumpida, al siguiente día. Cuando alguien salía a cazar no era extraño que no regresara (por ejemplo, entre los shuar o jíbaros una familia estándar tiene veinte miembros de los que ocho han muerto por accidente, asesinados, picados por una culebra, etc.) y las muertes entre niños eran frecuentes. La muerte formaba parte consciente de la vida cotidiana (“¡cuídate!” era una forma de despedida que cada vez se oye menos). Pero actualmente, la mayoría de personas ven la muerte una o dos veces como máximo a lo largo de toda su vida, y en general están tan angustiadas y emocionalmente abrumadas que se sienten incapaces de observarla con claridad.

En otras sociedades donde el devenir diario es casi imprevisible, la muerte es aceptada en su justa dimensión de final, de cambio radical, y las personas se preparan para ella atravesando rituales cuya finalidad es entrenarles para el tránsito, por medio del uso de substancias enteógenas o prácticas equivalentes de origen chamánico, místico o esotérico (los misterios Eleusinos y de Samotracia, la promesa de un nuevo mundo lleno de luz después de la muerte si se han realizado las prácticas adecuadas aquí y se ha soportado el sufrimiento de las pérdidas, la meditación orientada, los múltiples ritos iniciáticos …). Estos pueblos primitivos y tradicionales se familiarizan con la muerte, pero no por ello pierde su carácter altamente misterioso: se acepta, cada uno se pregunta sobre su naturaleza, se habla de ello y se la mira cara a cara desde el propio hogar (los lares dedicados a los ancestros).

 

En busca de soluciones

Con la pérdida de estas tradiciones y de esta religiosidad no eclesiástica inserta en lo cotidiano, nuestras sociedades se han encontrado frente a frente con la muerte, con la angustia que genera nuestra consciencia lineal finalista y en la huida se ha corrido en tres direcciones distintas. Por parte de unas minorías pararreligiosas o religiosas se han tratado de recuperar tradiciones antiguas provenientes del mundo oriental o de culturas chamánicas (se han traducido libros sobre la muerte como el tradicional Libro Tibetano de los Muertos o Bardo Todol y el reciente Libro Tibetano de la Vida y la Muerte, el Libro Egipcio de los Muertos, se han difundido sistemas de creencias y prácticas para frenar tal ansiedad, se han vendido por millares los ejemplares de las obras de C. Castaneda con su novelada cosmovisión de la actitud guerrera ante la vida como forma de diluir la muerte, etc.). En segundo lugar, especialmente entre los profesionales de la salud y del trabajo social que se hallan ante la muerte de sus pacientes de forma cotidiana, ha habido un acercamiento a la muerte desde la vertiente del duelo y del acompañamiento al moribundo; es decir, no se han ocupado tanto de la muerte y los muertos como, en cierta forma, de los vivos que han de verse enfrentados a la muerte de otros (el principal exponente de esta tendencia es la doctora norteamericana de origen suizo E. Kübler-Ross y su famosa escuela de acompañamiento a los moribundos, en España presente a través de la Fundación Tornar a Casa). Y en tercer lugar, la actitud que mantiene la inmensa mayoría de congéneres de nuestras sociedades: negar absolutamente la muerte. Esta es la postura general. La muerte se niega, no se la quiere ver, los moribundos han de realizar su tránsito en hospitales, es decir en lugares impersonales y culturalmente considerados asépticos de donde no pueda salir la mínima contaminación (contaminación que se manifiesta en forma de angustia activada por la tanatofobia), de donde no puedan escaparse los síntomas de la muerte. Los cadáveres, antes de abandonar los hospitales, se disimulan para que no parezcan lo que en realidad son, y durante el cada vez más corto velatorio se habla de lo bien que ha quedado el muerto una vez maquillado, de que parece más joven ahora que antes de morir, etc. Se niega la muerte maquillándola de juventud gracias a la tecnología. Extrañamente se habla de las virtudes y defectos del extinto como forma de aleccionar a los jóvenes, o de la propia muerte como invitación a poner en orden los asuntos de los vivos. Disimular, ésta es la consigna. Desde el punto de vista social existen los Seguros de Vida (nunca mejor hallado un eufemismo más equívoco y falaz) y pensiones para que los familiares directos noten lo mínimo posible la pérdida del finado si era cabeza de familia. Hay empresas que, previo pago, se encargan de organizar el sepelio, el entierro, las coronas de flores y los ornamentos y oropeles para la tumba, con lo cual se puede afirmar que ya no se trata de una señal del peso moral del muerto, sino que las coronas y símbolos que acompañan el rito del entierro son el producto de una auténtica economía elevada a nivel de teología general.


La única postura coherente y sólida ante la muerte, como ante cualquier otro evento o conflicto de la vida humana, es encararla, tomar consciencia de ella, conocerla hasta donde sea humanamente posible: respetar y observar frente a frente es la fórmula para librarse de ello, sea un temor o una fijación. Lo contrario, como repetidamente asevera la Psicología, solo lleva a luchar con los propios fantasmas para no resolver nada. De aquí, que los Talleres de Percepción de la Muerte que organizamos en España en conjunción desde el Institut de Prospectiva Antropològica y el Máster en Gerontología Social de la Universitat de Barcelona, sean una herramienta psicológicamente útil en diversos sentidos. Su objeto es ayudar a perder la fobia incontrolable anta la muerte propia y ajena, por un camino experiencial, alejado de los dogmas (en principio no debe creerse nada que no haya sido experimentado tras un tiempo prudente de espera). La finalidad de estos Talleres no es alimentar una creencia colectiva si no experimentar individualmente lo que llamaríamos una apreciación subjetiva del propio tránsito, usando técnicas muy específicas de respiración que provocan una hipo-oxigenación cerebral, la llamada respiración holorénica (u holotrópica en terminología de S. Grof). Adecuadamente conducida, se accede a un estado de consciencia cuyo principal factor es la modificación del ego cotidiano, acompañado de interesantes somatizaciones de diverso carácter. Esta técnica puede tener aplicaciones centradas en un uso terapéutico, no obstante estos talleres se orientan hacia el objetivo propuesto: facilitar a los participantes una experiencia psicológica similar a la de su propia muerte, en el sentido de disolución pasajera de los procesos y estados cognitivos y emocionales cotidianos, apoyado por la labor de la psicoterapia para ayudar a aquellas personas que necesiten resolver los conflictos que puedan aparecer durante la experiencia. Ello se realiza sin acudir a sistemas religiosos, pero la experiencia subjetiva que tiene cada participante puede ser ubicada dentro de su propia cosmología personal como algo religioso, de carácter terapéutico, como simple experiencia interesante o como conocimiento vivencial con aplicaciones profesionales médicas a la hora de acompañar un moribundo y poder entender mejor sus sutiles mensajes, además de haber frenado la ansiedad propia ante el paciente por haber descorrido un tanto el misterio de lo que sucede al morir. Por otro lado, estos Talleres de Percepción de la Muerte ayudan a los participantes a tomar consciencia de su propia finitud y con ello a adoptar medidas para resolver cuestiones pendientes que conllevarán un seguir viviendo con mayor libertad y respeto hacia uno mismo. Probablemente sería más correcto llamarlos Talleres de Percepción intensa de la vida, ya que una primera consecuencia es la pérdida de miedos -que no de respeto- que atenazan la expansión de la propia individualidad, y un aumento del sentimiento de responsabilidad ante la vida: se aprende que cada uno es responsable de su propia experiencia, de su propio existir y allí no sirven argumentos para acusar al Estado, a los padres o a la sociedad de los propios desmayos y flaquezas. No obstante todo ello, y como dijo un conocido literato, lo importante no son las experiencias por las que pasa una persona, sino lo cada persona hace con sus experiencias. Vivenciar una cierta muerte psicológica, con sus apremios, misterios personales y percepciones modificadas, no tiene nada de triste como me objetó hace poco un periodista, sino que es dar un potente y eficaz impulso a la propia vida.

 

Por D. Josep Mª Fericgla
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BIBLIOGARFÍA

CALLANAN, Maggie y KELLEY, Patricia, 1993, Atenciones Finales, Plaza y Janés, col. Muy Interesante, Barcelona.
GROF, Stanislav y Christina, 1994, Más allá de la muerte, Debate, Madrid.
GROF, S., y HALIFAX, J., 1982, La rencontre de l’homme avec la mort, France Loisirs, París.
KÜBLER-ROSS, Elisabeth, Los últimos instantes de la vida.
THOMAS, Louis-Vincent, 1991, La muerte, Paidós Studio, Barcelona.

(artículo cedido por el autor)

 

 
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