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Salud y amor
 


     Pensaba yo el otro día, después de leer el enésimo “adjunto” sobre medicina alternativa, que no sé muy bien qué parte de la palabra “desapego” no hemos entendido.

     Vairagya, traducida como “desapego a los frutos de la acción”, es una de las expresiones más conocidas entre los practicantes de yoga y la condición sine qua non que Krishna puso a Arjuna  para “llegar a Él”, que es la forma que adopta el Bhagavad Gita para expresar el estado continuo de yoga. Son bastantes los yoga sutras de Patañjali que citan este término y lo explican, desde el I.12 que lo sitúa, junto con la práctica, como el medio cierto de alcanzar el estado de yoga, hasta el III.50, que lo contrapone a algo tan impecable, socialmente hablando, como el deseo de adquirir conocimientos extraordinarios, así como también a la comprensión defectuosa, uno de los cinco obstáculos y la fuente de todos los demás. Por eso mismo, casa bastante mal el desapego a los frutos de la acción con el afán de obtener un resultado concreto como consecuencia de nuestras prácticas o de nuestras actitudes. Y la conservación y mejora de la salud ocupa, inexplicablemente, muchísimo espacio entre los practicantes de yoga del llamado Primer Mundo, esa zona privilegiada que, por cierto, reúne dos características que deberían hacernos pensar: una actitud general claramente alejada del camino del yoga y la más alta esperanza de vida del planeta.

     Reconocer esto, aparte de un ejercicio de honestidad intelectual, viene a contradecir una especie de baremo que se ha instalado entre nosotros como consecuencia de una interpretación algo simplista de una respetable teoría: Tener una actitud positiva y resolver adecuadamente los conflictos internos da como resultado una larga vida carente de enfermedades; y por el contrario, las enfermedades aguardan a quien tiene una actitud negativa y no asume sus conflictos.

     Mi aportación al tema no pasa en absoluto por cuestionarlo, sino por sugerir otro ángulo de enfoque. Para ello, quisiera hacer un paralelismo entre cómo abordamos la gestión de nuestra salud y la práctica del yoga.

     Para mí hay dos maneras fundamentales de abordar la práctica: desde la aspiración a un estado continuo de yoga, es decir, la aspiración a un cambio de contexto, o desde el deseo de adquirir una técnica que nos haga progresar o mejorar en nuestro contexto. En el primer caso, practicamos sin más; en el segundo, practicamos para adquirir ciertas habilidades en un determinado plazo. Consecuentemente, con la primera actitud todo lo que suceda va a ser aceptado como parte de la práctica; con la segunda actitud vamos a elegir o rechazar nuestro acontecer en función del éxito o del fracaso que suponga para nuestro objetivo. Desde la primera actitud vamos a gestionar lo que tenemos como una vía de realización, con independencia de que nos agrade o nos desagrade; desde la segunda, vamos a procurar ciertas cosas y a deshacernos de otras. No se trata de juzgar qué actitud es mejor, dado que cada una corresponde a una etapa del camino, pero está claro que si lo que pretendemos es el estado continuo de yoga, vamos a adoptar la primera actitud, y si lo que pretendemos es sentirnos mejor o demostrar nuestro “progreso” vamos a adoptar la segunda.

     De igual manera, en el tema de la salud sería bueno definir qué es lo que queremos hacer con nuestra vida humana: si queremos utilizar estos años para avanzar en el proceso de nuestra realización, tanto la salud como la enfermedad nos sirven por igual, aunque no nos agraden lo mismo; si queremos utilizarlos para lograr metas que nos apasionen, experimentar y conocer, disfrutar lo más posible y sufrir menos, entonces salud y enfermedad son dos cosas muy diferentes, donde diferentes significa que una es deseable y otra es indeseable. Si nuestro propósito es la realización, gestionaremos la salud o la enfermedad de la forma que consideremos adecuada en cada momento, con la vista puesta en la realización. Si no lo es, lucharemos para conseguir la salud y evitar la enfermedad en una dicotomía entre el éxito y el fracaso que, inevitablemente, llevará aparejada las nociones de bien y mal, premio y castigo, culpabilidad y arrepentimiento. Desde la primera actitud será irrelevante para nosotros si un torturador compulsivo muere anciano después de una vida llena de salud y un hombre santo muere joven luego de sufrir innumerables padecimientos; desde la segunda, nos preguntaremos con angustia qué condición egoica es la causa de nuestra psoriasis o qué carencia no asumida puede provocar el temido cáncer. Como en el ejemplo anterior, no me parece mejor una actitud que otra, porque creo que antes o después habremos de pasar por las dos. Me parece importante, sin embargo, no mezclar las expectativas de ambas, porque saber exactamente dónde estamos y qué queremos es mucho más importante que lo que en un momento dado podamos querer o el lugar por el que en un momento dado podamos transcurrir.

     Dice Desikachar, interpretando el sutra IV.10 de Patañjali que hay “gran ansia de inmortalidad” en todos los seres humanos de todas las épocas por lo que las consecuencias desagradables de la comprensión defectuosa (una de cuyos frutos es el miedo a la muerte) no pueden atribuirse a una época particular. Todos tenemos, pues, miedo a morir, y consecuentemente, a ver deteriorarse nuestra salud. El hecho de combatir la enfermedad y la muerte, ya sea por unos u otros medios, es meritorio y legítimo en nuestro contexto, pero irrelevante si nuestro propósito es acceder a otro. En ambos casos está claro que si, como suele suceder, nos sentimos mejor sanos que enfermos, vamos a poner los medios que consideremos más adecuados para estar sanos; pero el hecho de que esta verdad de perogrullo cobre tanta importancia en nuestra sociedad  y que sobre ella se realicen apasionados posicionamientos nos da la medida de nuestra inseguridad en el futuro y de nuestro miedo a morir. Y esta evidencia, que antes o después nos une a todos, podría ser un punto de partida para reconocer nuestra pequeñez, ya nos revistamos con los ropajes de la ciencia oficial ya con los de las terapias alternativas.

      Una de las máximas que provienen de estas, y que es tan recurrente como cuestionada, es la de que el amor sana. Algo que puede comprobarse continuamente a nuestro alrededor y en nosotros mismos, y, que, sin embargo, se ha banalizado  en situaciones dramáticas, aumentando el sufrimiento de quienes han confundido una verdad esencial con sus particulares deseos. Huyendo de las evidentes lagunas y carencias de la ciencia oficial hemos caído en un neo simbolismo mágico plagado de imprecisiones y puerilidades. Si creemos de veras que nuestros días son ese viaje de ida y vuelta desde y hacia un Absoluto que nos sustenta, imaginemos por un momento como se nos podría ver desde allí: seres vulnerables y dolientes, con un tiempo limitado para jugar su papel, que gastan su vida en prolongarla, que inventan técnicas, teorías, creencias, sistemas de valores para ir a contracorriente de su destino y que, cuando consiguen un pequeño avance, se creen mejores que los que no lo han logrado. Entenderemos entonces por qué necesitamos un amor incondicional e infinito para superar el susto de nacer humanos, el miedo de ser mortales, el dolor de la soledad, la vergüenza de sentirnos indignos, la incertidumbre de no saber si somos lo suficientemente buenos… Lejos de ese amor sentimental que valora y excluye, que desea y rechaza, que cambia de objeto y tiene al miedo como opuesto, hay un amor que no nace de la mente ni de los sentidos; que no nace, porque siempre está ahí, dentro y fuera, arriba y abajo, inmutable y sin opuesto. Y ese amor, sana. Más aún, ese amor salva. Pero su punto de vista, mucho más amplio que el nuestro, no siempre es bien comprendido.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 
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