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El alma del yoga: yama y niyama aquí y ahora
 

No puedes entrar por la puerta del yoga sin amabilidad y compasión por los demás
(Changya Rolpai Dorje) (1)

Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. (2)

 

INTRODUCCIÓN

     Estas palabras del fariseo Saúl, de la tribu de Benjamín, que ha pasado a la historia como Saulo de Tarso y a las hagiografías como San Pablo, ilustran mejor que cualquier otra cosa el propósito de este trabajo. Hace aproximadamente cincuenta años que se practica el yoga en occidente y  poco más de cien que los eruditos occidentales comenzaron a “descubrir” el sánscrito (un idioma que llevaba miles de años de feliz existencia ajena a su interés) y, con él, las fuentes del pensamiento hindú. Eran los últimos años del siglo XIX, y los Vedas fascinaron a una sociedad ya con los primeros síntomas de una neurosis que, de momento, va a más. Desde entonces, el yoga de India se ha diversificado, desarrollado, adaptado, innovado y modificado de innumerables maneras para encajar en las diferentes (y variables) demandas de las personas que han acudido a él con una lista de expectativas en las que la propia realización ocupa, en el mejor de los casos, un lugar secundario. En una de sus clases, Arjuna Peragón nos mostraba la diferencia entre un “alumno de yoga” y un “cliente de yoga”. Y si tuviera que plasmar con una imagen la diferencia entre el yoga anterior y posterior a su occidentalización (3) sería justamente esta: el antiguo estudiante de yoga se ha convertido en un cliente del yoga. Del alumno que (independientemente de que pague al profesor su tarifa) acude a la sala con un propósito de aprendizaje que luego él se ocupa de integrar en su vida como crecimiento personal hemos pasado al cliente que acude a la sala para “sentirse mejor” con la práctica que el profesor le dirige en un paréntesis de lo que en muchos casos llama “su vida real”. Este cliente o “paciente” tiene un par de horas a la semana reservadas para “relajarse” con su práctica, que realiza únicamente en la sala porque fuera de ella “no tiene tiempo” o “le da pereza hacerlo solo”. En muchos casos, además, la práctica consiste en una serie invariable de posturas que garantizan justo aquello que el cliente ha venido a buscar, ya sea flexibilidad, fuerza, equilibrio, desbloqueos de la energía, incremento de salud, mejora de la condición física o de determinadas patologías, tranquilidad mental o simplemente estar a la moda. Por eso nos encontramos a veces con forofos de su respectivo yoga, que nos preguntan con un interés teñido de suspicacia “qué yoga” hacemos nosotros para a continuación explicar, demostrar o “hacer ver” (según su grado de sofisticación o sutileza) por qué el suyo es mejor.

     Por supuesto, este tipo de practicante es fruto de una manera de enseñar que se reduce a la práctica de âsana o, como mucho, a la práctica de âsana y prânâyâma y que considera que la meditación, en cualquiera de sus tres pasos (pratyâhâra, dhâranâ y dhyâna) es algo con lo que “hay que tener cuidado”, pensamiento muy afortunado, por otra parte, si tenemos en cuenta la escasa preparación que indica todo lo anterior. En cuanto a yama y niyama, las actitudes hacia los demás y hacia nosotros mismos que necesariamente acompañan a y florecen desde la práctica, sencillamente no se tocan en la sala. El revisionismo que a partir de los años sesenta han sufrido los valores éticos y religiosos establecidos y el resquemor hacia ellos que ha caracterizado justamente a la generación que inició la práctica del yoga en occidente hacen que se desconfíe tanto de todo lo que suponga “normas” o “principios” morales que, en el mejor de los casos, se transmite una versión ligera de ellos o “adaptada” a la ideología o a la filosofía del grupo, una visión que no “asuste” al alumno (potencial cliente) o que aleje la idea de “secta” asociada a veces a la práctica de yoga. Por eso, y por la laguna legal que existe en cuanto a la formación adecuada y a los requisitos exigidos para impartir yoga, el llamado profesor (4) de yoga es, muchas veces, un monitor (5) es decir, alguien que nos ayuda o corrige en la práctica y puede continuar haciéndolo durante años y años como parte de una agradable, higiénica e inamovible rutina. Como decía antes, se trata de que el yoga “encaje”, como otro bien de consumo, en la complicada vida del Primer Mundo. Ahora bien, si partimos de la base que el yoga es una herramienta de transformación tan sutil como potente, tan estructurada como profunda y tan progresiva como radical, nos daremos cuenta de que pretender que “encaje” en una demanda prediseñada es inútil, y que lo único que conseguimos al intentarlo es dar el inadecuado nombre de “yoga” a la criatura fruto de nuestros esfuerzos; o, por mejor decirlo, utilizar una reconocida “imagen de marca” para prestigiar una serie de bienintencionadas actividades terapéuticas o para ganarnos la vida sin demasiada inversión en nuestra preparación o formación para ello (6).

     Por otra parte, incluso entre quienes han avanzado más en la práctica se da la íntima convicción de que, siendo el yoga un sistema para conseguir un fin (una “barca para atravesar a la otra orilla” diríamos en términos budistas) (7), este fin se ve como inalcanzable, improbable o lejano. La sujeción de los sentidos o la capacidad de dirigir la mente se consideran cosas “razonables” y “normales” entre los practicantes avanzados. Pero la absorción en el objeto, el samâdhi, con su elemento indispensable de abandono, apertura a lo que suceda e integración en algo superior a nosotros entra dentro de lo que, con evidente desconfianza, se denomina “misticismo”. Y resulta tranquilizador pensar que, al fin y al cabo, a nosotros no tiene por qué pasarnos.

     El fin último del yoga es kaivalya, la libertad.  Ese estado en que ““Lo que percibe” se presenta sin ninguna coloración de la mente”, del que se habla en el último aforismo del último libro del Yoga Sûtra (8) (que precisamente se llama Kaivaliapâdah).  Esto puede coincidir o no con nuestros deseos, aspiraciones, expectativas o fantasías, pero ninguna de ellas va a cambiarlo. Lo que sucede es que a medida que avanzamos hacia esa libertad, encontramos algunos resultados beneficiosos; por eso el punto de vista de una persona que practica yoga con regularidad suele ser más ecuánime que el de la media, y eso hace que su vida y su entorno se conviertan en más simples y agradables. Hay una evidente evolución, a nivel humano y social, que gratifica la práctica continuada. Sin embargo, este no es, en sí mismo, el objetivo del yoga, sino unos “efectos colaterales”, muy lógicos, que nos hacen más agradable pasear por esta orilla e incluso nos permiten alejarnos de ella de vez en cuando con nuestra barca amarrada al muelle con una larga cuerda de la que podemos tirar para volver. Esto nos gusta bastante más que avanzar hacia lo desconocido, el lugar  donde están los budas (los que han despertado, pero también “los que no retornan”) (9). Para decirlo más justamente, esto es lo que prefiere nuestro ego, que sabe que la otra orilla, la orilla de la libertad, no es para él.

     Ahora bien, si hay algo que ha sido diseñado, precisamente, para gestionar adecuadamente a ese ego, ese constructo mental con el que nos identificamos por ignorancia y que reforzamos cada día por una educación incorrecta, son las actitudes que forman  yama y niyama. Por eso es útil concebir el yoga como un sistema integral, que no deja aparte ninguno de los aspectos que conforman al ser humano: cuerpo, energía, emociones, mente y espíritu. Y en ese yoga, todos los aspectos tienen un peso específico insustituible. En este trabajo quisiera compartir y transmitir la idea de que la exclusión de yama y niyama tanto de la práctica como de la enseñanza del yoga tiene mucho que ver con el hecho inexplicable de que a pesar del tiempo, esfuerzo, dinero y energía dedicados al yoga en occidente, este navegue entre la gimnasia y la terapia y se trate como una actividad grupal y localizada en lo físico mucho más que como una opción particular e integral; los logros que podemos conseguir con la práctica continuada de âsana y prânâyâma y con el adiestramiento de la mente y los sentidos,  aunque puedan llevarnos a adquirir facultades extraordinarias no van liberarnos de nuestra percepción equivocada si a la vez no hemos conseguido adiestrar de igual modo nuestra capacidad de respuesta a la vida cotidiana, a ese Kurukshetra (10) donde libramos nuestra particular batalla para alcanzar la libertad.

     Desikachar, en su libro “El corazón del yoga”, dice: “Nadie puede cambiar en un día, pero las prácticas del yoga nos ayudan a modificar nuestras actitudes, nuestro yama y niyama. Y nunca al revés”. (11) Yo añadiría que ambas cosas se ayudan mutuamente, es decir, el desarrollo de yama y niyama ayuda a y a la vez es ayudado por la práctica de los otros aspectos del yoga. No se trata de aislar estas actitudes para cultivarlas (o intentarlo) una por una antes de cualquier otra cosa. Además de absurdo, esto sería inútil. Para que estas actitudes florezcan es necesario que los obstáculos que las impiden florecer vayan apareciendo con claridad ante nuestro entendimiento y a esto ayuda la práctica de âsana, prânâyâma y de una adecuada meditación; y, a la vez, el desarrollo de estas actitudes dota de sentido a la práctica y nos ayuda a abordarla de una manera positiva e incluso entusiástica, motivándonos en los momentos de inercia que siempre aparecen.     

      A lo largo de este trabajo analizaré cada una de estas diez actitudes haciendo especial hincapié en su utilidad para liberarnos de las “nubes que oscurecen nuestra percepción correcta”, en palabras de Desikachar. Y trataré de relacionar su adopción desinteresada con la conquista de una libertad que va más allá del momentáneo alivio de nuestro sufrimiento o la adquisición de capacidades extraordinarias. Me guiaré por el Yoga Sûtra de Patanjali, especialmente en su libro segundo, Sâdhanapâdah, por los comentarios que de él han hecho Desikachar y Claude Maréchal (12) y por mi propia experiencia. La transcripción de las palabras en sánscrito sigue la de la edición del Yoga Sûtra de la editorial Edaf (Madrid 2005, 9º edición).

     Mi intención es la de invitar a los practicantes y a los profesores de yoga a que incorporen a su práctica o a sus clases yama y niyama, siempre en la medida de lo posible y tan gradualmente como sea necesario, para honrar en su totalidad a un sistema tan antiguo como actual y agradecer, de esta forma, la fortuna de ser testigos y beneficiarios del encuentro entre Oriente y Occidente.

 

 

 Conquista al hombre airado mediante el amor;
conquista al hombre de mala voluntad mediante la bondad;
conquista al avaro mediante la generosidad;
conquista al mentiroso mediante la verdad.
(Dhammapada, aforismo 223)

ahimsâsatyâsteyabramacaryâparigrahâ  yamâh
(Yoga Sûtra II.30)

YAMA
 
     Según Maréchal, la raíz YAM significa obligar, restringir, domar, dominar (prânâyâma, por ejemplo, significa regular el prâna por medio de prácticas respiratorias) y la palabra yama, restricciones. Estas restricciones (ahimsâ, satya, asteya, brahmacarya y aparigraha), recogidas en el aforismo 30 de Sâdhanapâdah,  están encaminadas a nuestro trato con los demás y suelen traducirse como bondad (no violencia), veracidad (ser auténtico), honestidad (no robar) castidad (dirigirse hacia lo sagrado) y sobriedad (no avaricia).  El Yoga Sûtra da por hecho que sin estas restricciones podrían surgir conflictos relacionales y por tanto, es conveniente que  dominemos algunos aspectos de nuestro comportamiento en el trato con los demás. Una pragmática opinión poco popular en una sociedad que, cada vez más, confunde el concepto de tolerancia con el de permisividad y que tiene grandes dificultades para decidir cuáles son los límites y cuándo deben aplicarse, especialmente al educar a los más jóvenes; y cuyo reverso es la represión  para hacer frente a las consecuencias de esa permisividad. Lejos de ambos extremos, yama propone una revisión consciente de nuestras actitudes en atención a los demás, es decir, un autodominio que no suele surgir de forma espontánea sino que requiere de un cierto entrenamiento. Se trata de afinar la conciencia del lugar que ocupamos en el mundo y darnos cuenta de que ni somos los únicos que lo habitamos ni los demás tienen hacia nosotros más obligaciones que nosotros hacia ellos. Las cinco actitudes que componen la práctica de yama, y que coinciden punto por punto con los cinco preceptos budistas (13), son fácilmente comprensibles desde la moral de la reciprocidad: Trata a tus congéneres igual que quisieras ser tratado. La Regla de Oro común a todas las creencias, filosofías y religiones, tan sencilla como dolorosa de aplicar porque pone en cuestión el deseo de exclusividad y superioridad del ego. Por eso me parece significativo que en un sistema como el  yoga, que hace especial hincapié en la introspección, yama (las actitudes hacia los demás) esté antes que niyama (las actitudes hacia nosotros mismos). Es inútil, ciertamente, iniciar un camino de perfeccionamiento interior si nos hemos dejado pendiente una deuda con nuestro hermano. Es conocido en los ambientes de meditación el  dicho: “Si crees que estás iluminado, ve a pasar una semana con tus padres”. Sartre decía, bastante dramáticamente por cierto, “el infierno son los otros” (14). Y es cierto que “los otros” son un espejo donde suele reflejarse lo que no queremos ver de nosotros mismos. Y aunque siempre existe la opción de “matar al mensajero”, de romper el espejo o darle la espalda, antes o después nos daremos cuenta de que el único camino es reconocernos en esa imagen que no nos gusta, aceptarla y, si así lo decidimos, trabajar con ella para adecuarla a una nueva realidad. Por eso son tan importantes las relaciones con los demás cuando nos internamos en el viaje a la otra orilla. No sólo nos enseñan a vernos como somos en lugar de como nos gustaría ser sino que nos recuerdan que formamos parte de un todo, y con ello nos proporcionan una base, una raíz desde la que crecer. Lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos y cuando vamos interiorizando ese convencimiento, las restricciones de nuestras antiguas actitudes dejan de ser una represión para convertirse en una higiene. Los otros, cumplida su misión de espejo (o de infierno) se convierten en compañeros y en maestros; en los momentos más difíciles, en entrenadores progresivos de nuestra voluntad. Llegará un momento en que ya no la necesitaremos; en que hayamos comprendido que no es una cuestión de obligación, sino de elección. También aquí sucede lo que ya decía en la introducción: las cinco actitudes que componen yama se complementan y ayudan entre si y se desarrollan simultáneamente: por ejemplo, una mayor consideración hacia los demás nos hará ser más veraces y auténticos con ellos, o si avanzamos en nuestro propósito de sobriedad y moderación, tenderemos naturalmente a respetar la voluntad o las propiedades ajenas.

     Desikachar, en su comentario del aforismo 31 de Sâdhanapâdah nos advierte del peligro que supone empeñarse en hacer nuestras estas actitudes de forma rígida: “No podemos comenzar con tales actitudes. Si las adoptamos brutalmente no podremos sostenerlas. Siempre nos excusamos por no mantenerlas. Pero si intentamos identificar las razones que nos empujan a mantener criterios contrarios a ellas, si aislamos los obstáculos que fomentan dichos criterios, nuestras actitudes cambiarán gradualmente. Los obstáculos cederán, nuestro comportamiento frente a los demás y frente a nuestro entorno mejorará” (15) También aquí, por tanto, aparece ese sthira-sukha (16) que define la práctica: ser tolerantes pero no permisivos. Tener una actitud inteligente y compasiva, pero de rigor exquisito hacia nuestro comportamiento. Tratarnos (usando la propiedad conmutativa de la Regla de Oro) como trataríamos a nuestro mejor amigo: con fe, esperanza y caridad.

     Por otra parte, los aforismos 33 y 34  de Sâdhanapâdah nos dan un consejo para cuando tengamos dudas o nos sintamos débiles acerca de la adopción de estas actitudes: Desikachar traduce así el 33: “Cuando estas actitudes son cuestionadas, puede ser útil la reflexión acerca de las posibles consecuencias de otras actitudes alternativas”. Aparece aquí el concepto “pratipaksabhâvanam” (17), que viene a significar la “actitud opuesta” y que supone un ejercicio de imaginación para avanzar las consecuencias de nuestros actos. Requiere, esta actitud, un momento de tranquilidad que ya por sí mismo resultaría útil. Pero si además valoramos cuál puede ser nuestra influencia en el entorno antes de que esa influencia pueda resultar irremediable, adquirimos el poder de ser auténticos dueños de nuestro futuro, al menos en lo que de nosotros depende. En el aforismo 34, Desikachar amplía este concepto: “Por ejemplo, un deseo súbito de actuar con rudeza, de apoyar o aprobar acciones duras puede ser frenado reflexionando sobre sus consecuencias nocivas. Actos de este tipo provienen a menudo de instintos inferiores como la cólera, la posesividad o un juicio deficiente. Sea cual sea la importancia de estas acciones, la reflexión en una atmósfera favorable puede frenar nuestros deseos de actuar de esta manera”. Un aforismo que, en su aparente simplicidad, pertenece a esas verdades que nunca se dicen lo suficiente. En efecto, detenerse, tomar conciencia e identificar lo que nos está pasando, por qué nos está pasando, qué queremos conseguir realmente y qué conseguiremos con una u otra reacción es la base de la práctica de cualquiera de los aspectos del yoga. Pero, además, es lo que define nuestra responsabilidad, que, como nos dijo Víctor Morera en una de sus clases, es nuestra “capacidad de dar respuesta” a las cosas que la vida nos va presentando.

     Abordaremos ahora los cinco yamas: en primer lugar, haciendo una breve descripción de cada uno de ellos según el Yoga Sûtra; en segundo lugar, encontrando su equivalente en la tradición cristiana, que he elegido entre todas no sólo por ser la que conozco mejor sino porque es en ella en la que hemos sido educados la gran mayoría de las personas a  las que va destinado este trabajo; en tercer lugar, reflexionando sobre las dificultades para su correcta comprensión y adopción; en cuarto lugar, sugiriendo cómo puede ayudarnos la práctica del yoga; y en quinto y último lugar, hablaremos de sus frutos. 

 

 

 

Uno mismo es su propio protector; uno mismo es su propio refugio.
Por lo tanto, que uno mismo se cuide de la misma forma
que el vendedor de caballos cuidará al buen caballo.
(Dhammapada,  aforismo 380)

Shaucasantosatapahsvâdhyâyeshvarapranidhânâni niyamâh
(Yoga Sûtra, II. 32)

 

NIYAMA

     Niyama proviene de YAM y de la partícula NI, que indica interioridad o intimidad. Niyama viene a significar disciplina interna, la observancia de unos preceptos hacia nosotros mismos. Mientras que los preceptos de yama constituyen valores morales (18) las observancias de niyama van encaminadas a una higiene física, mental y espiritual que resulta imprescindible para progresar en la práctica del resto de los aspectos del yoga, empezando por el propio yama. Según Desikachar, “los niyamas representan mucho más que una actitud. Comparados con los yamas, son más íntimos y personales. Se refieren a la actitud que adoptamos hacia nosotros mismos.” (19)

     Shauca (la limpieza), santosa (la aceptación gozosa), tapas (la disciplina), svâdhyâya (el autoexamen) e ishvarapranidhâna (el reconocimiento de nuestros límites frente a un concepto trascendente de la vida) son, más que cualquier otra cosa, los mejores consejos que se pueden dar a alguien que está a punto de comenzar cualquier proyecto. Al contrario de los yamas, que constituyen preceptos muy concretos, en su mayoría negativos, los niyamas tienen muchas interpretaciones complementarias y sucesivas, muchas capas que coinciden con las muchas capas que cada uno de nosotros atravesamos en nuestro camino interior. A lo largo de esta segunda parte iremos viendo de qué manera puede irse avanzando en su interpretación y en su práctica de acuerdo con las exigencias que queramos o podamos hacernos a nosotros mismos.

     Patanjali considera la enfermedad física y la apatía como el primero y el segundo de los nueve obstáculos al desarrollo de esa claridad mental que busca la práctica del yoga. Vyâdhi y styâna son diferentes aspectos de un mismo fenómeno, el de la carencia de salud, entendida como una situación de óptimo funcionamiento del cuerpo, la mente y el espíritu. Sumidos en la incapacidad  física o psíquica nuestra visión será aún menos clara de lo que ya de por sí acostumbra a ser. La adopción de las prácticas que constituyen niyama colabora activamente a nuestra salud integral y, por ende, a nuestra clara visión.

     La relación entre yama y niyama se entiende mejor desde esta óptica. La práctica del desprendimiento que requiere aparigraha no sería posible sin la aceptación o contentamiento que nos da santosa que, a su vez, nos facilita “resistir al deseo de lo que no nos pertenece” al que se refiere asteya. Tapas, la disciplina adecuada en nuestro modo de vivir facilita la adopción de brahmacarya, el autoexamen que requiere svâdhyâya nos ayuda a discriminar lo auténtico de lo falso (satya), a lo que también colabora la limpieza y purificación de nuestro cuerpo y nuestro entorno inherentes a la práctica de shauca, que separa lo esencial de lo superfluo. Son sólo unos  ejemplos, ya que los yamas y los niyamas están relacionados no sólo de esta sino también de otras muchas maneras, como iremos viendo. El último niyama, ishvarapranidhâna, con su carga de abandono, desapego y devoción viene a dar un sentido particular a la adopción de estas actitudes y a la práctica en general.

     Mientras que todos los comentaristas coinciden en señalar ahimsâ como el principal de los yamas, respecto a los niyamas hay diferentes opiniones. Así, Bernard Bouanchaud, en “The Esence of Yoga” (20), considera que “estos cinco principios no son independientes unos de otros. La pureza es el más importante, facilitando los demás. Lleva al contentamiento, que favorece a su vez el desarrollo de una vida disciplinada. Este entorno permite el estudio de los textos sagrados y facilita la veneración de una fuerza superior.” En esta misma línea, Maréchal sitúa la purificación como algo previo al resto de niyamas: “Una vez el yogui haya conseguido efectuar una purificación de sí mismo, estas disciplinas favorecerán el despertar y el desarrollo de la claridad interior.” (21) Desikachar, sin embargo, opina que no hay prioridades concretas entre los niyamas, y que estas se establecen por sí mismas en cada caso, de acuerdo a “la corrección de nuestros errores y de nuestros actos generadores de problemas.” (22) A mí me convence más este punto de vista, ya que creo que cada uno de nosotros, de acuerdo con el momento que viva o con su evolución personal, tendrá más necesidad de practicar un niyama en concreto o más facilidad para adoptarlo como actitud, ya que, en definitiva, todos vienen a ser distintas facetas de un mismo proceso hacia la libertad.  


     Los tres últimos niyamas, tapas, svâdhyâya e ishvarapranidhâna constituyen, además,  los tres elementos del kriya yoga, o yoga de la acción(23), del que habla Patanjali al comienzo de Sâdhanapadâh, el segundo libro del Yoga Sûtra.(24)

     Sea como sea, ninguna consideración respecto a niyama es tan importante como comprobar en carne propia los resultados inherentes a la adopción de estas actitudes. Los frutos de niyama dependen única y exclusivamente de nosotros, del convencimiento, energía y constancia que le dediquemos, que vienen a coincidir con las tres condiciones que cita Patanjali para abordar una buena práctica del yoga: shraddâ, vîrya y smrti. (25) Pero depende igualmente de la lucidez con la que la abordemos. Patanjali habló de las tres gunas, o cualidades de la materia, la mente y los sentidos, que afectan a todas nuestras acciones: tamas, la inercia o  pesadez, rajas, la inquietud o hiperactividad, y sattva, la ausencia de ambas, que puede traducirse también por pureza o claridad y que es la más elevada de las gunas. Nuestra disciplina personal puede verse afectada por la desgana o la pereza, por esa inercia o tamas que nos lleva a la involución y al letargo; pero también puede verse afectada por un exceso de celo, esa hiperactividad o rajas, que fuerza los límites sensatos de la disciplina. Tanto tamas como rajas son maneras egóticas de abordar las disciplinas personales de niyama y de ninguna de las dos maneras podremos aumentar nuestra claridad aunque aparentemente cumplamos esas disciplinas. Es necesario reflexionar a menudo sobre nuestra motivación  y analizar nuestra intención al emprender la práctica de niyama. Si esta está guiada por sattva, la ausencia de deseo y de inercia, estas disciplinas podrán descubrirnos las claves de nuestra ignorancia y eliminar todos esos comportamientos automáticos que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra vida.


     Porque niyama tiene mucho que ver con la desarticulación de nuestros bloqueos. Y su adecuada adopción pasa por un punto de vista inteligente y compasivo.  Víctor Morera nos enseñó en sus clases que el bloqueo es la mejor respuesta adaptativa a las situaciones de tensión o de sufrimiento físico o emocional a las que hemos tenido que enfrentarnos desde nuestro nacimiento. Por lo tanto, no se trata de atacarlo como algo indeseado sino de llegar a comprender qué lo causó y, a partir de ahí, honrar su labor y despedirse de él, puesto que la comprensión de su génesis lo hace innecesario. La práctica de niyama nos irá descubriendo el origen de esos bloqueos y nos facilitará la gradual desaparición o disminución de los mismos.


     Abordaremos cada niyama con su definición, continuaremos observándolo en nuestra época y en nuestro entorno en el apartado “aquí y ahora”, estudiaremos sus posibles disfunciones y, por último, sus frutos.


   

Luisa Cuerda
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Notas Introducción:

1.- Maestro de yoga del Emperador de China y de Su Santidad el Séptimo Dalai Lama. Vivió entre 1717 y 1786. La imagen de su retrato está tomada de la página http://www.himalayanart.org y es un fragmento de un tapiz chino del XVIII dedicado a la diosa Kukurulla.

2.- San Pablo, Primera epístola a los corintios (1 Cor 13 2).

3.- Utilizo esta expresión en lugar de decir “diferencias entre el yoga de India y el de occidente” porque considero que la occidentalización del yoga está sucediendo también en India, como lo indican los cursos para occidentales y las numerosas ofertas de turismo de ashrams. Aprovecho para aclarar que ni hago una dicotomía entre Oriente y Occidente (imposible, por otra parte, cuando en ambos lugares hay seres de la misma especie humana) ni trato de encontrar “culpables” de un proceso tan natural e inevitable como comprensible y hasta legítimo. Creo que la deseable conjunción entre Oriente y Occidente tiene que empezar por dar este tipo de situaciones y que estas no son ni buenas ni malas, sino una gran oportunidad de aprendizaje, autoconocimiento y, por supuesto, diversión. Lo que venga después, ya se verá…

4.- Persona que ejerce o enseña una ciencia o arte (DRAE).

5.- Persona que guía el aprendizaje deportivo, cultural, etc…/ El que amonesta o avisa/ En el Ejército, ayudante de los profesores de educación física (DRAE).

6.- No hay que confundir esta actitud de “encajar” el yoga en un molde con el principio del “viniyoga” que considera que hay que partir del nivel de cada alumno y que hay un yoga para cada persona y para cada momento vital. En el primero de los casos, el yoga se vuelve rígido, se autodefine  y excluye todo lo que no entra en esa definición; en el segundo, el yoga se adapta, de forma siempre cambiante, a la siempre cambiante peripecia humana, pero conserva un corazón integral que subyace a cualquier forma que adopte.

7.- “Pocos entre los seres humanos son los que cruzan a la otra orilla. La mayoría solamente suben y bajan por la misma orilla”. Aforismo 85 de Dhammapada, la enseñanza del Buda. Versión de Narada Thera. Editorial Edaf (Madrid, 1995). En adelante, Dhammapada.

8.- purusârthashûnyanâm gunânâm pratiprasahva kaivalyam svarûpapratist hâ vâ citishaktiriti (“Cuando se ha conseguido el objetivo supremo de la vida, las tres cualidades fundamentales ya no incitan nunca más a la mente a reaccionar. Es la libertad. En otras palabras, “Lo que percibe” se presenta sin ninguna coloración de la mente”) Aforismo 34 del libro IV del Yoga Sûtra, Patanjali. Versión y comentarios de T.K.V. Desikachar. Editorial Edaf (Madrid, 2005, 9º edición). En adelante, Yoga Sûtra. 

9.- “El que ha desarrollado el anhelo por lo Incondicionado, tiene la mente motivada y no condicionada por los placeres materiales es denominado uno que No-retorna”. Dhammapada, aforismo 218.

10.- En sánscrito, kshetra significa “campo”, y Kurukshetra o Campo de la Ley o del rey Kuru es el nombre del campo de batalla donde Arjuna, asistido por Krishna, tuvo que enfrentarse al dilema de cumplir o no su destino de guerrero.

11.- Pág. 97 de El corazón del Yoga. Desarrollando una práctica personal. T.S.K. Desikachar. Editorial Lasser Press Mexicana (México, 2003). En adelante, El corazón del Yoga.

12.- Ver bibliografía, al final.

Notas Yama:

13.- No matar, no mentir, no robar, no adoptar una conducta sexual incorrecta y no consumir indiscriminadamente.

14.- Huis Clos, escena final.

15.- Págs. 83 y 84 de Yoga Sûtra. El aforismo 31, que dice literalmente: jâtideshakâlasamayânavacchinnâh sârvabhaumâ mahâvratam es interpretado literalmente por Maréchal en las págs. 22 y 72 de “La transformación. Libro II”, el segundo número monográfico que los Cuadernos de Viniyoga -(Barcelona, 1984), en adelante Viniyoga II- dedican a la traducción y comentario de los aforismos sobre  el Yoga Sûtra: “Libre de las características, lugar tiempo circunstancias, universalmente respetadas: el gran voto”. Me parece más comprensible la interpretación de  Desikachar: “Cuando la adopción de estas actitudes frente al mundo que nos rodea ya no es un mero compromiso, sea cual sea la situación social, cultural, intelectual e individual, es que se acerca a la irreversibilidad.”

16.- Atención-relajación.

17.- vitarkabâdhane pratipaksabhâvanam (Yoga Sûtra, II, 33).

Notas Niyama:

18.- Creo que en este punto es importante aclarar la relación entre moral: “ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o su malicia” y ética: “parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre”. Ambas definiciones son las del DRAE, una fuente absolutamente neutral. Digo esto porque ética y moral se manejan a menudo como conceptos sinónimos pero referidos a diferentes campos, entendiéndose que la moral es un concepto asociado a la religión o a las costumbres más conservadoras mientras que la ética responde a un laicismo filantrópico y progresista. Nada más lejos de la verdad. Independientemente del significado que nos guste darle a ambas palabras, la ética consiste en el estudio de la moral humana y la moral consiste en la evaluación positiva o negativa de las acciones humanas. Así pues, la ética analiza los diferentes sistemas morales, pero no es, en sí misma, un sistema moral. En el tema que nos ocupa, pues, la palabra adecuada es “moral”.

19.- El corazón del Yoga, pág. 101

20.- Yogadarshana, textos en pdf, Yoga Sûtra, II.32.

21.- Viniyoga II, pág. 22

22.- Yoga Sûtra, págs. 84 y 85

23.- No hay  que confundir este tipo de acción purificadora, de autodisciplina, estudio y devoción (kriya) con el karma yoga, también llamado yoga de la acción refiriéndose a la acción altruista y desinteresada. Evidentemente, ambos caminos son compatibles y, juntos o por separado, llevan al mismo fin, pero utilizan medios diferentes.

24.- tapahsvâdhyâyeshvarapranidhânâni kriyâyogah: “La práctica del Yoga debe reducir las impurezas tanto físicas como mentales, debe desarrollar nuestra capacidad de examinarnos a nosotros mismos y debe ayudarnos a reconocer que, al fin y al cabo, no somos los dueños de todo lo que hacemos”. Este aforismo (II.1), uno de los principales del Yoga Sûtra viene a constituir una fórmula de carácter práctico para conseguir un estado óptimo a partir del cual avanzar en nuestra práctica. He utilizado la traducción de Desikachar. 

25.- shraddavîryasmrtisamâdhiprajñapûrvakaitaresam. El aforismo I.21 cita la fe, el coraje y el recuerdo constante de la práctica como medios para alcanzar la integración (samâdhi) y el más alto conocimiento   (prajña)

 

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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