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Satya
El alma del yoga: yama y niyama aquí y ahora

 

Segundo Yama
SATYA

satyapratist hâyâm kriyâphalâshrayatvam
(Yoga Sûtra, II.36)

     Definición de satya: La raíz de satya, SAT, significa “ser”, “aquello que existe”,  de donde satya se traduce como “lo real” y “lo verdadero”. Desikachar interpreta satya en el aforismo 30 de Sâdhanapâdah como “la comunicación adecuada por medio de lenguaje, escritos, gestos y acciones.” (1); y Maréchal dice: “La verdad y su expresión -la veracidad- combinan sinceridad y autenticidad con palabras u otro medio de expresión. De la forma más adecuada y en el momento más oportuno posible se transmite a la persona apropiada la verdad que, sin herir, es buena, útil y favorable para la evolución armoniosa de la relación. ” (2)

     Satya en la tradición cristiana: El mandato de “no mentir” se sitúa en el octavo lugar del decálogo cristiano: “No dirás falso testimonio ni mentirás”. En  el evangelio de San Mateo hay una referencia no ya a la veracidad, sino a esa “comunicación adecuada” de la que habla Desikachar. Una referencia, si se me permite la expresión, “sin pelos en la lengua”: “¡Raza de víboras! ¿Cómo podéis vosotros decir cosas buenas siendo malos? Porque la boca dice lo que brota del corazón. Del hombre bueno, como atesora bondad, salen cosas buenas; en cambio del hombre malo, como atesora maldad, salen cosas malas. Y yo os digo que en el día del Juicio tendréis que dar cuenta de las palabras vacías que hayáis dicho. Por tus palabras serás absuelto y por tus palabras serás condenado.” (3) Dejando aparte la intransigencia que impregna todo aquello que tiene que ver con el judaísmo y que ha inclinado a tantos bautizados y circuncidados hacia las filosofías orientales, encuentro en la frase dos temas muy interesantes; el primero es: “la boca dice lo que brota del corazón”, una frase que indica que las raíces de la verdad son mucho más profundas que una simple palabra, y un ataque frontal (“¡Raza de víboras!”) a una hipocresía presente y abundante en la sociedad donde se forjó el cristianismo y que, a pesar de todo, ha subsistido también en este a lo largo de sus dos mil años de vida; el segundo tema es la referencia a las “palabras vacías”, un tema de permanente actualidad, pues las palabras vacías son el arma favorita de los impostores ya sea dentro de la religión como de la política y, más recientemente, de los medios de comunicación y del mundo de la publicidad. Vacío, en este caso, significa para mí sin conexión alguna con lo auténtico, con ese Sat, ese Ser verdadero del que formamos parte y del que provenimos. Palabras que, despojadas de su razón de ser, confunden más que aclaran y sirven a pequeños fines inmediatos y egocéntricos. Y, si nos analizamos, nos daremos cuenta de cuántas veces usamos también nosotros palabras vacías en nuestros pequeños ámbitos de influencia o de poder. En este tema hay en la tradición cristiana dos tendencias divergentes: la mística, que recoge el mensaje esotérico del Cristo, y la “oficial”, sancionada por la jerarquía eclesiástica, y que es en la  que se educa a la mayoría de los cristianos. En el  evangelio de San Juan, por ejemplo, aparece una referencia a la verdad como valor absoluto: “Si os mantenéis fieles a mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (4), que fue más tarde recogida por San Pablo, de tal modo que la frase: “Sólo la verdad os hará libres” está ligada a él. En este caso estamos hablando de una Verdad con mayúsculas, ligada a la Palabra también con mayúsculas, que, para los judíos (y Jesús lo era) significaba el Origen, lo que en otras tradiciones se llama Tao, Vacío o Ser (Sat). De ahí la relación entre lo que se expresa y la conexión que se tiene con ese Origen, casi siempre olvidado y  siempre añorado lo sepamos o no. Por desgracia, la tradición cristiana ha dejado el evangelio de San Juan para sus místicos y se ha basado más bien, para elaborar su doctrina y sus costumbres, en otros escritos en la línea del párrafo de San Mateo antes citado: buenos y malos, premio y castigo. Y es difícil no ya decir sino saber cuál es realmente la verdad que sienten nuestros corazones cuando estamos amenazados por el fuego eterno; la solución de supervivencia inmediata es adoptar la verdad que otros deciden (sin pararnos a pensar si son o no “palabras vacías”) y, hecho esto, sentirnos legítimamente autorizados para atacar  a quien la cuestiona. Tal vez por eso mi idea de la verdad en la tradición cristiana (que no en el mensaje de Cristo) es que es una virtud, normalmente encaminada a confesar las propias faltas, que se exige en la niñez y adolescencia, y se olvida cuando se llega a un cierto grado de autoridad o poder. Esas mentiras en las que todos hemos descubierto a nuestros mayores y que ellos llamaban “mentiras piadosas” escondían una doble moral cuyo fin no era tanto no dañar al otro sino no pasar vergüenza o mantener la propia imagen. Y en cuanto a la palabra como medio de transmitir ideas o impresiones, esa división entre premio y castigo, entre la verdad permitida y la no permitida, ha legitimado demasiadas veces la exclusión o la crítica estéril de los demás. Para no alargarme, citaré la carta que, ya en los primeros tiempos, dirigía a los cristianos Santiago, el hermano de Jesús y jefe de la iglesia de Jerusalén (5): “(…)Pero nadie es capaz de domar la lengua de los hombres, que es malvada e irreductible y está cargada de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor Padre y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios. De la misma boca salen bendición y maldición. No tiene que ser así, hermanos míos. ¿Acaso en la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga?”(6). Como se ve, ya desde entonces los cristianos tenían que enfrentarse a la incompatibilidad existente entre la tradición judaica, en la que era lícito lapidar a los que incumplían las normas, y la buena nueva de Jesús de Nazaret, para el que la verdad era inseparable del amor que se debían unos a otros los hombres (sin excepciones) como hijos del mismo Dios. Una contradicción que nos ha acompañado hasta ahora y que no podrá resolverse sin cuestionar las muchas verdades que separan  hasta encontrar, en el origen del mensaje, la verdad que une.

     Dificultades para la correcta adopción de satya: Hemos visto que “ser verdadero” no significa sólo no mentir, aunque esto es básico, sino personalizar la “verdad verdadera” (vamos a llamarla así, como cuando éramos niños), es decir, aquella que no sólo no daña ni perjudica sino que beneficia y salva. Esto, naturalmente, hace que tengamos que distinguir entre “mi verdad” y “la verdad”, es decir, entre el discurso del ego y el del Ser, entre una verdad en la que sólo quepo yo y mis intereses o una verdad en la que cabemos todos. Habría que preguntarse qué nos impide ser veraces con nuestra palabra y con nuestra vida. Satya tiene mucho que ver con la idea de nosotros mismos que necesitamos dar a los demás, y, consecuentemente, con el reconocimiento o la ignorancia de nuestra dignidad esencial, de ese poder personal ligado a Manipura, el tercer chakra, que se convierte en expresión en el quinto, Vishuddhi. Independientemente de las palabras que usemos, nos expresamos continuamente con nuestras acciones o nuestros gestos, más allá, a veces, de lo que nos gustaría. Y es esa disonancia entre la expresión voluntaria y la involuntaria la que causa el conflicto tanto interno como relacional. Para ser veraces con los demás hay que afrontar la verdad en nuestro interior. Y, a medida que tomamos conciencia de nuestra conexión con el Ser, no sólo somos capaces de ver la verdad en nosotros sino que comprendemos que todos los demás, sea cual sea la forma circunstancial que tienen de manifestarse, son esencialmente “verdaderos”. Entonces resulta más sencillo dirigirse a ellos, no tanto por lo que digamos, ni siquiera por “cómo” lo digamos sino por “desde dónde” lo decimos. Es como tener línea directa en lugar de interferencias. O como si dos personas que tratan de encontrarse una con la otra en  medio de las olas, bucean hasta abrazarse en el fondo del mar. Pero mientras llega ese momento, existen muchas formas que hemos de aprender para no herir a los demás. Normas de convivencia necesarias, siempre que no las sustituyamos por la autenticidad que estamos buscando y nos quedemos en ellas, olvidando que no son un fin sino un medio. Desechar esas formas sin más, basándonos en la búsqueda de una autenticidad sin tapujos, puede crear situaciones que compliquen y retrasen, precisamente, la consecución de ese fin. La psicoterapeuta Laura Palomares me enseñó hace años la diferencia entre “sinceridad” y “sincericidio”, una palabra, creo, suficientemente expresiva. Y, de nuevo en este caso, la diferencia estriba en que el mensaje que estamos emitiendo se encuentre libre de ego o, por el contrario, invadido por él. Desikachar advierte que satya no debe, nunca, entrar en conflicto con ahimsa.(7) Y para esto existe algo que, convenientemente aplicado, puede ser muy útil: el silencio. Igual que en una partitura musical, también  en la comunicación los silencios son importantes. Y aunque existen silencios ominosos y excluyentes, también existen silencios que acompañan y que permiten, mientras tanto, que todas las impurezas se vayan sedimentando hasta que en nuestra mente se haga la claridad. A pesar del refrán, callar no significa otorgar. Ni la comunicación adecuada tiene que ver con no expresar nuestras ideas, sino con esperar al momento oportuno, algo tan difícil como eficaz. El silencio sirve también para escuchar lo que el otro tiene que decirnos desde el mismo respeto que a nosotros nos gusta percibir cuando hablamos. Y tal vez entonces lo que escuchemos abra nuevos horizontes a nuestras “inconmovibles” certezas. El Maestro Thich Nhat Hanh, que lo sabe bien porque ha empleado su vida en abrir el diálogo entre Estados Unidos y Vietnam, su país, opina que “la base para la reconciliación es escuchar profundamente”. (8) Para ello requeriremos de una comunicación hecha no de palabras sino de ese gesto de apertura que sólo puede florecer en un silencio entregado.   Por último, habrá ocasiones en las que, por mucho que afinemos, encontraremos reacciones hostiles a nuestras palabras. Hay veces que el otro no quiere bucear para abrazarnos en el fondo del mar. “Cuando sentimos mucho dolor -vuelve a decir Thich Nhat Hanh- es difícil hablar con afecto” (9). Y aquí, satya significa asumir cualquier reacción, respetar ese desacuerdo o esa respuesta. Como en la evolución desigual y a veces esperpéntica del cuerpo de un adolescente, la evolución del espíritu humano tiene altos y bajos y todos pasamos constantemente por unos y por otros. Pensar que no sólo somos individuos sino también partes de un todo, ayuda a resituar tanto el orgullo como la culpabilidad y conservar así el contacto con lo que compartimos de auténtico.

     Satya y la práctica: Hay un aspecto del yoga que me parece maravilloso para ponernos en contacto con una parte importante de nuestra realidad. Este aspecto es âsana. Podría pasar horas y horas fantaseando acerca de mi evolución, mis posibles reacciones ante esto y aquello, mi capacidad de  autodominio, de generosidad o de coraje. Pero basta un minuto en dhanurâsana para situarme (de forma no muy airosa, esta es la verdad) ante mí misma. Âsana es lo mejor que se ha inventado para vernos tal y como somos en los aspectos con los que más familiarizados estamos: nuestro cuerpo y nuestra mente. Porque es la mente la que grita que no puede más mucho antes de que el cuerpo esté al límite; y, en otros casos, es también la mente la que decide que va a romper  ese cuerpo con tal de “apuntarse el tanto” de aguantar más que ayer o más que el compañero. Âsana nos permite, por tanto, ir tomando la medida de nuestra mente tal y como es, de conocer sus trucos, sus contradicciones y por supuesto sus mentiras. No es que haya que reprocharle nada: no sería una mente si no fuera así. Pero está claro que no hay que tomársela muy en serio. Si nos mentimos tanto a nosotros mismos, ¿cómo no vamos a mentir a los demás? Por otra parte, âsana nos ayuda a ensayar esa “comunicación adecuada” en el laboratorio de nuestro cuerpo; si nos tratamos con desconsideración y con malos modos, si nos despreciamos por nuestra torpeza y nos exigimos más de lo que podemos, nos haremos daño; si nos decimos mentiras y nos creemos nuestras propias excusas para no esforzarnos ni practicar, nos perderemos en un marasmo de inercia y descontento. Si, por el contrario, abordamos la práctica con simpatía hacia nosotros mismos y comprensión hacia nuestras debilidades; si enfrentamos nuestros fallos con humor y con paciencia, avanzaremos de una manera que a veces resulta asombrosa. Casi da miedo trasladar estas reflexiones al trato con los demás, ¿verdad? Y, sin embargo, así es.

     Frutos de satya: El aforismo 36 de Sâdhanapâdah, que encabeza este capítulo, dice literalmente: “Verdad firmemente establecida: la acción y su fruto concordancia perfecta” (10). Y dice Maréchal, en su comentario: “Para un yogui con una verdad firmemente establecida, las motivaciones, palabras, acciones y sus resultados constituyen un todo armonioso y solidario. La claridad, la simplicidad, la sinceridad, la autenticidad y la eficacia se asocian de forma natural.” (11) Para Desikachar, “la capacidad de ser honesto en la comunicación, de comunicar con sensibilidad, sin herir a nadie, sin mentir, con la necesaria reflexión requiere un estado de ser muy puro. Tales personas ya no pueden equivocarse en sus actos.” (12) Parece desprenderse de estas interpretaciones que el principal fruto de satya es el acto impecable. Fruto, y a la vez constatación de que la persona ha alcanzado un determinado nivel en su proceso. Y el fruto de este fruto es el beneficio de nuestro entorno. Precisamente en los últimos tiempos hay cada vez más personas conscientes de la importancia de lo que decimos. Libros como “Mensajes del agua” de Masaru Emoto, independientemente de su espectacularidad o de la credibilidad que susciten, nos están explicando, de una nueva y original manera, algo que siempre hemos sabido: la forma en que nos manifestamos influye extraordinariamente en nuestro entorno. Y al comprender esto, comprendemos también la responsabilidad que tenemos acerca de nuestras palabras, escritos, gestos y acciones. Como ahimsâ, también satya se contagia cuando está “firmemente establecida”.  Hay palabras que dan la vida (de la misma manera que hay palabras que la quitan); y, del mismo modo que hay expresiones destructivas que causan dolor y miedo, hay otras que abren puertas, nos aportan coraje y nos ayudan a ver la belleza del mundo. “El regalo de la Verdad es más excelso que cualquier otro regalo”, dice el Dhammapada (13). Seguramente todos hemos recibido alguna vez ese regalo y es muy posible que todos guardemos agradecimiento eterno a esa persona que un día, como sin importancia, nos dio la clave para enfocar mejor nuestra vida.

     Hace quince siglos,  el galés Cadoc de Gwynllwg, hoy venerado como santo por las iglesias católica y anglicana, dijo: “Antes de hablar, considera primero lo que tú dices; segundo, por qué lo dices; tercero, a quién lo dices; cuarto, quién te lo ha dicho; quinto, las consecuencias de tus palabras; sexto, qué provecho resultará de estas; séptimo, quién escuchará lo que digas. Luego, pon tus palabras en la punta de tu dedo  hazlas girar  de estas siete maneras antes de pronunciarlas; y de tus palabras no se seguirá nunca daño alguno” (14)

 

Satya, El Juicio del Tarot de Marsella

 O “la hora de la verdad”, en la que  sale a la luz todo lo que somos, tanto lo que mostrábamos como lo que ocultábamos. La figura que emerge desnuda del sepulcro entre lo masculino y lo femenino, la juventud y la vejez, la sensualidad y la austeridad, es nuestro verdadero ser, que ha sido despertado por la trompeta que rasga el velo de la apariencia.

 

 

 

Luisa Cuerda
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NOTAS:

1.- Yoga Sûtra, pág.82.

2.- Viniyoga II, pág. 21.

3.- Mt 12 34.

4.- Jn 8 32.

5.- Aparte de Santiago, hijo de Zebedeo, llamado “el mayor” y también, junto con su hermano Juan, “hijo del trueno” (que es nuestro muy políticamente incorrecto “Santiago matamoros”) y de Santiago, hijo de Alfeo, llamado “el menor” (Mc, 3 16-19), existió otro Santiago, hijo de María y hermano, por tanto, de Jesús, como se dice en varios pasajes del Nuevo Testamento (Mc, 6 3; 15 40; Gal, 1 19; 2 12), que parece que estuvo al frente de la comunidad cristiana de Jerusalén (la más antigua de todas) por lo que se desprende de los Hechos de los Apóstoles y las cartas de San Pablo (Gal, 2 12 ; Hch, 12 17; 15 13; 21 17-18).

6.- Sant, 3 8-12.

7.- El corazón del Yoga, pág. 99: “Satya nunca debe entrar en conflicto con nuestros esfuerzos para comportarnos de acuerdo con ahimsâ. El Mahâbhârata, la gran épica hindú dice: “Di la verdad que es agradable. No digas verdades desagradables. No mientas, aunque esas mentiras sean gratas al oído. Es la ley eterna, el dharma.””

8.- Sintiendo la paz. Thich Nhat Hanh. Editorial Oniro (Barcelona, 1999), pág. 110. En adelante, Sintiendo la paz.

9.- Id. pág. 109.

10.-Viniyoga II, pág. 80.

11.- Viniyoga II, pág. 24.

12.- Yoga Sûtra, pág. 87.

13.- Aforismo 354.

14.- Les dictons du sage Cadoc, recogido en Palabras Celtas, seleccionadas y presentadas por Jean Markale. Ediciones B (Barcelona, 1999), pág. 17.

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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