Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


La práctica de la ecuanimidad

Textos Zen



 

Introducción
A lo largo de este artículo trataré de abordar la idea de la ecuanimidad, uno de los ejes fundamentales de todo practicante budista.

Muchos son los sinónimos que encontramos en castellano para hablar de este concepto: imparcialidad, equidad, rectitud, integridad. En el D.R.A.E. se da la siguiente definición para este término: “cualidad de ecuánime”. ECUÁNIME: “equilibrado, sereno. No propenso a apasionarse o perder la tranquilidad. Se aplica al que obra de acuerdo con la razón y la justicia y no por impulsos afectivos, así como a sus actos o palabras.”

Desde luego, la definición da para mucho, así que vayamos por pasos.

La mayoría de nosotros asociamos la noción de la ecuanimidad con las estatuas de Buda de sonrisa serena y actitud tranquila vistas en los museos, colecciones de libros o en un buscador de Internet, por lo que pensamos que la gente “iluminada” debe estar siempre perfectamente templada. Sin embargo, de vez en cuando, nos encontramos con una versión totalmente distinta de la ecuanimidad budista; puede tratarse de un pergamino con un tipo mostrando sus dientes afilados, con un hábito desarrapado y manejando una escoba, o bien podemos encontrar una estatua de un monje de cuello grueso y ojos feroces, saltando con alegría en el momento del despertar espiritual.

A diferencia de los Budas etéreos y trascendentes, estos personajes están arraigados en la tierra, están vivos. Sus ojos están abiertos y sus cuerpos parecen estar moviéndose armónicamente en cualquiera de las Diez Direcciones. Curiosamente es aquí donde verdaderamente opera la ecuanimidad, donde adquiere sentido la práctica, en el mundo real.

Esta vivencia de la serenidad transmitida por todos los maestros, es una experiencia en la que no hallamos oposición alguna entre la meditación y la vida cotidiana. Por ello, los maestros insisten, una y otra vez, en que nuestro verdadero trabajo parte de lo mediato, de lo más cercano, de lo que tenemos ante nuestros ojos. Así, sea cual sea el lugar en que nos encontremos en la vida, la práctica es un hecho inacabable.


La perseverancia como experiencia
Ahora bien, ¿cómo conseguimos esta ansiada ecuanimidad budista? Como saben, la práctica del Zen implica, irremediablemente, sentarse de manera atenta y contemplar desde una mirada paciente cómo surgen, van y vienen las olas de nuestras experiencias. Esta es la clave, la entrega diligente. El Zen es la práctica de las vivencias a través de las cuales podemos experimentar, cómo no, nuestra capacidad para ser ecuánimes.

Acceder a la experiencia de la ecuanimidad no es sólo una cuestión de un bienaventurado estallido de iluminación, o algo que surge tras haber leído muchos libros sobre el tema que estamos tratando, ni tampoco supone haberlo conseguido después de asistir a muchas charlas y conferencias. ¿Dónde está el secreto de la ecuanimidad? Ante nuestros propios ojos: es una cuestión de práctica continuada. Se trata de una aplicación consciente y constante, en cada área de la vida, de lo que vislumbramos tranquilamente sobre nuestros cojines, experimentada a veces como gozo y, en otras ocasiones, como fracaso; a veces como ganancia, a veces como pérdida.

Para ello, como punto de partida, estaría bien que tomásemos como hipótesis de trabajo la experiencia de ANATMAN (esto es, la ausencia de identidad personal) algo que ya realizó el mismo Budha, como bien sabemos, otro ser humano, idéntico a cualquiera de nosotros, que también deambulaba entre sus idas y venidas.

Cuando somos capaces de experimentar los fenómenos desde una perspectiva desidentificada, esto es, dejando descansar momentáneamente ese personaje que nos creemos ser, comienza a aparecer naturalmente en nosotros la experiencia de la ecuanimidad. Cuando no corremos detrás de nada, ni huimos de nada, cuando somos capaces de generar internamente un estado de tranquila observación de lo que está aconteciendo, sin tomar partido ni por ni contra, generamos conscientemente ecuanimidad.

Aceptar el cambio
Otra de las claves de esta práctica de la ecuanimidad pasa por admitir la idea de la Impermanencia. Evidentemente, nos resistimos a ello, pero no nos queda otra salida, más bien, es la única alternativa que tenemos si realmente queremos ser felices dentro de este universo en permanente cambio.

Tanto si aparece como un día de sol radiante o bien como un cielo gris cargado de lluvias, el cambio inherente en el paso del tiempo es un implacable recordatorio de nuestra fugaz existencia. No sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, pero nunca queremos parar. Nos agarramos a la preciosa idea de vida, a nuestra pequeña parcela de tierra, pero cuanto más nos aferramos más sufrimos. Parece ser que no somos capaces de aceptar las condiciones cambiantes. Este es nuestro conflicto existencial, cotidiano.

Las resistencias forman parte del yo condicionado, son la herramienta más poderosa que tiene el “ego” para perpetuarse a sí mismo. Las resistencias,  expresadas en sus más variadas formas, son contrarias a la práctica de la ecuanimidad. Cualquier tipo de fijaciones no hacen más que marcar el limitado campo de nuestras ilusiones.

Por el contrario, si somos capaces de practicar la ecuanimidad en la que todo es visto y aceptado tal cual es, estaremos mucho más cerca de sentirnos bien y mejor a cada instante.

Así pues, la práctica consiste en fundirse plenamente con el flujo de la vida cambiante. Si hay una verdadera emergencia de la ecuanimidad implicará interactuar compasivamente con la cajera del supermercado, con el señor que nos vende los periódicos, con el conductor del autobus, con nuestros hijos, parejas y familiares.... Éste es nuestro objetivo, nuestro ritmo de práctica Zen.

Somos cautivos de la ilusión que nos hemos creado de permanencia. Pasamos por nuestras rutinas diarias creando momentos especiales y descartando el tiempo que hay entre ellas.

Por todo ello, en ningún lugar resulta tan evidente el cambio como cuando nos sentamos sobre nuestros cojines siguiendo el flujo de la respiración. De súbito nos percatamos de que cada respiración es distinta, que cada inhalación y exhalación es única e irrepetible. Cada paso que damos, cada bocado que probamos, cada sonido que escuchamos es distinto a cualquier otro. Los retiros zen, o sesshin, por ejemplo, están organizados para ayudarnos a concentrarnos en la experiencia del momento, en lo que es estar vivo en este mundo, en este preciso instante.


El entrenamiento
Llegados a este punto, dos conceptos son claves dentro de nuestra práctica: shikantaza y mushotoku.

Bajo el término mushotoku, que podríamos traducir como “no hay nada que obtener” realmente está implícita la idea de la ecuanimidad, ya que, puesto que no hay realmente nada que no nos pertenezca, que no seamos ya. ¿Qué nos queda, más que dejar pasar y fundirnos con ese Todo que también somos?

Por otra parte, con el término shikantaza hacemos alusión a la importancia de no oscilar hacia un polo o hacia el otro, no movernos impulsados compulsivamente por el Deseo o su contrario, la Ira. Recordemos que los venenos del Aferramiento y del Rechazo (y toda la familia que está implícita en ellos) marcan nuestra trayectoria vital. Está en nosotros transmutar estos polos y sus negatividades en los complementarios correspondientes a fin de sentirnos mejor, en todos los sentidos. He aquí la base de la Sabiduría.

Uno de los principales secretos de la práctica de la ecuanimidad lo encontramos en el equilibrio. Para que éste se produzca, el meditante hace el propósito de “no moverse”, es decir, se entrega conscientemente desde una actitud de apertura total, de abandono consciente de sí. Uno se vacía, para serlo todo.

Si esto se va manteniendo, progresivamente la capacidad de ver se irá ampliando de forma natural y podremos constatar aquello que expresó el mismo Dôgen Zenji:

“Si cierras los puños,
 tan sólo obtendrás un puñado de arena;
si abres las manos,
toda la arena del desierto pasará por ellas.”

He aquí la práctica de la ecuanimidad: abrir y soltar. Entrega y Confianza.

     

 

 

Denkô Mesa 
Enviar correo

Denkô Mesa, maestro Zen, vicepresidente de la CBSZ, Coordinador del Programa de Estudios Budistas y Director Espiritual del Centro Zen de Tenerife (Canarias)

www.denko.es
 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números