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Shauca
El alma del yoga: yama y niyama aquí y ahora

 

Primer niyama
SHAUCA


shaucâtsvângajugupsâ parairasamsargah
(Yoga Sûtra,  II.40)
sattvashuddisaumanasyaikâgryendriyajayâtmadarshanayogyatvâni ca
(Yoga Sûtra, II.41)

 

     Definición de shauca: La traducción literal de shauca, que desciende de la raíz SHUC (purificar, limpiar, lavar) es pureza, limpieza, purificación. Mientras Desikachar define shauca como “mantener limpio y aseado nuestro cuerpo y nuestro entorno” (1), aclarando además que “tiene aspectos internos y externos. La limpieza exterior simplemente significa conservarnos limpios. La interior tiene mucho que ver con la salud, el funcionamiento libre de nuestros órganos corporales, así como la limpieza de nuestra ment.”,(2) Maréchal interpreta shauca insistiendo más en esta última limpieza interior como “una acción de purificación que se aplica a la vez de forma global y específica en cada uno de los niveles, del más denso al más sutil: físico, energético, psicosensorial, intelectual, afectivo y espiritual. Se expresa en el comportamiento mediante la limpieza del cuerpo, el control de los sentidos, una reflexión cada vez más profunda, intenciones puras, una acción transparente y una visión interior que inspire algunas realizaciones.” (3)

     Así pues, shauca incluye una purificación integral de todo lo que compone a un ser humano con un propósito muy concreto: liberarse de lo que estorbe a la propia realización. Por otra parte, shauca también significa una limpieza u orden de nuestro entorno como algo conveniente a la hora de abordar cualquier trabajo con unas ciertas garantías de concentración. El orden a nuestro alrededor no sólo nos facilita el trabajo sino que también nos indica el respeto que sentimos por él. Hacer orden, disponer nuestro entorno con cuidado, ocuparnos de que nada falte ni sobre es una manera de honrar lo que vamos a abordar a continuación. Una vez más, se trata de estar atento.

     Shauca aquí y ahora: En este niyama se pone especialmente de manifiesto el diferente concepto de limpieza que tienen Oriente y Occidente (4). Cuando en Occidente hablamos de limpieza solemos referirnos a la limpieza exterior de nuestras ropas y cuerpo, considerando que el límite del cuerpo es la piel; asimismo, a pesar de que nuestro cuerpo es una unidad, somos realmente discriminatorios en cuanto a las partes que lo componen. Dejando aparte los tabúes sexuales, que varían de época en época o de lugar en lugar, los occidentales tenemos otro tabú, el tabú de la suciedad, hacia algunas partes del cuerpo que consideramos “innobles” por las funciones que realizan y no por la suciedad real que pueden tener en un momento dado. Habitualmente tocamos, sin sentir asco, picaportes, barandillas, interruptores o monedas que han tocado miles de manos de las que cabe suponer que no todas estarán limpias, pero sin embargo evitaremos sentarnos desnudos o tocar el lugar donde otra persona también se ha sentado desnuda, aunque esa persona esté recién bañada. Esto, que es así en lo exterior, se acentúa cuando hablamos de lo interior. La ducha nasal o la limpieza de intestinos son prácticas no sólo casi desconocidas en occidente sino miradas con asco por muchas personas y con desconfianza por bastantes médicos, que recomiendan “no abusar” del agua con sal para lavar las fosas nasales o los intestinos mientras recetan antihistamínicos o laxantes sin hacer uso de la misma prudencia.

     La práctica del yoga incluye los shatkarmas o acciones purificadoras, que ponen especial hincapié en esas cosas que en occidente llamamos “porquerías”. Equilibrar la bilis, las mucosidades y los gases (5) es algo fundamental para la buena salud y algún día se incorporará a la medicina preventiva. Mientras tanto, resulta muy instructivo analizar algunos de ellos, hoy en día casi en desuso pero que nos dan una curiosa perspectiva de la excelente relación que mantenían con su organismo los yoguis cuando en occidente apenas alcanzábamos a lavarnos por partes. (6) Los shatkarmas incluyen la limpieza física de nuestro interior (fosas nasales, senos frontales, ojos y oídos, y aparato digestivo desde los dientes hasta el ano), y también la purificación energética y mental (nauli,  kapalabhati, y trataka). En la actualidad, la práctica de yoga en occidente ha incorporado de forma habitual el jala neti o ducha nasal y kapalabhati (expiraciones forzadas dirigidas a despejar el cráneo) (7) como ejercicio previo, muchas veces, al prânâyâma. Trataka, que consiste en mirar fijamente la luz de una vela u otro punto y mantener la mirada durante un tiempo prolongado para purificar los ojos y concentrar la mente, y nauli, o movimiento de los músculos rectos del abdomen para desbloquear las energías del centro digestivo, son practicados como parte del Hatha Yoga, pero nos resultan difíciles de abordar, sobre todo el segundo, y sólo una práctica constante y atenta puede hacer que los dominemos.

     Por otra parte, mientras que en Occidente la limpieza del cuerpo suele ser a la vez origen y consecuencia de nuestra complacencia por él, en la tradición del yoga el efecto que parece producir es el contrario. El aforismo 40 del Sâdhanapadâh, que encabeza este capítulo, nos dice, literalmente que la limpieza (shauca) lleva al rechazo (jugupsa) del propio cuerpo (svanga) y al aislamiento (asamsarga) de los demás (parair). Según Vyâsa, “Cuando (el yogui) siente desagrado por su propio cuerpo, comienza resueltamente a practicar la limpieza; al darse cuenta de sus defectos físicos desarrolla un intenso desapego por el propio cuerpo y se convierte en un asceta desprendido.” Asimismo, “surge un desinterés por relacionarse con otros, porque se contempla la auténtica naturaleza corporal e incluso se llega a desear el abandono del propio cuerpo al comprender que no puede purificarse (totalmente) incluso tras lavarlo con agua, tierra u otros productos; ¿cómo podría relacionarse con los cuerpos impuros de los demás?” (8) Si, después de leer estas palabras, contemplamos durante unos momentos las vallas publicitarias, una revista cualquiera o la televisión, nos asombrará la aparente distancia que hay entre ellas y nuestra mentalidad actual. Precisamente estamos asistiendo a una época en la que proliferan los productos de limpieza corporal (algo más sofisticados, también hay que decirlo, que el agua y la tierra con la que se pulían en tiempos de Vyâsa). Y esa limpieza se vende con el señuelo, precisamente, de relacionarnos con otros cuerpos tan fantásticos (o sea, tan irreales) como el que podremos conseguir si utilizamos esos productos. El rechazo que el yogui del siglo V siente por su cuerpo al darse cuenta de sus defectos físicos se soluciona en el siglo XXI con desodorantes, gimnasios o cirugía, hasta el punto de tener la ilusión de que es posible eliminar esa “auténtica naturaleza” tan corruptible. Los cuerpos actuales tienden inevitablemente a convertirse en plásticos musculosos, atemporales, inodoros por sí mismos y perfumados artificialmente. Sin embargo, en esto también se pone de manifiesto la falta de aceptación por el propio cuerpo; lo que pasa es que mientras en el Yoga Sûtra ese rechazo se muestra en el desapego del mismo, aquí y ahora se muestra en el afán por modificarlo hasta su desnaturalización. Está claro que, como sociedad, estamos muy lejos de relacionar la limpieza de nuestro cuerpo con la percepción de su carácter impermanente, porque, como sociedad, tememos cada vez más la enfermedad, la vejez y la muerte. Sin embargo, la práctica de shauca asociada a una reflexión adecuada, podría ayudar a familiarizarnos con nuestras facetas más perecederas y, de paso, a poner nuestra energía en las imperecederas.

     Shauca, pues,  puede convertirse en una vía excelente para, además de conservarnos limpios exterior e interiormente, irnos acostumbrando a vernos como realmente somos, ponernos en contacto con naturalidad con todo lo que nos compone por burdo que sea y asumir que, de la misma manera que lo corruptible se corrompe en otros, también lo hará en nosotros, con independencia de que queramos o no queramos verlo. Nuestro vehículo material, ese cuerpo con el que estamos tan identificados, se quedará aquí, y eso incluye no sólo la carne, los órganos internos y los huesos, sino también el cerebro, con sus pensamientos y emociones. No somos ninguna de esas cosas, y la constatación cotidiana de esa verdad puede causarnos una dolorosa sensación de pérdida, pero también puede dirigirnos hacia la búsqueda de lo que permanece. Desikachar dice, refiriéndose a shauca: “La limpieza, al desarrollarse, señala lo que debe ser constantemente cuidado y lo que es eternamente limpio. Lo que se deteriora es exterior. Lo que no se deteriora está, profundamente, en nuestro interior. ” (9)

     Disfunciones de shauca: Como todas las claves potentes para nuestro desarrollo espiritual, la comprensión de shauca ha de ser cuidadosamente ajustada para que sirva a su propósito en lugar de al contrario. Está muy claro, por visible, lo que la ausencia de shauca trae consigo: el abandono y la dejadez, esa torpeza tamásica que nos sume en el sopor de la infelicidad y de la inercia. Pero a veces, los perjuicios que ocasiona un exceso de shauca pasan desapercibidos y son, al menos en mi opinión, mucho peores. Un exceso de shauca, una obsesión por la purificación, aparte de ser un síntoma de que algo en nosotros debe ser analizado, puede reforzar el ego con la coartada de una espiritualidad y una pureza que son sólo aparentes, ya que también hemos de purificarnos del apego a nuestras propias actitudes, por admirables que parezcan. Nada hay más peligroso que el “ego espiritual”, el que considera que ha llegado a la perfección y por tanto no tiene capacidad de mejorar. Dice Lao Tse que “las personas son difíciles de guiar cuando creen que saben las respuestas.” (10) Confundir la purificación necesaria para separar lo esencial de lo superfluo con el rechazo de una parte de nosotros, la que es susceptible de ensuciarse, la perecedera, es aumentar la dualidad en lugar de trabajar por la unión que el yoga requiere. Por eso creo que ese “jugupsa” que era hace siglos un rechazo o desagrado del propio cuerpo, ha de ser reinterpretado según la sociedad actual, en la que el yoga no es sólo cosa de ermitaños. Actualmente, en los umbrales de una nueva era de espiritualidad a la que va a tener acceso un rango mucho mayor de seres humanos de diferentes características, es más importante integrar que rechazar, comenzando por todo lo que forma parte de nosotros. Shauca, en este contexto, supone diferenciar lo esencial de lo superfluo y arrojar luz sobre la oscuridad para, precisamente, adquirir una conciencia más plena de lo que ha de morir en nosotros y de lo que va a continuar viviendo. Pretender que antes de que llegue ese momento carecemos de cosas que hayan de ser “constantemente cuidadas”, descuidar el amor incondicional que debemos a cualquier parte del universo y también de nosotros mismos está más cerca de la enfermedad que de la salud. Y nos aleja de la compasión por todo lo creado, sin lo cual no hay disciplina que tenga sentido.   

     Frutos de shauca: Maréchal, en su interpretación del aforismo II.40 nos devuelve cierto optimismo: “La pureza del cuerpo y los sentidos modifica profundamente la mirada que el yogui dirige hacia sí mismo y hacia los otros. Todas las formas de complacencia narcisista, de autoindulgencia y de atracciones desordenadas, así como los fantasmas que se les asocian, desaparecen. Esto favorece una observación igual, clara, respetuosa y tranquila de todos los seres, sin importar su sexo, edad o apariencia. ” (11) Esta claro, de nuevo, que shauca debe hacerse con una clara intención de purificación, y que no basta tener una serie de “costumbres higiénicas”, que producirían el efecto contrario (tal vez por eso en otras tradiciones occidentales el ascetismo y la limpieza no han estado demasiado cercanos). Por otra parte, todos hemos tenido alguna vez la experiencia ser mirados con inocencia, es decir, prescindiendo de lo que nuestra apariencia pueda contar acerca de nosotros. Y también hemos tenido, por desgracia, la experiencia contraria: tener la sensación de que no es a nosotros a quien se dirigían sino a nuestra ropa, a nuestro cuerpo o a nuestra condición sexual. La idea que nos hemos hecho, a nuestra vez, de la persona que nos miraba de una u otra manera nos da la medida, seguramente, de lo que nos gustaría llegar a ser: si ese ser humano con el que de inmediato ha brotado una corriente de simpatía o ese otro por el que de inmediato hemos sentido temor o rechazo. El aforismo II.41 que, junto con el anterior, encabeza este capítulo, nos dice que la perfecta purificación, produce además un espíritu abierto y concentrado, el dominio de los sentidos y una clara visión de uno mismo. (12) Shauca tiene mucho que ver con lo auténtico que hay en nosotros mismos, con lo que persiste cuando todas las demás cosas cambian. Shauca nos lleva a satya, la verdad, una verdad propia tan al alcance de la mano como ignorada por la mayoría de nosotros. Y shauca también tiene ecos de aparigraha, que nos hace aceptar sólo lo apropiado y de esta forma discriminar lo que no lo es; y la inocencia que da como fruto nos conecta también con brahmacarya, porque, como hemos dicho antes, yamas y niyamas están íntimamente relacionados entre sí y a su vez relacionados con el resto de los aspectos del yoga recordándonos que cuando avanzamos en uno de ellos estamos poniendo las bases para avanzar en los demás.
    
Pero además, shauca es un instrumento eficacísimo, por básico, para asumir que nuestro cuerpo hecho de carne y sangre perecerá un día liberando “lo que es eternamente limpio”, es decir, “lo que no se deteriora”. Una forma de decir que, aunque aparentemente nuestras vidas se extingan,  la Vida nunca muere. Hacia el año 1100 de nuestra era existió en Persia un hombre que pasó la suya debatiéndose entre la nostalgia de lo que algún día dejaría atrás y el goce exquisito del momento que no vuelve. Como era radicalmente sincero, pudo elevar a la categoría de gran literatura una forma de versificar que hasta entonces pertenecía al acervo popular y que él utilizó para plasmar sus momentos de  desesperación y también el nacimiento de una intuición de eternidad. Omar Khayam, a base de dolor, purificó su alma de todo lo que su cultura, su época y su religión habían cargado sobre ella y por eso sus rubaiyats nos cantan la canción de la vida eterna. Una de ellas dice:

Milagro del rosal. Siéntate junto a él y medita, amigo.
En esta tierra ha surgido, en esta tierra
ha cubierto los días y ha sucumbido,
a esta tierra ha vuelto, una y mil veces… (13)

 

Shauca, El Sol del Tarot de Marsella

Cuya luz todo lo penetra, revelándonos “lo que debe ser constantemente cuidado y lo que es eternamente limpio”. A falta de otros recursos, los médicos antiguos recomendaban a los enfermos lugares claros y soleados, una práctica por desgracia sepultada ahora por la abundancia de otras opciones más caras. Ante la luz se manifiestan las impurezas acumuladas o escondidas, poniéndonos en la ineludible situación de conocerlas, lo que nos suele llevar a limpiarlas. Los gemelos unidos bajo el sol nos advierten de la diferencia entre optar por la luz y rechazar la oscuridad. Lo primero supone iluminar los rincones para integrarlos en la conciencia; lo segundo, dar la espalda a lo oscuro y permitir que crezca.

 

 

Luisa Cuerda
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1.- Yoga Sûtra, pág. 84.

2.- El corazón del Yoga, pág. 101.

3.- Viniyoga II, pág. 22.

4.- En esta ocasión, al hablar de Occidente me refiero al ámbito cultural de las tres religiones del Libro, que abarca lo que geopolíticamente se considera Occidente y también el Oriente medio. A pesar de las diferencias culturales entre nosotros, tanto unos como otros somos herederos de una visión de nuestro cuerpo que difiere básicamente de la que se tiene en las tradiciones orientales.

5.- Pitta (bilis), kapha (mucus) y vata (aire), los tres humores o doshas del cuerpo que constituyen la base de la medicina ayurvédica, son elementos que nos componen, aunque los menospreciemos, y de cuyo equilibrio depende nuestra salud, razón por la que deberíamos tener con ellos una relación más cercana y amistosa de la que nos han enseñado a tener.

6.- Por ser un tema extenso, me remito al estudio que hace Danilo Hernández de los seis shatkarmas en su libro Claves del Yoga. Teoría y práctica. Editorial La liebre de Marzo (Barcelona, 2006). Séptima edición. Págs. 36 a 39.

7.- Kapâlabhâtî significa literalmente lo que trae ligereza (labhâtî) al cráneo (kapâ)

8.- Yogadarshana, textos en pdf, Yoga Sûtra, II.40.

9.- Yoga Sûtra , pág. 89.

10.- Verso 65 del Tao

11.- Viniyoga II, pág. 25.

12.- “Además, llegamos a ser capaces de reflexionar sobre la muy profunda naturaleza de nuestra propia individualidad incluyendo la fuente de la percepción, sin sufrir la distracción de los sentidos y libres de la comprensión defectuosa acumulada en el pasado.” Desikachar, Yoga Sûtra, págs. 89 y 90.

13.- Rubaiyat, Omar Khayam (versión de Jesús Lizano). Ediciones Marte (Barcelona, 1972

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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