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La muerte es vida, la vida es muerte
 

 

El paso del tiempo es una ley inexorable que a todos nos afecta. Todas las criaturas de este mundo, todos los fenómenos del universo están sometidos a la ley del cambio. La impermanencia es real; no aceptarla una ilusión. Cada instante es un viaje de ida y vuelta. Partir y regresar sin meta, como hacen las olas en un baile insonoro, forma parte del paisaje de todas las existencias. Nacer y morir dependen el uno del otro como el paso de la pierna izquierda lo hace tras el paso de la pierna derecha. Expansión y contracción, día y noche, cielo y tierra, junto a un sinfín de momentos dinámicos, se superponen en un fluir natural donde nada falta y nada sobra. Todo es tal cual está siendo.

Sin embargo los seres humanos vivimos alejados de esta realidad y caemos en los dominios del apego y del rechazo. Ésta es la causa del sufrimiento. Vivimos identificados con esto y lo otro. Nos creemos propietarios de personas, objetos, proyectos y fantasías, quimeras todas ellas que caen por su propio peso ante el hecho ineludible de la ley universal del cambio y la mutabilidad constante.

Nuestras relaciones están marcadas por la posesividad y renunciamos al hecho de partir. Muchos pensadores han abordado esta verdad y encontramos expresiones de todo tipo. Valgan las palabras del francés Montaigne quien dijo que "aprender a vivir es aprender a desprenderse."

El pasado es inexistente, el presente inatrapable, el futuro imprevisible. Ahora es ahora. La meditación zen es un arte del soltar y mantenerse al mismo tiempo. La paradoja de la experiencia no puede ser captada por la mente convencional. Hace años escribí este poema:

"A media tarde retumba el tambor en la montaña verde

haciendo inútil el espacio-tiempo

tanto,

que quiebra

lo absoluto.

Fusión con lo absoluto.

Sólo queda la quietud

de serlo todo,

de serlo todo y nada al mismo tiempo.

Gozo.

Dolor ausente, frágil, vivo, penetrante…

He aquí un canto al vacío

henchido de dorados pensamientos y de azules tintineos,

mientras voy surcando a tientas lo infinito

cuando el aire rompe a media tarde

nuevamente

en su silencio."

Los fenómenos son vacuidad; la vacuidad se torna fenómenos. Todo pulsa, oscila y se mueve. Este movimiento armónico tiene dos polos principales. Por una parte observamos la transformación de la materia en energía, por otra la energía en materia. Pretender parar este ciclo natural es como nadar a contracorriente. Toda manifestación es interdependencia en un cambio sin fin. Esta infinitud es la ley básica en el Budismo. Nada vuelve sobre sí mismo, nada es nunca lo mismo. La mismidad de los fenómenos es la insustancialidad de éstos.

En la vida humana, la energía universal va articulándose desde los niveles de organización más simples hasta alcanzar los evolutivamente más complejos. Esto es, desde el primigenio óvulo fecundado hasta el estado del Ser plenamente despierto que somos. Por otra parte, está el proceso inverso, desde lo material o tangible hasta el mundo de lo no invisible (que no por ello no experimentable) aquel que va desde la concepción hasta la Clara Luz, desde el Ser al No-Ser. Es un movimiento de reabsorción o involución: Ia materia se vuelve pura energía. ¿Es a esto lo que llamamos muerte?

La razón más profunda del temor a la dama de blanco es que ignoramos realmente quiénes somos. Estamos atrapados en la ciega creencia de una identidad personal autoconstruida que caracterizamos como única e independiente, pero si nos atrevemos a examinarla, comprobaremos que esa identidad depende por completo de una interminable colección de cosas cambiantes que la sostienen. El "yo" aparte de ser un simple pronombre personal es considerado como principio de organización de todo lo que somos. No somos esta imagen mental generada. Somos un siendo. La insustancialidad (muga en jap.) es nuestra naturaleza. Aceptar esto implica practicar la Vía desde la comprensión de la realidad impermanente pero si se antepone la comprensión a la práctica, generamos un obstáculo. Por el contrario, si somos practicados por la Realidad, la insustancialidad se practica y aprehende a sí misma. El maestro Dôgen zenji dijo:

"¿A qué podemos comparar nuestra vida?
Al reflejo de la luna llena
en la gota de rocío
que cae del pico de un ave acuática."

La experiencia no es el lenguaje. La vida y la muerte son el asunto esencial. El tiempo pasa rápido como una flecha. Que el eco de estas palabras resuene en cada uno de los lectores y les permita dar un paso adelante ante el misterio. Acepten esta sincera invitación: dejen de ser y permítanse ser lo que ya están siendo.

 

 

Por Denkô Mesa
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