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Tengo un propósito
 


Les propongo como reflexión un nuevo tema, simple, despejado y directo, clarificar cuál es nuestro verdadero proyecto de vida. Si bien ocupa un lugar preferente en la historia de la tradición budista, tiene cabida y extensión en otros muchos espacios que trabajan por el crecimiento integral del ser humano.

Ante un planteamiento como éste, la pregunta que se presenta con fuerza es la siguiente: ¿sabemos realmente lo que necesitamos en todo momento? Apunto algunas más: ¿somos capaces de prestar atención y dejar a un lado aquello que no nos alimenta? Es decir, para no irnos por las ramas, ¿qué nos hace verdaderamente ser felices y qué no? ¿Hemos encontrado el fundamento de la vida? De ser así, ¿promovemos actuaciones responsables, mantenemos nuestras interrelaciones sin conflicto, generamos condiciones apropiadas y desarrollamos un esfuerzo justo para que todo ello esté teniendo lugar de buena forma?

De todos es sabido que nos mueve un propósito común: pulsamos por sentirnos bien y mejor a cada instante, en definitiva, anhelamos ser plenamente felices. La Vía del Budha reúne en equilibrio el esfuerzo que invertimos para alcanzar aquello que pretendemos y el mantenimiento que nos supone sostenerlo.

En el zen insistimos en que, antes de iniciar el camino hacia la sanación, debemos saber cuál es el punto de llegada y cuál el punto de partida, visualizamos claramente dónde está la meta y desde dónde y cómo partimos hacia ella. De hecho, hay una vieja expresión en el tiro con arco que dice: “un movimiento milimétrico en el momento de partida de la flecha, se traduce a su llegada en varios metros de distancia con respecto al blanco”.

Sabemos por experiencia de la importancia de una visión correcta, eje fundamental sobre la que descansa y se desarrolla el denominado “óctuple sendero” (que no ha lugar desarrollar ahora), una brújula que facilita a todo navegante un buen mapa de sus vivencias.

A través de la meditación zen podemos adentrarnos con calma y tranquilidad en los recovecos de la mente y detectar qué aspectos están condicionando nuestro caminar, qué elementos permiten favorecer la emergencia natural de un estado exento de dolencias y qué otros nos están impidiendo ser verdaderamente felices para abandonarlos entonces por la borda.

Se trata de un proceso de aprendizaje, paciente y perseverante, cuyos frutos se van dando con el paso del tiempo. La transformación que he venido observando en los meditadores a lo largo de estos años es un hecho palpable que así lo corrobora. Para conseguirlo, debemos recuperar el buen tono y desplegar la libre voluntad de querer hacerlo. Hablo de un trabajo sanador que requiere una cuidada disciplina.

Tenemos la posibilidad de ser felices, de hecho, es nuestro verdadero propósito en esta vida, ahora bien, cada cual es el responsable de poner luz a sus actuaciones, palabras y pensamientos y sembrar semillas de conciencia en este proceso permanente del darse cuenta.

La meditación zen ofrece una guía completa y sistematizada de la percepción que tenemos de nosotros mismos y de la realidad que nos rodea. Sufrimos por una falta de atención. En este sentido, las personas ignorantes identifican felicidad con alegrías ilusorias que creen obtener con pasiones fantasiosas pero el camino para llegar a desarrollarnos plenamente, viene dado por un mayor conocimiento de los propios límites.

En resumidas cuentas, todos estamos capacitados para ser enteramente felices pero insisto, quede claro, cada cual goza de la libertad y la responsabilidad suficientes para serlo. El esfuerzo consciente forma parte del proceso del despertar. Para salir de la oscuridad de la ignorancia hay que querer hacerlo, tener una motivación apropiada y desarrollar este propósito.

La puerta de la sanación está completamente abierta para ti.

Da un paso adelante.

 

 

Por Denkô Mesa
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