Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Un planeta en común: vencer convenciendo
 


     Los indios del Alto Amazonas hablaban y aún hoy en día hablan de tres clases de gente: la gente que no come y no habla, la gente que come y no habla y la gente que come y habla. En el origen del mundo estos tres tipos de gente formaban parte de un todo, pero luego se dividieron en esos grupos con la idea de ayudarse unos a otros. Así, unos decidieron ser gente que no come y no habla, otros ser gente que come y no habla y otros ser gente que come y habla. A estos últimos se les conoce como “humanos”; a los que comen pero no hablan, como “animales”; a los que ni comen ni hablan, como “plantas”. Si observamos ahora nuestro mundo civilizado, basado en un sistema de explotación en el que los animales llevan la peor parte, es inevitable preguntarse qué ha pasado para que el transcurso de los años y el avance del progreso nos hayan llevado desde esa conciencia unitaria y fraternal hasta un sistema de sufrimiento y abuso. Nuestra sociedad parece haber perdido la cabeza, o, por mejor decir, parece haber perdido las raíces, la conexión con un origen en el que es inevitable darse cuenta del barro común del que todos procedemos, al que todos volvemos y a través del cual nos transformamos de una en otra cosa. El resultado del desarraigo es siempre la neurosis, una enfermedad que, por cierto, avanza hacia los primeros lugares de las dolencias más comunes del hombre civilizado. La pérdida de conexión con el origen nos conduce al error de creernos solos y vulnerables frente al resto y por tanto legitimados para defendernos de él aún cuando esa defensa consista en un ataque preventivo. Todo poder es poco cuando tenemos miedo, y la historia de esta civilización a la que pertenecemos está basada, a partir de un punto, en un miedo progresivamente profundo hasta tal punto que ya no lo identificamos como tal.

Mi aportación a esta Jornada consistirá en proponer un punto de vista muy concreto acerca del movimiento animalista. Expondré mi teoría, ya esbozada, de cómo hemos llegado hasta aquí; diferenciaré entre una norma jurídica y por tanto coactiva y una opción moral y por tanto, libre y trataré de razonar mi convicción de que, aquí y ahora, es la segunda, es decir, la opción moral, la única que tiene sentido si queremos que dentro de unos años haya habido realmente un salto cualitativo en la evolución de la especie humana y por ende en el modo de vida del planeta.
    
En primer lugar, he de insistir en lo que antes he sugerido: la conciencia de sí mismo que tiene el ser humano tanto como individuo diferenciado como en cuanto a especie, y que es tan necesaria, se ha visto sin embargo exacerbada en la medida en la que perdía contacto con la naturaleza y, en los últimos años, fundamentalmente a partir de la revolución industrial ha ido avanzando progresivamente hasta pervertir su significado y constituir una sociedad con una incomprensión total de los orígenes. Nuestro mundo es un mundo urbano que se sirve de la naturaleza para todo pero ni la conoce ni la comprende, y por eso tampoco sabe cuál es su límite. Nuestra sociedad es absolutamente egótica, es decir, piensa únicamente en ella, en sus necesidades inmediatas y no concibe las consecuencias de sus actos. A pesar de los muchos avances tecnológicos, puede que nunca como ahora formemos parte de una sociedad tan inmadura psíquica y espiritualmente. Ahora bien, una sociedad está formada por individuos y, es imposible pensar que una sociedad sea inmadura si no está formada por individuos inmaduros. Si, como sociedad, mostramos un ego neurótico y enloquecido, es porque como individuos también hemos permitido que nuestros temores, nuestra ignorancia y nuestra avidez decidan por nosotros. Dicho de una forma más concreta: para que exista la industria del foie tiene que haber un número suficiente de individuos que consideren que el placer de su paladar es realmente más importante que el sufrimiento continuado de una oca. Esos individuos son sin duda buenos ciudadanos, tiernos padres de familia y amigos leales. No cebarían a otro ser humano para comerse su hígado, ni tampoco lo harían con su perro. Pero una oca es algo que no forma parte de su universo de dignidad y moral. Una oca es algo ajeno. Lo mismo puede decirse de quien ve en una corrida de toros una fiesta, un negocio o un rito; o de quien ve moda en la piel de un animal muerto; o de quien reúne a su familia en torno a un cordero muerto y guisado para compartirlo con ellos o de quien celebra una cena con su amante frente a una docena de ostras que aguardan, vivas, a ser ingeridas como comida afrodisíaca. Las personas que hacen (o que hemos hecho) esto, no son monstruos. Simplemente, son herederas de una idea errónea que se ha transmitido de generación en generación desde que el ser humano perdió la conciencia de su verdadero lugar en el universo.

     Lo que me lleva al segundo punto, que es diferenciar entre una norma jurídica y una opción moral. Tal y como yo lo veo, una norma jurídica es un comportamiento que se impone a una comunidad por medio de la coacción (en el caso de su no cumplimiento) en orden a la supervivencia del sistema. Por ejemplo, la norma que prohíbe robar la propiedad ajena no tiene en cuenta el nivel de evolución moral de las personas a quienes va dirigida. Robar es un delito que lleva consigo un determinado castigo, y eso se hace así porque nuestro sistema se basa en la propiedad privada y por tanto es imprescindible que esta se respete. Una opción moral, sin embargo, es un comportamiento personal elegido libremente, algo que no se impone a los demás sino que se propone y cuyos cauces de arraigo son la educación y, en su caso, el reproche social. Ser más o menos cuidadoso con el dinero público dentro de los márgenes legales es, por ejemplo, una opción moral. Así, un político que tiene un presupuesto para dietas del que puede disponer libremente está ante la opción moral de vivir con la máxima sobriedad y devolver al erario público lo que le sobre, o de agotar sus dietas viviendo mucho mejor de lo que vivía antes de ser un servidor público. No hace falta decir cuál es la opción moral de la mayoría de los políticos en nuestra sociedad, ni la apatía y resignación con las que contemplamos, por comunes, sus indecorosos despilfarros. Pero si en la clase política hubiese algún día una corriente de sobriedad, de la misma manera que ahora la hay de dispendio, si se llegase a una masa crítica de políticos cuidadosos con el dinero público, lo que hoy se ve como “algo normal” empezaría a considerarse como un atentado contra la propiedad de cada uno de nosotros, que es exactamente lo que es. Y, llegado a ese punto, sería muy sencillo reducir las dietas de los políticos convirtiendo en norma la opción mayoritaria y haciendo que la minoría que aún disponía a sus anchas del dinero de todos tuviera que variar de actitud. Cambiando de ejemplo, si alguna vez existe una masa crítica de personas que consideren que comer foie es una barbaridad, matar un toro es un horror, vestirse con despojos de animales es de mal gusto y comer cordero en familia u ostras en pareja son sendas salvajadas, la sociedad se inclinará, cada vez más, a considerar de esa forma estas actividades, hoy tan “normales” y llegará un momento en que se hará norma respetar la vida y la integridad de los animales, una norma que obligará también a la minoría que aún lo quiera seguir haciendo. Hubo tiempos en los que familias honorables y buenos ciudadanos compraban y vendían a otros seres humanos. Entonces parecía una utopía la erradicación de la esclavitud, ya que en ella se basaba el sistema económico y social. Hoy, aun cuando habría mucho que decir acerca de otras formas de esclavitud, nuestras leyes y nuestra sociedad han abandonado ese sistema y consideran la esclavitud como una lacra. Es de esperar que algún día la sociedad futura considere una lacra conductas que hoy son tenidas como legítimas y saludables. Algún día.

     Ahora bien, y con esto inicio el tercer punto, nos encontramos en un momento histórico en el que las personas que pensamos así somos minoría, no mayoría. Es importante no olvidarlo. Nuestra sociedad está, como dijimos al principio, desconectada de la naturaleza y piensa que la inteligencia que posee el ser humano le faculta para abusar de los animales en lugar de para protegerlos y para destruir los recursos en lugar de para velar por ellos. De hecho, también es un pensamiento habitual el de considerar que unas razas son superiores a otras, que un género es superior al otro y que unas clases sociales son superiores a otras. El maltrato animal no es un fenómeno aislado sino un síntoma, junto a los demás malos tratos, de la locura colectiva de esta sociedad aquí y ahora. Lo único que nos puede librar de las letales consecuencias de esa locura (y hay que recordar que la palabra esquizo significa división) es retomar la idea de lo que somos en realidad, es decir, recordar que, aunque diferenciados como individuos, formamos parte de un todo; que habitamos un sistema cerrado en el que nos encontraremos antes o después con las consecuencias de nuestros actos y que si sembramos muerte y sufrimiento nos encontraremos con muerte y sufrimiento. A este proceso se le llama “toma de conciencia” y tiene dos características: es individual y es contagioso. Y, además de esas dos características, tiene una condición: ha de ser integral. ¿Qué quiere decir esto? Pues ni más ni menos que tomar conciencia de que formamos parte de un todo exige una actitud consecuente en todos los ámbitos de nuestra vida. Tal y como yo lo veo, la opción animalista no es una opción política aunque pueda servirse de la política para conseguir logros concretos. Y tampoco es una opción ideológica aunque en la práctica la mayor parte de los partidarios pertenezcan a una ideología de izquierdas. La opción animalista es la consecuencia de un proceso de evolución personal que culmina en una toma de conciencia, en una determinada visión del mundo que no consiste en añadir más bandos a los que ya hay sino en atraer a la mayor parte de individuos hacia esa nueva conciencia hasta que la masa crítica consiga arrastrar a la gran mayoría. Como dice el título de esta aportación, se trata de vencer convenciendo, porque cualquier otra manera no será una victoria de la causa sino de los individuos que la defienden. Y de eso ha habido ya demasiado.

Por eso creo que las personas que hemos tomado conciencia tenemos la responsabilidad de ser impecables en nuestros planteamientos. Un acto impecable es aquel que es completo en sí mismo: no busca gratificación inmediata y, aún cuando se hace para colaborar en un logro concreto, está desapegado de ese resultado: un acto impecable nunca es visceral. Por eso, propongo que miremos hacia nuestro interior y analicemos qué es lo que realmente nos mueve a estar aquí: si la tranquila certeza de que el planeta en el que habitamos es la casa de todos y que, por lo tanto, hay que corregir las equivocaciones que “todos” hemos cometido hasta ahora, entre ellas la de maltratar a los animales, o más bien la reacción visceral de rabia que sentimos  al ver sufrir a los animales a manos de “los otros”. Aunque esta última razón es comprensible, es preciso pensar que la primera nos va a llevar a acciones concretas, positivas, pacíficas y pedagógicas mientras que la segunda nos va a llevar, probablemente, a considerar de forma hostil a quienes causan sufrimiento a esos animales y eso, a su vez, nos va a llevar a gastar nuestra energía en organizarnos “contra” ellos. La primera nos va a llevar a estar presentes en el mundo de otra manera y ampliar, poco a poco, nuestra influencia a medida que aumente el poder de nuestra presencia, es decir, nuestro poder personal; la segunda a utilizar los viejos métodos de lucha por el poder (pactos, influencias, jerarquías), que son unos métodos que se caracterizan porque están fuera de nuestro control. Creo que todos estamos de acuerdo en que no se trata de volcar en la causa nuestra afectividad ni de cubrir con ella nuestras carencias, ni de servirse de ella para nuestras aspiraciones, sino de tener claro un objetivo y ponernos a su servicio. Creo firmemente y así lo transmito, que la única revolución pendiente es la interior. El animalismo, en este momento histórico, no debería ser un “ismo” más sino una faceta más de una nueva forma de estar en el mundo, una potente ayuda a la sociedad actual para realizar ese salto cualitativo en la evolución, que se perfila cada vez con más nitidez como imprescindible si queremos sobrevivir como especie.  Toda evolución es un paso de lo burdo a lo sutil, y por eso, como pioneros de esa toma de conciencia, tenemos la responsabilidad de refinar lo que haya de burdo en nuestros planteamientos para hacerlos impecables.

Nos va mucho en ello porque, cada vez más, los movimientos animalistas están siendo observados por una serie de personas que, aunque han dado por hecho que ir a los toros o comer cordero “no está mal”, comienzan a sentir dudas como consecuencia de lo que ven en nosotros. Aparte de los que, simple y llanamente, tienen miedo de que todo cambie y con ello su forma de vida (y en ocasiones su forma de ganársela) y por eso utilizan la violencia y el sarcasmo, cada vez hay más personas que se plantean si eso que empezaron calificando como “una ridiculez”, no tendrá su razón de ser. Nunca como ahora he recibido más preguntas de mis amigos acerca de cómo me hice vegetariana o por qué ya no voy a los toros. Y es el momento de aprovechar esa brecha en una sociedad hasta hace poco granítica para ir introduciendo las semillas de una nueva visión de la realidad. Cada vez hay más opciones para comer de otra manera, vestir de otra manera y vivir de otra manera. Y son opciones que hay que aprovechar para hacer más amable el tránsito a los que vienen detrás.
Lo contrario, la tentación de la superioridad, de sentirnos puros, mejores, de sentirnos redentores o legitimados para atacar “en nombre de los animales” a los que los explotan, es decir, de sentirnos “diferentes” puede hacer que ganemos alguna puntual batalla, pero a costa de abandonar precisamente esa visión integradora que es la que nos ha llevado a considerar a los animales con los mismos derechos básicos que queremos para nosotros: el de la vida, el de la integridad y el de la libertad. No hay que olvidar que nuestra fraternidad con los animales es una parte de nuestra fraternidad con todo lo creado, y en eso están incluidos, también los seres humanos que no piensan como nosotros. No conozco a nadie a quien se haya convencido de nada insultándole. Y aquí y ahora se trata de convencer, no a los que siempre se ponen en contra, que sería un innecesario gasto de energía, sino a los que miran. Si conseguimos eso, la otra forma de pensar tendrá sus días contados.

Además de la responsabilidad de ser impecables, tenemos, también la de ser imaginativos en nuestros métodos. Ya hemos visto dónde llevan las revoluciones y tenemos datos de sobra para comprobar que es cierto lo que hace miles de años que nos dicen todas las tradiciones espirituales: el odio nunca cesa a través del odio. El  estado de explotación y sufrimiento con el que pretendemos acabar es el resultado de que en su momento se sembraron semillas de odio y de sufrimiento. Sembrar semillas de igualdad y de amor (no de amor sentimental ni visceral, sino de ese amor incondicional, que trasciende cualquier otra cosa; de ese amor que no tiene opuesto) llevará a que antes o después aparezca un nuevo estado de cosas. Y aquí, la palabra semilla es una clave. Porque la estrategia de la semilla es la de enterrarse el tiempo necesario para poder florecer; dicho de otra manera, la semilla es un eslabón en el proceso de la vida. Si la semilla tuviera conciencia de sí misma y decidiera que tenía que conseguir verse fructificar, nunca se enterraría oscuramente; eso sí, podría llegar a ser una semilla militante; o una semilla mediática; o una semilla con brotes, como les pasa a las patatas. Pero de ella no fructificaría nada, por lo que su paso por la vida le habría reportado ciertas satisfacciones personales, pero no habría servido para mucho más. Creo firmemente que si hoy todos nosotros podemos estar aquí, como ciudadanos libres; si yo, como mujer, tengo  voz y voto, cosa que no tendría hace menos de cien años, se debe a los que decidieron ser semilla y se entregaron a su visión de un mundo más evolucionado con dos certezas: que ese mundo llegaría y que ellos no lo llegarían a ver. Y por eso, como beneficiaria de las semillas que plantaron los que me precedieron, considero mi obligación ser semilla para los que vendrán.

Es, por supuesto, mi opción moral, y por lo tanto personal. Creo que, por mucho que viva, no llegaré a ver instalada en el planeta una fraternidad real entre los que hablan y comen y los que no hablan y comen. Pero también sé que, en la medida en la que esa fraternidad sea un hecho en mi interior y en mi ámbito de influencia, lo demás es cuestión de tiempo.

Con esta charla he intentado transmitiros esa particular visión, la misma que a mí me han transmitido otros a los que recuerdo con profundo amor y agradecimiento. No he pretendido oponerme a otras formas de conseguir la común  aspiración que hoy nos ha reunido en esta jornada,  sino de añadir una más y razonar por qué es la que yo he elegido: por si os resulta de utilidad u os sirve de inspiración, como me pasó a mí cuando la escuché.
Os doy las gracias por vuestra paciencia y vuestra comprensión y, sobre todo, por vuestra presencia activa a mi lado.



Luisa Cuerda 
Enviar correo

Ponencia para la Jornada Animalista “La mirada ética. Educación en la tolerancia” Universidad de Valladolid 23 de marzo de 2009

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números